28.2.05

La caída

Leo el titular del día: Cae avioneta cerca de Guaymas. Inmediatamente pienso en mi padre y en mi hermano, quienes vuelan. Pero en el mismo momento caigo en cuenta que mi padre está retirado, y mi hermano ya no vuela en el Valle de Guaymas.

Es mi hermano Martín que ha salido de mis recuerdos, y que a su modo me guiña desde donde está, como siempre lo hacía: sacando la lengua y diciéndome brujita.

Hoy hace 20 años que las palabras de ese titular se volvieron un caos en mi vida (un caos que aún intento ordenar): accidente, hermano, muerte, nunca, dolor, sangre, ausencia, luto.

No sólo vi la muerte ante mis ojos. Vi la forma en que cada uno de mis hermanos y padres enfrentaron la muerte. Decidí un papel de testigo, relatora. Y decidí que viviría rápido, porque la muerte nunca saca cita.

A 20 años, las cosas son tan diferentes, y a la vez tan iguales. Persiste ese vértigo que se siente ante el precipicio de la muerte, saber que nunca más recuperarás a alguien, que la vida abandona el cuerpo en un instante, y a partir de ahí será el silencio y la ausencia. Pero mamá murió, papá ha vuelto al campo; sus hermanos menores hemos continuado con nuestras vidas, nos casamos, descasamos, tuvimos hijos, y ahora entendemos el sufrimiento mortal de nuestros padres.

No pienso en lo que hubiera sido de la vida de Martín si hubiera vivido más allá de sus 21 años. No pienso en lo que hubiera podido hablar con él por la noche si hubiera vuelto a casa, como siempre, lleno de polvo y oliendo a su avión (un olor ácido a tóxicos y gasolina).

Pienso en esa última noche, que recuperó una alegría inusual en su carácter taciturno. Recuerdo sus últimas bromas pesadas. Vuelvo a verlo sentado en el comedor devorando un pollo y halagando la sazón de mamá.

Y me gusta pensar que ahora de alguna manera continua su vida. A lo mejor entre los trigales que fumigaba hace 20 años, y que lo atrajeron hacia las espigas y hacia el origen de la vida. Que está entre el zumbido fantasmal de esos vientos locos de febrero y marzo. Que está en nuestras cocinas, esperando la cena o que le regalemos un vaso de agua fría. Que anda agazapado en la habitación de mi hija, jugando al fútbol con los peluches y sacándole la lengua mientras le dice: Brujita.

4.2.05

Cicatrices

Sólo tengo tres cicatrices en mi cuerpo. Cada una de ellas parece el grabado de una experiencia indeleble en la caverna de los recuerdos.

Mi pie.
Tenía 4 años. Y era un títere entre las manos de mi hermano de 7 (a esa edad, toda una figura a ser admirada), y las de mi vecino Oscarito, de 3 años, con quien me desquitaba de la autoridad de mi hermano.
-Mira, Oscarito, ahora te demuestro que mi hermana sí es la mujer biónica.
-No creo, la mujer biónica sale en la tele, y es rubia y no es niña.
-Ah, es que ahora fabrican mujeres biónicas de todas edades.
-No creo.
-Pues ya verás.
Yo oscilo hipnóticamente entre uno y otro. Ahora mi hermano al fin se dirige a mí.
-A ver, demuestra que eres biónica.... Eh... Salta “eso”.
“Eso” era una varilla de 30 cm donde atábamos a nuestra perra Natacha ocasionalmente. No discutí. Me alejé unos pasos para tomar vuelo, porque de lo que sí tenía conciencia era de la escena que tenía que representar: el drama de una mujer con un mecanismo interno que la convertía en la más rápida y poderosa del mundo. Me detuve a pensar, ¿en cámara lenta o en rápida? Mmm... lenta, porque si lo hago en cámara rápida se notará que no soy biónica. Ahí voy corriendo en cámara lenta, queriendo que mi pelo castaño volara como en la tele... imposible en cámara lenta (¿cómo le hará ella?). Saltar lentamente no es la cosa más sencilla y segura que hay, uno de mis pies no se elevó lo suficiente y mi empeine, aerodinámicamente extendido sobre la varilla, rozó la punta oxidada de ésta, y caí de boca en el suelo.
No era necesaria conclusión de la escena, pero Oscarito, que no sabía manejar la tensión dramática, concluyó burdamente: “¿Ya ves? No es biónica”.
Sabrán lo que vino después: vacuna contra el tétano, montones de agua oxigenada, vendas, pomadas, sulfatiasol.
Consecuencia: Una cicatriz lineal en el empeine del pie izquierdo. Así descubrí que cuando se trata de demostrar algo, nunca lo logro. Tengo lo que llamo desde entonces “el síndrome biónico”: Nunca he podido concursar, cantar en público o jugar pensando en ganar; me parece ridículo.

Mi rodilla.
Jugaba al bote robado. Me había parecido una tarde eterna, en la cual no se oían los llamados de mi madre para que me metiera ya a casa. Era la primera vez que jugaba en la calle con los niños del barrio y yo era la única mujer. “Uno-dos-tres por Antonieta”, escuchaba, y mi nombre me sabía diferente en los labios puerilmente masculinos de los niños. Me sentía libre, ágil, astuta; estaba haciendo un buen juego. De eso dependía que obtuviera el respeto de los niños, que me vieran como a una igual, pero también como una niña (¿Y como una niña bonita e inteligente...? Mejor; a esforzarse más, entonces). Pero en un momento crucial, cuando iba velozmente a salvarme no sólo yo, sino al niño que más me gustaba, me barrí con la tierra suelta de un jardín abandonado, y mi rodilla se deslizó, no diré que con suavidad, sobre la banqueta rugosa, donde además estaban las manos mías y de mis 5 hermanos estampadas a bajorrelieve. Había sido mi oportunidad para romper el “Síndrome biónico”, y hasta ese momento todo iba bien. Pero no quedaba ya nada más que demostrar, al menos que no sería una niña llorona, mientras veía salir de mi rodilla una sangre espesa y casi negra. Lloré. Volvió el síndrome. No demostré nada.
Consecuencia: Semanas con la rodilla derecha entablillada, con vendajes, curaciones, y la indolencia de mis vecinos. Y dos cicatrices semi circulares, como si fueran un yin y un yan. Al "síndrome biónico" se le unió éste, que me impidió tratar de llamar la atención de los varones por los siglos de los siglos. La coquetería me parece un spaguetti colgando vulgarmente del labio, a punto de caerse al plato.

Mi corazón.
Han pasado décadas desde esas niñas paralizadas por el síndrome. Pero sigo siendo una mujer que no quiere demostrar nada: que la vida no ha sido fácil, que he sufrido, que me han lastimado. Para no demostrarlo, he vivido como en cámara rápida. Cayendo y levantándome mientras me sacudo la tierra humillante. Sellando recuerdos dentro de una cripta sin llave, para que no salgan jamás. Sé que hay heridas, pero no símbolos de ellas: no recuerdos, no fotos, no cicatrices. Hasta que me hicieron una escisión en el lado izquierdo del pecho. El pecho, donde el corazón golpea como un corcel sin lazos.
Consecuencia: Una media luna invertida en el extremo del corazón, una cicatriz que cuando la veo me habla de mis heridas de guerra. Una cicatriz que vuelve a llamarme a la guerra.