30.7.08

estoy

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25.7.08

Estimado editor:


Aunque no me la ha solicitado, le debo una explicación. Sé que en semanas pasadas, mientras mi hija estuvo de vacaciones con sus primos, me comprometí a escribir a razón de 6-8 páginas por día. Usted no supo; es más, yo ni siquiera sé quién es usted después de que la güera se nos fue… Pero bueno, siendo yo una persona formal, y teniendo un contrato con su editorial, pues le pasó a explicar por qué me fue imposible cumplir.

Antes que nada debo aclarar: no soy una mujer típica, ni tampoco frágil, ni de esas damiselas que saltan a las sillas cuando ven un ratón.

Pero vi una rata. En mi casa. Sí. Me dicen que todo mundo ha tenido ratones en su casa. Pero yo nunca había tenido uno.

Y no sé si esas personas (que se jactan de haber tenido ratones y convivir con ellos, si no amistosamente por lo menos con indiferencia) han tenido ratas como éstas que se metieron a mi casa (cómo se metieron es tema largo que requiere ademanes de mi parte, así que dejo pendiente esta charla cuando lo pueda ver personalmente).

¿Que si cómo eran estas ratas intrusas en mi casa? Pues muy torpes al principio, estimado editor. Como que no conocían bien mi territorio, entonces corrían cerca de mis pies, se metían debajo de los sillones o de mi cama y escapaban dando tumbos las muy gordas. Luego se echaban clavados entre mis revisteros (imagínese usted, ¡mi colección de la revista Vuelta!), mordisqueaban la madera de mis revisteros y cajas, se metían en mi vestidor y dejaban rastros de orines y… También se asomaban a la casita de Rabito y mi pobre Schnauzer, como no es pequinés, se quedaba paralizado, silencioso (yo digo que del susto hasta está empachado).

Luego poco a poco estas ratas se fueron haciendo más astutas, casi invisibles, más dueñas de mi casa. Pero ha de imaginar que es terrible ver un mango mordido en mi frutero o residuos fecales en mi vestidor, escuchar ruidos por las noches (dormía con mis enemigas debajo de mi cama, puedo jurarlo), o encontrar a Rabito con el espinazo arqueado en alerta, con sus ojos asustados y las cejas paradas, sin apetito y sin alegría; y no ver a las sujetas que estaban provocando todo ese desmán.

Yo vivía esos días en la zozobra. ¿Cómo cree usted que podría pensar en Daniel y su regreso de la escuela de aviación? ¿De los celos que despertó su regreso entre los tíos? ¿Cómo cree que podría escribir el primer vuelo de Daniel? ¿El reencuentro entre él y Agnes? Yo sólo pensaba en cómo demonios deshacerme de esos animales.

Todo mundo me daba consejos. Llegué a tener en mi casa a 5 hombres buscando ratas para matarlas (lograron matar una). Todo mundo me decía que no era normal que temiera tanto a los animalejos esos, tan lindos. Otros me decían que aguas, que los ratones son los animales más inteligentes: que avisa a los demás sobre los planes de asesinato, que nos vigilan, que detectan nuestra frecuencia mental (aunque a estas alturas la mía ya era esporádica e inestable mental), que se adueñan del espacio (¡mi casa!).

Matar una a una a esas intrusas fue una experiencia peor que padecerlas en casa. Pero mi casa está libre de ratas, está llena de ahuyentadores conectados a la electricidad (lo siento si contribuyen al calentamiento global), mi hija regresó y tiene una casa limpia y segura, Rabito recuperó su feliz coleteo y su apetito.

Volvemos a ser una familia feliz. Y sí, querido editor, retomé la novela. Y sí, queridos lectores, retomé mi blog.

Ruego su comprensión.

11.7.08

Adiós, Maricarmen

Tú salmantina venías a Hermosillo. Yo casi hermosillense llegaba a Salamanca. Aplanamos carretera de Barcelona a Andalucía, parando en ermitas abandonadas, en monasterios dignos de ver, en árboles de frondas anfitrionas.

Poco supe de tu vida. Poco supiste de la mía. No supe entonces de tu claustro desde los 16 años. No supe por qué dijiste que un día saldrías de ese convento de isabelinas. No supe cómo saliste y de repente fuiste teóloga. No supe cómo venciste la reja, la coraza, para trabajar en Ginebra, en Santiago, en Hermosillo.

Entonces éramos presente de viaje y futuro que se abría. Yo con una bebé en mis piernas. Tú con una maleta a punto de cruzar el atlántico.

De reencuentro en este desierto seguimos siendo presente. Uno mutante para mí. Uno apacible para ti. Fuiste pilar. Sacerdotiza que aún no existe en nuestra tradición. Confesora ermética. Sabiduría común. Voz dulce y familiar que me recordaba las ventanas salmantinas. Un abrazo alegre y materno.

Nunca supiste por qué lloraba al saber que regresabas a tu tierra. Nunca supiste que pude perderme. Que luchaba por no extraviarme. Nunca supiste que eras guía. Nunca lo dije.

No me perdí. Te lo prometí sin que supieras. Ahora puedo decirte adiós sonriendo.

Seguimos siendo presente. El mío siempre mutante, el tuyo ya eterno.

6.7.08

Ya estoy lista


Ya sé, ya sé, mucho tiempo sin escribir.


Algo pasaba en mi organismo: era como tratar de correr el auto en segunda y sentirlo cascabelear en los altos.


Pero tenía que enfermarme en serio para parar: dormir, dejarme mimar, dormir y dejarme mimar.


Dormí sin cargo de conciencia ni culpas. Y la única culpa que cargo es que tuve que cancelar un viaje que haría con Mariana y mi sobrina Jhovis este fin de semana, y a cambio de eso ambas fueron mis cuidadoras, mis enfermeras, mis nanas, mis amorosas niñas.


Sus cuidados fueron milagrosos. Aquí la mejor receta que dispusieron para mí:

-Escuchar a mis sobrinos y a Mariana por la noche del viernes, mientras tenía fiebre, poniéndose al tanto de su vida; a cada momento iban y me revisaban; fueron a comprar cena; y Mariana y Jhovis me propusieron cancelar el viaje.

-El sábado, cuando dormí todo el día, Mariana y Jhovis cuidaron mi sueño; me hicieron de comer salmón con salsa de mango y una ensalada de espinacas, arándano y mango.

-Mariana lavó platos y bañó a Rabito, y estuvo al pendiente de que tuviera agua, de que hubiera tomado chochitos, de que me hubiera bajado la fiebre.

-En la noche ambas me visitaron en mi habitación y charlamos largamente, cosas de chicas.

-Hoy domingo estaba perfecta: respirando, sin fiebre, sin estornudar.
Aquí una foto con mis enfermeras amorosas (en la que Rabito mete la pata, por cierto)