27.7.05

Silencios y presencias

Por la mañana en casa hay silencio. Una luz amarilla en mi habitación. El reloj inclinado para que el on no se haga off. El libro, la vela, el vaso de agua. Mi cama destendida sólo de un lado. El albornoz de felpa para después de la ducha. Y el silencio. Ese silencio que es más silencio cuando corre el agua sobre mi cuerpo. Cuando salgo en pantuflas del baño y me asomo a la habitación de mi hija y ella sigue durmiendo. Silencio cuando pongo el café en la cafetera italiana. Más silencio cuando su chillido y olor irrumpe en la nada.

En mi casa hay un silencio que resguardo y amo. Un silencio que hoy fue interrumpido por un chocar de cuchillas.

Entre las cortinas de la cocina vi unas manos morenas y callosas recortando la bugambilia. Un hombre silbaba tras la ventana. Una mano manipuló la cerradura de la puerta y entró ella, Ana, como cada día desde hace 10 años, para ayudarme a llevar la casa.

Y ese espacio silencioso y solitario que es mi hogar, se fue llenando de sonidos y presencias. Ana acordando conmigo la comida del día. Mi pequeña sobrina Paulina de 6 años que se levantó con su cabello profundamente negro y revuelto, y me dio los buenos días con esa voz tan dulce que ha traído del occidente mexicano. Y volví a la habitación de mi hija, y seguía durmiendo, pero su respiración se levantaba como un sonido claro y nuevo.

Cuando abrí la puerta de casa para marcharme al trabajo, entró el sol con su luz estruendosa; y vi a Ana trayendo un enorme jarrón de bugambilias malvas, y vi al jardinero con su sonrisa blanca quitarse el sombrero, y vi al guardia saludando desde su bicicleta.

Y me di cuenta que esas son las presencias de mi casa, los sonidos de mi casa, las personas que le dan color y sabor a mi casa. A esa casa silenciosa habitada por dos. A esa casa llena de sonidos y de gente que me ayuda a cuidarla y hacerla un lugar bellamente habitable.

21.7.05

La Virgen del Cojo

De un jalón de brazo interrumpe mi ensimismamiento en la Plaza Mayor de Salamanca: ¿Eres americana, maja? Ya entonces sabía que por el hecho de ser de la vasta América, para los españoles yo era americana. Acepto. Y luego viene el interrogatorio.
¿Venezolana? No, mexicana. ¡Ah! A mí me encanta América, y qué decir de tu país Venezuela. Dije México. ¡Tuve muchos pretendientes venezolanos!¡Guapos y ricos! Qué bien, pero aclaro, soy mexicana. Ah, sí, es que se nota que no eres de aquí. Aunque uno nunca debe dejarse llevar por las apariencias...

En ese momento decido observarla mejor. Se trata de una mujer elegante, con el cabello rubio y peinado con rulos hacia atrás y un collar de perlas auténticas. Buena apariencia.
Mira, ¿ves ese balcón? Ahí mismo hace años, tú ni nacías, estuve al lado del Generalísimo Franco. La gente le aplaudía a él, era muy querido aquí, pero lo que la gente en realidad gritaba era: ¡Ala! Y quién es esa chica rubia que está al la’o del Generalísimo? ¿Es alemana, inglesa, holandesa quizá? Y nada, ¡que era yo! ¡Pilarica! ¡la misma!

Su apariencia empieza a parecerme extraña, y trato de zafarme entre la gente que abarrota la Plaza Mayor en las fiestas patronales. Pero ella me sigue. Por cierto que en esa época es cuando te digo que traía a un pretendiente muy bueno, de tu tierra. Que no.... Vale, para qué aclaro, me digo, y mejor trato de seguir avanzando entre los ríos de gente. Va tras mis pasos. Ese chico era médico, figúrate tú, muy guapo y con mucho dinero y buena educación. ¡No era el único pretendiente que tenía! Tenía cubanos, mexicanos, argentinos, y ya te digo, de tu tierra, venezolanos.

Una procesión interrumpe mi huida y me encuentro de frente su rostro blanco, sus mejillas manchadas por un histérico blush rojo, sus ojos exaltados.
Pero al final, ya sabes, fui a elegir al peor, ¡me casé con un cojo! ¡Y aquí me tienes que todavía soy virgen!
Entre la Virgen de la procesión y esta otra, escojo escaparme en la procesión, y en todo el trayecto me carcome una pregunta que, aunque pueda parecer, no es teológica: ¿Qué tiene que ver la cojera con la virginidad?
Como dijo la misma Pilarica: uno nunca debe dejarse llevar por las apariencias...

14.7.05

Mis Obsesiones

Siempre digo que mi familia y mis amigos se conocerán hasta el día de mi funeral. Esto debido a:
1. Que tengo una obsesión por mi funeral. No en la logística, en los últimos deseos ni en qué versión quiero ser muerta. No me importa que no vayan a mi cumpleaños (es el 1 de enero y entiendo la dificultad), pero no seré igual de tolerante con mi funeral: ahí los quiero a todos. Dije TODOS: amigos y ex amigos, hija y sus amigos y los padres de sus amigos, ex marido, su familia y su ex mujer (de ser posible), ex novios y pretendientes eternos, familiares cercanos (lejanos no, porque dicen que todos los Mendívil somos parientes y no me gustan los rollos masivos), jefes y ex jefes, compañeros y ex compañeros de trabajo.

Cuando me he separado de alguien, siempre la frase de epitafio es: ¿Irías a mi funeral? En esos momentos habrá quien ponga cara de ¿?, pero, la neta, nunca dicen que no.

2. Mi familia es un poco ermitaña. Los Mendívil sólo se llevan con Mendívil, dice la leyenda. Y mis amigos son muy distintos a mis familiares. Entonces siempre temo el cóctel. Tuve sospechas de que a mi espalda mi familia se compadecía de que yo tuviera amigos imaginarios, y que por otra parte mis amigos creyeran que era una extraterrestre sin ombligo y con un apellido vasco tomado prestado de algún periódico español que gusto de leer.

Pues el momento se dio. Guardo la fecha: sábado 9 de julio, a las 10 pm. Dos de mis hermanos con sus respectivas esposas llegaron a mi casa, y se encontraron que mis amigos imaginarios (y quizá hasta pensaban que “paros”) son reales (ayudó mucho la vestimenta informal sabatina).

Y la fecha tuvo otro aspecto extraordinario. Cerca de la media noche, tocaron a la puerta. Me asomo (no esperaba a más comensales), y encuentro a mis sobrinos adolescentes en pleno: seis pubertos entre 14 y 18 años a mi puerta, conduciendo el coche ellos, autorizados para pasear a esa hora. Y perdonen, a todo mundo se le llega la hora de la cursilería: sí, los recordé cuando eran pequeños y etecé (todo lo que puede decir una tía que era y sigue siendo la Tía Tita de estos chicos maravillosos).

¡Ahora sí, me puedo morir! Ah, pero no olviden ir a mi funeral, por favor.