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Desenchufada

Tenía una máquina vieja. Una laptop que no podía vivir sin cable. Para moverme de un lugar a otro por casa (muy necesario cuando se tiene a una hija pequeña), tenía que cerrar todos mis documentos, todos los programas, todas las ventanas (tarea casi tan ardua como cerrar una a una las persianas de un multifamiliar); instalarme de nuevo, abrir; y luego de nuevo cerrar. Porque créanme, no hay ser más voluble que una criatura de cuatro años.

Tenía un escritorio cerca de un enchufe en cada lugar de la casa para poder con esta proeza: entre la sala y el comedor, en el estudio que se supone sería mi oficina, en la recámara... Deambular con la portátil era como llevar un lastre. Un lastre con olor a pasado.

Esos tiempos acabaron. Tengo una portátil que no requiere enchufe, superficies estables, inmovilidad en un escritorio. Ahora voy de un lugar a otro como se le antoje a la pequeña, que ya baja a dibujar, ya sube a armar rompecabezas, luego baja por un snack, después sube a ver una caricatura.

Pero independientemente de eso, hay una liberación interna. No es broma. Aquella computadora era una última ancla a un pasado, a otro lugar, a otra vida, a otro trabajo. Ahora empiezo con un escritorio limpio, con una memoria desnuda, con un presente ligero. La escritura ya no tiene que ver con una logística enchufe-escritorio. La escritura es lo que es que debe ser: un trato entre la mente y la mano. Y la máquina, el artefacto casi invisible que la hace posible.


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