26.1.16

tiempos

Hubo un tiempo en que deseaba con todo fervor traspasar el techo. Hoy quiero destrozar la puerta.


Obra de Janaina Tschäpe 






4.1.16

Roque: 51

Mi madre siempre me contó que cuando yo era bebé, cada tarde mi hermano Roque me daba una vuelta a la manzana empujando la carreola.
No recuerdo esa época, pero si aquella otra en que él era mi puerta al mundo masculino: Roque, a quien entonces llamábamos Toño, era quien me introducía en los juegos de mis hermanos hombres, siempre con delicadeza, sin burlarse, sin abusar. 
Yo también le abría la puerta a otro mundo, ese que tenía yo, introvertida, fantasiosa. Teníamos una pequeña lámpara toda de cristal con estrías tornasol. La luz se refractaba en hilos que bailaban dentro de la lámpara. Yo podía pasar horas contemplando esa danza: elegía uno de los rayos y seguía su movimiento por largo tiempo. Una vez compartí ese juego secreto con él y lo entendió. Cuando caía la tarde podíamos pasar horas mirando la lámpara, eligiendo cada quien su hilo luminoso. 
A veces he creído que ese juego fue lo que nos conectó. Pero sé que nuestro lazo fue anterior, y que sobrevivió más allá de esa lámpara que nunca más volví a ver. 
En mi adolescencia fue mi escucha, mi consejero, la voz que tranquilizaba todas mis dudas y angustias de la edad. Fue quien encauzó mi vanidad. Le gustaba que le cantara. Le gustaba enseñarme matemáticas y biología. Le gustaba protegerme, sobre todo en los albores de mi agorafobia antes de que nadie sospechara. 
Luego crecimos. Me regaló a una de mis mejores amigas, su esposa. Me regaló sobrinos dulces y con el sentido del humor torcido que me divierte mucho. Me regaló muchos domingos, muchas charlas, muchos cumpleaños y días de santo, que puntualmente se empeñaba en celebrar; muchas navidades con la mesa llena de vida. Me regaló un ejemplo, su devoción por la familia. 
Yo no lo conocí en cada uno de sus 51 años; pero él sí en cada uno de mis 45. Incluso en mis años esquivos. 
Ése es mi hermano. Y hoy cumple 51.


2.1.16

Adiós

Cerrar el 2015 ha sido darle el portazo a una etapa. Otras veces he sentido que la mojonera está a unos cuantos pasos de mí, y aunque camino y camino, el punto se va moviendo a un futuro que parece inalcanzable.
Hoy puedo decir: camino y la mojonera ha quedado atrás de mí, cada vez más lejos. No regresaré.