29.7.04

Qué puede ser esa lluvia

A eLe y Th

 
Una lluvia, y parvadas de mariposas vuelan como si fueran pétalos suspendidos; una lluvia, y los cerros parecen recién nacidos, como si una mano sagrada los hubiera bautizado con el nombre de verde.

Una lluvia.

¿Será capaz el ser humano de abrirse, volar, reverdecer, después de tanto dolor y fractura?

¿Qué puede soplar sobre el lodo que avergüenza pasados, para que seque y se espolvoree por siempre? ¿Qué puede murmurarse por encima del cuerpo para que olvide la iniquidad y reviva? ¿En qué agua debe sumergirse un nombre para que nazca otro?

Tal vez baste una mirada. Tal vez un oído sea suficiente. O los dos. No creo que más. Tal vez sólo otro, en algún lugar lejos, pero que por alguna razón, nombre a ese lugar “Aquí”.

 

 

24.7.04

Nadar de vivo o muertito

Desde hace tres semanas, acudo a una enorme piscina para acompañar a mi hija en sus clases de natación.

En los primeros días observé la personalidad y los recursos con que los niños se enfrentan al aprendizaje y mañana a la vida.

Hay un niño que entra corriendo a la escuela, se lanza corriendo a la alberca, y sale igualmente corriendo a los brazos de su madre. Siempre tiene una sonrisa ansiosa en sus ojos. Me pregunto si su cerebro tan nuevo piensa a esa velocidad, o si su cuerpo va siempre por delante de su cerebro. Reacciona por reflejo ante el peligro de perder el equilibrio, o de hundirse, o de esquivar a otros niños en los clavados. Pero es el único niño que casi se ahoga, en esos segundos larguísimos en que su movimiento no fue esperado ni correspondido por el movimiento de la maestra. Ni por el de la madre, que ha salido corriendo a toda velocidad, en señal de un ADN similar al hijo, para rescatarlo.

Otro niño llega lentamente, detrás de la madre que parece, desde su entrada, preocupada y arrepentida. El niño pasa sus manos temblorosas de la garganta al estómago, luego a los ojos, ahora a las orejas. Parece caminar sobre sus talones frenados. Algunas veces ha tenido que detenerse en el baño para vomitar. Es pequeño, delgado, los dedos de sus manos siempre se ven crispados. El miedo le impide tirarse al agua, flotar, coordinar el movimiento de sus piernas y brazos con el peso abandonado del cuerpo dentro del agua; eso que llamamos nadar. Siempre busca la mirada de la madre, para reconocer en ella el mismo pánico. El padre ha ido un par de días. Más enojado que aterrado. Más avergonzado que complaciente. Y le ha dicho: todos los niños pueden hacerlo; pronto tú también podrás. Un día ese pequeño niño cobarde pudo coordinar todo lo que se requiere para, milagrosa o mecánicamente, nadar. Ese pequeño timorato vio a su padre a los ojos, y encontró en él una sonrisa altiva, de orgullo, risueña. El niño espejeó la expresión del padre, pero con ojos nuevos y labios apretados. Dio la espalda al padre, y nadó dirección opuesta. Llegó al otro extremo, y desde lejos devolvió al padre una réplica suya: un hombre muy hombre. Sus manos dejaron el estómago, la garganta, los ojos y las orejas, y ahora aprieta la nariz, con un viril gesto de esfuerzo; sacude la cabeza escurrida de agua; aligera los talones y se permite correr hasta tirarse en la alberca con ese cuerpo frágil pero capaz.

Una niña llega, se coloca en la fila, charla brevemente con las niñas de al lado. Se para frente al agua como si fuera una bailarina a punto del show. Ve a su público. Extiende con gracia y disciplina sus brazos y se clava en esa agua fresca y sorda. Cuando el maestro presiona de más, llora; cuando felicita a otras niñas, se acerca, le sonríe y lo besa; cuando una abeja acecha, cuelga sus brazos de la nuca del maestro, y baja sus cejas en un gesto de desamparo. El maestro siempre cede, conmovido y puede seguir dando la clase con la niña en los brazos. Se ve tan bien la estampa que nadie repara.

Otra niña duda siempre en el friso de la alberca. Ve al maestro, y pregunta algo. Cualquier cosa. El lenguaje es útil no sólo para descifrar, sino para ocultar y para posponer. Hay que ser creativos para lograrlo. Ella con frecuencia se evidencia. Pero no hay manera de deshacer sus redes. Hace las cosas a medias. Sólo alcanza dos braceos, y se detiene de pie dentro del agua. Busca con la mirada al maestro para asegurarse de pasar inadvertida. Cuando hay contacto visual con el maestro, hace como que toma aire. Si el maestro desvía su mirada nuevamente, sigue de pie, y da tantos pasos como su invisibilidad momentánea se lo permite; si el maestro la ve, hace de nuevo el gesto de tomar aire, y se inclina como si fuera a entrar al agua. Todo eso se convierte en un juego coreográfico, un juego de simulación, que exige una explicación al maestro. Pero no se preocupen. Ella siempre tiene algo qué decir. Habla, gesticula, sonríe, se muestra preocupada, lanza ademanes a diestra y siniestra, y parece una agorera de riesgos y tragedias. El maestro mueve sonriente la cabeza de un lado a otro. El milagro de la coordinación entre brazos y piernas con un cuerpo abandonado en el agua, no puede hacer mucho frente al milagro mayor del lenguaje.




13.7.04

Una Universidad llamada Juan Miguel

Si cierro los ojos, ahí está Juan Miguel, extendiendo los brazos como despojando de sábanas polvorosas los edificios antiguos; tan antiguos que mi mente no alcanza a catalogar. Así devela ante mi vista los misterios del tiempo, y la impronta de la gente en esos castillos, templos, puentes, acueductos.

Suele hablar, con ese acento local de su vagar por el mundo; con frases tan densas y económicas, que parecería un guía ensayado; pero ningún guía sostiene esa pasión y agudeza para enseñar.

“Este templo románico habla de cómo se organizaba la Iglesia en esa época; volcada hacia adentro, pequeña, circular, para acoger a grupos sencillos, que vivían una espiritualidad interna, comunitaria; las ventanas tan profundas y pequeñas se deben a que aún no inventaban el vidrio. El alma cristiana era de pequeñas y desnudas ventanas al exterior por las que entraba luz suficiente, franca, no decorada. Los muros austeros, la techumbre baja, todo parecía cobijo espiritual; el cristiano ante su fe, ante su comunidad, ante Dios.”

Arquitecto también, me enseñó el sentido de la historia de la arquitectura: el gótico y “la Iglesia dejó de ver hacia dentro y hacia su comunidad, y buscó a Dios arriba, alto, época de mística, del desarrollo del pensamiento teológico”; el barroco y “la unión con el poder y la riqueza, las puertas grandes y altas, labradas, para que los clérigos pudieran atravesar su autoasignada estatura”; el neoclásico y “la línea de la grandeza hueca”.

Si hay una universidad que me haya enseñado ese conocimiento vivenciado, desde el fondo del ser hacia el entendimiento de lo humano, lo histórico, la naturaleza, es Juan Miguel.

Ese hombre con quien viajé desde el Norte de España hasta la Costa Sur, deteniendo el coche en ermitas perdidas en el camino, en mesas de piedra milenaria que usan los peregrinos de Santiago, en casas de gente sencilla que abría las puertas con igual descaro con que abrían su amistad, rotunda, profunda.

Ese hombre con quien asistí a la celebración más fastuosa y frívola, viendo intacto su espíritu templado y sencillo; hasta la Fiesta más austera, convirtiendo en banquete una frugal cena de verano, sobre un improvisado mantel en la arena.

Hombre fuerte, apostado en tierra como si tuviera encinos por piernas; voz de trueno, escueto, rotundo, augurio de lluvias frescas y cercanas. Agudo, impermeable a la lisonja de boca y oído, vista suficiente para aguzar en la oscuridad, y mínima para dejar pasar la luz.

Juguetón, silencioso, grave, niño, incansable, calmo. Lo recuerdo siempre, ágil, con su cabello vasto y blanco, así, saliendo de aquel monasterio que me ha enseñado en todo su valor; despidiéndose del viejo monje que hace de portero; deteniéndose para echar un último vistazo a distancia. Me recuerdo: Juan Miguel, ¿por qué no le has dicho que eres sacerdote? Enciende el coche y suena igual de grave que su voz; me dice con simpleza: ¿Tú sueles andar aclarando que eres escritora?

Sonrío. Rendida. Igual hoy, que añoro ir de copiloto. Escuchándole, aprendiéndole, y diciéndole lo que siempre se apuña en mi garganta: Te quiero mucho, pero mucho.

5.7.04

Sólo quería una parcela libre

Me siento como una ingenua que invade el territorio de una pandilla desconocida, decide pertenecer a ella, y para ser aceptada se expone a pruebas arbitrarias.

He invadido el territorio blog. En los posts que me han dejado ya veo que hay un estilo bloggero, poner mi currículo es kitsch e innecesario, los temas deben ser tan fugaces como espontáneos (como si eso existiera y como si no conllevara su buena dosis de estupidez). Me piden pactos de sangre que siempre me ha dado desconfianza sellar; me piden ciertas vestimentas, ciertos arneses en un territorio que se supone libre.

Yo pretendía tener una Web a lo fácil. Me equivoqué de lugar. Pero entrar en esta pandilla tiene algo de fascinante. Preguntarme qué sentido tiene el blog me ha llevado a preguntarme qué sentido tiene entonces escribir; qué sentido tienen ciertos temas; qué sentido el oficio que día a día se fragua hacia un estilo.... ¿cuál?

Cada día recibo mensajes, posts, mails. Esta es una mafia que me acoge con igual calidez que hostilidad. Un blog es. Un blog no es. Ya entenderás. No entiendes. ¿Sabes lo que es un blog? No lo sé, sólo quería tener una parcela en el ciberespacio. Un estand para colocar mis palabras. Para colocar mi nombre.

Para colocar eso que ahora mismo lucho por colocar.

No sé si hay un estilo blog. No pretendo ser una escritora blog. Quiero ser una escritora. Me gusta el papel, me gusta ese objeto elegantemente pudoroso y retro llamado “libro”. Quiero ser escritora de libros.

Ser escritora de blogs me suena a ser amante por messenger.

Quiero páginas que se hagan amarillas. Letras bruñidas en ese espacio blanco, delimitado, poroso. Quiero compañero de viaje. Portada que intriga. Objeto que se roba o hereda.

Quiero escribir sin preguntarme por qué escribir. Quiero escribir hojas que se tocan y sienten, que se pasan con misterio y temblor. Hojas que vuelan y suenan en un aleteo seco. Hojas que vuelan.