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Estructuras

Después de más de 12 años de trabajar bajo horarios demandantes, fijos, extralimitados a veces, ahora tengo la libertad de organizar el día a mi antojo. Sería lo ideal si tienes niños, si no tienes a doña Ana ayudándote como antes, un altero de libros por leer y la novela, esa novela que avanza, corre, se frena, se estanca, salta, trota.

Pero no es lo ideal cuando estás acostumbrada a la presión, a la rigidez de estructuras, al estrés, a horarios a tope con sus actividades saliéndose disolutas como el relleno de un colchón viejo.

Y así como este año ha sido desaprender, reaprender, ahora estoy en la fase de aprender a trabajar como agente libre. Pero también a conocer mis estructuras mentales y aceptarlas.

Y aceptarlas significa resignarme a que necesito sentir horarios, obligaciones como antesala de los logros, así sea poner una carga en la lavadora, así sea terminar un capítulo del libro que leo o del que escribo.

Eso intenté este fin de semana. Y encontrar la mejor hora y el mejor espacio para trabajar en mi novela y tejer su urdimbre de personajes, juegos, palabras. Eso todavía está en signos de interrogación y en -espero- breves puntos suspensivos.

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