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28 de febrero

Pues aunque he intentado que el 28 de febrero no sea ese día, lo es y así seguirá siendo. El último día en que pusiste un pie en la tierra. El último día en que pensaste en un mañana que llegaría sin falta. El último día en que viste nuestra casa y la dejaste a oscuras. El último día en que condujiste por la ciudad, la carretera, el campo. El último día en que volaste. ¿O aún vuelas? Han pasado 31 años. Aún sigues siendo ese muchacho inconforme y viejo de 21 años. Y aunque he intentado crecer, sigo siendo tu hermana de 14 años que no logra explicarse nada de lo que pasa. (Foto robada del muro de mi primo Byl Mendívil)

Washington

En este último viaje descubrí, entre otras cosas, lo siguiente: 1. Uno de mis disparadores de pánico cuando salgo a las calles es saber que mi mente no tiene sentido de orientación; pero si el espacio tiene una lógica sencilla, el pánico aminora a casi cero. Washington tiene una lógica: calles en orden alfabético y numérico. Lo peor que podía pasar es que creyera que iba en sentido ascendente de la calle O a la P, y resultara que fuera hacia la N. El par de veces que me perdí y asomó el pánico fue porque las calles no trazaban una cuadrícula perfecta o aparecían esas calles con nombres de estados, así, de la nada. Entonces, al carecer yo de lógica, espero que la ciudad la tenga. El típico: no eres tú, soy yo. 2. Sí es padre que el gobierno ofrezca entradas gratuitas a los museos. Pero no es padre que todos tengan el mismo horario. One size fits all? Prefiero los museos privados de Nueva York, que te dan varias modalidades de ingreso, tarifa, horario. 3. Extraño la vida simple...

tiempos

Hubo un tiempo en que deseaba con todo fervor traspasar el techo. Hoy quiero destrozar la puerta. Obra de Janaina Tschäpe 

Roque: 51

Mi madre siempre me contó que cuando yo era bebé, cada tarde mi hermano Roque me daba una vuelta a la manzana empujando la carreola. No recuerdo esa época, pero si aquella otra en que él era mi puerta al mundo masculino: Roque, a quien entonces llamábamos Toño, era quien me introducía en los juegos de mis hermanos hombres, siempre con delicadeza, sin burlarse, sin abusar.  Yo también le abría la puerta a otro mundo, ese que tenía yo, introvertida, fantasiosa. Teníamos una pequeña lámpara toda de cristal con estrías tornasol. La luz se refractaba en hilos que bailaban dentro de la lámpara. Yo podía pasar horas contemplando esa danza: elegía uno de los rayos y seguía su movimiento por largo tiempo. Una vez compartí ese juego secreto con él y lo entendió. Cuando caía la tarde podíamos pasar horas mirando la lámpara, eligiendo cada quien su hilo luminoso.  A veces he creído que ese juego fue lo que nos conectó. Pero sé que nuestro lazo fue anterior, y que sobrevivió más allá...

Adiós

Cerrar el 2015 ha sido darle el portazo a una etapa. Otras veces he sentido que la mojonera está a unos cuantos pasos de mí, y aunque camino y camino, el punto se va moviendo a un futuro que parece inalcanzable. Hoy puedo decir: camino y la mojonera ha quedado atrás de mí, cada vez más lejos. No regresaré.

2016

Será un año literario. Leer, escribir, publicar, corregir, asomarme al mundo afuera.

Desenchufada

Tenía una máquina vieja. Una laptop que no podía vivir sin cable. Para moverme de un lugar a otro por casa (muy necesario cuando se tiene a una hija pequeña), tenía que cerrar todos mis documentos, todos los programas, todas las ventanas (tarea casi tan ardua como cerrar una a una las persianas de un multifamiliar); instalarme de nuevo, abrir; y luego de nuevo cerrar. Porque créanme, no hay ser más voluble que una criatura de cuatro años. Tenía un escritorio cerca de un enchufe en cada lugar de la casa para poder con esta proeza: entre la sala y el comedor, en el estudio que se supone sería mi oficina, en la recámara... Deambular con la portátil era como llevar un lastre. Un lastre con olor a pasado. Esos tiempos acabaron. Tengo una portátil que no requiere enchufe, superficies estables, inmovilidad en un escritorio. Ahora voy de un lugar a otro como se le antoje a la pequeña, que ya baja a dibujar, ya sube a armar rompecabezas, luego baja por un snack, después sube a ver una caric...

Implosión

Desde hace cuatro años que vivo aquí en el DF la vida parece un tren de alta velocidad, mientras que mi mente se asemeja a una camioneta de los años 50 patinando sobre el fango, sin poder avanzar. Esa es la sensación que he tenido. Los acontecimientos van demasiado rápido, la información ha sido abundante y rauda. Me consolaba pensar que escribía por dentro, como me recomendaba Javier Sicilia para esos periodos; que en algún momento todo eso haría implosión y luego podría salir en mi escritura. El momento de implosión parece que ha llegado en forma de interrogantes, en forma de acertijos, en forma de brújula en mano sin saber a dónde ir pero con un instrumento para no perderme.  Iba a escribir: es lo que quiero pensar. Pero retrocedí: no quiero dudar, creo que ese momento ha llegado, quiero que ese momento sea ya.   *Instalación de Chiharu Shiota

Mariana: 20

Mariana me dio permiso de usar esta fotografía, y me pidió: sólo no seas cursi al escribir de mí. Ella siempre ha sido esa persona que habla directo, que tiene claras las cosas, que no se presta a arrumacos. Aguda, con una mirada volcada hacia lo que sucede fuera de ella; pero al mismo tiempo despeñada hacia dentro, atravesando cada una de las capas que la configuran y que son tan difíciles de ver, descifrar, separar. Ella escribió junto a esta fotografía la frase de John Steinbeck: "I was born lost and take no pleasure in being found". Huidiza, frontal, extrovertida, hermética, explosiva, reflexiva, aguda, vulnerable, bella, tan bella que no podía explicarme de dónde había llegado. Y sí, nació perdida en una familia que nunca se encontró. Y nació con perfecto sentido de la ubicación y se abrió camino obedeciendo su propio llamado. No encuentra placer en ser encontrada, en ser invadida, en ser suplantada. Ella siempre rige su mente, su vida, sus emociones, sus ideas. ...

Ceci: 4

Hace cuatro años Cecilia nació. Su padre acariciaba mi cabeza y conversaba conmigo, mientras la cortina nos separaba del escalpelo. Y una vez que ese telón cayó, su padre no ha soltado su mano. Ha encontrado para ella los juguetes más extraños y bellos; le ha descubierto libros que abren voces (que, incluso, abren todas sus voces); le ha entregado la llave para la parte divertida de los museos; le ha mostrado el mar, el desierto, el bosque, los volcanes, los ancestros, sus otras lenguas, la ciudad a la que ella aterrizó suavemente en un globo desde el desierto; la ha contagiado de su amor a los peces y del esmero contenido en una pecera; le ha contado un cuento cada noche; le ha rezado el ángel de la guarda cuando ella lo pide, aunque él no crea en nada que no esté contenido en nuestra urdimbre de músculos y huesos; ha coloreado desde princesas a dinosaurios cuando ella ha puesto colores en sus manos; ha cuidado sus mocos, ha intentado desenredar su pelo, ha tratado de combinar su...

Edvard Munch/Consolation, 1894.

Hand-coloured drypoint and etching. 211 x 318 mm

Por qué los 43

Hace un año, por estas fechas, estaba en un diplomado de comunicación política en la UNAM. Entonces pasó lo de los 43. A partir de ese día nos acostumbramos a las barricadas de la policía del DF a lo largo de Insurgentes, alrededor de la UNAM. De ver un panorama ridículamente optimista (¿Cómo puede estar tan bien calificado Peña?) pasamos al desconcierto, la duda, el trastocamiento de escenarios. El diplomado todo transcurrió bajo otro luz, otra lupa: Ayotzinapa, la Casa Blanca (y las otras), Higa, el mal manejo de crisis, la bajísima credibilidad en el gobierno, la ridiculización dentro y fuera del país, la rabia, el fin del Pacto por México. Muchos maestros nos preguntaban: ¿por qué los 43 de Ayotzinapa sacó a la calle a la gente y no los  49 niños de ABC en Hermosillo? Estoy segura que el dolor de los 49 nos rebasaba; niños, que podrían ser nuestros hijos, aparentemente cobijados en una guardería (de las que todos usamos para poder trabajar y sobrevivir en este país), ...

Sobre el desarraigo I

En una de las intensas lluvias que recientemente han azotado al DF, quedé varada en Insurgentes y con mi pequeña de tres años dentro del coche. El agua llevaba una corriente tan fuerte, que a veces el auto se movía por el oleaje que provocaban otros vehículos. Ahí, en medio de tal inundación, me sentía una náufraga de esta ciudad: si un policía me desviaba, no sabría cómo regresar a casa (tengo un pésimo sentido de la ubicación, y conduzco por memoria, no por lógica); el celular se me descargó y no podía tener el apoyo de nadie.  Pero lo peor fue observar el comportamiento de la gente. Aquí no hay lugar para la solidaridad. El problema era tal debido a la cantidad de basura que había colapsado a las coladeras; los coches insistían en darse vuelta en U donde no debían, sin importar la obstrucción al tráfico o el oleaje que levantaban a su paso. Vi una sociedad interesada en sobrevivir, no en ayudar, respetar o buscar soluciones comunes. Claramente llegó a mi mente: no p...

Bodas

Hoy mis padres hubieran cumplido años de casados. Más de 50. Pienso mucho en ellos y el tipo de pareja que fueron. Pienso en todo lo que se aportaron uno al otro; la pasión con la que enfrentaron la vida y emprendieron una familia. Veo a mi padre a través de los ojos de mi madre: amoroso, trabajador, disciplinado, modesto, orgulloso, comprometido. Revaloro a mi madre a través de la voz de mi padre: inteligente, entregada, persistente, sensible, íntegra, bonita. Mi padre nos heredó ese fervor por el trabajo; mi madre, los valores y la ética. Mi padre nos legó el amor por la simplicidad; mi madre, las aspiraciones. Mi padre nos mostró un mundo ordenado y vertical; mi madre, la libertad y el constante cuestionamiento. Mi padre nos enseñó la disciplina férrea; mi madre, la sensibilidad incluso desbordada. Esa suma de fuerzas y fragilidades fue posible gracias al amor que se tuvieron, al proyecto que iniciaron juntos, del cual nacimos esos seis hermanos que nos amamos con todas estas dico...

¿No dicen que "el cielo es el límite"?

Mi hija tiene su propio departamento. Mi hija tiene casi 20 años. Mi hija tiene una vocación clara. Mi hija tiene planes. Mi hija tiene un domo en su depa. Mi hija puede ver el cielo y las copas de los árboles a través del techo de su nuevo hogar. Mi hija ve el cielo, los árboles, las nubes, la lluvia, las estrellas, la luna si levanta la mirada. Y así lo hace: mi hija hoy tiene su primer día de trabajo.

Hermosillo vía Condesa

Un Penthouse de la Condesa (X Espacio Arte) me llevó a un viaje en el tiempo y hasta Sonora. Ahí estaban los amigos de la secundaria de Mariana, esos chicos que se subían a mi auto cuando iba a recoger a mi hija; esos niños que hablaban de fiestas, pleitos, gustos, música, maestros; esos púberes que gritaban todo el tiempo y parecían a punto de explotar con toda la energía que tenían dentro. Esos niños que me decían tía. Por respeto, por cariño, por ser parte de esa familia peculiar que Mariana y yo tejimos con nuestras amistades, más allá de la consanguineidad. Aparecieron frente a mí con cuatro años más, con la energía apaciguada, reflexiva, dirigida. Me hablaron de sus carreras universitarias, de sus proyectos de vida, de sus dudas, de sus golpes de timón, de sus miedos, de sus posibilidades. Los vi hacia arriba porque todos me han ganado una cabeza (o más). Los escuché mientras tenía ganas de abrazarlos y jalarles las mejillas y decirles: ¿cómo pasó esto? ¿cómo el tiempo deja esta...

Yucatán

Yucatán ha sido lo más lejano que puedo imaginar dentro del territorio mexicano. Lo más lejano a Sonora. Y nunca me imaginé ahí. Hasta que, en estas vacaciones, la brújula señaló hacia esa península, que por otra parte tiene puntos de encuentro con mi estado (como todos los extremos): hay una comunidad yaqui ahí, y sueños independentistas (nosotros más bien en nuestro imaginario, pues ni siquiera hemos roto la inercia para inventarnos una posible bandera). Y algo más íntimo me une a ese rincón: Jaime pasó ahí muchos veranos de su niñez; así que es como visitar esos pequeños terruños prestados que todos tenemos en nuestros recuerdos. Ha sido de los viajes más significativos que he tenido en mi vida. No vale la pena explayarme sobre cómo veo trabajadas y hasta cierto punto superadas mis neurosis (mi dificultad para disfrutar del ocio, las vacaciones, conducirme en lugares desconocidos). Contemplé de manera vívida la cosmovisión de los mayas (tan estudiada en mi facultad de Teología e...

Cuando el cumpleaños ya no se cumple

Esta es una foto en la que aún estamos todos. Era aniversario de bodas de mis padres. Todos teníamos esa mirada ingenua, de quien aún no se rompe, de quien no ve de frente a la muerte, de quien no piensa en su propia muerte ni en la de los seres queridos. Éramos felices. Estábamos unidos. Éramos un proyecto como familia. Luego mi hermano Martín murió, cambiaron las miradas, los pensamientos de cada uno, nos fragmentamos, nos disgregamos. Y en ésas estamos: cada uno de los hermanos, mi padre y yo recordando que hoy Martín hubiera cumplido años. No importa cuántos, si se fue a los 21.

Oh-Ho

Me he sentido muy cansada. Agotada. Estoy empezando a disminuir mis altos niveles de estrés. Estoy aprendiendo a controlarlo, mantenerlo a raya, sacarlo de mí. Ya he encontrado detonadores. Ya he aprendido a evitarlos. O a combatirlo cuando está ahí. Pero sin la adrenalina del estrés, mi cuerpo se cansa, se agota, no resiste igual. A pesar de eso, creo que prefiero (y quienes me rodean prefieren) una mujer cansada que una mujer estresada. Soy Marian, y confieso que he sido adicta a la adrenalina y al estrés.

Para mi padre, que nunca leerá esto

Él dice que se esforzó mucho mientras nos educó para mantenernos fuera de los peligros, y que ahora esta "cochina máquina" (puede traducirse como computadora y todas sus apps) nos expone a ellos. Por eso mi padre nunca leerá esto. Soy afortunada de tener un padre al que he visto crecer en muchos sentidos. Lo vi empezar desde abajo (incluso estuvo más abajo todavía cuando mis hermanos mayores eran pequeños), lo vi en su cúspide, lo vi sobreponerse poco a poco de la muerte de su hijo y de su esposa, empezar de nuevo y ahora disfrutar de su retiro. La mayor fortuna es haberlo visto crecer como padre, adaptándose a las nuevas formas de paternidad. Se ha vuelto más cercano, ha tendido más puentes de confianza, se ha vuelto dulce y expresivo, se ha ido maternalizando . Como los papás de ahora. Pero eso sí, nunca con computadora y "esas cochinas máquinas".