28.3.15

Feliz Cumple 500, Teresa

Llegué a ti de la mano de mi hermana. Y como llegué renuente, escéptica, irreverente, te obstinaste a permanecer junto a mí. Así fuiste siempre, porque así fue Dios contigo: perseverante, obstinado. Qué te digo del humor pesado que siempre se traían ustedes, rasgo que a ti especialmente te caracteriza. Esa es una de las razones por las que me caes tan bien: por tu sentido del humor, por tomarte a la ligera esos accesorios del misticismo (ay las levitaciones), y por tomarte tan en serio (hasta el silencio) aquello del misticismo que trasciende la palabra y el cuerpo y la mente.
Y si seguimos siendo amigas es por tu terquedad. Murió mi madre y ahí estuviste: en la primera madrugada del 15 de octubre, abrazándonos, consolándonos, diciéndonos a mi hermana y a mí que nada es casual, que todo tiene sentido. Canonizaron a la filósofa (Edith, la Stein, claro que lo sabes) y ahí estabas guiñándonos a una y a otra, haciéndonos más amigas que maestra-pupila.
No pienso a menudo en ti. A decir verdad no pienso a menudo en nada que no sea mi vida cotidiana, la rutina, la pareja, las hijas, el jardín, la casa, el trabajo. Eso lo sabes. Pero cuando lo hago, como este día, estás aquí como la más entrañable amiga, a la vuelta del latido, del calor del alma que dejan las amistades profundas y permanentes.
¿Puedo pedirte algo? Sé obstinada, persiste hasta mi fin. Y dame entonces un guiño, cualquiera. Lo sabré reconocer. Y entonces confiaré en tu mano, la que me dio mi hermana, la que me diste la madrugada de aquel 15 de octubre; entonces nada me será extraño ni temeroso. O sea, lo que te estoy pidiendo es que sigas aquí y no te vayas. Siempre sé en mi vida esa adorable terca, ¿sí?



  
 

16.3.15

Las piñatas enseñan


Las piñatas son un ensayo para el aprendizaje de la vida. Los niños aprenden a subirse a los toboganes y a arrojarse por ellos, como en la antesala de la vida adulta aprenderán a subirse en su carrera profesional, tomar retos y caerse una y otra vez. Aprenden a defenderse de niños gandallas que acaparan los juegos a punta de codazos y gritos repetidos de "¡tú no!". Aprenden a tolerar la frustración cuando la niña bonita y matona se cuela en los primeros lugares de la fila para avanzar más pronto. Aprenden a saltar en el brinca brinca junto con otros niños, armonizando los brincos para que nadie se golpee, se pise, se caiga. Aprenden que pegarle a la piñata es parte de un ritual que nada tiene que ver con el odio hacia los personajes más queridos del momento (¡Peppa!). Aprenden a colarse entre las rodillas de los niños que recogen con la avaricia más frenética los dulces que caen de la piñata rota, o bien a esperar con prudencia que la anfitriona reparta bolsitas surtidas y en la paz de una fila (y que decida una u otra cosa nos dirá mucho del carácter del niño).
Por eso a pesar del agotamiento y falta de tiempo intento llevar a las piñatas a Cecilia. Y cuando no sabe subir por una cuerda, le enseño cómo usar trucos para suplir la fuerza de otros niños; por eso cuando cae y llora le recuerdo que caer también es divertido; por eso no la presiono cuando recoge dulces del suelo uno a uno, con elegancia y sin avaricia; por eso entiendo cuando prefiere evitarse filas y se acerca a que la maquillen como mariposa cuando ya todos los niños se han ido; por eso permito que se tome su tiempo y vaya a abrazar a la piñata para despedirse de ella, antes de que también la golpee sin culpa alguna minutos más tarde.
Sí: las fiestas infantiles contienen muchas lecciones de vida.


8.3.15

Sobre el Silencio V


Antes, en mi adolescencia, el silencio sólo era externo. Por dentro el lenguaje tenía una intensa actividad: pensamiento, ideas, conciencia. La lectura era mi principal alimento. Podía leer y en mi interior se tejía la red del lenguaje: se intercomunicaba mi conciencia con la palabra, se generaban ideas mentales que luego podía escribir. No podía hablarlas. Pero sí escribirlas. El lenguaje traspasaba la conciencia y fluía al papel como si en ese trayecto no existieran todas esas capas que requería sortear para hablar.
Ahora el silencio era externo e interno. Dentro sólo había ese vocerío confuso, inconforme, molesto, triste, a veces lleno de rabia, un balbuceo doloroso que patinaba en su propio fango. Eso, el lenguaje era fango, deforme, informe.
No sólo estaba impedida a hablar, estaba impedida a leer y reconocer el lenguaje. No sólo era un problema de expresión sino de registro, decodificación, interpretación.
No hablar, no escribir, no leer. Ese sí es silencio. Así fue mi silencio.

*Fotografía de Yuki Onodera, Look out the window, No. 19, 2000

5.3.15

De desapegos y reinvenciones



Los viajes tienen su efecto. Y a mi ver, es distinto si es por aire, tierra o mar. El vuelo te permite un desapego del lugar de origen y del destino. Te vuelves en un habitante sin tierra.
Cuando regreso a Hermosillo tengo cierta incomodidad: no encontrar el bulevar Kino tal como lo dejé (y no es necedad, pero ¡qué falta de buen gusto! lo dejaron como una entrada periférica, desolada, desencantada, poco amable y sin árboles); que en la esquina donde doblaba para ir a la casa de algunos de mis mejores amigos la mojonera no sea la misma (cada vez encuentro un negocio diferente).
Hay un ímpetu extraño en los hermosillenses; pareciera que debido a su poca apetencia por los viajes (hablo de una tendencia promedio) tienen necesidad de reinventar el rostro de la ciudad para sentir que están en otro lugar. Esto explicaría por qué abren un antro, se pone de moda, se quema, se cierra y luego, en el mismo lugar, abren un nuevo antro con otro nombre y decoración que se pone de moda, se quema, se cierra... Lo mismo con restaurantes.
Prefiero pensar que es ésta la razón y sólo ésta, y no que Hermosillo es la gran lavandería de cierto dinero. Ese dinero que sigue circulando convenientemente mientras las autoridades juegan a atrapar a capos (y volvemos: los atrapan, los juzgan, los encierran, reabren juicios, los liberan...). Reinvención pura.

 

3.3.15

Enredada



Estuve el fin de semana en Hermosillo (pisa y corre) a dar una conferencia sobre blogs para @sonorabloggers. En la charla me salí un par de veces del guión escrito para hablar de la sociopatía que el mundo endilga a quienes no tienen redes sociales. Como era mi caso.
No dejaba de dejarme sin explicación tener un blog donde se vierte la vida (a veces con un cedazo, admito) pero no facebook, tener whatsapp pero no twitter, asesorar en redes sociales pero no usarlas.
Luego en reunión familia, mis sobrinas terminaron por convencerme. Me he reencontrado con primas de quienes hacía décadas no sabía nada; con amigas que quedaron fuera de mi alcance por esa obstinada oposición a usar redes sociales. Un bicho me picó este fin de semana. Espero que la roncha, todavía inflamada y roja, pase pronto.