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Fichando espero

Estoy fichando. Llevo meses en esto. Lo que va del año para ser exactos. Me recargo en esta barra desértica y hablo con quien desde el lado más septentrional de esta barra me escucha y hace conversación. El lunes no me esperará más detrás de la barra, como noche a noche. Por eso decidí que el domingo es el último día que ficho.

No es precisamente nostalgia lo que siento. Nostalgia da recargarse cerca de las lámparas para ver mejor desde este rincón oscuro. Nostalgia da recordar un amor a la luz del día, sin sombra alguna.

Fichar no es un acto de amor. Ustedes coincidirán conmigo. Fichar es una transición, un preámbulo. Es funcional, es necesario. Útil. Tal vez por eso bostezo frecuentemente. Sí: a veces aburre.

Pero ficho con la esperanza de atrapar otras vidas, de descubrir algún personaje por ahí, alguno por allá. Con la esperanza de no olvidar nada. Nombres, historias, para luego bailar como si no existieran zapatos ni suelo; sólo un movimiento que flota.

Ficho y escucho entre el bullicio de datos las palabras que amo, las palabras que me aman. Anhelo ese amor que me arrebata y al que temo por eso.

Ese amor que encandila con su luz destemplada como un papel en blanco. Ese amor que repentinamente se agazapa en penumbras que sufro por conjurar.

El domingo dejo de fichar. El lunes empiezo a amar. El domingo cerraré mi fichero lleno de tarjetas escritas en color marrón. El lunes abriré mi documento en Word y reescribiré mi novela.

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