25.10.22

Mariana, 27

Una noche me llegó un mensaje de mi hija Mariana: “Te envié el primer corte de mi tesis, por si quieres verlo y comentamos”. Apagué las luces de donde está mi escritorio, y frente a mí, a pantalla completa, tuve su mundo interno en un collage animado: complejo, herido, contundente, lleno de sutilezas y voz potente, oscuro, lúcido. Sus imágenes y palabras tenían mojoneras claras en las que podía reconocer su trayecto de vida, su voz. Pero también me hizo transitar por parajes inéditos, irreconocibles, sorprendentes, en los que de alguna forma me encontré. Vi a una artista y su alma. Vi su arte con una reflexión profunda sobre los lenguajes de los que abreva y con los que transmite. El privilegio de ver una obra en esa pureza se sumó a otro: el que esa artista es mi hija. Mi hija. Y otro más: que mi hija, ese ser humano y esa artista a la que he visto crecer, me invitara a comentar. Desde que vi sus ojos abiertos al nacer, Mariana ha sido esa invitación, a veces suave y a veces exigente, a hablar, a dialogar, a no permanecer estática ante la vida y lo que me da. Su mirada me ha orillado a expresarme, a salir de mí, a mirar lo que tengo enfrente y detrás y lo que está más allá. A salir de ese silencio que es mi lugar más confortable, natural, seguro. Su mirada intensa, aguda, siempre abierta y bellísima ha sido el puente constante. El que a veces he tenido miedo a cruzar, el que a veces he evadido, al que en ocasiones no he sabido acercarme. Pero ella nunca lo ha minado. Camina a través de él para acercarse, para tomarme de los hombros y acercarme, a veces niña, a veces ancestral, a gritos o suave. Por tiempos, el puente ha sido un espacio intransitable, lleno de escombros con todo lo destruido; otras veces ha sido una terraza despejada y luminosa. Hoy cumple 27 años. Ha abrazado el arte como forma de vida y como único sostén. Así de valiente es. A 27 años de haberla dado a luz, ese puente que tendió con su mirada profunda y brillante, es un espacio ajardinado, con sus abrojos y espinas en esos rincones intocados, silvestres, pero es sobre todo un lugar florido, perfumado, vivaz, claro y constante. Gracias, Mariana, por estos 27 años y por tu mirada. Te amo con toda mi alma.

19.10.22

Ceci, 11

Para que Ceci llegara a este planeta se requirieron muchos sí. Sucesivos, aislados. Todos conscientes, abrazados, llenos de un impulso incontenible hacia adelante. Y ella parece esa suma de todos esos sí. Observa la vida a detalle, compasiva de todo lo que existe en ella. Acaricia como si el misterio del universo viniera a decirte que eres alguien significante en ese caos e inmensidad. Agradece siempre, hasta por los pequeños esfuerzos, y aquellos otros que parecen fallidos, como los gatos y letras de colores que hoy intenté pegar en la puerta de la alacena deseándole feliz cumpleaños —no tenían la belleza que ella merece ni la eficacia que la ocasión ameritaba, pero ella me dijo “sé que te esforzaste y que lo hiciste con mucho amor”. Sonríe por las mañanas, cuando se va a dormir, cuando tiene un logro o un yerro, cuando la vida parece adversa y cuando fluye simple o incluso resplandeciente, aunque esté cansada, aunque esté triste, sonríe tan fácilmente, tan luminosa, como una criatura en una tierra nueva. Por las noches me enseña lo que yo nunca aprendí: por qué flotan los planetas, por qué no escapan de sus órbitas, qué hay debajo de nuestros pies y por qué no nos precipitamos en el vacío galáctico —también me ha enseñado que el vacío no es lo que pensamos como vacío—, me enseña sin hacerme sentir tonta, diciendo con su voz niña: “Es una buena pregunta y no tengo una respuesta segura, pero por lógica podemos pensar que…” Ahora soy incapaz de repetir sus lecciones, su cúmulo de conocimientos, pero sé que el mundo me parece algo más habitable, y la vida más entrañable; que mi lugar en él es menos relevante de lo que creía y más significante de lo que pensaba. Hoy cumple 11 años. Y, como ha sido desde antes de que naciera, sigo aprendiendo de ella.

26.7.22

La representación del cuerpo perfomático en la danza, antes, durante y después de la pandemia*


 Foto: Gerardo Castillo


La danza se había instalado en ese lugar en el que exploraba la mediación con la tecnología, en el que se preguntaba el sentido del cuerpo y el dispositivo, en el que extendía sus tentáculos en la transdisiciplina y la danza expandida, en que interrumpía el movimiento continuo como un acto político y un cuestionamiento al consumo voraz de un sistema capitalista, en el que mutaba de cuerpo ejecutante a cuerpo sintiente y expresivo.

Con la llegada de la pandemia y el abrupto confinamiento, todas esas reflexiones desde el cuerpo fueron expulsadas de un campo de la razón, crítica e investigación al espacio del confinamiento, la inmovilización forzada, la mediatización tecnológica como último reducto para la expresión dancística.

Antes de que la danza fuera esa disciplina normada bajo los estatutos de belleza dictados por la Real Academia de la Música y Danza en 1661, tuvo vidas muy distintas: formó parte de ceremonias fúnebres, sagradas y profanas; y después de la antigüedad, estuvo en una alianza, que parecía indivisible, con el teatro, por lo que no se centraba en el movimiento.

Pero el modelo neoclásico, apolíneo, abrevó de Platón, quien definía una de las tres especies de la danza como la destinada a “procurar salud, ligereza y buena gracia en el cuerpo”[1]. Así se concibió la representación del cuerpo en la danza desde los ideales de proporción; la belleza joven, reflexiva e inmutable de las estatuas griegas, que debía ocultar toda agitación, perturbación, esfuerzo. Y en ese ideal inalcanzable, la exigencia fue tal que el movimiento constante, fluido, ascendente parecía desafiar a la gravedad. Había un trabajo físico exigente, para sublimar el cuerpo mismo hacia un ideal etéreo, liberado de la corporalidad y animalidad para situarlo en un estadio espiritual.

Todas las dicotomías platónicas separaban al cuerpo entre cielo y tierra, entre la materia y el espíritu, entre la liviandad y la fuerza de gravedad, entre el esfuerzo y la gracia y el aligeramiento, el vacío de sí mismo como un camino hacia la liberación del mundo sensual.

En su ensayo Danza o el imperio sobre el cuerpo, Susana Tambutti —quien es muy crítica al hablar de la domesticación del cuerpo, del entrenamiento y la disciplina del ballet, y se refiere al “bailarín de los ballets ecuestres” que requiere de entrenamiento constante— ahonda en la representación del cuerpo desde esta disciplina, al decir que “el cuerpo incrementaba su perfección técnica al mismo tiempo que reducía su función simbólica”, y que “A partir de una concepción en la que la percepción interna estaba ausente, el cuerpo seguía siendo considerado como algo exterior. Mi cuerpo era algo exterior a Mí. El bailarín se reconocía a partir de su reflejo en un espejo y a esa imagen aplicaba las exigencias técnicas necesarias para obtener de aquel cuerpo ajeno el máximo beneficio”.[2]

En Agotar la danza, André Lepecki menciona que “el proyecto de la danza occidental se alinea cada vez más con la producción y la exhibición de un cuerpo y una subjetividad aptos para ejecutar esta imparable motilidad”[3].

Hasta que llega el tiempo en que este flujo constante de movimiento sufre el espasmo, el tartamudeo cinestético, la herida de la ansiedad crítica, según nombra Lepecki la llegada de un cambio en la danza, que como movimiento político y crítico irrumpe en este flujo constante, continuo y ascendente.

Susana Tambutti formula con claridad una nueva representación del cuerpo a partir de mediados del siglo XX, en que el cuerpo es utilizado ya no como la ejecución sin emoción ni simbolismo, sino como el lugar “de producción del imaginario del sujeto”[4]; el cuerpo deja de ser esa idealización inmaterial para migrar al cuerpo-percibido. 

El cuerpo ejecutante pasa a ser un cuerpo sintiente, con sentidos, con energía, en una relación con el espacio; por lo tanto, un cuerpo inestable, vulnerable, subjetivo, en riesgo ante la gravedad, ante la pausa, la decadencia, la materialidad, la sensualidad. Y de tener cuerpos sostenidos milagrosamente en puntas, empezamos a ver la representación de cuerpos unidos a la tierra y sus elementos, a ras de suelo, en un movimiento orgánico e imperfecto; en cita de Tambutti, Paul Ardenne lo explica con lucidez “Yo habito en mi cuerpo, pero a la vez, yo me represento habitando este cuerpo que es el mío”, o en Pina Bausch “No me interesa tanto cómo se mueve la persona, sino lo que la conmueve”[5].

André Lepecki, hablando de Jacques Derrida, consigna que “El cuerpo se entienda no como una entidad autónoma y cerrada, sino con un sistema abierto y dinámico de intercambio que produce constantemente modos de sometimiento y control, así como de resistencia y devenires”[6].

Aunque Randy Martin sostenga, en palabras de Lepecki, que “la política no va a ninguna parte sin movimiento”[7], Nadia Seremetakis contrapone el acto inmóvil como un acto político, la interrupción del flujo histórico, pues “Lo inmóvil actúa porque interroga a las ecónomas del tiempo, porque revela la posibilidad de la propia acción en el seno de los regímenes dominantes de capital, subjetividad, trabajo y movilidad”[8].

Si en un momento, en sus albores formales, la danza fue pausa escénica, ligada más al teatro, en tiempos más recientes la exploración en las representaciones del cuerpo la regresó al no movimiento como un discurso político y crítico; si en un inicio el entrenamiento frente al espejo desapropiaba el cuerpo como un dispositivo fuera del sujeto, ahora la mediación de tecnologías, pantallas y dispositivos llevan al sujeto a una fragmentación, al concepto de un metasujeto, de un cuerpo expandido más allá de sus contornos y su corporización.

La mediación tecnológica ha llevado a las exploraciones dancísticas a desapropiarse de la corporalidad y reapropiarse del espacio antes vacío que ahora es ocupado por esa expansión del cuerpo tecnológico, proyectado, refractado en otras formas de corporizaciones virtuales. Hay una transmutación de sujetos incorpóreos a cuerpos virtuales. Los elementos escénicos también pierden sus límites y se juega con la ilusión óptica de fundir el cuerpo en el espacio, con las luces, el piso, las paredes teatrales; todo es un magma virtual en constante interacción, fusión y juego de apropiación y desapropiación; de movimiento, inmovilidad, cuerpo y virtualidad.

Y así como las tecnologías se fueron apropiando de características antropomórficas, “Este vínculo entre la tecnología y el arte será un factor que caracterizará a las vanguardias del siglo XX. La danza incorpora al performance en vivo las primeras imágenes mediáticas, pero paralelamente la danza moderna también influenció la experiencia cinematográfica”, recuerda Nuria Carton de Grammont en su ensayo Louise Lecavallier y el simulacro del cuerpo virtual[9]en este sentido menciono a Maya Deren, por ejemplo.

“La danza se apropió de estos medios para potenciar las capacidades de la escena, para incrementar las posibilidades coreográficas del movimiento donde confluye la destreza orgánica y la ilusión del artificio”[10], escribe Carton de Grammont, “De esta manera, la presencia de los medios electrónicos en la danza posibilita la existencia de dimensiones sincrónicas reales, visuales y virtuales en donde el cuerpo deviene un flujo que transita entre estas atmósferas”[11].

La misma autora llama a esta etapa dentro de la danza “Metamodernidad”, porque “en ella el cuerpo va más allá del uso de lo mecánico, lo informático o lo digital. Esta fase coreográfica sería aquella que adquiere sentido en la trascendencia del estado físico, no del cuerpo humano como tal, sino del cuerpo tecnológico que ha caracterizado la historia de la modernidad”[12].

Avanzábamos en esta exploración de las nuevas tecnologías y la resignificación del cuerpo, cuando llega la pandemia y confina a esos cuerpos sintientes, expresivos, en movimiento, en una virtualidad permanente, único resquicio performático.

El optimismo y el horizonte de exploración, imaginación y creación se convierte en una imposición. Es por ello que, en lugar de seguir reflexionando desde la teoría performática, Jean Baudrillard me resuena con mayor fuerza en su sentido de urgencia, crítica, desde un pesimismo que es importante tener en cuenta ahora, para reflexionar sobre la virtualidad desde un lugar crítico, y no lanzar el ejercicio de la danza a un flujo inercial de la virtualidad.

Ya Baudrillard lo decía entonces, y parece que nos lo sigue diciendo hoy “De la misma manera podemos hablar hoy en día de un sujeto fractal que se difracta en una multitud de egos miniaturizados todos parecidos los unos a los otros, se desmultiplica según un modelo embrionario como en un cultivo biológico, y satura su medio por escisiparidad hasta el infinito”[13].

Baudrillard se esfuerza en aclarar que no se trata de un narcisismo, sino de una “autorreferencia desolada”[14], una inserción de lo idéntico sobre lo idéntico que pone énfasis por igual en la intensidad que en la insignificancia.  

En estas condiciones pandémicas y de virtualidad performática, vale la pena preguntarnos cómo percibe el público, el espectador, esta nueva forma de consumir lo que hemos experimentado como artes vivas, cuando ya no hay convenciones escénicas. Y Baudrillard dice que lo que el espectador ve a través de la pantalla no es el acto dancístico en sí, sino su propio cerebro, “Hoy ya no es en el hígado o en las vísceras y ni siquiera en el corazón o en la mirada donde se trata de leer, sino simplemente en el cerebro, del cual se quisieran hacer visibles sus millones de conexiones, y asistir a su actividad como en un vídeo-juego”[15].

Sin embargo, considero que esta falta de límites y contornos que ha dado la virtualidad escénica hoy ha ocupado el acto total del creador y del espectador. La pregunta que Baudrillard hacía con relación al performer (“¿Soy un hombre, soy una máquina?”) ahora se extiende al espectador. El espectador, conectado continuamente a la realidad virtual, en la que conviven y se consumen de manera simultánea contenidos noticiosos, formativos, laborales, artísticos, culturales, tampoco se define con claridad: ¿soy persona o soy máquina? 

Baudrillard hace tiempo lo advertía: “El ente comunicativo, el ente interactivo ya no toma vacaciones. Es absolutamente contradictorio con su actividad, porque ya no puede abstraerse, ni siquiera mentalmente, de la red operacional en la cual actúa”[16]. Y es esa realidad pandémica la que vivimos. Y es en esta realidad en que la representación del cuerpo performático de la danza actual toma otra dimensión. Al perderse la distancia entre lo escénico y el espectador, al compartir la virtualidad, al representarse el espectador a sí mismo como persona-máquina, la mediatización de las tecnologías deja de tener el sentido que tenía desde una intención escénica o performática.

Y también me pregunto si esta interconexión virtual constante no nos hace volver al movimiento perpetuo que la danza había buscado pausar como una crítica ante el consumo capitalista de imágenes, estímulos y movimiento.

Lo más paradójico es que desde la expresión performática se ha buscado hacer una crítica frontal a un sistema, a sus estrategias de control, y hoy esa expresión de movimiento está constantemente dentro del sistema: se transmite y consume desde redes sociales, donde creadores y espectadores estamos constantemente hipercodificados, mapeados y georreferenciados en nuestra identidad, gustos, interacciones, hábitos de consumo.

En la era pospandémica, después de la virtualidad forzada, la representación del cuerpo performático tendrá mucho que decirnos. Quizá sea otro buen momento de parar el movimiento, pausarlo, como un espasmo histórico, como una convulsión de los tiempos, y reflexionar sobre otras representaciones, y los significados profundos de esas representaciones como un acto de rebeldía y crítica al control de la virtualidad.

 

*Artículo publicado en Voices of Mexicohttp://www.revistascisan.unam.mx/Voices/pdfs/11218.pdf



[1] Disponible en https://sites.google.com/site/danziclopedia/home (consultado el 25 de noviembre de 2020).

[2] Tambutti, Susana, Danza o el imperio sobre el cuerpo, disponible en: http://movimiento.org/profiles/blogs/2358986:BlogPost:3762 (consultado el 28 de noviembre de 2020).

 

[3] Lepecki, André, Agotar la danza, traducción de Antonio Fernández Lera, Alcalá de Henares, Universidad de Alcalá de Henares-Centro Coreográfico Galego-Mercat de les Flors-Aula de Danza Estrella Casero, 2009. Pág. 17

 

[4] Tambutti, op.cit.

[5] Ídem.

[6] Lepecki, op.cit., pág. 21.

[7] Íbid., pág. 30.

[8] Íbid., pág. 36.

[9] Carton de Grammont, Nuria, “Louise Lecavallier y el simulacro del cuerpo virtual”, Fractal, año XIII, volumen XII, número 50 (julio-septiembre de 2008), pág. 103.

 

[10] Ídem.

[11] Íbid., pág. 105.

[12] Íbid., pág. 107.

[13] Baudrillard, Jean, “Videoesfera y sujeto”, en Videoculturas de fin de siglo, Madrid, Cátedra, 1990; pág. 27.

[14] Ibid., pág. 31.

[15] Ibid., pág. 30.

[16] Íbid., pág. 35.

30.6.22

Los duelos de migrantes


En Vuelo nocturno de Antoine de Saint-Exupéry, el narrador menciona que con cada piloto que muere dentro del grupo de aviadores que vuelan para trazar las rutas aeronáuticas por la zona andina, la memoria de lo compartido también se extingue. ¿Qué sucede con la memoria que no puede compartirse? ¿Qué sucede cuando muere la última persona que compartía contigo esos recuerdos? Muere la posibilidad de recordar. Muere la memoria. 

Esta premisa viene a mi mente cuando pienso en mi experiencia como migrante equiparándolo a un duelo. No solo duele alejarse del terruño; duele alejarse de quienes comparten contigo ese terruño, esa experiencia y esa memoria. 

Hace once años me mudé del desierto de Sonora a la Ciudad de México, que alguna vez fue lacustre, y que está ceñida en su crecimiento monstruoso entre dos volcanes: el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl. Cambié mi tierra yerma con veranos cercanos a los 50ºC por una zona boscosa y lluviosa. 

He perdido mi desierto. Sí. Esa luz inclemente que parece una sábana blanca tendida en la resolana, ese sonido sordo de insectos fuera del alcance de la vista, esos horizontes abiertos y sonrojados al caer la tarde, el calor calcinante que amenaza con evaporar el cuerpo entero. 

Pero cuando en esta nueva ciudad hablo de esa luz, de la resolana, del silencio, de los atardeceres, del clima, las palabras no son capaces de traerme mi desierto y eso que canta, eso a lo que sabe, eso a lo que huele. Y mi terruño vuelve a morir. Cada día más, porque lo que recuerdo solo vive una memoria que se va volviendo lejana, un espejismo que atesoro para que no se disipe del todo. Y para no perderla vuelvo a nombrar: mi desierto, mi resolana, mi sobretarde, mi petricor, mi churea y chicharra. Y con capas de palabras voy vistiendo la memoria de algo que quizá ya no es. 

Puedo describir con la mayor fidelidad posible la sensación del espacio abierto, llano, ocre de mi tierra. Pero nadie podrá sentir lo que yo siento por ella. Porque es mía, construida con mis recuerdos, experiencias, sensaciones en los momentos en que la viví. 

El terruño se va convirtiendo en un espacio utópico. Un lugar de origen al cual se añora. Un punto geográfico cada vez más añoranza que destino. Un lugar imposible, porque ya no es lo que es, sino lo que se recuerda, lo que se extraña, lo que se envuelve en nostalgia. Inalcanzable.

Cuando tienes la fortuna de compartir la lengua materna entre tu nueva ciudad y la que has dejado, un día te sorprendes con el infortunio de no compartir el acento, los modismos, el sentido del humor, el caló, los sonidos de la ciudad y sus pregoneros vendiendo cosas en las calles. Hay una pérdida de la lengua materna, a pesar de compartirla. Es escuchar a tu madre cantándote canciones de cuna desconocidas, cambiando tus apelativos y las expresiones que usaba en tu infancia para mimarte, hablándote como a una desconocida,  pronunciando tu nombre como una extraña.

Clara Obligado lo dice en su libro Una casa lejos de casa, que su propio acento argentino se ha desdibujado sutilmente en el exilio; un acento que tampoco es reconocido en la tierra española que ahora la aloja. Se ha convertido en alguien extraña para su lugar de origen y lo es (de manera inmutable) para la tierra que ahora la acoge. 

Si algo de la propia lengua muere, una se queda sin pares, sin tribu. Una pasa por el mundo a ser una extraña. Una desterrada. 

Nada vuelve a ser lo mismo. Ni la lengua, porque se transforma día con día; ni tu tierra, ni tus amistades, porque ya no son lo compartido, porque ya no es tu amiga de 60 años, cuando tú tenías 40. Tú ahora tienes 50 años, y tu amiga 70 y tu padre casi 80 años. Y esa distancia espacial y temporal se convierte un abismo cada vez más difícil de reducir y reconocer. 

La nostalgia tiene esa condena. Se atesora algo que ya no es. Se acaricia la sombra de lo que ya no está. Pero esa ausencia, ese no-lugar, se convierten en algo más grande de lo que es. Deviene en utopía, en un poema de amor que se recita de memoria sin recordar el nombre de a quien estaba dedicado. 

Pero me niego a perderlo todo. Y como migrante llevo en el corazón ese lugar inexistente e imposible que es mi terruño y su memoria., como si fuera una oda cada vez con nuevos versos, porque como dice Clara Obligado, “Llevar un poema en el corazón, pienso, puede ser también una forma de resistencia”.  


Referencias: 

OBLIGADO, Clara. Una casa lejos de casa. España, Ediciones Contrabando, 2020.

 

SAINT-EXUPÉRY, Antoine. Vuelo nocturno. México, Editorial Dante, 1989. 

 

Fotografía: Mariana Mendívil

Publicado originalmente aquí

26.3.22

Enrique Salgado

Murió Jesús Enrique Salgado Bojórquez. Y vengo a recordar el cariño y admiración que le he profesado, para que el silencio de sus últimos años —por una condición médica— no abone al olvido.

Enrique fue empresario, y también un movilizador de ideas, un lazo entre mentes que debían dialogar, un curioso de la historia, cultura, pensamiento, filosofía, un amante del desierto. Siempre pies a tierra. Si se interesaba por el legado del Padre Francisco Eusebio Kino, no solo leía y estudiaba, sino que organizaba cabalgatas para seguir sus rutas en las tierras yermas de Sonora. Si leía la revista Vuelta y con especial interés a Gabriel Zaíd, no solo guardaba la revista en su librero: iba y se sentaba con Gabriel Zaid para hablar e intercambiar.
Era un conversador brillante, sin poses ni rebuscamientos, abierto y lleno de sentido del humor. Enrique leía a Góngora, y era capaz de recitarlo con su fuerte acento sonorense. Leía a Teillhard de Chardin, y se preocupaba por su comunidad.
En su juventud se unió a las juventudes comunistas; luego fue haciendo un rodeo congruente, siempre respondiendo a su conciencia, hacia las comunidades sociales de base y hacia el PAN, del cual se alejó antes de que ahora fuera un partido que se nombra con vergüenza y entre dientes.
Para quien se pregunte cómo dio esta vuelta, le diría que tendría que haber vivido en los 80 y 90, cuando ese tránsito ideológico era posible y benigno, sin sombra del oportunismo o de incongruencia.
En el 97 tomó la decisión de ser candidato a la gubernatura de Sonora por el PAN. No se enfrentó a Armando López Nogales. Se enfrentó a Beltrones, con todo lo que ello significó.
Su casa estaba siempre vigilada por gente de gobernación. Ostentaban ese espionaje como una forma de generar terror psiciológico. Enrique se asomaba por su enorme ventanal al jardín abierto, sin rejas ni protección alguna, y se preguntaba: ¿No querrán agua? ¿No querrán café? No era del todo ingenuo. Era su forma de enfrentar esa guerra incansable que ejerció el poder contra él.
Vienen a mi mente anécdotas hilarantes como esta o sobre los espionajes a su celular. Pero dejó de ser simpático cuando fue perdiendo sus autos, en accidentes inexplicables, en la sierra de Sonora.
Un empresario exitoso le envió un mensaje: que me diga qué necesita, cuántos carros, dinero, para la campaña. Enrique no aceptó un cinco. No quería compromisos, no quería favores.
Cuando perdió acabó drenado emocional y económicamente. Pero Enrique, ese hombre atrabancado, claro, siguió su camino. Ya desde antes se le habían cerrado las puertas en el estado. Como constructor de ferro cemento no tenía forma de participar en licitaciones o concursos para obra pública. Impulsaba la creatividad de su equipo de trabajo para imitar arrecifes y otro tipo de paisajes que acababa en acuarios u hoteles en Estados Unidos.
También hizo unas estatuillas del padre Kino, su figura más admirada quizá.
Me encantaba hablar con él; verle junto a Luz Amalia, su esposa, también brillante, divertida, jovial, valiente.
La última vez que lo vi en persona, fue en un supermercado, muy temprano, poco después de las 7 am. Lo acompañé a su auto para que me entregara el libro que había editado sobre las rutas del padre Kino, con otros participantes de las cabalgatas e historiadores.
La última vez que hablé con él, fue ya estando yo aquí en al Ciudad de México, con mi hija menor recién nacida. Le dio gusto. hablamos poco con la promesa de vernos en Hermosillo para presentarles a mi niña a él y Luz Amalia.
Cuando volví a Hermosillo, Enrique ya no se presentó. A la firma de libros a la que fui, se acercó uno de sus mejores amigos, Enrique Rubio, y me pidió que dedicara uno de los libros a Enrique y Luz Amalia. Iba con esa encomienda. Enrique ya no estaba bien de salud.
Lo extrañamos desde antes de que se fuera, y nos hizo falta desde antes de su partida.
Abrazo a Luz Amalia, a su familia, hijos, nietos; a sus amigos, a todas las personas que dialogamos y aprendimos con él; a todas las personas que se sintieron tocadas por su andar en Sonora.
Te hemos extrañado, Enrique, nos has hecho falta, y así seguirá siendo. En paz descanses, amigo.




3.1.22

De los pañales al borramiento

Dos veces he sido madre, dos veces he sufrido depresión posparto y en ambas ocasiones desconocí que me estaba sucediendo a mí. 

Sí, había síntomas: llantos repentinos y copiosos, sin una razón clara; una especie de adormecimiento mental que me provocaba lagunas en la memoria, en el hilo de la reflexión e incluso para encontrar palabras. Pero ¿es eso depresión posparto?, me preguntaba, y me explicaba convincentemente que era la explosión de hormonas que se detonan para dar a a luz y la otra bomba posterior para generar leche y volver a ser un cuerpo que ya no está en plena gestación.

Una de mis depresiones posparto duró un año; la otra, es posible que se haya alargado hasta los cuatro o cinco años de mi pequeña. Por lo general, se habla de este tipo de depresión como una circunstancia encapsulada, con un inicio y una fecha de término; pocas veces he visto que se analice como el posible fertilizante para empeorar las circunstancias adversas que generan más depresión.

Según estudios de la Universidad Veracruzana, en México, el 32.5% de las mujeres sufren depresión posparto, por lo que es un problema de salud pública, que no se atiende. 

La prevalencia es alta, si comparamos con datos de la OMS, que establece la depresión postnatal en 13% de mujeres en países con ingresos altos y de 20% en países con ingresos bajos y medios. 

Sin embargo, todos los estudios acusan una falta de eficiencia en la medición. Porque la depresión posparto es silenciosa y silenciada por el entorno social, familiar e incluso médico. La gran mayoría de las veces el mismo personal médico invisibiliza esta posibilidad y no habla de protocolos mínimos para la atención o prevención. 

La depresión posparto es circular y gira sin cesar y, como un chamizo, adhiere espinas, hierbas, materia orgánica y todo lo que arrastre a su paso, hasta crecer y convertirla en una maraña indestructible. Inicia con el cambio brutal de hormonas, que genera un ambiente emocional que se alimenta de cualquier circunstancia —ya sea de temores laborales, del abuso en su núcleo afectivo o invisibilización en su entorno familiar y social, abandono de su red de apoyo, sobrecarga en las labores de cuidados—, y esto a su vez genera mayor abandono, falta de apoyo emocional, dificultad para reintegrarse a las actividades sociales o labores. Y el chamizo sigue creciendo lenta y dolorosamente.  

Y así como ante la lupa de la pandemia hemos entendido el valor público de los cuidados, así la maternidad pone reflector sobre su dimensión  política. 

Gran parte del sentimiento de abandono que se experimenta una vez que nace la criatura, se debe al sistema laboral, que niega el permiso de paternidad, lo cual suele tomarse por los padres como autopista para huir raudos de ese caos en que se convierte la vida cotidiana, y que silenciosamente se enreda con dolor, vacío, exigencia, agotamiento, asimetrías, imposiciones sobre el maternaje. 

Pero lo más difícil de constatar y experimentar es que en la maternidad, por más leyes hacia la igualdad y por más participación del padre que exista, no hay igualdad, no hay simetría. Eso es insalvable. Una vez que decides ser madre y seguir adelante con un embarazo, la experiencia de gestar dentro del cuerpo una vida más, de cuidar del cuerpo siendo una-con-otro-cuerpo durante cada segundo de la gestación, es una experiencia única e intransferible. 

Cada una de las decisiones de esos meses está atravesada por la conciencia del otro, que está dentro; no solo de la mujer que una es en su propia agencia. Desde qué beber o no beber, qué comer, cómo sentarse, si viajar o no, incluso decisiones de vida, el cronograma de proyectos, la planeación del horizonte laboral o formación. Y eso es un peso que trasciende la vida que crece en la entraña.

Recuerdo que en las últimas semanas del primer embarazo, sufría de insomnio. Familiares y amistades me recomendaban dormir, “ahora que puedes”, como una amenaza velada sobre lo que se venía. Pero justo, en lo que yo pensaba era en ese momento del parto, ¿podré hacerlo?, ¿mi cuerpo podrá hacerlo?, ¿podré respirar como me enseñaron?, ¿duele tanto?, ¿qué se siente?, ¿y si algo sale mal?, ¿y si no logro sacar a mi bebé de mí? 

Esa coyuntura es de una radicalidad apoteósica. Esa que eres tú, de repente se abrirá y dejará salir a una persona más, que ha estado en tu interior. Esa que eres tú, en ese momento, tiene la total responsabilidad sobre el cuerpo. De ti depende esa vida. De ti depende tu vida misma. 

Dicen que el dolor de un parto es equivalente a fracturarse 20 huesos a la vez. El dolor es subjetivo. Lo objetivo es el hecho de que tu cuerpo reventará entre caudas de agua y de repente una criatura con llanto entre animal, humano y sobrenatural estará resonando en una sala de partos o quirófano, estará resonando en tu pecho, estará resonando cada dos o tres horas, estará resonando en tu cerebro por muchos años o quizá por la eternidad.

Hace poco vi Tully (dirigida por Jason Reitman y escrita por Diablo Cody), como propuesta del cineclub de una colectiva de madres a la que pertenezco (A muchas voces), y hay una escena que es aterradora: un loop veloz en el que se sintetiza todo un día, y uno tras otro: llanto, biberones, cambiar pañales, vestir, amamantar, sacar aires, arrullar, dormirle, llanto, biberones, cambiar pañales, vestir, amamantar, sacar aires, arrullar, dormirle, llanto. Y es de las escenas más aterradoras que he visto. Ese loopeterno en el que se vuelve la vida, esas tareas pesadas y repetitivas a las que se reduce el amor y el cuidado. La culpa que se siente al no gozar la nueva vida que llega, la nueva vida familiar, los cuidados. Ese loop aplastante que amenaza con un día enloquecerte. 

Intentaré escribir esto sin spoilear. Cuando Marlo (Charlize Theron) parece empezar a disfrutar un poco más de la vida, a recuperar su sentido del humor, a tener un poco de tiempo libre, gracias al apoyo de la niñera, a mí me parece una explicación perfecta de cómo funciona la depresión materna. Ésta no tiene que ver sólo con la falta de sueño o la sobrecarga de tareas, sino con el aislamiento, con la terrible soledad de cada madre, con la invisibilidad a la que se ve sometida, al vacío atroz que se sufre cuando has dado a luz y tu persona acaba circunscrita a las exigencias de los demás, incluso de esa criatura a la que deseaste tanto, en caso de que así haya sido. Quizá la niñera no haya descargado a Marlo de las demandantes tareas de cuidados; pero sí fue capaz de ver a Marlo, la escuchó, se interesó por cómo se sentía, por quién era por sí misma y no en relación con sus hijos, su casa o su pareja. 

Pienso que la depresión posparto se prolonga por esta invisibilización de la madre, esta negación de sus necesidades, de su persona, de su individualidad.

Según datos de la Encuesta Nacional y Nutrición 2012 del Instituto Nacional de Salud Pública, la depresión que se prolonga hasta los hijos de 5 años es de 19.9%; es decir, 1 de cada 5 madres; esto significa que 4.6 millones de niñas y niños son cuidados por madres con un cuadro depresivo, con sus respectivas consecuencias, tanto para las madres como para sus criaturas y la relación entre ambas partes. Además, las mujeres embarazadas o con hijos son tres veces más susceptibles de presentar depresión que en otra etapa de su vida. 

La depresión posparto debería ser tratada como lo que es, un problema de salud pública; y la prevención de posibles suicidios y filicidios. No se trata solo de agotamiento —que en sí mismo es desbordante—, sino de soledad, de incomprensión, de borramiento, de invisibilización de las madres, de sus temores y necesidades. 

Hace poco más de un año, con mi hija mayor ya de 25 años y mi hija pequeña de 9 años, encontré un taller llamado “Pequeñas Labores. Escritura desde la maternidad”, impartido por Isabel Zapata. Ya entrada en la pandemia, con el frenesí que me significó la posibilidad de tomar cursos y talleres en línea, me inscribí. Cuánto lamenté no haber contado con algo así durante los embarazos de mis dos hijas. 

Me adentré a lecturas que hacían eco de los temores acerca de la maternidad, la rebeldía ante los mandatos impuestos a las madres por una cultura patriarcal, la confesión de toda la gama de emociones que despiertan las maternidades. Y lo mejor, encontré a otras mujeres, madres, con quienes podía compartir tanto la ternura como la rabia, la plenitud y la frustración, el amor y el desconcierto que nacen junto a cada hijo o hija que damos a luz. 

Como le sucede a Marlo en Tully, no se trata solo de aligerar la carga de cambiar pañales; se trata principalmente de no convertirse en invisible una vez que nuestra criatura sale del vientre, sino de ser vista, de ser escuchada, de sentir que nuestra vida importa en sí misma y no en relación con a quienes cuidas

(Publicada originalmente en Revista Este País).

Maternidad: mi nudo gordiano de octubre


En la sala de auscultación del consultorio de mi ginecóloga, me preguntó, casi en  secreto: “Bueno, ahora que nos quedamos solas, te pregunto, ¿qué preferirías? ¿Tener una hija libra o una escorpión?”

La  pregunta me hizo mucha gracia. Mi primera hija tenía casi 16 años y es signo Escorpión. Mi segundo embarazo estaría a término justo alrededor del cumpleaños de mi primogénita y justo, también, en los linderos entre Libra y Escorpio. Elegí Libra, para variar.

Así mis dos hijas nacieron en octubre, 19 y 25 de octubre, una de parto natural y otra, cesárea. 

El mes de octubre, en muchos sentidos, le ha dado sentido a mi vida. Celebro el cumpleaños de mi padre; y así como me ha traído la vida de mis dos hijas, también es la ocasión para conmemorar lo indeseado e inesperado: la muerte de mi madre.

Octubre es un nudo gordiano, grande y brillante como sus lunas. A menudo he pensado que es el oráculo de mi vida. Mis progenitores con su vida y muerte, como cabo y rabo de ese cordón anudado en mi corazón; la llegada de mis hijas a esta forma de vida de mi propia mano, con sus tránsitos como un entretejido hermoso, complejo, intrincado. Todo es un laberinto desconocido para mí. 

Dice la leyenda que Gordias, en agradecimiento por haber sido elegido rey, y como ofrenda a Zeus, ató su lanza y yugo con un nudo cuyas puntas se ocultaban en su interior, de manera que nadie pudiera desatarlo. 

La maternidad es eso, el nudo que no se desata, con el yugo y la lanza en su centro: el ataque y el sacrificio, la lucha y la derrota, la valentía y la fragilidad como parte de la misma aventura.  

Quizá no exista otra decisión que surja de una certeza imperiosa y que esté tan llena de incertidumbre como es la maternidad. 

Mis dos hijas nacieron de decisiones reflexionadas, asumidas, abrazadas con toda la fuerza que cabe en mi ser, y sin embargo ante la pregunta “¿por qué decidí ser madre?”, nunca he podido responder. Nunca fui una niña que soñara con ser madre. Nunca he sido ese tipo de mujer con un “instinto” o intuición “natural” hacia la maternidad. 

 A menudo me he sentido en la vida como una hija extraviada de mí misma. A menudo siento que tengo que ser guiada, que tengo que enseñarme a vivir, que tengo que explicarme el mundo y cómo funcionan las personas, que tengo que ser paciente con la enseñanza de lo cotidiano, desde preparar un platillo hasta tender mi cama. 

¿Por qué alguien con esa torpeza e inexperiencia querría ser madre? ¿Por qué alguien que jugó a las muñecas haciendo el papel de hija, y nunca de madre, querría ser mamá? 

Hace años participé en unos coloquios interdisciplinarios que se organizan en el sur de España durante el verano, cuyo tema era “¿Cuáles son las verdaderas razones para engendrar?” Y la respuesta conclusiva de aquellos días de reflexión y discusión fue que engendrar es un acto de amor benévolo, sin razón, sin argumento, sólo el amor que se entrega como una fuerza que se desborda, que nos desborda.

Así ha sido mi caso. Y siento que ese amor desbordado, más allá de mis fuerzas, alcanza para maternar, pero al mismo tiempo, es insuficiente. Nunca es suficiente el conocimiento, la intuición, el instinto, el sentido común. Cada día coloco en un altar el arsenal que requiere la maternidad, y cada noche acabo agotada, desconcertada, con la sensación constante de haber fracasado, así, un día tras otro. 

Y en esas noches, siempre me pregunto: ¿cómo lo hubiera hecho mi madre? Y sobre todo, ¿así se habrá sentido?, ¿el fracaso permanente, la insuficiencia eterna, la duda constante? 

A veces pienso que no. La recuerdo en mi niñez, amorosa, sorprendiéndonos con su canto, con los milagros sobre la mesa cada vez que nos alimentaba, con su facilidad para tejernos y cosernos la ropa y los juguetes, la capacidad para tener la casa limpia cada día a pesar de sus seis hijos  

  A veces pienso que sí. Cuando vuelve a dolerme su depresión en sus últimos años, la soledad que adivinaba en ella en esas noches de insomnio en que se ponía a tejer o coser como poseída, los silencios mientras se afanaba en el mundo que se le había reducido a una casa a pesar de sus capacidades y sueños.

Cuenta la misma leyenda sobre el nudo gordiano, que cuando retaron a Alejandro Magno a desatarlo, lo cortó con su espada y dijo: “Es lo mismo cortarlo que desatarlo”. 

Mi madre murió un 15 de octubre, cuando mi hermana tenía 17 años y yo 20. Éramos las más chicas entre sus hijos, las únicas mujeres entre sus hijos. Hemos tenido que lidiar con la pérdida de la madre, que es algo tan carnal; la ruptura de ese hilo que nos ata a la vida, a la estirpe entre madre y madre y madre de generación en generación, a nuestra historia, a nuestra continuidad a lo largo de la vida. La espada cortando el cordón umbilical, el acertijo gordiano.  

Creímos lidiar con la pérdida de la madre, nuestra madre. Nos supimos huérfanas. Nos sentimos desterradas del mundo por el que nunca más tendríamos explicación, porque esa madre nunca más estaría ahí para decirnos certezas ante la duda, sosiego ante los miedos, palabras de aliento ante el dolor . 

Pero nunca sospechamos que lidiaríamos con una pérdida más profunda: la pérdida de nuestra madre en el momento de ser madres. La ausencia profunda cuando fallamos en todo: al amamantar, al consolar a nuestras criaturas cuando lloran largamente sin que descubramos la razón, al lastimarles sin desearlo, al no lograr arrullarles, al no menguar sus fiebres o enfermedades, al no saber qué hacer con sus adolescencias indómitas. 

Quizá si mi madre viviera yo no tendría la sensación de ser mi propia hija, errática, mientras trato de enseñarle (enseñarme) a ser madre, a ser amorosa a pesar del cansancio, a ser alegre a pesar de la zozobra, a ser entusiasta a pesar de la incertidumbre del futuro, a ser ejemplo en cualquier cosa a pesar de decirme cada día y a cada momento “no sé, no entiendo, no puedo”. 

Pero el amor benévolo. 

Pero la fuerza incontenible de la vida. 

El irremediable flujo de existir y transitar los meandros de la cuerda en un nudo irresoluble y ferozmente bello. 

Mi madre murió un 15 de octubre, ya lo dije, pero no dije que es el día de Teresa de Ávila, de santa Teresa, una de las pocas mujeres en la tradición católica que es Doctora de la Iglesia. Y eso tiene un significado profundo y luminoso para mi hermana y para mí, ambas lectoras de Teresa. Dentro del abrupto e irremediable corte de espada,  hubo un guiño en la pérdida, un bálsamo en el dolor. La mano de Teresa llevándose a nuestra madre ha sido una especie de promesa. Incumplida o no, las promesas verdaderas se sostienen a lo largo del tiempo y, aunque no se cumplan, tampoco desfallecen. 

Una amiga me leyó el tarot en el reposo absoluto que tuve en un tramo de mi segundo embarazo por desprendimiento de placenta. La carta que explicaba la relación con mi hija mayor era una entre maestra y discípula. Ella era mi maestra, yo su discípula. La razón de su vida en la mía es que yo aprendería de ella. La hija enseñando a la madre en una misteriosa inversión de los tiempos, los sentidos y las cronologías. Mientras que la carta que explicaba la relación con mi hija menor, era la de un gran árbol dando sombra y sosiego. Yo era la figurita debajo de su enorme y hermosa fronda. 

Soy una madre. Soy mi propia madre enseñándome a ser madre. Soy mi propia hija torpe e inexperta. Soy madre de mis hijas y soy a la vez una aprendiz de ellas, una discípula de sus mentes lúcidas, agudas, creativas, brillantes, dueñas de una fortaleza admirable, dueñas de ellas mismas.  

Es mi nudo gordiano. Y no quiero espada para cortarlo. Tampoco es necesario desatarlo. Quiero habitarlo en lo que es. Es el amor benévolo y misterioso de la vida.

(Publicada originalmente en Revista Este País).

La deslegitimación de las mujeres en el sistema de salud


Era el fin de invierno de 1990. Acompañé a mi madre con su doctor, porque tenía episodios de fiebre, una sensación de enfermedad general en el cuerpo y unas ojeras oscuras y profundas. 

Al salir de la consulta, el doctor la acompañó hasta la sala de espera, y ahí a bocajarro y displicente, lanzó su diagnóstico lapidario: “Ya deben aceptar que tu madre tiene depresión y, después de años deprimida, también es hipocondriaca”.

Salimos en silencio de ahí. Recuerdo el rostro apenado de mi madre. Ella no estaba satisfecha, intuía que había algo más; sin embargo, se sentía avergonzada, como si mintiera a la familia o a ella misma. El doctor ya había fijado la etiqueta desde su superioridad: hipocondría, depresión. 

Meses después, mi madre tuvo un accidente automovilístico; se realizó estudios para descartar golpes internos, y eso que ella sentía reptar por dentro de su cuerpo, invadirla, intoxicarla, estaba ahí con toda la claridad de la resonancia magnética: un enorme tumor en el riñón, y un cáncer que se esparcía hacia el estómago, hígado y pulmón. 

Mi madre murió en octubre de 1991. Fue cáncer. 

*

El ejercicio de la medicina ha sido y sigue siendo androcéntrico. La medicina no es neutral. Existe el sesgo de género en la práctica de la medicina que deslegitima los síntomas de las mujeres por razón de género, y que deviene en diagnósticos equivocados, infradiagnósticos o diagnósticos tardíos; muchos de los cuales derivan en consecuencias perniciosas. 

No existen estadísticas, pero sí un buen número de artículos y libros en los que se habla de ello. Cada una de las mujeres que he conocido tiene en su historial de salud uno o más casos en los que este sesgo de género ha obstaculizado un diagnóstico acertado y oportuno.

La medicina, al final de cuentas, fue territorio de los hombres, esos que se erigieron como los hacedores de la cultura, en contraposición de la animalidad del ser humano; los hombres que centralizaron el conocimiento, incluso ginecológico, partiendo del cuerpo masculino como modelo; los hombres que decidieron ignorar el conocimiento de las mujeres sobre sus cuerpos, sobre la reproducción, sobre la ginecología, para monopolizarla, controlarla,  y generar toda una narrativa discriminatoria; los hombres que abordaron el cuerpo femenino como una derivación patológica del cuerpo masculino.

Rosa María Moreno Rodríguez menciona en su artículo “Ideación científica del ser mujer” que ya en sus referencias sobre el cuerpo femenino, Galeno “propuso la inferioridad de la naturaleza femenina respecto a la del varón, la que adujo debido a la constitución anatómica de los órganos reproductores”.

La medicina androcéntrica hizo paralelismos entre cuerpo femenino y cuerpo masculino, en el que los ovarios de las mujeres eran  remedo inmaduro de los testículos masculinos. Lo masculino como lo que es, lo externo, evidente; y lo femenino como lo oculto, el misterio, lo oscuro, lo que no alcanzó a madurar, a emerger. El cuerpo masculino como ejecutor de la cultura, de lo racional, lo civilizado, aquello que nos aleja de lo animal y primitivo. El cuerpo femenino como el resabio de la animalidad del ser humano; un salvajismo que era mejor mantener bajo reposo y cautiverio. 

La medicina y su estudio del cuerpo femenino tuvo un papel fundamental en el confinamiento de las mujeres en el espacio doméstico, en su rol exclusivamente reproductivo; y a la vez, la atención de los servicios de salud a las mujeres sigue perpetuando, de alguna manera, ese rol centrado en la reproducción, desde un poder asimétrico entre la medicina y la autonomía de las mujeres. Y toda asimetría es abusiva. 

Bien lo dijo Marcela Lagarde en Los cautiverios de las mujeres , “Las mujeres están cautivas porque han sido privadas de autonomía vital, de independencia para vivir, del gobierno sobre sí mismas, de la posibilidad de escoger y de la capacidad de decidir sobre los hechos fundamentales de sus vidas y del mundo”. Y ese cautiverio sigue dejando su impronta en la gestión de su salud. 

Qué necesario se hace actualmente analizar la responsabilidad del androcentrismo en la perpetuación de la discriminación y violencia hacia las mujeres en el ejercicio de la medicina.

El estudio de la ginecología, si bien puede verse como un avance en cuanto al abordaje del conocimiento concreto del cuerpo de las mujeres, tuvo desde su origen un sesgo: el estudio se realizó desde la perspectiva masculina, sin tomar en cuenta los saberes acumulados de las mujeres sobre sus cuerpos y el proceso de reproducción;  y ese modelo del cuerpo femenino no tomó en cuenta a las mujeres en su diversidad, sino a las mujeres que esos hombres de ciencia tenían en casa y en sus ciudades: esposas amas de casa, madres, que recibían cierta alimentación y ayuda de servidumbre y niñeras; es decir, el modelo fue desde la perspectiva del hombre blanco, burgués.  

Las secreciones y el poder reproductivo emanado del cuerpo de las mujeres se emparentó con la animalidad, con el salvajismo, con la fuente de sus enfermedades. Toda la etiología de las enfermedades de las mujeres se concentró en su funcionamiento uterino. Así hablaban de “desplazamientos” uterinos o “prolapsos”, al mismo tiempo que mencionaban las “sofocaciones histéricas” de las mujeres.

Este uterocentrismo que mezcla y confunde lo biológico y lo psicológico, y que reduce la salud de la mujer a su capacidad reproductiva, sigue primando actualmente, a pesar de todos los avances de la ciencia y la incursión de las mujeres científicas en la medicina. 

Y de alguna manera, la familia, el Estado, las leyes, siguen esta visión: las mujeres son madres —ejerzan como tal o no—, y como maternan no pueden acceder a las mismas oportunidades laborales; existen los permisos por baja materna, pero las bajas paternas son insignificantes, cuando no inexistentes; las labores de cuidados no remunerados siguen recayendo casi exclusivamente en las mujeres.

La medicina ha tomado como modelo de investigación a hombres o animales machos. Y de esta manera ha perpetuado el género masculino como lo normativo en el abordaje de la medicina. 

Con ese poder, ¿qué los detiene a ejercer la medicina desde la invencibilidad de su perspectiva masculina?, ¿quién les impide abordar la atención con un sesgo de género que acaba siendo irresponsable y muchas veces pernicioso, cuando no mortal? 

​​ Hace algunos días recibí la noticia de una de las mujeres más cercanas y amadas en mi vida y en mi familia, por años diagnosticada con depresión y fibromialgia; este diagnóstico fue la frontera para no indagar en una sintomatología que no tenía nada que ver con depresión o fibromialgia, sino con un cáncer en escalada.

*

El derecho a la salud forma parte de la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discrimación contra la mujer (CEDAW), que ha sido firmado por México, para  lo cual recomienda que los Estados “incorporen la perspectiva de género en sus políticas, planificación, programas e investigaciones necesarias de salud, a fin de promover mejorar  la salud de la mujer y el hombre”. 

Las leyes del país y las convenciones que hemos firmado pueden proteger a las mujeres en nuestros derechos reproductivos, en el establecimiento de límites en las prácticas que perjudican nuestra vida y salud, pero ¿cómo se deconstruyen las estructuras patriarcales en los esquemas de valores de los profesionales de la salud?, ¿cómo se rompe un sistema patriarcal que sigue asumiendo el cuerpo de la mujer como un defecto y anomalía?, ¿cómo transformar la atención médica a una que no subestime la palabra de la mujer, su voz, su sentir y sus saberes sobre su propio cuerpo? 

En La mujer y la salud en México, un compendio de artículos editado por CONACYT , se aborda la salud de las mujeres en la resonancia social que este tema tiene, y cómo esta discriminación impacta en el entorno familiar y comunitario. Se sostiene que, por ejemplo,  en comparación con los hombres, las mujeres sufren más rechazo social cuando tienen un problema de salud. Incluso, llega a romperse el vínculo con su pareja, y suelen asumir solas los tratamientos. 

a discriminación que las mujeres sufren traspasa el sesgo de género que obstaculiza un buen y oportuno diagnóstico, y se prolonga al entorno social y familiar de las mujeres con alguna condición de enfermedad. 

El sesgo de género en el ejercicio de la medicina es un tipo de violencia. La violencia de género ejercida desde los profesionales de la salud no es inocua, es letal. Y es letal también para las instituciones, donde se perpetúa esta práctica patriarcal, invisible, connatural. 

Así como mi madre, como tantas mujeres en mi familia, como yo misma, sufrimos de violencia en el ejercicio de la medicina, cada mujer tiene una historia que compartir en ese sentido. No podremos recuperar las vidas de mujeres amadas y valiosas que redujeron su calidad de vida o murieron por esta deslegitimación de sus voces y cuerpos. 

El dolor profundo por esas pérdidas se vuelve más hondo cuando pienso en todas las formas que las mujeres tenemos de morir por el simple hecho de ser mujeres. Espero el día en que podamos liberarnos de esos cautiverios del sistema patriarcal. Y que mis hijas, sí, dos mujeres, y tú y tus hijas puedan atestiguarlo.

(Publicada originalmente en Revista Este País).