11.4.06

19. Break down

Ya era tiempo de que tuviera un colapso por agotamiento. Cuatro horas de sueño, jornadas de 15-18 horas de trabajo entre mi empleo tan querido y divertido, entre mi hija preadolescente con una agenda más intensa que la mía, la familia, los amigos. Y la novela.

No fue para tanto. Pero mejor no esperar el tantito que se puede convertir en tanto, en demasiado, en exceso.

Todavía estoy para contarlo frente a la compu, pasando media noche, tomando una cervecita y escuchando el jazz de Lizz Wright.

El colapso también llega a los personajes, caigo en cuenta. Gabriel se colapsa. Su risa se descuelga de los dientes moribundos, sus hermanos lo ven débil y afilan el puñal por la espalda, los grandes agricultores beneficiados por la revolución verde se ven invadidos por esos ejidatarios sin tierra que armaban barricadas en los latifundios ajenos.

Recuerdo de niña esas estampas: letreros con consignas escritas con una furia desconocida por mí; familias enteras ocupando una tierra que no era suya porque no tenían más para vivir; los apellidos de gente conocida, clientes de mi padre, gente de trabajo que levantaban sus siembras más que con esfuerzo, con sagacidad; los invasores armados con palos, con hambre, con instinto de sobrevivencia; y los terratenientes armados con sus apellidos, con sus relaciones con un gobierno flotando entre ideas de izquierda y la misma corrupción que fue tejiendo finamente su interminable trenza en el conflicto agrario.

El colapso de la revolución verde, el colapso de una vida, de una dinastía como debe ser: visionaria, exitosa.

Y el colapso de una mujer que ya tiene que dormir, por prescripción amorosa.