Ir al contenido principal

Feliz Cumple 500, Teresa

Llegué a ti de la mano de mi hermana. Y como llegué renuente, escéptica, irreverente, te obstinaste a permanecer junto a mí. Así fuiste siempre, porque así fue Dios contigo: perseverante, obstinado. Qué te digo del humor pesado que siempre se traían ustedes, rasgo que a ti especialmente te caracteriza. Esa es una de las razones por las que me caes tan bien: por tu sentido del humor, por tomarte a la ligera esos accesorios del misticismo (ay las levitaciones), y por tomarte tan en serio (hasta el silencio) aquello del misticismo que trasciende la palabra y el cuerpo y la mente.
Y si seguimos siendo amigas es por tu terquedad. Murió mi madre y ahí estuviste: en la primera madrugada del 15 de octubre, abrazándonos, consolándonos, diciéndonos a mi hermana y a mí que nada es casual, que todo tiene sentido. Canonizaron a la filósofa (Edith, la Stein, claro que lo sabes) y ahí estabas guiñándonos a una y a otra, haciéndonos más amigas que maestra-pupila.
No pienso a menudo en ti. A decir verdad no pienso a menudo en nada que no sea mi vida cotidiana, la rutina, la pareja, las hijas, el jardín, la casa, el trabajo. Eso lo sabes. Pero cuando lo hago, como este día, estás aquí como la más entrañable amiga, a la vuelta del latido, del calor del alma que dejan las amistades profundas y permanentes.
¿Puedo pedirte algo? Sé obstinada, persiste hasta mi fin. Y dame entonces un guiño, cualquiera. Lo sabré reconocer. Y entonces confiaré en tu mano, la que me dio mi hermana, la que me diste la madrugada de aquel 15 de octubre; entonces nada me será extraño ni temeroso. O sea, lo que te estoy pidiendo es que sigas aquí y no te vayas. Siempre sé en mi vida esa adorable terca, ¿sí?



  
 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Capomo

Alicia, la novia de mi hermano Martín , me invitó a montar. A pelo. Sin silla de montar. Yo era niña. Tenía quizá 10 años. Anduvimos por el monte, lleno de brizna seca, con el sol muy bajo y naranja. En el silencio montaraz, ella me cantaba "La flor de capomo", ¿la conoces?, me preguntó. Le dije que no, entonces me la cantó en mayo. Este es uno de los momentos más memorables en mi niñez. Tiempo después, en una fiesta en el campo donde había música en vivo, mi padre quiso complacerme con una canción. "La flor de capomo", pedí, y mi padre sonrió extrañado y orgulloso a la vez. Desde entonces, para él esa es mi canción. Sí, esa es mi canción. Nunca he visto una flor de capomo. Queda poca gente que la ha visto. La flor de capomo crece en los ríos. Y ahora el río yaqui y mayo ya están secos, por lo que la flor de capomo es ya casi mítica. La raíz es muy extensa y con muchos tentáculos. Es como un estropajo estirable que se clava muy superficialmente en la tierra. El t...

Álguienes

Hay días así. En que la vida ermitaña de una aparece con todas sus luces cercanas, acompañantes. Alguien presenta su libro. Alguien presenta a quien lo presenta. Esa alguien está feliz. Alguien más se muestra feliz de su francés perfecto. Alguien me presume sus kilos de más. Alguien me habla de dulces y deleites. Alguien y otro alguien y otro se citan esta noche alrededor de mi tequila, a la distancia y charlan. Alguien alarga su brazo y me habla del camino a Santiago, su paso humano. Alguien duerme en su habitación rosa, abrazada de su oso de peluche y me dice Te quiero, mami , cuando la tapo. Alguien dice que me extraña. Alguien dice que me quiere. Alguien dice que debo pagar impuestos. Alguien levanta sus orejas cuando digo su nombre y lame mi mano cuando lo acaricio. Alguien cuida de mis puertas. Que nadie que me dañe entre. Y soy yo, yo, yo, quien responde a uno y otro. Quien abre las puertas. Quien escribe, quien siente, quien piensa.