23.8.10

Eso era: ductus

El ductus es un vaso que conecta la aorta a la arteria pulmonar ya fuera del corazón. Cuando el feto está dentro de la madre necesita hacer pasar la sangre hacia la placenta para obtener oxígeno. Esa es su función. El ductus, pues, debe estar abierto para que el feto pueda sobrevivir.

Ese paso vital entre dos fuentes de vida, el corazón y la placenta, es el ductus.

Pero en la caligrafía ductus es una reglas toral, pues tiene que ver con el número, orden y dirección de los trazos. Es la esencia de la escritura.

Es por eso que ese flujo vital de sangre y oxígeno es a la vez ese flujo de tinta y sentido, un torrente que da vida a la caligrafía de una manera orgánica.

A eso me refería cuando hablaba de una atrofia en mi escritura. Mi dificultad de escribir a mano. Hacerlo de otra manera no podía resultar en otra cosa que en la muerte de las palabras.

El ductus debe seguir abierto.

12.8.10

Una maleta

Descubrí que mi vida puede caber muy bien en una maleta. Una libreta, un par de libros, un bolígrafo, ropa y mis vanidades más que suficientes.

Descubrí que otra ventana, otra luz, otro clima, otro despertar me hacen escribir más. Poesía.

Me descubrí ajena en mi cama, en mi habitación tan mía, al regreso. Descubrí que puedo volver y continuar.

Descubrí el inicio de la segunda parte de mis caligrafías.

5.8.10

Llama en Guadalajara

Para encontrar Llama: buscarlo en la editorial Libros del Umbral.

3.8.10

Eugenio


Cuando abrió el portón del convento, sonriente, para que metiéramos el coche, recordé aquel otro portón: el de Sotomayor, apenas cruzando el portal del edificio donde vivía en Salamanca al finalizar los 90. Ese espacio silencioso, pulcro, cicatrizado por la historia. Era Eugenio, un dominico como los otros que fueron mis vecinos, maestros en San Esteban, predicadores profundos.

Comimos los tres en el comedor. Era tanto el silencio que los cubiertos parecían flotar, el cristal, la cerámica, nuestras palabras y las risas. Tantas risas, ahí, flotando en otro transcurrir del tiempo, en otro inventario de sonidos.

Luego a recorrer el convento una tarde calurosa afuera, soleada, pero adentro luminosa, fresca. Los antiguos archivos respirando vivos, a la mano; el trabajo investigador de los frailes perfectamente acomodado y clasificado en las mesas; pasillos de baldosas relucientes; los jardines mimados.

Y subir al techo, y ver desde ahí la ciudad de Querétaro llena de cúpulas y campanarios, y el cielo circundante: azul intenso, transparente, nubes inmaculadas y regordetas suspendidas en la altura. Esa altura donde lo miro y lo abrazo, donde abarco lo que es importante para él y su familia. Y todo eso se resume en la amistad con Eugenio: en el techo del convento, sonriente, cariñoso, contemplando el silencioso sopor de la tarde.