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Ser optimista.
Eso quiero en el 2018.

Parece que el optimismo es algo de idiotas e ingenuos. Pues déjenme decirles que ya vengo de vuelta: el pesimismo drena, no produce, es egoísta, ególatra, vanidoso, vano. Las quejas y críticas se oyen bien, quizá hasta suenan inteligentes; pero se regodean en el vacío, en los callejones sin salida, en el conformismo.

Solo los optimistas buscan soluciones y creen que existen. Y seguramente este 2018, con elecciones en puerta en México, con una ley de seguridad interior ya en funciones, con la ley mordaza metiendo su nariz en nuestras vidas privadas nos darán motivos para volver a los lamentos y el pesimismo. Pero tengo hijos. Y creo fervientemente que en lo micro está lo macro. Y creo, como mujer creyente y espiritual, que todo lo que hacemos tiene un efecto sacramental; es decir, que lo que hago en mi vida cotidiana tiene un efecto simbólico y de facto a nivel global, un efecto extraterritorial, e incluso extemporáneo.

No quiero que mis hijos se quejen de la basura en las calles cuando tienen sus habitaciones desordenadas. No quiero que mis hijos se quejen del México del No Pasa Nada, cuando son negligentes en sus estudios, en sus pequeñas responsabilidades como miembros de una familia. Y si sigo infundiendo pesimismo, no tendrán otro reducto más que ese callejón sin salida donde las críticas y lamentos suenan muy inteligentes pero son vanos y narcisistas.

Y parte del optimismo es decidir que la adrenalina del estrés no sea mi combustible nunca más. Y sin embargo sí programarme a lograr mis proyectos, con mi energía propia, con mi entusiasmo intrínseco, con mi llama interna. Porque los optimistas sí tienen llama interna. Y los pesimistas las sofocan.



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