15.12.04

Bichos

Anoche cuando llegué a casa, no entré sola. Sobre mi cabeza saltó un enorme chapulín, anticipándome en la entrada a la sala. A partir de ahí el silencio habitual se convirtió en el sonido de sus saltos por aquí y allá. Mi vista periférica advertía la presencia descontrolada del bicho. Dejé abierta la puerta por un rato, esperando que su instinto le llevara de nuevo al jardín.

No lo hizo. Resignada por lo pronto, me puse ante la estufa para preparar algo de cena. Ahí estaba. Justo sobre la estufa. Me quedé paralizada enfrente de él. Se quedó paralizado enfrente de mí. Vi cómo fue aquietando sus cuernillos, sus patas, su cabeza, hasta quedarse como una pequeña rama inerte encima de los quemadores de la estufa. Ambos quietos. El me temía. Yo le temía.

Estando tan quieto, tuve el impulso de matarlo. Recordé que hace poco maté una hormiga; me percaté de ello cuando ya estaba aplastada bajo mi dedo. Me sentí miserable. ¿Por qué la maté? ¿Qué me hace una hormiga? No necesitaba matarla, no me amenazaba. No encontré mucha diferencia entre yo y ese tirano que pierde la sensibilidad sobre lo que aniquila; que mata, y hasta que la criatura está muerta toma conciencia que la ha matado. Pero no le duele. Sigue matando, indiferente.

¿Por qué debía yo matar al chapulín? ¿Qué riesgo era para mí, para mi casa? Seguía observándolo, y él a mí. Pensé en sus instintos, en la inteligencia animal que le prepara para mimetizarse con el ambiente. Pero esa pobre criatura no estaba en su ambiente. Su color no podía fundirse con el negro del quemador; el hierro no le enseña a imitarlo mediante una vibración vital, como si fuera el tronco de algún árbol.

Pienso en su inteligencia que le hace suponer que yo quiero matarlo. ¿Si no, por qué antepone la quietud sobre su impulso natural de saltar y buscar el pasto del jardín? Sabe que está en peligro. Y sin embargo no puede hacer nada ante la masa y tiranía de un ser que sí es amenaza para él, nada más que quedarse quieto.

No es compasión lo que tengo por esa criatura, sino admiración. Me hago a un lado, donde ya no pueda sentir mi amenaza, para que siga sus instintos. Pasa un momento en total quietud, y cuando confía en que lo he abandonado, empieza poco a poco a mover las patas. Sus extremidades tan sensibles reaccionan ante los residuos de grasa que seguramente hay en la estufa, pues alza las patas con un movimiento cuidado, como si despegara ventosas, o como si se librara de una superficie chiclosa. Sé que se está preparando para la huída. Prepara sus patas flexibles y fuertes. Su mecanismo perfecto para sobrevivir en medio de la creación. Para seguir viviendo en este u otro jardín; él qué sabe de propiedades. Él pertenece al Universo y el Universo le pertenece a él.

De pronto desaparece ante mi vista. Se oye el sonido de su cuerpo estrellándose contra la campana de la cocina. Su cuerpo es más rápido que el sonido. Escuché su movimiento, pero fue imposible ver el mecanismo y proceso de su salto.

Ha caído finalmente sobre el piso. Abro la puerta. Deseo que el aroma de la hierba húmeda llegue a él. Que la vibración de la naturaleza sea lo suficientemente intensa para que regrese ahí donde no es amenazado, ahí donde todo es acogida hasta el mimetismo. Dejo la puerta abierta. Empiezo a temer que por esa puerta entre una amenaza para mí. Veo que este mundo contiene muchos mundos. Que mi hogar tiene mi calor y mi equilibrio, pero no el de este pequeño insecto. Y que la oscuridad de la noche con sus zumbidos, tiene el aroma y color de esta criatura, pero también el de otros tiranos que aplastan la vida, y se dan cuenta que la han aniquilado hasta que sienten la sangre en sus manos.

Cruza la puerta, sale a su mundo. Entro y cierro la puerta, para protegerme del mundo.


25.11.04

Transferencias

Transferencia de embriones, leo en un letrero que aparece desaliñado en medio de la carretera.

Alrededor sólo hay monte, maleza, la vía del tren como la osamenta de un animal prehistórico fosilizado en el desierto; los postes de madera como gigantes agonizantes, desconectados, mientras por encima se erigen nuevos postes de concreto, que conducen con orgullo electricidad y algo más: un futuro que no se alcanza a ver.

Tampoco se ve ningún edificio cerca, ninguna puerta computarizada, ninguna antena satelital que avise que por ahí se hace algo tan moderno e inexplicable como transferir embriones.

Sólo se ve alguna casa abandonada, con la maleza invadiéndola por dentro, saliendo impúdica por las ventanas como el vello de una oreja anciana.

Sólo se ve ese letrero. ¿Embriones de qué? ¿Transferencia a dónde? Más que macabro, el letrero es ridículo. Tan ridículo como el letrero “Río Yaqui”, pretencioso en la misma carretera, en el mismo enorme llano bordeado de árboles esqueléticos, calcinados por una sed mortal en el valle.

Recuerdo cuando ese río era un caudal desenvuelto en la intimidad tupida de los álamos y ceibas, cubiertos por un intrincado manto verde.

Recuerdo cuando el paisaje era un aula de enormes alfombras, que enseñaban con vivacidad el sentido de las palabras: trigo, algodón, cártamo, soya, mijo, garbanzo.

Recuerdo cuando esos postes de madera parecían tótems oscuros que vigilaban la carretera y el paso de los carros.

Recuerdo cuando el tren era una serpiente feroz que amenazaba con su estertor y velocidad nuestro paso humillado.

Recuerdo cuando embrión no era una palabra. Cuando no se refería a un producto vivo o muerto, devaluado, desarraigado del vientre materno y del amparo paterno; cuando embrión no tenía que ver con células madres ni con clonación ni con muerte.

Cuando transferencia de embriones no era sino una mujer embarazada, caminando apacible, acariciando su vientre.

9.11.04

Discapacidad social

Ahora entiendo a los discapacitados. Conducirse en un mundo donde nada está hecho para manejarse con autosuficiencia. Yo tengo una suerte de discapacidad social llamada “vivir sola”.
Siga el siguiente diálogo, a raíz de una cirugía que me realicé recientemente.

­—¿Quién viene con usted?
— Eh, nadie.
—¿Cómo que nadie?
— Pues no. ¿Necesito a alguien?
— A ver, vayamos haciendo esto. Nombre... edad... estado civil...
(Pienso: ¿Digo divorciada o soltera?)
—¿Estado civil?
— Eh... soltera.
—¿A quién hace responsable?
—¿Responsable? ¿de qué?
— Alguien, que no sea usted, debe firmar como responsable de usted.
(¿La doctora, qué no?)
— Dígame el nombre y teléfono de alguien que se haga responsable. Aunque no venga con usted.
— El nombre de mi cuñada: Rossy B, tel. x.
—¿Su cuñada, dijo?
— Sí, mi cuñada.
—¿Qué hago con sus pertenencias?
—¿No puedo pasar con ellas?
—¿A Quirófano? No.
—¿Me las podrías cuidar tú?
— Sí. ¿En ningún momento vendrá algún familiar?
— Sí, vendrán por mí.
— Bien, un camillero vendrá por usted para conducirla.

Llega el camillero. Parece un ángel étnico que viene por mí para conducirme por ese frío y laberíntico túnel al más allá.
— Soy B, y mi deber es conducirla. ¿Quién viene con usted?
— Vine sola.
—¿Sola?
— A ver, ¿necesito a alguien para algo?
— Pues para vestirse con la bata clínica.
(Pan comido, ¿qué tan difícil puede ser? Entro a los vestidores. Cierro con llave. Me desvisto, me coloco fácilmente la bata con la abertura atrás, tal como me instruyeron, y trato de atarme los lazos en la espalda, confiando en mi elasticidad. Con lo que no cuento es con la falta de ojos en la espalda. Cuando ataba dos lazos, desataba otro; mi espalda era una ristra de lazos sin correspondencia ni orden. Con orgullo herido y encabritado, salí del vestidor, deteniendo mi bata con las manos, esperando no encontrarme con el camillero conductor. Ups, ahí estaba él, como todo buen ángel, o como todo buen conductor).
— Sígame. Le asignaré cama, y le presentaré con la enfermera que estará a su cargo.
— Buen día, soy Mercedes, y la acompañaré durante toda su estancia en este Hospital.

(Me cae bien esta Mercedes... hasta que pregunta...)
—¿Quién viene con usted?
— Nadie, pero en un momento llegará alguien por mí.
(Pienso ilusamente que esto evitará más preguntas e inquietudes).
— Uuuhh....
—¿Algún problema? ¿Necesito a alguien? ¿Para qué?
— Necesito los estudios que le han realizado recientemente en relación a la cirugía. Y usted necesita que alguien esté al pendiente.
(¿Segura que "Yo necesito"?)
— Vendrá mi cuñada, más tarde.
—¿Su cuñada?
— Sí, mi cuñada.

(Estoy acostada, y Mercedes se aplica a pincharme las venas para canalizarme el suero. Noto que aunque trata de ser agradable con la conversación, picotea dolorosamente mis venas).
— No encuentro vena buena. Tiene las venas muy tortuosas.
(Tortuosa... La palabra me irrita, ¿es algo personal?, me pregunto ya a la defensiva).
— En su expediente dice que es madre de una niña.
— Sí.
—¿Qué edad?
— Nueve años.
— Y ya están preparando el siguiente, ¿no?
— No.
—¿No...? ¿No se le antoja otro? ¿La parejita...?
— Soy divorciada. No veo esa posibilidad.
(Sonroja).
— Perdone. No quise ser indiscreta.
— No se preocupe, Mercedes.
— Tarda demasiado su cuñada.
— Ya llegará.
(Ella sigue luchando por enderezar mis venas. Abandono mi mirada en el techo y la lámpara. En la desnudez indefensa debajo de esa bata horrible que me hace sentir más desnuda. No pienso en el nadie de mi vida. Pienso en ella. En mi madre, que no está junto a mí para tomar mi mano. Pienso en ella, cuando estuvo más desnuda debajo de la bata horrible de hospital. Pienso en su enfermedad. Pienso en su muerte. Pienso en su dolor. Pienso en su amor de madre. No quiero llorar. Me da vergüenza. Llegará mi cuñada. Me verá Mercedes).
— Ay, no, chiquita, no llore. Perdone si fui indiscreta.

(¿Cómo explicar que no tiene nada qué ver con el divorcio, que soy una divorciada orgullosa y ejemplar, que mi ex es un buen amigo, y hacemos muy buen equipo como padres, y que... ¡Aleluya! Llega mi cuñada, y sólo de escuchar su voz desaparece esa horrorosa lámpara en el techo, y mi bata humillante se convierte en la pijama más suave y tibia que pueda usarse en cualquier invierno. En mi mente le digo: Gracias, Rossy; con tu llegada se han disipado mis sombras, y lo más importante: ¡he dejado de ser la discapacitada social que fui momentáneamente!).


8.11.04

Ser casa

Una semana en casa. Días de punta a cabo en ese espacio que he ido trazando. Mi espacio.

Me sentaba en la sala. Y veía por la ventana esa luz tibia, pudorosa y juguetona que se cierne por los árboles en la mañana. Y escuchaba ese silencio de niños y ese silencio de mujeres trajinando dentro de sus casas.

En ese silencio sólo irrumpía un coro de voces que advierte que no es desolación, sino faena, empeño, labor. Es el llamado de los vendedores, aliados de esa gran industria que generan las amas de casa: tortilleros, aguadores, jardineros, aboneros, verduleros, panaderos...

La entraña de mi casa también se iba llenando del sonido del agua, las ollas, el cristal de la vajilla; se iba ensanchando en sus aromas de limpieza, lavanda, agua, mentas; aromas de comida, que inician frescos e individuales, y acaban en olores concentrados y unidos en un solo platillo.

De cuánto me pierdo cuando no estoy en casa. De la luz juguetona que se vuelve nostálgica en la tarde ocre; la noche que llega con ese luctuoso manto pardo; de los olores a comida y a limpieza que se van disolviendo en el aroma de nosotras, quienes ahí vivimos; de la calle que vuelve a llenarse del bullicio de niños y perros que juntos juegan, y de las madres que gritan saludos a las vecinas y regaños a sus hijos.

Cuando estoy todo el día en casa, las noches llegan no como emisarias lúgubres de un tiempo que no se detiene, sino como mis cómplices, como un mullido cobijo que me abraza junto a mi hija, como una canción de cuna que escucho completa, y no sólo en su final.

26.10.04

Vicente

El y ella bailan. Abrazados. Lentos. Se tocan como si el otro fuera la persona más frágil. Se acogen como si el otro fuera la persona más protectora. Cierran los ojos. Y sonríen. Cada quien ve en sus párpados pasar la vida. Sonríen como si ambos vieran pasar la misma vida.

Esta danza lleva más de 30 años. ¿No parece a veces un milagro que sus pies se muevan con la misma cadencia? ¿Y que las canciones que bailan tengan recuerdos comunes?

A él le han puesto una fecha límite a su vida. Ella disfruta cada canción.
Los veo y digo: ésta es la imagen quiero recordar.

Don Vicente se ha separado de ese abrazo. Y así lo recuerdo: bailando con sus amores, con sus recuerdos, con una música que nosotros no escuchamos, con su espíritu pleno.

20.10.04

El ombligo de mi padre

“Descubren misterio del ombligo”, advertía una pequeña columna de la prensa. Mis ojos se echaron un clavado suicida. El título prometía una revelación tan misteriosa y profunda como el mismo Génesis, o tan compleja como un tratado de Darwin. Pero al momento de querer entrar a esa sagrada caverna del conocimiento, rápidamente se cerró la puerta en mis narices: “Con una muestra de 5,800 personas, investigadores han descubierto de dónde proviene la basurita que se acumula en el ombligo”.

Ya estando en circunstancias tales, me resigné a asomarme por el cerrojo: Esta revelación disminuida se limitaba a cuatro incisos tan inexplicables como los siguientes: a) La basurita se acumula más en ombligos de varones que de mujeres; b) La basurita proviene en su mayor parte de la ropa; c) El color que prevalece es el azul; d) La basurita se forma al subir pequeñas partículas por el pelo hasta acumularse en el ombligo.

No les extrañe que me haya atraído la búsqueda de una información tan aparentemente anodina como el ombligo. Pero durante gran parte de mi niñez asumí como una tarea vocacional (y casi misionera) el esculcar el ombligo de mi padre y sacar de su profundidad esos ovillos de lana.

No era la procedencia de la lanita lo que me intrigaba, sino el ombligo. Despejar ese pequeño pozo era un intento por despejar el gran misterio que me representaba ese punto. En mi niñez, era el único vestigio anatómico de un lazo genealógico; la señal de que algo había unido a mi padre con su madre, y a su madre con su propia madre, y así sucesivamente.

Al fondo del ombligo siempre hallaba esa especie de nudito. Me decía: ¡Aja-ja, con que esto tenemos! Nuestro cuerpo no tiene costuras ni orillas donde se vea cómo nos han hecho, pero esto... ¡esto parece el nudo que ha dejado un experto sastre al terminar de confeccionar un traje! Pensaba que en el ombligo estaba el gran misterio sobre la confección de Dios, que ahí estaba ese nudito donde se ataba toda nuestra piel y hechura.

El ombligo parece una especie de ojo, unas veces rasgado verticalmente, otras horizontalmente; algunas veces un ojo redondo y profundo, o bien un ojo saltón. Pero desde ahí parece recibirse y transmitirse, como una especie de mirada no consciente, todo aquello que los ojos no ven: emociones, ansiedad, estrés, deseo, lascivia, miedo, paz, sabiduría.

Ahora pienso que algo así fue construyendo en el imaginario colectivo esa frase de creerse el ombligo del mundo, no sólo como centro del mundo sino centro de nuestra creación, hechura, constitución humana.

Claro, ya adulta, cuando el misterio de la creación y la genealogía me fue explicado a medias por la ciencia, esa lanita infaltable en el ombligo de mi padre se había vuelto una duda, no tan grande ni significativa como la nostalgia de esa cercanía física que tuve con él, y de mi ingenuidad y sed de conocimiento buscando en tal pozo de la sabiduría que fue el ombligo de mi padre.

14.10.04

Cartas

Inmóvil esperaba a que el tomento suspendido en el aire llegara a mis manos. Un movimiento sutil o una respiración y lo alejaba de mí. Cuando por fin hacía que esa escuálida mota de diente de león aterrizara sobre la palma de mi mano, mi abuela exclamaba: ¡te llegará carta!

Nunca me llegaba carta a mí, era demasiado pequeña para ser destinataria; pero en casa siempre se esperaban cartas, de las tías de Tijuana, de las tías de Navojoa, del primo de Monterrey... y siempre llegaban.

El silbato agudo y melancólico del cartero se vaciaba por el porche y por las ventanas siempre abiertas de la casa. Yo salía corriendo por el largo pasillo que llevaba hasta el portón de la entrada. Y ahí estaba un cartero al que nunca veía la cara, sólo su bolso de cuero gastado, y sus manos que alborotaban el olor del cuero al buscar entre las cartas una, dos, tres que habían viajado hasta nuestra casa. Y de nuevo el recorrido, ahora gritando por el pasillo: ¡cartas, llegaron cartas!

Pienso en eso cuando ahora me emociono por el sonido que la llegada de un mail hace en el enredijo de chips de mi computadora. Ese sonido cada vez menos metálico, cada vez más humanizado. Y la barra que poco a poco se colorea del 0% al 100%: bandeja llena.

Paso los ojos desesperada por los remitentes de los mails. Y los abro rápidamente uno a uno, sin sentir el papel en mis manos, sin oler el cuero de la bolsa del cartero, sin descifrar el pulso de la letra a puño, sin el aroma de una piel que impregnó el papel. Pero esos mails me traen almas, moods.

A veces me desprendo del acto de leer y me pregunto, ¿existirán esos remitentes? ¿por qué un día deciden escribirme algo?

Los sonidos han cambiado. Pero igual emocionan los sms que llegan a mi celular con esa sutil vibración que me recuerda que hay alguien humano detrás, y no sólo un fantasma tecnológico engañándome, agazapado en ondas que desconozco.

Nada más triste que esos días que se suceden con una bandeja de entrada al 0%, silenciosa, desolada. Nada más triste que tocar un celular callado sin que vibre en nuestra piel. Nada más triste que esos días que cargo el celular como un pequeño ataúd vacío, que ni siquiera contiene un muerto qué enterrar.

Nada más triste que ver suspendido en el aire el tomento y no colocar nunca más la mano para que aterrice y entonces gritar, o siquiera murmurar: carta, llegará carta.

6.10.04

Baldío

Un gato negro, agazapado entre las ramas del baldío, mira fijamente al gato blanco que descansa sobre el muro que resguarda ese jardín secreto.

Se miran fijamente, inmóviles, con sus espinazos arqueados; parecen dos bestias mirándose desde la eternidad; dos símbolos suspendidos en el tiempo.

En el poder de la imagen está representada esa lucha mítica entre el bien y el mal que posee toda cosmogonía.

Abajo, en ese jardín montaraz, cultivado por la mano del azar, las especies vegetales crecen promiscuamente una sobre otra. Parece un edén caído, una belleza corrompida y atormentada por la serpiente y la manzana. El gato negro asoma su mirada intensa, dueña de ese caos y mimetizada en él y la dirige fijamente al gato blanco.

Arriba, el gato blanco, recostado sobre el muro, parece saberse dueño, pero también invadido y ajeno a ese jardín dañado. Mira al gato negro con menos fijeza; su posición convierte al otro en presa. Lo mira como algo suyo y le aburre al saberse desamado.

Pero no dejan de mirarse: enemigos, contrastes, presa y cazador, compañeros, símbolos en la decadencia del baldío.

29.9.04

Mi "no-soundtrack"

“Estoy escuchando el soundtrack de mi vida”, me dice emocionada mi amiga en medio de la oscuridad excitante que resulta un concierto.

Un concierto donde su cantante favorita y mi músico favorito cantan en el mismo cartel. Un concierto que nunca imaginamos ver juntas, menos en una ciudad que no nos pertenece a ninguna de las dos. Ahí estamos Edith y Marian inexplicablemente juntas en un concierto. Ahí están Annie Lennox y Sting inexplicablemente juntos en un concierto.

Annie Lennox es la autora de su soundtrack. Y Sting me resuena a muchas cosas, menos a eso. Mi vida no tiene soundtrack. Es más, a veces dudo que tenga historia (mi amigo Eric dice que parezco no tenerla).

Sting no me recuerda ninguna ruptura, ningún enamoramiento, ninguna nostalgia, ningún estupor de soledad; no me recuerda algún tormento, ni nada que duela. La música de Sting entró a mi vida por medio de mi cerebro, como todo lo que entra en mi vida.

La primera vez que le puse atención fue al ver un video de An Englishman in New York. Era una canción cuya melodía no se parecía a nada que hubiera escuchado en el pop o en el rock, ¿qué es esto?, me pregunté. Tenía un sonido clásico, culto, exquisito. Y ahí estaba ese hombre de negro, cabello largo, tan elegante como desgarbado, caminando por la nieve neoyorquina diciendo "Gently and sobriety are rare in this society", hasta que la imagen y el sonido eran interrumpidos por un puente desbordante de jazz.

Ese puente jazzero se expandió en mi pecho, en mi cabeza, y me llevó a buscar todo lo que encontrara de ese tal Sting. Se preguntarán: ¡Pero cómo! ¿No conocía a The Police? Debo aclarar que conocía una aceptable variedad de canciones de The Police y era capaz de tararearlas, por pertenecer al cancionero colectivo y por tanto subconsciente; pero no unía a Sting con Police (ni el consciente con el subconsciente). Yo tenía 16 años y vivía en la provincia de la provincia.

Quizá nunca he llorado con la música de Sting. Pero para mí fue conmovedor descubrir a través de su música sobre las dictaduras en Centro y Sudamérica; las manifestaciones dignas y silenciosas de las madres de los desaparecidos, o aquellas de los indígenas brasileños al ver desvastadas sus tierras.

Tal vez la música de Sting no me consoló nunca de mis tormentos existenciales, pero me llevó a leer a Jung y a Nabokov. Y conocer por su medio a Amnistía Internacional, y esta lucha por los Derechos Humanos rompió mi egocentrismo adolescente.

Muy probablemente ninguna historia de amor en mi vida se inició o rompió bajo las notas de Sting, pero para mí significó la ruptura entre una escucha y otra, entre un gusto y otro, entre un interés musical y otro; y el enamoramiento con todo lo que es música, sea folclor andino, celta o africano, jazz, clásico, blues o rock.

A Sting le debo las canciones más bellas que he escuchado; le debo el vértigo ante canciones como I burn for you, Island of the souls, Brought to my senses, A thousand years, They dance alone, Be still my beating heart, The Bourbon Street, Shape of my heart, Desert rose, Lazarus heart, Inside, Book of my life; y le debo la expansión en mi pecho y mente con la pregunta recurrente ¿qué es esto?

Envidié a Edith al verla llorar con algunas canciones de Lennox. La envidié cuando conmovida tomó su celular y le marcó a él para escuchar juntos una canción que les significaba a algo a ambos.

Y yo escuchaba a Sting con puro placer estético: hacia su música, sus letras, los arreglos, el espectáculo, hacia él (uy, sí que es guapo), y lo único que me significaba eran las palabras de mi sobrina que me animó a viajar miles de kilómetros para ver el concierto: Tía, mereces darte ese gusto, y es hoy o nunca, antes de que tú y Sting sean demasiado viejos para conciertos...

Esa frase significó lo suficiente como para asistir al concierto de Sting... pero tampoco era suficiente para hablarle por el celular a mi sobrina y decirle “¿Escuchas?, está cantando Whenever I say your name”... Porque Whenever I say your name no me recuerda nada de mi vida, menos a ella. Y tampoco le hubiera importado, ella sólo es fan de OV7...

23.9.04

Zumbidos

Piénsalo, y me llamas, pidió la doctora que quiere que ponga fecha a la operación.

Piénsalo.

Piénsalo.

Pensaba en todo, menos en la fecha.

Pensaba en todo lo que no quiero pensar.

En mis genes irremediablemente mordidos por el cáncer.

En que no es cáncer.

En que estoy sola.

En que puedo sola.

En que debería llorar. En que no tengo razones.

En que estoy harta de estar siempre de pie. En que no he tenido razones para caerme.

Pensaba y borraba.

Pensaba y borraba.

Llegué a casa. Y en el estudio encontré mi cómplice para no pensar. Encendí la computadora, busqué papeles de la oficina para trabajar. Y se fue la luz.

Oscuridad total de diez de la noche. Silencio total de noche.

El silencio trae esos sonidos lejanos, solitarios, que hacen más silencioso el silencio: un perro ladrando a lo lejos, y un zumbido más; una ambulancia fugaz, y un zumbido más; el estertor melancólico de un trailer solitario en alguna carretera, y un zumbido más; los grillos e insectos, y un zumbido más.

Todos esos sonidos que sólo forman parte del silencio.
Y ese zumbido que sólo vibra junto con tu cuerpo cuando todo es silencio

¿De dónde proviene ese zumbido? No sé. Está en los oídos, en el pecho, transpirando en toda tu piel, deslizándose por tus venas y por la respiración. Es el zumbido de la vida. El sonido del cuerpo cuando está en silencio y reposo. El sutil poder de la sangre que corre. El aviso de la respiración antes de exhalar y antes de inhalar. El temblor vital que se sincroniza con el cosmos, en medio de tu silencio y soledad.

Piénsalo. No hay nada más que hacer, sólo pensar.
Piénsalo.
Piénsalo.


21.9.04

Blanco y negro

Hoy fui a hacerme un ultrasonido. ¿Habrá manera de hacer más amable y cálido ese proceso médico? Me preguntaba mientras esperaba, con una humillante bata azul. Aunque luego objeté: ¿Serviría de algo que la bata fuera más trendy? ¿Qué el lugar pareciera una cafetería con un pequeño ensamble de jazz tocando en un rincón? Ahí permanecí, en el borde de la camilla, con mis pies descalzos balanceándose en el vacío; viendo la fría penumbra de la habitación, acompañada sólo por el zumbido de los aparatos que explorarían en mi cuerpo.

Pasé media hora oscura con el doctor, tratando de ver el dibujo que el escáner acusaba en la pantalla. Tachones en carbón de un dibujante depresivo. Con forma de nada. Pero me concentraba en la imagen con la misma acuciosidad que el médico. No había otra cosa qué hacer. Ups, sí había otra cosa.

La mente que traté de centrar y atar para que no empezara sus correrías, se me escapó. Empezó a deambular en medio de la incertidumbre. Ah, es que la incertidumbre la vuelve rebelde, inquieta, impredecible. Y ya digo, empezó a correr de aquí para allá; bueno, he de decir que corría con cierto orden, de un pilar a otro. ¿Y si tuviera cáncer? ¿Y si necesitara radiaciones? ¿Y si....?

Lo sé, lo sé. No hay que pensar en eso, ¿pero podrías dejar de pensar en eso cuando estás en un cuarto oscuro, con sólo la luz impenetrable de una computadora que exhibe una imagen igual de indescifrable? ¿podrías dejar de pensar en eso cuando el médico está totalmente callado, sin verte a la cara, sólo concentrado en escanear tu cuerpo y en interpretar la imagen? ¿Dejarías de pensar en eso cuando tienes 33 años y una hija de 8, y tu madre ha muerto de cáncer? ¿Podrías transportarte a un lugar bello cuando ese cuarto te recuerda tanto al que visitabas junto con tu madre para ver cómo avanzaba su cáncer? Es imposible.

Por eso dejé que mi mente corriera, olfateara en la incertidumbre y volviera con sus dudas, cansada y rendida a ese centro donde está mi alma o mi conciencia. Acaricié mi mente, y susurrando la volví al silencio. Prometió mantenerse callada, pero como toda promesa, se entregó bajo condiciones: habla de mí, coloca en blanco y negro los frutos que traje de la oscuridad, habla del vacío en que tu cuerpo estaba suspendido, del misterio que es sentirte saludable y que posiblemente sólo sea la careta de una conspiración que se fragua en tu sangre y en tus órganos para dar golpe de estado.

Hecho. Ya está en blanco y negro. En ese blanco y negro indescifrable de la pantalla y el escáner. Esos colores ya no saben a incertidumbre, sino a palabras, mucho más habitables y mullidas que ese diagnóstico que entregará el doctor en un sobre sellado, con palabras como: nudosidades, lateral, radializado...

Ahora con mi mente respirando tranquila en el regazo de mi alma, podré terminar apaciblemente el día y recibir la noche sin más miedos.


¿Bailamos?

Los niños bailaban frente a mí como poseídos por un espíritu mítico. ¿Alguna vez bailaron realmente así nuestros ancestros? Alguna facilidad tiene la danza folclórica para atrapar esa esencia que unifica lo que hemos creído ser, lo que somos y lo que queremos ser.

Los trajes más inverosímiles, con listones dorados, rojos, verdes, amarillos, rosa, naranja, negro, añil; encajes blancos; moños y grecas; trenzas majestuosas y sombreros pasaban como ráfagas de alegría por el escenario.

Y pensaba qué mensajes estaban representados en ese lenguaje que transmite el cuerpo. Pensaba en el movimiento lleno de vigor, variedad y alegría que tiene la danza autóctona mexicana, y que es difícil encontrar en las danzas europeas.

¿Han notado la diferencia de lenguajes femenino y masculino en danza mexicana?

La mujer ondea su cuerpo; realiza movimientos circulares con sus faldas, con su cabeza, con sus pies, con su cintura y caderas. Los hombres realizan movimientos más lineales, verticales, y ascendentes; se esfuerzan por reafirmar su virilidad.

Cuando hombres y mujeres se separan en grupos por género, las mujeres pueden tomarse de las manos, y hacer rondas; los hombres nunca, sus manos se colocan entrelazadas en la espalda. Es un movimiento recogido, que contiene, junto con la muestra de un pecho expuesto con pretendida reciedumbre.

Sí, en la danza mexicana, los roles hombre-mujer están claramente diferenciados. La danza europea unifica más los movimientos. En las sardanas y las danzas griegas, los hombres se tocan, se abrazan. En las danzas aldeanas, hombres y mujeres alzan sus brazos en un movimiento igualmente monótono. El flamenco explaya en movimientos abiertos y finos de manos igualmente en hombres que en mujeres.

El flamenco da otra lectura antropológica de su cultura, ¡qué manera de unir gestos femeninos y masculinos en el movimiento! Los mismos toreros son figuras demasiado estilizadas, como bailarinas de ballet clásico, enfundados en mallones bordados exquisitamente; para que en un momento esa sutileza se rompa con la brutalidad de un gladiador abriendo las carnes de la bestia.

Por estar pensando que las danzas regionales nos muestran la concepción hombre-mujer, y sus roles sociales, he dejado de observar a los niños. Una madre de familia, vecina de butaca, me interrumpe con un codazo cómplice, y sin tanto rollo hace una lectura rápida: “Y como en todo, ¿no? Son las mujeres las que llevan el paso y el ritmo”, y en efecto, los niños eran prácticamente arrastrados por niñas sonrientes, erguidas, de ojos brillantes y agudos; mientras ellos pretendían desaparecer bajo sus trajes tradicionales.


5.9.04

Todavía hay hombres así

El Tigre, le dicen, pero con ese apodo prefiero decirle Gerardo, y hablarle de usted. Es de mi edad y parece que me lleva 15 años por delante.

Es de esos hombres que se sienten más hombres porque sirven a una mujer. Es de esos hombres que bombean más rápido la sangre cuando se ven junto a una mujer. Acude donde mi carro me haya dejado tirada, y una vez arreglado, me lo lleva a la oficina. Luego me toca a mí llevarlo a su Taller... Bueno, es un decir, porque es de esos hombres que siempre manejan. Así que hemos dado algunos paseos juntos por esta ciudad del sol.

Como buen sierreño, tiene ese color rojo en la piel, arrugas nuevas pero profundas, y esa voz bronca, golpeada, entrecortada, fuerte y hasta un poco nasal como los cantantes norteños.

“Ya me voy a casar”, me anuncia. Y me da su recorrido amoroso.

Mira, Mariantonieta, para qué te digo mentiras. He tenido muchas mujeres. De todas: inteligentes, tontas, ignorantes, bravas, dejadas, altas, chaparras, gorditas, flaquitas, buenotas, liberales, puritanas; mujeres que trabajan, mujeres de casa y de familia, ricas, pobres, casadas, señoritas. Pero después de todo este andar te voy a decir una cosa: las peores son las mujeres inteligentes que trabajan, se sienten ¿cómo te diré? Muy autosuficientes, te quieren hablar de tú a tú, y hasta te ven para abajo. Y he llegado a una conclusión: quiero una mujer que lo merezca todo, pero no pida nada. Y esa mujer la encontré en mi Dianita.

Una mujer que lo merezca todo y no pida nada. Esa frase resume toda la educación sentimental de estos hombres bravos de Sonora. Hombres dadores, mientras la mujer persista en su papel pasivo y dependiente; hombres que se rebelan ante lo que consideran humillante: la voz de la mujer que tiene necesidades distintas a los dones que ellos entregan virilmente.

“Hombre, me alegro, Gerardo”, lo felicito. Y escucho el inventario del merecer de Dianita: Gerardo ha conseguido por medio de su padrino El Diputado (ah, porque todavía hay hombres que tienen padrinos diputados todopoderosos) que raspen el camino de un pueblo a otro, para que todos puedan acudir a la Boda; me habla de cientos de invitados, de bandas, barbacoas, barriles de cerveza, y de más padrinos.

Vuelvo a felicitarlo y antes de bajarse a su Taller, se detiene y me pregunta: “Oye, Mariantonieta, nunca te he preguntado, ¿y por qué fracasaste?” Sí, aún quedan esas personas que llaman “fracaso” al divorcio.

Ahora que se me ocurre echarle un madrazo, recuerdo por qué le digo Gerardo y no Tigre, y opto por su sabiduría sierreña: "Pues ya que lo dices, será porque lo merezco todo y lo pido todo..."

29.8.04

¿Pasarás por las muertas?

Cuando anuncié a mi pequeña hija que viajaría a Ciudad Juárez, me preguntó preocupada: ¿Pasarás por las muertas de Juárez?

—No, hija, pasaré por otro lado —dije.

Mentí.

No pasaré por otro lado. Porque no hay otro lado. Las muertas de Juárez nos circundan y sus fantasmas ululan sobre nuestros cráneos, dondequiera que estemos.

No pasaré por las muertas. Quisiera pasar por ellas, sacudir el polvo de su desnudez avergonzada, levantarlas y llevarlas a otro sitio. Al destino a donde se dirigían. Al que soñaban un día llegar. O simplemente revivirlas.

En cambio paseo por Juárez, resguardada en un carro, acompañada de una mujer desconocida. En la ventana encuentro la justificación de mi silencio. Veo un paraje arenoso, lleno de llantas y basura. Supongo que ese no es el lugar por donde se pasa por las muertas. Pero se le parece tanto.

Cuando nos alejamos de ese paisaje, interrumpo mi propio monólogo, para dirigirme a la mujer desconocida que conduce:
—No sé cómo preguntarte por ellas.
—¿Por las muertas? ­—pregunta desenfadada—. Acabamos de pasar por ahí.

No sé cómo regresar a casa y decirle a mi hija: Sí pasé por las muertas. En un carro donde parecía no correr peligro.

Pasé por las muertas y no fue necesario verlas para saber que ahí estaban.

Pasé por ellas, pero no pude revivirlas, ni honrarlas.

No pasé por otro lado, porque la gente sigue pasando por ahí, indolente; y ese lugar no les merece ni una oración, ni un lamento; pisan groseramente, como quien profana una tumba.

Y todos los días pasamos por las muertas de Juárez y por otras muertas, y por otros muertos.

No nos conmueve que nuestro cuerpo también es mortal y se puede asesinar, y que nuestra piel es blanda y cualquier cuchillo la puede horadar, y que nuestros huesos son quebradizos y cualquier quijada los puede triturar.

Pasamos sobre otros muertos, pensando que nosotros no morimos.

Es probable que deshonrar muertos, ignorar muertes, frivolizar el dolor de otros no detenga nuestro camino; tal vez hasta lo apresure, para seguir pasando por encima de las muertas de Juárez o de otros muertos, eso sí, con un alma cada vez más inexistente.

26.8.04

Código roto

Hay un código que tengo perdido desde que era niña. De tenerlo, sería otra clase de persona.

Cuando estaba en el Kinder, una vez entré a la capilla antes de llegar al salón. Me arrodillé por media hora con mi mente en blanco. Fui sacada de mi contemplación por un largo jalón de orejas. Y nunca entendí por qué si la escuela tenía una capilla, no debía visitarse; nunca entendí por qué si Dios estaba por encima de todas las cosas, la maestra estaba por encima de Dios.

Después, en preescolar, mientras hacía fila para ser calificada, veía las planas de otros niños: Chuecas y fuera de renglón. Las mías, con sus bolitas redondas y perfectamente alineadas. Los demás niños se llevaban la felicitación y la estrella de la maestra. Yo sólo un R de revisado. Y nunca entendí por qué si hacía bien las cosas, no merecía una felicitación o una estrella qué ostentar en mi frente.

En cada cumpleaños iba mi prima favorita a casa. Llegaba con dos regalos. El mejor atraía mi vista. El mejor atraía sus brazos. El peor me era entregado sin papel de regalo. El peor era mi regalo. Y no entendía por qué debía sonreír y dar las gracias, y por qué ella debía tener el mejor regalo si no era su cumpleaños.

Siempre fue así.

A veces quisiera ser diferente. Quisiera ser mejor esa niña que en lugar de ir a la capilla, se queda en una sombra del patio, ideando maldades e insidias contra los demás.

Quisiera ser una niña perezosa que hace las cosas a medias, y ríe con cinismo cuando recibe una estrella sabiendo que no lo merece.

Quisiera poder escupir a la cara cuando se quedan con el mejor regalo y me dan lo peor.

Quisiera ser alguien que no entiende nunca, para no sonreír cuando me dan la espalda, para no agradecer regalos menores, para no tolerar cuando no me dan lo que me corresponde.

Quisiera no acceder a los regateos. Quisiera no regatear.

Quisiera no ser tan perfecta para que nunca más vuelvan a decirme que no están listos para mi perfección. Quisiera no tratar de ser perfecta para nunca más decir que no hay nadie al nivel de mi perfección.

A veces quisiera morder la mano antes de que me retire su apoyo. A veces quisiera vaciar mis manos para que nunca más ofrezcan nada.

A veces quisiera ser incapaz de entregarme para que siempre hubiera hambrientos y sedientos a mi lado esperando. A veces quisiera ser incapaz de condolerme de los sedientos y hambrientos que huelen mis manos en busca de pan o agua.

A veces quisiera morder mi lengua e insultar, antes de bendecir y decir te amo. A veces quisiera que alguien me bendijera y me dijera te amo. Quisiera saber qué significa te amo.

A veces quisiera merecer y recibir. A veces quisiera no merecer para que se justificara el no recibir.

A veces quisiera ser una monja en Calcuta que ama a quien sabe que morirá, sin esperar nada al siguiente día, y sin recordar el amor que amainó fiebres y abrevió la agonía. Porque nadie extraña a un moribundo. Y ningún moribundo se asusta del amor de una monja que le asiste en su muerte.

Quisiera saber qué significa dos pasos atrás. Quisiera que dos pasos atrás significara nuevamente estar ahí, encerrada en mí misma, en mi movimiento pendular; como una niña agorafóbica. No salir nunca. No arriesgar nunca. No entregar nunca. No esperar nunca. No sufrir nunca. No amar nunca. No decir nada, no merecer nada, no tener que recordar nada.

16.8.04

La cifra que aborrezco

Escucho la conversación que forma parte del bullicio del parque, alrededor de una carreta de hot dogs; poco a poco se aisla y se vuelve más clara, junto con sus personajes: el hotdoguero y su compadre que ha llegado a visitarlo en bicicleta.
-¿No me ferea este billete de 200, compadre?
-No. Es que, ¿sabe? No me gustan los billetes de 200.
-¿Cómo que no le gustan?, ¿qué quiere decir?
-Pues que no me gustan, compadre. En cuanto llega un billete de 200 a mis manos, luego-luego voy a comprar algo para feriarlo. No sé, los tengo como aborrecidos.

Aborrecer no el dinero, sino un billete de concretamente 200 pesos. Me encantaría dejar el hot dog ahí en la barra. Tomar al compadre visitante de la mano y sentarlo en una banquita del parque. ¿Se puede aborrecer una nominación específica de billete? ¿Por qué los aborrece? ¿Qué siente: náusea, coraje, aburrimiento? ¿O le trae malos recuerdos?

Tomo el hot dog y me siento sola en la banquita. Alrededor, el señor que aborrece los de 200 se multiplica y cada uno me da su versión, mientras trato concentradamente de que el gigantesco hot dog “con todo” entre a mi boca.

Uno de ellos me cuenta que una vez, en un baile allá en la invasión, una mujer se acercó a él, y le guiñó el ojo invitándolo atrasito de la casa. Ahí estuvieron juntos, y él pensaba en que todavía era galán, todavía una mujer podía desearlo, todavía podía rehacer la vida después de que su mujer lo había abandonado por otro; en fin, que todavía podía. Pero sus ensoñaciones se vieron ennegrecidas cuando la mujer sacó de su pecho una carcajada burlona y un billete de 200 pesos, para pagar los besos y las caricias. Sí, 200 pesos. No es que quisiera más, no es que mereciera más. Pero una mujer no puede pagar por amores. Un hombre sí. Una mujer no. Los 200 pesos son la cifra de la humillación.

Otro me confiesa que no soporta a esa Sor Juana que escribió eso de “hombres necios que juzgáis a la mujer sin razón, y blablablabla...” porque su hija libertina, que sí había estudiado, recitaba esa redondilla cada vez que le preguntaba: ¿A dónde vas? ¿Con quién vas? ¿A qué horas regresas? ¿Por qué vas tan bichi? ¿Cuándo....? Los 200 pesos: la cifra de la inmoralidad.

Otro dice que simplemente ese color verde flema (“Escuche bien: ni verde bosque, ni verde estepa, ni verde dólar, sino verde flema”) le da asco, le da no se qué, ¡la aborrece pues! La cifra de lo escatológico.

Entre cada testimonio, mi hot dog “con todo” ha desaparecido en mi boca. Me levanto y busco en mi monedero. Y con vergüenza veo que sólo traigo un billete de 200. Lo escondo debajo de mi palma, como si fuera un presdigitador, y se lo doy al dueño de la carreta, abriendo los ojos como quien augura una tragedia. El hotdoguero sólo piensa en su clientela. Toma el billete y se lo extiende desvergonzadamente al compadre. “¿Tiene cambio de...?”, “¡Que no, que no! ¡Que ya le dije que los aborrezco!”.


7.8.04

Gatos sin dueño

Cuando era niña y pensaba cómo sería mi vida apenas “cruzandito” el umbral del 2000, imaginaba cosas buenas. Como toda niña.

Imaginaba prados verdes, como los que veía alrededor del Río Yaqui (era lo más verde que conocía); tecnologías avanzadas como salía en los supersónicos; paz mundial.

Pero aunque cruzamos esos tres ceros con la prestancia de un tigre de bengala a través de aros de fuego, ahora nos hemos echado a la sombra, aburridos como un gato sin dueño.

Las calles no son elevadizas y siguen teniendo los mismos baches de la infancia (esos u otros, en eso sí se nota el paso del tiempo); la palabra “paz” ahora es un vocablo al que cínicamente se le añade la interjección “Ja”, y sólo es preocupación de las misses cuando concursan en belleza; y lo verde, pues es un buen tópico para el marketing.

Veo la tele, escucho la música, leo literatura joven, e invariablemente veo ese desencanto lleno de ironía, de humor, de rendición. Hasta parece frivolidad. Hasta parece que ya no hay esperanza. Hasta parece que no hay nada en qué creer, como ese gato que aburrido deja de creer que el dueño volverá, e incluso deja de importarle.

Y ese dueño quizá nunca existió. ¿Quién puede ser hoy ese líder que vuelva a convencer al gato flojo y convenenciero, que en realidad es un tigre libre, valiente, y el mero mero de una parte de la selva? Gandhi, Martín Luther King, Mandela, Walessa, Havel representan ya una constelación que brilla muy lejos del escenario actual.

Las estrellitas del momento son Bush Jr, Blair... Ellos, acostumbrados a cincelarse y lijarse según resultados de encuestas, se han de creer esculpidos a imagen y semejanza de la masa. El gato está en ese estado comodino y atontado por circunstancias históricas y sociológicas; y lo que menos necesita y lo que menos pide es un dueño igual de comodino y atontado.

El gato bosteza como ironía ante el cinismo e irresponsabilidad de los dueños. Los dueños creen que deben convertirse en esos productos bostezantes y cínicos.

Tal vez haya que recordar que hay unos vecinos más presentables que podrían querer más y respetar mejor al gato. Pasando el canal está ese señor Zapatero, que no tendrá la lucidez para convencernos que el gato es tigre, pero siempre será políticamente muy correcto para procurar que los gatos sean gatos con mayor dignidad. Y calle abajo, un señor al que dicen Lula, quien cree así de verdad-de-verdad, que el mundo sería más habitable si todos fueran pacíficos y templados gatos, y ya convence a los tigres que se conviertan en gatos.

Yo ya me encargaré de convencer a la niña esa que fui que no es tan importante que no haya calles elevadizas; y que la paz, por desgracia, depende de muchos más factores que una cifra con tres ceros.

29.7.04

Qué puede ser esa lluvia

A eLe y Th

 
Una lluvia, y parvadas de mariposas vuelan como si fueran pétalos suspendidos; una lluvia, y los cerros parecen recién nacidos, como si una mano sagrada los hubiera bautizado con el nombre de verde.

Una lluvia.

¿Será capaz el ser humano de abrirse, volar, reverdecer, después de tanto dolor y fractura?

¿Qué puede soplar sobre el lodo que avergüenza pasados, para que seque y se espolvoree por siempre? ¿Qué puede murmurarse por encima del cuerpo para que olvide la iniquidad y reviva? ¿En qué agua debe sumergirse un nombre para que nazca otro?

Tal vez baste una mirada. Tal vez un oído sea suficiente. O los dos. No creo que más. Tal vez sólo otro, en algún lugar lejos, pero que por alguna razón, nombre a ese lugar “Aquí”.

 

 

24.7.04

Nadar de vivo o muertito

Desde hace tres semanas, acudo a una enorme piscina para acompañar a mi hija en sus clases de natación.

En los primeros días observé la personalidad y los recursos con que los niños se enfrentan al aprendizaje y mañana a la vida.

Hay un niño que entra corriendo a la escuela, se lanza corriendo a la alberca, y sale igualmente corriendo a los brazos de su madre. Siempre tiene una sonrisa ansiosa en sus ojos. Me pregunto si su cerebro tan nuevo piensa a esa velocidad, o si su cuerpo va siempre por delante de su cerebro. Reacciona por reflejo ante el peligro de perder el equilibrio, o de hundirse, o de esquivar a otros niños en los clavados. Pero es el único niño que casi se ahoga, en esos segundos larguísimos en que su movimiento no fue esperado ni correspondido por el movimiento de la maestra. Ni por el de la madre, que ha salido corriendo a toda velocidad, en señal de un ADN similar al hijo, para rescatarlo.

Otro niño llega lentamente, detrás de la madre que parece, desde su entrada, preocupada y arrepentida. El niño pasa sus manos temblorosas de la garganta al estómago, luego a los ojos, ahora a las orejas. Parece caminar sobre sus talones frenados. Algunas veces ha tenido que detenerse en el baño para vomitar. Es pequeño, delgado, los dedos de sus manos siempre se ven crispados. El miedo le impide tirarse al agua, flotar, coordinar el movimiento de sus piernas y brazos con el peso abandonado del cuerpo dentro del agua; eso que llamamos nadar. Siempre busca la mirada de la madre, para reconocer en ella el mismo pánico. El padre ha ido un par de días. Más enojado que aterrado. Más avergonzado que complaciente. Y le ha dicho: todos los niños pueden hacerlo; pronto tú también podrás. Un día ese pequeño niño cobarde pudo coordinar todo lo que se requiere para, milagrosa o mecánicamente, nadar. Ese pequeño timorato vio a su padre a los ojos, y encontró en él una sonrisa altiva, de orgullo, risueña. El niño espejeó la expresión del padre, pero con ojos nuevos y labios apretados. Dio la espalda al padre, y nadó dirección opuesta. Llegó al otro extremo, y desde lejos devolvió al padre una réplica suya: un hombre muy hombre. Sus manos dejaron el estómago, la garganta, los ojos y las orejas, y ahora aprieta la nariz, con un viril gesto de esfuerzo; sacude la cabeza escurrida de agua; aligera los talones y se permite correr hasta tirarse en la alberca con ese cuerpo frágil pero capaz.

Una niña llega, se coloca en la fila, charla brevemente con las niñas de al lado. Se para frente al agua como si fuera una bailarina a punto del show. Ve a su público. Extiende con gracia y disciplina sus brazos y se clava en esa agua fresca y sorda. Cuando el maestro presiona de más, llora; cuando felicita a otras niñas, se acerca, le sonríe y lo besa; cuando una abeja acecha, cuelga sus brazos de la nuca del maestro, y baja sus cejas en un gesto de desamparo. El maestro siempre cede, conmovido y puede seguir dando la clase con la niña en los brazos. Se ve tan bien la estampa que nadie repara.

Otra niña duda siempre en el friso de la alberca. Ve al maestro, y pregunta algo. Cualquier cosa. El lenguaje es útil no sólo para descifrar, sino para ocultar y para posponer. Hay que ser creativos para lograrlo. Ella con frecuencia se evidencia. Pero no hay manera de deshacer sus redes. Hace las cosas a medias. Sólo alcanza dos braceos, y se detiene de pie dentro del agua. Busca con la mirada al maestro para asegurarse de pasar inadvertida. Cuando hay contacto visual con el maestro, hace como que toma aire. Si el maestro desvía su mirada nuevamente, sigue de pie, y da tantos pasos como su invisibilidad momentánea se lo permite; si el maestro la ve, hace de nuevo el gesto de tomar aire, y se inclina como si fuera a entrar al agua. Todo eso se convierte en un juego coreográfico, un juego de simulación, que exige una explicación al maestro. Pero no se preocupen. Ella siempre tiene algo qué decir. Habla, gesticula, sonríe, se muestra preocupada, lanza ademanes a diestra y siniestra, y parece una agorera de riesgos y tragedias. El maestro mueve sonriente la cabeza de un lado a otro. El milagro de la coordinación entre brazos y piernas con un cuerpo abandonado en el agua, no puede hacer mucho frente al milagro mayor del lenguaje.




13.7.04

Una Universidad llamada Juan Miguel

Si cierro los ojos, ahí está Juan Miguel, extendiendo los brazos como despojando de sábanas polvorosas los edificios antiguos; tan antiguos que mi mente no alcanza a catalogar. Así devela ante mi vista los misterios del tiempo, y la impronta de la gente en esos castillos, templos, puentes, acueductos.

Suele hablar, con ese acento local de su vagar por el mundo; con frases tan densas y económicas, que parecería un guía ensayado; pero ningún guía sostiene esa pasión y agudeza para enseñar.

“Este templo románico habla de cómo se organizaba la Iglesia en esa época; volcada hacia adentro, pequeña, circular, para acoger a grupos sencillos, que vivían una espiritualidad interna, comunitaria; las ventanas tan profundas y pequeñas se deben a que aún no inventaban el vidrio. El alma cristiana era de pequeñas y desnudas ventanas al exterior por las que entraba luz suficiente, franca, no decorada. Los muros austeros, la techumbre baja, todo parecía cobijo espiritual; el cristiano ante su fe, ante su comunidad, ante Dios.”

Arquitecto también, me enseñó el sentido de la historia de la arquitectura: el gótico y “la Iglesia dejó de ver hacia dentro y hacia su comunidad, y buscó a Dios arriba, alto, época de mística, del desarrollo del pensamiento teológico”; el barroco y “la unión con el poder y la riqueza, las puertas grandes y altas, labradas, para que los clérigos pudieran atravesar su autoasignada estatura”; el neoclásico y “la línea de la grandeza hueca”.

Si hay una universidad que me haya enseñado ese conocimiento vivenciado, desde el fondo del ser hacia el entendimiento de lo humano, lo histórico, la naturaleza, es Juan Miguel.

Ese hombre con quien viajé desde el Norte de España hasta la Costa Sur, deteniendo el coche en ermitas perdidas en el camino, en mesas de piedra milenaria que usan los peregrinos de Santiago, en casas de gente sencilla que abría las puertas con igual descaro con que abrían su amistad, rotunda, profunda.

Ese hombre con quien asistí a la celebración más fastuosa y frívola, viendo intacto su espíritu templado y sencillo; hasta la Fiesta más austera, convirtiendo en banquete una frugal cena de verano, sobre un improvisado mantel en la arena.

Hombre fuerte, apostado en tierra como si tuviera encinos por piernas; voz de trueno, escueto, rotundo, augurio de lluvias frescas y cercanas. Agudo, impermeable a la lisonja de boca y oído, vista suficiente para aguzar en la oscuridad, y mínima para dejar pasar la luz.

Juguetón, silencioso, grave, niño, incansable, calmo. Lo recuerdo siempre, ágil, con su cabello vasto y blanco, así, saliendo de aquel monasterio que me ha enseñado en todo su valor; despidiéndose del viejo monje que hace de portero; deteniéndose para echar un último vistazo a distancia. Me recuerdo: Juan Miguel, ¿por qué no le has dicho que eres sacerdote? Enciende el coche y suena igual de grave que su voz; me dice con simpleza: ¿Tú sueles andar aclarando que eres escritora?

Sonrío. Rendida. Igual hoy, que añoro ir de copiloto. Escuchándole, aprendiéndole, y diciéndole lo que siempre se apuña en mi garganta: Te quiero mucho, pero mucho.

5.7.04

Sólo quería una parcela libre

Me siento como una ingenua que invade el territorio de una pandilla desconocida, decide pertenecer a ella, y para ser aceptada se expone a pruebas arbitrarias.

He invadido el territorio blog. En los posts que me han dejado ya veo que hay un estilo bloggero, poner mi currículo es kitsch e innecesario, los temas deben ser tan fugaces como espontáneos (como si eso existiera y como si no conllevara su buena dosis de estupidez). Me piden pactos de sangre que siempre me ha dado desconfianza sellar; me piden ciertas vestimentas, ciertos arneses en un territorio que se supone libre.

Yo pretendía tener una Web a lo fácil. Me equivoqué de lugar. Pero entrar en esta pandilla tiene algo de fascinante. Preguntarme qué sentido tiene el blog me ha llevado a preguntarme qué sentido tiene entonces escribir; qué sentido tienen ciertos temas; qué sentido el oficio que día a día se fragua hacia un estilo.... ¿cuál?

Cada día recibo mensajes, posts, mails. Esta es una mafia que me acoge con igual calidez que hostilidad. Un blog es. Un blog no es. Ya entenderás. No entiendes. ¿Sabes lo que es un blog? No lo sé, sólo quería tener una parcela en el ciberespacio. Un estand para colocar mis palabras. Para colocar mi nombre.

Para colocar eso que ahora mismo lucho por colocar.

No sé si hay un estilo blog. No pretendo ser una escritora blog. Quiero ser una escritora. Me gusta el papel, me gusta ese objeto elegantemente pudoroso y retro llamado “libro”. Quiero ser escritora de libros.

Ser escritora de blogs me suena a ser amante por messenger.

Quiero páginas que se hagan amarillas. Letras bruñidas en ese espacio blanco, delimitado, poroso. Quiero compañero de viaje. Portada que intriga. Objeto que se roba o hereda.

Quiero escribir sin preguntarme por qué escribir. Quiero escribir hojas que se tocan y sienten, que se pasan con misterio y temblor. Hojas que vuelan y suenan en un aleteo seco. Hojas que vuelan.

28.6.04

Bienvenidos: No es traidor el que avisa

Después de lo que les diré, no sé si les apetezca seguir leyendo este Blog, o volverlo a visitar. Pero no es traidor el que avisa que:

1. No sé por qué hago un Blog propio. Lo único que puedo justificar es que tenía un montón de ganas. Y quería tener uno por si acaso, por si un día podía entregar una tarjeta con mi nombre, teléfono, celular, dirección electrónica... y Blog. Se vería suave.

2. No sé qué voy a escribir en el Blog. No quiero tener un diario; porque mis días se suceden uno a otro con la parsimonia y rutina de la vida de una jubilada. No quiero pensar en un Blog “curado”, porque no creo que nadie entre a un Blog para reírse; y si hay alguien que lo hace, no estoy segura que mi Blog garantice una satisfacción 100%; el 5% sería pretencioso. No quiero subir mis textos literarios aún, porque no tengo registrados los derechos de autor; ya sé que es remoto que alguien me fusile los textos, pensando que podrá hacer gloria y fortuna... pero una precaución no está de más, y las chiripadas no están de menos.

3. No creo representar a ninguna generación ni ningún sentir. Nunca he sabido qué es una generación. Siempre era yo, y los otros sólo eso, “los otros”. Tengo amigos 10, 20, 30 y hasta 40 años más que yo. Otros 10 años menores que yo. Y sólo un puñado de más o menos mi edad, que por esa falta de sincronía en calendarios y lugares, me parecen de otra generación. Por mi formación multigeneracional, también me hice multideológica. Presumo ser de izquierdas y me lamento de que nadie se dé cuenta ni me crea. Mis amigos de derechas salen huyendo, o vuelven con su manual de principios en cuanto ven mi rojismo; mis amigos de izquierdas no me toman en serio porque me ven demasiado burguesa. Soy católica, pero para mi clan soy demasiado agnóstica; y para los ateos mi fe es una tara irracional que no logran racionalizar. Para mi familia soy algo así como una hija adoptada, de otra sangre; para mis amigos, demasiado hija de familia.

Resumiendo: soy un ser desacomodado, que no encaja en ningún lado y siempre se identifica parcialmente con algún ángulo de alguna persona.

4. No represento ninguna moda literaria ni de aspecto, ni de aficiones, ni musical, ni nada. No soy una impresentable, tampoco. Soy ese tipo de gente que genera la kantiana pregunta de: ¿qué ondas con esa morra? Y difícilmente alguien podrá contestar algo más que una encogida de hombros. Está de más decir que ni siquiera yo.

Por tanto:
1. No sé cuándo volveré a actualizar el Blog.
2. No sé de qué tratará.
3. No sé qué objetivo persigo más allá de que me gustaría que entraran, leyeran, pensaran, comentaran.

Así que: hasta la vista.