20.8.15

Bodas

Hoy mis padres hubieran cumplido años de casados. Más de 50. Pienso mucho en ellos y el tipo de pareja que fueron. Pienso en todo lo que se aportaron uno al otro; la pasión con la que enfrentaron la vida y emprendieron una familia. Veo a mi padre a través de los ojos de mi madre: amoroso, trabajador, disciplinado, modesto, orgulloso, comprometido. Revaloro a mi madre a través de la voz de mi padre: inteligente, entregada, persistente, sensible, íntegra, bonita.
Mi padre nos heredó ese fervor por el trabajo; mi madre, los valores y la ética. Mi padre nos legó el amor por la simplicidad; mi madre, las aspiraciones. Mi padre nos mostró un mundo ordenado y vertical; mi madre, la libertad y el constante cuestionamiento. Mi padre nos enseñó la disciplina férrea; mi madre, la sensibilidad incluso desbordada.
Esa suma de fuerzas y fragilidades fue posible gracias al amor que se tuvieron, al proyecto que iniciaron juntos, del cual nacimos esos seis hermanos que nos amamos con todas estas dicotomías que sembraron en nosotros. Celebrar su aniversario de bodas es mucho más que conmemorar el amor que se tuvieron. Es celebrar la vida de sus hijos, de nosotros seis, de la propia existencia.


17.8.15

¿No dicen que "el cielo es el límite"?


Mi hija tiene su propio departamento.
Mi hija tiene casi 20 años.
Mi hija tiene una vocación clara.
Mi hija tiene planes.
Mi hija tiene un domo en su depa.
Mi hija puede ver el cielo y las copas de los árboles a través del techo de su nuevo hogar.
Mi hija ve el cielo, los árboles, las nubes, la lluvia, las estrellas, la luna si levanta la mirada.
Y así lo hace: mi hija hoy tiene su primer día de trabajo.

5.8.15

Hermosillo vía Condesa

Un Penthouse de la Condesa (X Espacio Arte) me llevó a un viaje en el tiempo y hasta Sonora. Ahí estaban los amigos de la secundaria de Mariana, esos chicos que se subían a mi auto cuando iba a recoger a mi hija; esos niños que hablaban de fiestas, pleitos, gustos, música, maestros; esos púberes que gritaban todo el tiempo y parecían a punto de explotar con toda la energía que tenían dentro. Esos niños que me decían tía. Por respeto, por cariño, por ser parte de esa familia peculiar que Mariana y yo tejimos con nuestras amistades, más allá de la consanguineidad.
Aparecieron frente a mí con cuatro años más, con la energía apaciguada, reflexiva, dirigida. Me hablaron de sus carreras universitarias, de sus proyectos de vida, de sus dudas, de sus golpes de timón, de sus miedos, de sus posibilidades. Los vi hacia arriba porque todos me han ganado una cabeza (o más). Los escuché mientras tenía ganas de abrazarlos y jalarles las mejillas y decirles: ¿cómo pasó esto? ¿cómo el tiempo deja esta impronta tan maravillosa a esta edad? Yo que estuve ahí, en ese umbral llena de miedos y a la vez empujándome con todas mis fuerzas para vencerlos; yo que estuve ahí viendo un espacio yermo en mi futuro; estuve a punto de decirles: de eso se trata, ten miedo y empújate, camina a la vida, mete tus manos a la tierra y ábrete caminos, te espera una gran vida, te espera la más bella intensidad.
Sólo los abracé, los animé. Vi a Mariana ahí, tan ella, tan clara en su proyecto, tan firme en sus pasos. Tan ella aunque sea mi hija. Sólo concluí: la vida es muy bella. Más bella cuando nos recordamos en esa edad, en la que el futuro es una hoja en blanco y los pies no llevan más carga que la pasión por caminar.

*Obra de Ana María Madrid, en exhibición en la galería X Espacio Arte (donde fue este encuentro)