2.12.16

1. Así se gesta


Cuando era niña fui testigo del abuso a otra niña, afuera de mi propia casa.
Durante la adolescencia sufrí de agorafobia (¿alguna vez se supera?).
Cuando viví en el extranjero, un vecinito lloraba en las noches porque lo encerraban en su habitación; no podía dormir con sus gritos: "Quiero hablar, necesito hablar".
Me obsesioné con la historia de una niña que fue asesinada por sus padres adoptivos.
Di seguimiento a la campaña #MiPrimerAbuso, azorada de toda la escala de abusos y lo cerca que está de cada una de nosotras.
No soy de quienes creen que las lecturas nos hacen mejores personas.
Hay experiencias que se quedan como el sedimento al fondo de un pozo oscuro.
Escribir me ayuda a limpiar ese sedimento; escribir es como deshollinar el alma.
Soy mujer.
Tengo dos hijas mujeres.
Necesito contar una historia. Necesito escribir esta historia. Necesito escribirla con este hollín con el que se va contaminando el ser cuando no drena sus recuerdos y vivencias.

12.11.16

Esperanza humana y sobrehumana



Justo hablaba por chat con mis compañeros de trabajo sobre la desesperanza, cuando alguien llamó a la puerta de casa. Al preguntar por el asunto que lo traía, levantó mi cartera que sostenía en su mano y respondió: Vengo a regresarle la cartera que dejó en mi taxi.
En efecto, un día antes por la mañana había perdido mi cartera. Mi despiste habitual me impedía concluir que me la habían robado, "¿Qué tal que está en casa entre los juguetes de Ceci, adentro de la lavadora o en la cajuela de mi coche?". Mientras me resignaba a perderla, cancelé tarjetas. Por si acaso.
La hipótesis más poderosa (para todos, menos para mí) es que me la habían robado en el mercado callejero de nuestro barrio. El taxista con mi cartera me confirmaba: no la perdí dentro de casa; pero eso sí sabía bien, yo no había tomado un taxi desde hacía un mes.
El taxista me explicó que encontró la cartera debajo del asiento, al limpiar su auto, y que se "tomó la libertad" de revisar entre mis documentos hasta que encontró mi dirección en el RFC.
Una recompensa y las gracias de por medio, me devolvieron la cartera intacta, menos los 57 pesos que traía en efectivo al momento de perderla.
Supongo que el carterista iba tras efectivo y decepcionado abandonó mi cartera en el taxi en el que huyó; o que, superando mi grado de despiste y de mala suerte, olvidó el objeto robado en el taxi antes de que pudiera vaciar mis tarjetas.
Sea lo que sea, me ha hecho pensar en la esperanza, y que con este hecho la recupero por dos vías. La esperanza humana, de alguien que en lugar de hacer el mal con toda la información y armas que tuvo en sus manos, actuó con buena voluntad al venir hasta mi casa para negar cada una de las posibilidades de daño (y de delito). Y la esperanza sobrehumana, de una cadena de hechos que pudo acabar muy mal y que por fortuna no sucedió. Me sentí protegida por algo que no es humano, o por alguien que ya no es humano. Y a pesar de que este año ha sido muy mala onda, me sentí con buena suerte, con buena estrella.

25.10.16

Mariana, 21



Mariana alcanzó los 21. El último umbral para la mayoría de edad. Mariana alcanza metas pequeñas. Alcanza tareas exigentes. Alcanza las cimas de sus emociones. Alcanza a entender almas humanas y no humanas. Alcanza sabidurías interiores. Alcanza sueños que a otros se les antojan remotos. Alcanza propósitos semanales con una agenda frenéticamente ordenada. Alcanza ideales. Alcanza oscuridades. Alcanza el dolor. Alcanza la risa infantil. Alcanza montañas, ciudades desérticas, grandes ciudades y pueblos abandonados. Alcanza a ver. Alcanza a palpar. Alcanza a asir. Alcanza a agarrar fuerte lo que quiere. Alcanza siempre a agarrarse de la vida. Esa que hoy llega a los 21.

19.10.16

Ceci, 5


Apenas la noche cruzó el pie hacia la madrugada del 19 de octubre, nació Cecilia. Y así se nos reveló desde entonces: toda alegría ella, siempre.

9.10.16

0. Lo nuevo

La nueva maternidad no ha venido sola. Ha venido con otra ciudad, con una familia grande y perruna,  con un jardín dentro y fuera de casa, con mucho más trabajo y distancias muchísimo más largas. Ha venido con otro talante.
Por eso hay proyectos con los que simplemente no he podido. No he podido avanzar en la novela de intriga política, pero he escrito cuentos. No he podido terminar ese poemario que explora en el zumo de las palabras, pero hay una historia que me ronda en la cabeza y los dedos.
La escritura, en mi caso, es así. Esas pequeñas historias que vivo o encuentro, que se quedan como un sedimento al fondo del ser, de la entraña. Y luego ahí se comunican, mientras yo vivo y conduzco y me ducho y camino y duermo y hablo. Y tejen lazos que jamás hubiera visto. Imaginan vecindades temporales y geográficas imposibles. Y de eso se trata la literatura. De cernir esos sedimentos porque yo no puedo vivir con su peso. De construir arquitecturas con palabras, porque si no escribir no tendría sentido alguno.
Así inicio este proyecto. Y, como siempre que sucede, le cambio la fachada al nido. 



15.9.16

Retiro

Siempre temí el día en que mi padre se retirara. Un hombre cuyo sentido de la vida lo construyó alrededor del trabajo. Un hombre que nos marcó con hierro que el ocio es el opio de la gente. Un hombre que siempre vio el deporte y los juegos como el pecado de los holgazanes. Un hombre que no tuvo hobbies, pero que se encontraría el día de su retiro con un nido vacío y un cuerpo desocupado y sin fatiga.
El día llegó. No hablaré de lo injusto que me parece su pensión exigua para un hombre que trabajó sin parar desde los 10 años.
Al principio viajó, visitó a hijos y nietos, se hizo de una buena colección de música, fue a los festivales musicales a los que pudo. Se dio vacaciones. Y luego llegó ese día que temí. El día en que sus ahorros menguaran y se enfrentara a la realidad: su vida, su casa, sus necesidades inmediatas.
Pero mi padre siempre me da lecciones, y no deja de sorprenderme con esa sabiduría profunda y parsimoniosa que con los años ha alcanzado.
Sí. Ese día llegó junto con una caja que le llevó uno de sus maravillosos nietos. Una caja con un saxofón dentro. "Para que se entretenga", le dijo. Mi padre se encontró con ese instrumento tan rutilante como la esperanza de lo nuevo.
Pasaba las horas soplando su sax, jugando, experimentando, entrenando sus pulmones, midiendo su aire.
Hasta que me dio la noticia por teléfono: hijita, estoy tomando clases, dos horas a la semana, de saxofón, y me dejan mucha tarea.
Sentí cómo se me derretía mi corazón de ver a ese hombre de casi 72 años iniciando algo con entusiasmo, permitiéndose lo nuevo, el placer y las oportunidades que dan el ocio al que siempre se negó.
"Yo creo que pronto podré tocar en el camión de Obregón a Cócorit", me dijo con su sentido del humor tan inocente, y le reviré: "O podrás tocar en la boda de tu nieta", la primera boda de sus nietos.  ¡La boda!, exclamó, y la plática tomó ese otro camino, de su estirpe que crece y toma su propio horizonte, como él ahora, que es un maravilloso hombre jubilado.




3.9.16

Este día

Una persona muy cercana y querida me dio testimonio de fuerza y lucha contra la enfermedad.
Una mujer, madre, amiga, decidió no luchar más, cualquiera que haya sido su lucha interna.
Una joven detuvo el tráfico en pleno Insurgentes en hora pico para rescatar, con toda la paciencia, a un perro herido.
Una anciana desconocida me ofreció el resguardo de su paraguas mientras caminábamos en la misma acera.
Una casa, que no es mía, me prestó en soledad su penumbra para descansar una hora, y sentí el abrazo de esas personas en fotos, que ya se han ido y no se han ido.
Una familia, la mía, coincidió en casa, en la cocina, con sus risas, sus roces, su caos, sus diferencias, su desbordante amor.




3.7.16

El país del "no pasa nada" donde pasa todo

Leo sobre la objetivación del arte.
Leo los pleitos por antologías donde unos quedan dentro y otros fuera.
Veo bandos, unos del lado de un crítico, otros del escritor, otros de ninguno, sino... y las especulaciones pueden ser infinitas.
Leo que si la estética.
Que si el discurso.
Que si esto y aquello.
Y de verdad, de verdad, sólo quisiera que callen.

Tanto pasa en este país del no pasa nada. Pasa todo. Nos pasa de todo. Ni siquiera enumeraré. Y me pregunto de qué sirve todo ese cuchicheo, esa vocinglería, esos gritos, esos desgañites, esos egos heridos o edificados; de qué sirven nuestras palabras.
Dicen unos que el arte nos salva, dicen otros que la poesía nos permite la acción inmediata.
No es cierto. Dejen de engañarse. Dejen de tejer un discurso para salvarse. Dejen de creer que nuestros egos son armas para enfrentar la realidad. La realidad nos está golpeando justo para destruir nuestras corazas, justificaciones y dogmas que son como estelas que dejamos al paso.
La realidad nos dice que está ahí y nosotros tan, tan lejos.
No, yo no sé qué hacer. Estoy como una niña estupefacta ante la tormenta que parece que romperá el mundo entero. No sé qué hacer ni cómo arreglar todo este desmadre. Pero lo que sí sé es que de nada sirve llorar porque no fuimos incluidos en una antología. De nada sirve ser bendecidos o denostados por el crítico o su contrincante. De nada sirve quebrarnos la cabeza sobre el arte.
Caminamos sobre una morgue. ¿No huelen tanta muerte? Sangramos para alimentar a los insaciables políticos. Nada va bien. Nada. Callemos. Y a ver si empezamos a entender la realidad que nos rompe las piernas.


*Francis Alÿs, A story of deception.

13.5.16

Jaime: 49



Esta es su mirada. El mundo se cae a pedazos y él me recuerda que el arte, la belleza simple, brutal o compleja, o la criatura más diminuta, son como esa oración que detiene al mundo de su derrumbe.
Hoy es cumpleaños de Jaime, el responsable de la belleza que encuentro y redescubro.

10.5.16

Una madre sin instinto



Nunca he tenido un instinto materno. Y no sé si de verdad existe eso. Sólo sé que en mi caso la maternidad no es una circunstancia que fluya natural.
Soy madre con el cerebro, y éste es un caos. Así que, al nacer, mis pequeñas se han sometido a rutinas que uso como asideros para no acabar sentada en la cama resignándome a un: Ignoro cómo ser madre. Quizá hubiera sido distinto si mi madre hubiera sobrevivido para tranquilizarme y decirme que todo está bien. Pero a falta de esa sabiduría, me hice de autoexigencias, libros, horarios, ideas sobre crianza.
Mis hijas han tenido que lidiar con una madre workaholic, preocupona, que tiene un aviario en su cabeza; una madre que no hornea divertidas galletas, que necesita momentos de silencio, que las ama durante el día pero ruega por que se duerman en cuanto cae la noche; porque es entonces cuando los pájaros se me escapan.
Mis hijas han nacido de decisiones radicales mías y han tenido que sufrir otras tantas. Han padecido (y heredado) mis diversas obstinaciones. Mis hijas han tenido una madre que piensa en los sueños de ellas tanto como en los propios. Una madre que apuesta por sus proyectos de vida y las fortalece cada día para que sean capaces de abrazarlos en su momento.  Una madre que no ha sacrificado su propio proyecto de vida por ellas.
He sido una madre distraída, a veces demasiado entretenida en desenredar mis madejas internas; pero las he protegido de los males del mundo; excepto de mí.
Madre consentidora, estricta; he sido con cada una de mis hijas y en cada momento la madre que, he intuido, necesitan. Puedo enumerar listas y listas de errores maternales que he cometido. Y también puedo jurar que las he amado al extremo, desde siempre, para siempre. Y espero que eso me salve de los yerros.

Fotografía: Enrique Bostelmann

1.3.16

28 de febrero

Pues aunque he intentado que el 28 de febrero no sea ese día, lo es y así seguirá siendo. El último día en que pusiste un pie en la tierra. El último día en que pensaste en un mañana que llegaría sin falta. El último día en que viste nuestra casa y la dejaste a oscuras. El último día en que condujiste por la ciudad, la carretera, el campo. El último día en que volaste. ¿O aún vuelas?
Han pasado 31 años. Aún sigues siendo ese muchacho inconforme y viejo de 21 años. Y aunque he intentado crecer, sigo siendo tu hermana de 14 años que no logra explicarse nada de lo que pasa.


(Foto robada del muro de mi primo Byl Mendívil)

9.2.16

Washington



En este último viaje descubrí, entre otras cosas, lo siguiente:

1. Uno de mis disparadores de pánico cuando salgo a las calles es saber que mi mente no tiene sentido de orientación; pero si el espacio tiene una lógica sencilla, el pánico aminora a casi cero. Washington tiene una lógica: calles en orden alfabético y numérico. Lo peor que podía pasar es que creyera que iba en sentido ascendente de la calle O a la P, y resultara que fuera hacia la N. El par de veces que me perdí y asomó el pánico fue porque las calles no trazaban una cuadrícula perfecta o aparecían esas calles con nombres de estados, así, de la nada. Entonces, al carecer yo de lógica, espero que la ciudad la tenga. El típico: no eres tú, soy yo.

2. Sí es padre que el gobierno ofrezca entradas gratuitas a los museos. Pero no es padre que todos tengan el mismo horario. One size fits all? Prefiero los museos privados de Nueva York, que te dan varias modalidades de ingreso, tarifa, horario.

3. Extraño la vida simple, donde no había mil cosas que hacer en el día ni kilómetros y kilómetros que recorrer para lograr los cometidos; me gustaría andar despacio (y no porque una cámara te pilla si desacatas los mínimos de velocidad); y tener siempre un vaso de agua sobre la mesa.  

4. Me encantan las librerías de barrio.

5. Tengo una extraña fascinación por descubrir las lámparas a través de las ventanas de las casas.


26.1.16

tiempos

Hubo un tiempo en que deseaba con todo fervor traspasar el techo. Hoy quiero destrozar la puerta.


Obra de Janaina Tschäpe 






4.1.16

Roque: 51

Mi madre siempre me contó que cuando yo era bebé, cada tarde mi hermano Roque me daba una vuelta a la manzana empujando la carreola.
No recuerdo esa época, pero si aquella otra en que él era mi puerta al mundo masculino: Roque, a quien entonces llamábamos Toño, era quien me introducía en los juegos de mis hermanos hombres, siempre con delicadeza, sin burlarse, sin abusar. 
Yo también le abría la puerta a otro mundo, ese que tenía yo, introvertida, fantasiosa. Teníamos una pequeña lámpara toda de cristal con estrías tornasol. La luz se refractaba en hilos que bailaban dentro de la lámpara. Yo podía pasar horas contemplando esa danza: elegía uno de los rayos y seguía su movimiento por largo tiempo. Una vez compartí ese juego secreto con él y lo entendió. Cuando caía la tarde podíamos pasar horas mirando la lámpara, eligiendo cada quien su hilo luminoso. 
A veces he creído que ese juego fue lo que nos conectó. Pero sé que nuestro lazo fue anterior, y que sobrevivió más allá de esa lámpara que nunca más volví a ver. 
En mi adolescencia fue mi escucha, mi consejero, la voz que tranquilizaba todas mis dudas y angustias de la edad. Fue quien encauzó mi vanidad. Le gustaba que le cantara. Le gustaba enseñarme matemáticas y biología. Le gustaba protegerme, sobre todo en los albores de mi agorafobia antes de que nadie sospechara. 
Luego crecimos. Me regaló a una de mis mejores amigas, su esposa. Me regaló sobrinos dulces y con el sentido del humor torcido que me divierte mucho. Me regaló muchos domingos, muchas charlas, muchos cumpleaños y días de santo, que puntualmente se empeñaba en celebrar; muchas navidades con la mesa llena de vida. Me regaló un ejemplo, su devoción por la familia. 
Yo no lo conocí en cada uno de sus 51 años; pero él sí en cada uno de mis 45. Incluso en mis años esquivos. 
Ése es mi hermano. Y hoy cumple 51.


2.1.16

Adiós

Cerrar el 2015 ha sido darle el portazo a una etapa. Otras veces he sentido que la mojonera está a unos cuantos pasos de mí, y aunque camino y camino, el punto se va moviendo a un futuro que parece inalcanzable.
Hoy puedo decir: camino y la mojonera ha quedado atrás de mí, cada vez más lejos. No regresaré.