26.10.04

Vicente

El y ella bailan. Abrazados. Lentos. Se tocan como si el otro fuera la persona más frágil. Se acogen como si el otro fuera la persona más protectora. Cierran los ojos. Y sonríen. Cada quien ve en sus párpados pasar la vida. Sonríen como si ambos vieran pasar la misma vida.

Esta danza lleva más de 30 años. ¿No parece a veces un milagro que sus pies se muevan con la misma cadencia? ¿Y que las canciones que bailan tengan recuerdos comunes?

A él le han puesto una fecha límite a su vida. Ella disfruta cada canción.
Los veo y digo: ésta es la imagen quiero recordar.

Don Vicente se ha separado de ese abrazo. Y así lo recuerdo: bailando con sus amores, con sus recuerdos, con una música que nosotros no escuchamos, con su espíritu pleno.

20.10.04

El ombligo de mi padre

“Descubren misterio del ombligo”, advertía una pequeña columna de la prensa. Mis ojos se echaron un clavado suicida. El título prometía una revelación tan misteriosa y profunda como el mismo Génesis, o tan compleja como un tratado de Darwin. Pero al momento de querer entrar a esa sagrada caverna del conocimiento, rápidamente se cerró la puerta en mis narices: “Con una muestra de 5,800 personas, investigadores han descubierto de dónde proviene la basurita que se acumula en el ombligo”.

Ya estando en circunstancias tales, me resigné a asomarme por el cerrojo: Esta revelación disminuida se limitaba a cuatro incisos tan inexplicables como los siguientes: a) La basurita se acumula más en ombligos de varones que de mujeres; b) La basurita proviene en su mayor parte de la ropa; c) El color que prevalece es el azul; d) La basurita se forma al subir pequeñas partículas por el pelo hasta acumularse en el ombligo.

No les extrañe que me haya atraído la búsqueda de una información tan aparentemente anodina como el ombligo. Pero durante gran parte de mi niñez asumí como una tarea vocacional (y casi misionera) el esculcar el ombligo de mi padre y sacar de su profundidad esos ovillos de lana.

No era la procedencia de la lanita lo que me intrigaba, sino el ombligo. Despejar ese pequeño pozo era un intento por despejar el gran misterio que me representaba ese punto. En mi niñez, era el único vestigio anatómico de un lazo genealógico; la señal de que algo había unido a mi padre con su madre, y a su madre con su propia madre, y así sucesivamente.

Al fondo del ombligo siempre hallaba esa especie de nudito. Me decía: ¡Aja-ja, con que esto tenemos! Nuestro cuerpo no tiene costuras ni orillas donde se vea cómo nos han hecho, pero esto... ¡esto parece el nudo que ha dejado un experto sastre al terminar de confeccionar un traje! Pensaba que en el ombligo estaba el gran misterio sobre la confección de Dios, que ahí estaba ese nudito donde se ataba toda nuestra piel y hechura.

El ombligo parece una especie de ojo, unas veces rasgado verticalmente, otras horizontalmente; algunas veces un ojo redondo y profundo, o bien un ojo saltón. Pero desde ahí parece recibirse y transmitirse, como una especie de mirada no consciente, todo aquello que los ojos no ven: emociones, ansiedad, estrés, deseo, lascivia, miedo, paz, sabiduría.

Ahora pienso que algo así fue construyendo en el imaginario colectivo esa frase de creerse el ombligo del mundo, no sólo como centro del mundo sino centro de nuestra creación, hechura, constitución humana.

Claro, ya adulta, cuando el misterio de la creación y la genealogía me fue explicado a medias por la ciencia, esa lanita infaltable en el ombligo de mi padre se había vuelto una duda, no tan grande ni significativa como la nostalgia de esa cercanía física que tuve con él, y de mi ingenuidad y sed de conocimiento buscando en tal pozo de la sabiduría que fue el ombligo de mi padre.

14.10.04

Cartas

Inmóvil esperaba a que el tomento suspendido en el aire llegara a mis manos. Un movimiento sutil o una respiración y lo alejaba de mí. Cuando por fin hacía que esa escuálida mota de diente de león aterrizara sobre la palma de mi mano, mi abuela exclamaba: ¡te llegará carta!

Nunca me llegaba carta a mí, era demasiado pequeña para ser destinataria; pero en casa siempre se esperaban cartas, de las tías de Tijuana, de las tías de Navojoa, del primo de Monterrey... y siempre llegaban.

El silbato agudo y melancólico del cartero se vaciaba por el porche y por las ventanas siempre abiertas de la casa. Yo salía corriendo por el largo pasillo que llevaba hasta el portón de la entrada. Y ahí estaba un cartero al que nunca veía la cara, sólo su bolso de cuero gastado, y sus manos que alborotaban el olor del cuero al buscar entre las cartas una, dos, tres que habían viajado hasta nuestra casa. Y de nuevo el recorrido, ahora gritando por el pasillo: ¡cartas, llegaron cartas!

Pienso en eso cuando ahora me emociono por el sonido que la llegada de un mail hace en el enredijo de chips de mi computadora. Ese sonido cada vez menos metálico, cada vez más humanizado. Y la barra que poco a poco se colorea del 0% al 100%: bandeja llena.

Paso los ojos desesperada por los remitentes de los mails. Y los abro rápidamente uno a uno, sin sentir el papel en mis manos, sin oler el cuero de la bolsa del cartero, sin descifrar el pulso de la letra a puño, sin el aroma de una piel que impregnó el papel. Pero esos mails me traen almas, moods.

A veces me desprendo del acto de leer y me pregunto, ¿existirán esos remitentes? ¿por qué un día deciden escribirme algo?

Los sonidos han cambiado. Pero igual emocionan los sms que llegan a mi celular con esa sutil vibración que me recuerda que hay alguien humano detrás, y no sólo un fantasma tecnológico engañándome, agazapado en ondas que desconozco.

Nada más triste que esos días que se suceden con una bandeja de entrada al 0%, silenciosa, desolada. Nada más triste que tocar un celular callado sin que vibre en nuestra piel. Nada más triste que esos días que cargo el celular como un pequeño ataúd vacío, que ni siquiera contiene un muerto qué enterrar.

Nada más triste que ver suspendido en el aire el tomento y no colocar nunca más la mano para que aterrice y entonces gritar, o siquiera murmurar: carta, llegará carta.

6.10.04

Baldío

Un gato negro, agazapado entre las ramas del baldío, mira fijamente al gato blanco que descansa sobre el muro que resguarda ese jardín secreto.

Se miran fijamente, inmóviles, con sus espinazos arqueados; parecen dos bestias mirándose desde la eternidad; dos símbolos suspendidos en el tiempo.

En el poder de la imagen está representada esa lucha mítica entre el bien y el mal que posee toda cosmogonía.

Abajo, en ese jardín montaraz, cultivado por la mano del azar, las especies vegetales crecen promiscuamente una sobre otra. Parece un edén caído, una belleza corrompida y atormentada por la serpiente y la manzana. El gato negro asoma su mirada intensa, dueña de ese caos y mimetizada en él y la dirige fijamente al gato blanco.

Arriba, el gato blanco, recostado sobre el muro, parece saberse dueño, pero también invadido y ajeno a ese jardín dañado. Mira al gato negro con menos fijeza; su posición convierte al otro en presa. Lo mira como algo suyo y le aburre al saberse desamado.

Pero no dejan de mirarse: enemigos, contrastes, presa y cazador, compañeros, símbolos en la decadencia del baldío.