16.5.17

[Tiempos violentos y lenguaje]

Entre toda la ignominia que los políticos y gobernantes han desatado para tener a México en este estado de violencia, descomposición, saqueo, está una perversión que va más allá de su colusión con el narco, la corrupción cada vez más desvergonzada y el retroceso en el respeto a las libertades básicas de una democracia, como es el de la libertad de expresión.
Esa perversión no puedo mencionarla con un nombre o etiqueta. Necesitaré algunos párrafos para explicarme.
Los políticos no tienen ni la remota idea de la impronta que sus actos y lenguaje dejan en la sociedad. Los consejeros en comunicación sí saben que con el lenguaje se puede moldear la forma en que una comunidad relata su identidad o sus decisiones; ellos sí saben cómo con el lenguaje se puede orillar a una población a inferir lo que los políticos desean.
Lo que no saben es que esas inferencias y narrativas no son sólo coyunturales, y dejan una huella en la identidad a largo plazo.
Así, a medida que se han ido degradando las campañas políticas a campañas negras o falsas en las plataformas digitales, así se ha ido descomponiendo la sociedad: dividida, asqueada, crispada, desconfiada, harta, cínica, cerrada al diálogo, intolerante, agresiva.
Lo vi claramente en Sonora. Amigos que han trabajado con éxito en estrategias de seguridad para ciudades con alto conflicto, me decían: Esto nunca pasará en Sonora, porque hay mucha cohesión social. Y pasó. La sociedad se resquebrajó con una estrategia de comunicación equivocada (época de Padrés) que contrapuso al norte contra el sur y viceversa, en el proyecto de agua. Aquello se convirtió en una guerra: por el agua, por las micro regiones dentro de la entidad, y despertó todas esas rivalidades que hasta entonces se mantenían en chistes de bajo impacto entre el norte y el sur de Sonora.
La actual gobernadora, durante su campaña, en lugar de buscar la cohesión, la reconciliación, utilizó este encono para ganar la elección. Lo hizo pero el costo ha sido altísimo. Hoy Sonora está sumido en un grado de descomposición social que un día ha despertado en forma de un estado sin ley, ciudades sin ley.
Junto a Claudia Pavlovich llegó el oscuro Beltrones y con él una turba de jóvenes políticos advenedizos, que fueron puestos ahí para repartir a Sonora y sus recursos como si fueran negocios o el botín entre asaltantes.
La descomposición social existe. Y hay criminales que deben ser ajusticiados. Eso es muy diferente a la narrativa que están moldeando las autoridades estatales y locales: "la gobernadora y el alcalde no tienen la culpa de que la gente sea mala y que esté saliendo con machetes y armas de alto poder a matar a las calles; pobres gobernantes, son rehenes de una sociedad mala y criminal".
Es indignante y reprobable ver este discurso. Autoridades diciendo: Mataron a mengano, pero mañana sabrán la clase de fichita que era, otro criminal asesinado para hacer la limpia que Sonora necesita.
Es indignante y nauseabundo que mientras periodistas comprometidos mueren por hacer su labor, otros, bajo previo pago, repitan las líneas discursivas que los políticos les dictan: gente mala, gobernantes inocentes.
Y es muy peligroso lo que este discurso despierta. Además de la idea de la justicia por propia mano, la idea de que esta descomposición se debe a la llegada de gente "fea de fuera", "gente mala de quien sabe dónde". La xenofobia, siempre latente entre los sonorenses, puede entonces adquirir este discurso empoderado por las autoridades alcahuetas, que tienen una coartada para seguir indiferentes y omisos ante tanta violencia.
Las autoridades deben trazar una estrategia con metodología clara para enfrentar este estado de descomposición y violencia. Las autoridades deben prevenir el delito. Y cuando alguien es víctima de un delito, este delito se debe perseguir seas quien seas.
Hoy hablo de Sonora, pero esto se reproduce en todos los estados, en ciudades que eran tranquilas, como Ensenada. Porque los políticos no sólo se han pervertido, sino que están pervirtiendo todo con su lenguaje, ambición, falta de ética e impunidad.





3.5.17

5. Laboratorio creativo

En días pasados, dos miembros de la familia tuvieron una semana clave. Mariana tuvo el rodaje de su corto para Ficción I (CUEC) y Jaime terminó de preparar su pieza para la Exposición Arte y Naturaleza en Chapultepec.
La casa se convirtió en una incubadora de proyectos, en un laboratorio creativo, en una empresa cultural, en un ir y venir de frenesí creativo y agotamiento mental.
A mí me tocó jugar de testigo y productora. Con Mariana me encargué del catering y algunos temas de producción; con Jaime me limité a ayudar en la producción de goma de nopal.
Verlos a ambos en sus procesos tuvo una impronta en mí. Me hizo pensar en el privilegio de compartir la vida con personas creativas, perfeccionistas, minuciosas, que saben tan bien trabajar en equipo, que son generosos con sus colegas.
Con Mariana pude revisar y opinar sobre su maqueta una tarde antes del último día de rodaje; con Jaime tuve la oportunidad de acompañarlo en la inauguración.
Ahí mismo observé a Ceci hacer una composición con piedras, troncos e hilos.  Y vi a Mateo con su cámara fotografiando las obras de la exposición.
Vivo rodeada de personas extraordinariamente creativas, vivo rodeada de libros de arte y literatura, vivo rodeada de ventanales a un jardín, vivo rodeada de seres que cobran vida propia en mi imaginación.
Ese regalo que me dieron ellos con sus propios procesos creativos, encuentra en mí una última forma de retribución: ofrecer mi propio proceso creativo a esta familia. Así que anoche tomé la decisión de aprovechar mi nueva libertad para escribir por las mañanas. Como debe ser. Como debe ser en una escritora que se asume como tal.



  

9.3.17

4. El deseo

*Fotografía de Graciela Irtubide

Para la novela reflexiono sobre el deseo. El deseo es un impulso a la posesión. Luego está la voluntad de poseer. Pero quiero explorar el deseo como un acto primigenio.
La pederastia inicia con ese deseo de posesión.
Las historias que he conocido a través de #MiPrimerAcoso tenían ese origen: un adulto que creía tener derecho sobre el cuerpo, la identidad, la integridad de otro. Un adulto que, desde la ventaja que da el heteropatriarcado, la fuerza física, la superioridad cronológica o de cualquier tipo que impone la cultura actual, decide imponer esa ventaja y fuerza sobre alguien, en contra de su voluntad.
Cuando ese deseo es una imposición sobre el otro, mirar con lascivia es ya una acción que violenta; expresar con palabras el deseo sobre el cuerpo del otro, es ya violencia; tocar o alterar (esta palabra, "alterar", no la explicaré aquí pero será clave en la trama de mi novela) el cuerpo de otro es ya una violación.
Quiero explorar ese origen, ese detonador. Los actos y consecuencias de ese deseo de posesión, son una triste y trágica añadidura.


28.2.17

[febrero de mi hermano]

Mi hermano murió un día así, 28 de febrero, y marzo siguió con esa locura. Por las tardes el viento hacía vibrar las ventanas, como si él estuviera tocando para que lo dejáramos entrar; se colaba con su aullido fantasmal por los resquicios de las ventanas; azotaba las puertas de las alacenas, como cuando llegaba hambriento por las noches después de trabajar como un adulto, aunque apenas era un chaval de 21 años.
Nos habían dicho que no volvería, que no lo veríamos más. Y ahí estaba, recordándonos que faltaba, que estaba su ausencia, el dolor, el miedo (sí, me daba miedo verlo entrar de nuevo en casa). Ahí estaba con el viento enloquecido, furioso porque tal vez así lo habían tumbado, enojado dando tumbos porque todo había durado muy poco: su vuelo, su vida de piloto; su vida.
Este mes le pertenece, y el que sigue, otro poco.


18.2.17

3. Epifanía


*Biblioteca del Convento de San Esteban; Salamanca, España.

Tengo una personalidad encubierta. Encima de la escritura o debajo de ella he tenido trabajos, en los que se me paga por pensar y escribir. Siempre he pensado que tener un trabajo que me remunere me permitirá:
1) Tener tranquilidad para escribir.
2) Tener libertad para escribir.
3) Tener la mayor independencia, pues mi subsistencia no dependerá del sistema de becas, premios, puestos, amistades o simpatías en turno.

El único punto que no se ha visto comprometido nunca es el 2. He escrito lo que me ha dado la gana, como me ha dado la gana, cuando me ha dado la gana... o cuando he podido. Ni siquiera pertenezco a un grupo al cual rendirle cuentas, estilos, intercambio de lisonjas.

Retomo: "cuando me ha dado la gana o cuando he podido". Cuando he podido. Subrayo.

El anterior trabajo que tuve coincidió con mi llegada a la Ciudad de México; experiencia que supuso un encontronazo de ritmos, tiempos, identidades, estilos, hasta temperaturas.
 
Toda mi energía se canalizó en adaptarme a esta ciudad. Escucharla, sentirla, sentirme en ella, acomodarme a su clima y paisaje, a sus tiempos infinitos en el tráfico, a ser nadie en esta masa, a reencontrarme en las amistades que iba encontrando y tejiendo; y sobre todo, a concentrarme en el gran proyecto que me trajo aquí: mi familia, mi nueva familia.

(Sí: yo no vine aquí para buscar cercanía con mi editorial, para moverme en los circuitos literarios capitalinos, para hacerme de un nombre nacional en este país que sí, es centralizado; siempre aposté a caminar desde el interior de México y no encerrarme en él; eso lo logré antes de llegar a esta ciudad).

Bueno, pues el trabajo que suponía me daría tranquilidad para poder escribir, me engulló. Y no quedó un ápice libre en mi cabeza para crear. He dejado ese trabajo, y en cuestión de 10 días mi cabeza vuelve a ser la de antes. La que iba tramando una historia mientras cocina, maneja, se ducha.

No es que haya dejado del todo de escribir. En este tiempo completé un libro de cuentos. Por primera vez, cuentos. Porque la vida, la energía, la mente, no me daba para más de cinco páginas que podía escribir de una sentada, y al siguiente día corregir de una sentada.

Seguiré trabajando, porque quiero seguir comprometida con esa tranquilidad, independencia y libertad; porque mis padres me educaron para trabajar duro. Y porque trabajar me permite vivir, observar, mantener pies en tierra, y no meterme en esa esfera del escritor que vive otro mundo, en otro mundo, y que acaba escribiendo no de la vida, sino de lo que lee en otros libros que hubiera querido escribir.

Pero todo esto es para decir una sola cosa: he vuelto a escribir. Me he vuelto a sentir inmersa en una historia paralela a la que vivo día a día con los míos. He vuelto a disfrutar tener un libro en la mano sin que el chat de una oficina me aturda todo el día y toda la semana como un avispero.

La historia se va construyendo, se van perfilando los personajes, se va aclarando la escaleta. Y, en uno de esos mensajes que da la vida, me reencontré con un manuscrito a mano, en el que inicié la idea de esta novela, justo en 1998. Un manuscrito que iba trazando, junto a una ventana, en la biblioteca de San Esteban, el convento dominico en Salamanca. Por años lo busqué y después de algunas mudanzas, es casi una Epifanía tenerlo en mis manos. Seguramente nada que recuperar, más que la revelación: es esto lo que escribes y tienes que escribir.



22.1.17

2. Más que contar una historia

Mariana salió de un maratón de tres películas en la Cineteca. Había comido unos frugales tacos (tan frugales como los 36 pesos que pagó por ellos) en el Chupas. Así que la invité a cenar.
Mientras cenábamos le conté lo que voy armando de la novela. Los personajes, la historia. Hablarlo con ella me clarificó varias cosas.
a) La duda que tenía si mantener integrado un personaje o convertirlo en dos, se despejó: dos.
b) Cómo inicia la obsesión que atraviesa la novela.
c) No quiero solamente contar una historia.
Y este punto c me ha dado vueltas y vueltas el domingo. No me interesa sólo contar una historia, como yo a veces he creído de mi camino narrativo. Me interesa más construir. Construir una arquitectura, una forma de contar. La forma. Y es eso, no tanto la historia, lo que me llena de ese fervor que sólo se cura con la escritura.
Para mí no vale la pena escribir si no hay manufactura, construcción. La escritura es un oficio que se despliega con los recursos, los instrumentos, las manos que maniobran.
Así he ido tendiendo hilos. Y esa historia lineal que quiero contar, se desdobla en más capas, más posibilidades.
Estos dos libros serán claves: La casa de las bellas durmientes (Yasunary Kabawata) y Karada (Michitaró Tada).
Siempre elijo música para mis proyectos. He elegido los dos álbumes que Marissa Nadler publicó en 2016: Bury your name y Strangers.
(Gracias, Mariana, por escuchar, por tu agudeza, por decir las cosas directas, duras, honestas).



2.12.16

1. Así se gesta


Cuando era niña fui testigo del abuso a otra niña, afuera de mi propia casa.
Durante la adolescencia sufrí de agorafobia (¿alguna vez se supera?).
Cuando viví en el extranjero, un vecinito lloraba en las noches porque lo encerraban en su habitación; no podía dormir con sus gritos: "Quiero hablar, necesito hablar".
Me obsesioné con la historia de una niña que fue asesinada por sus padres adoptivos.
Di seguimiento a la campaña #MiPrimerAbuso, azorada de toda la escala de abusos y lo cerca que está de cada una de nosotras.
No soy de quienes creen que las lecturas nos hacen mejores personas.
Hay experiencias que se quedan como el sedimento al fondo de un pozo oscuro.
Escribir me ayuda a limpiar ese sedimento; escribir es como deshollinar el alma.
Soy mujer.
Tengo dos hijas mujeres.
Necesito contar una historia. Necesito escribir esta historia. Necesito escribirla con este hollín con el que se va contaminando el ser cuando no drena sus recuerdos y vivencias.

12.11.16

Esperanza humana y sobrehumana



Justo hablaba por chat con mis compañeros de trabajo sobre la desesperanza, cuando alguien llamó a la puerta de casa. Al preguntar por el asunto que lo traía, levantó mi cartera que sostenía en su mano y respondió: Vengo a regresarle la cartera que dejó en mi taxi.
En efecto, un día antes por la mañana había perdido mi cartera. Mi despiste habitual me impedía concluir que me la habían robado, "¿Qué tal que está en casa entre los juguetes de Ceci, adentro de la lavadora o en la cajuela de mi coche?". Mientras me resignaba a perderla, cancelé tarjetas. Por si acaso.
La hipótesis más poderosa (para todos, menos para mí) es que me la habían robado en el mercado callejero de nuestro barrio. El taxista con mi cartera me confirmaba: no la perdí dentro de casa; pero eso sí sabía bien, yo no había tomado un taxi desde hacía un mes.
El taxista me explicó que encontró la cartera debajo del asiento, al limpiar su auto, y que se "tomó la libertad" de revisar entre mis documentos hasta que encontró mi dirección en el RFC.
Una recompensa y las gracias de por medio, me devolvieron la cartera intacta, menos los 57 pesos que traía en efectivo al momento de perderla.
Supongo que el carterista iba tras efectivo y decepcionado abandonó mi cartera en el taxi en el que huyó; o que, superando mi grado de despiste y de mala suerte, olvidó el objeto robado en el taxi antes de que pudiera vaciar mis tarjetas.
Sea lo que sea, me ha hecho pensar en la esperanza, y que con este hecho la recupero por dos vías. La esperanza humana, de alguien que en lugar de hacer el mal con toda la información y armas que tuvo en sus manos, actuó con buena voluntad al venir hasta mi casa para negar cada una de las posibilidades de daño (y de delito). Y la esperanza sobrehumana, de una cadena de hechos que pudo acabar muy mal y que por fortuna no sucedió. Me sentí protegida por algo que no es humano, o por alguien que ya no es humano. Y a pesar de que este año ha sido muy mala onda, me sentí con buena suerte, con buena estrella.

25.10.16

Mariana, 21



Mariana alcanzó los 21. El último umbral para la mayoría de edad. Mariana alcanza metas pequeñas. Alcanza tareas exigentes. Alcanza las cimas de sus emociones. Alcanza a entender almas humanas y no humanas. Alcanza sabidurías interiores. Alcanza sueños que a otros se les antojan remotos. Alcanza propósitos semanales con una agenda frenéticamente ordenada. Alcanza ideales. Alcanza oscuridades. Alcanza el dolor. Alcanza la risa infantil. Alcanza montañas, ciudades desérticas, grandes ciudades y pueblos abandonados. Alcanza a ver. Alcanza a palpar. Alcanza a asir. Alcanza a agarrar fuerte lo que quiere. Alcanza siempre a agarrarse de la vida. Esa que hoy llega a los 21.

19.10.16

Ceci, 5


Apenas la noche cruzó el pie hacia la madrugada del 19 de octubre, nació Cecilia. Y así se nos reveló desde entonces: toda alegría ella, siempre.

9.10.16

0. Lo nuevo

La nueva maternidad no ha venido sola. Ha venido con otra ciudad, con una familia grande y perruna,  con un jardín dentro y fuera de casa, con mucho más trabajo y distancias muchísimo más largas. Ha venido con otro talante.
Por eso hay proyectos con los que simplemente no he podido. No he podido avanzar en la novela de intriga política, pero he escrito cuentos. No he podido terminar ese poemario que explora en el zumo de las palabras, pero hay una historia que me ronda en la cabeza y los dedos.
La escritura, en mi caso, es así. Esas pequeñas historias que vivo o encuentro, que se quedan como un sedimento al fondo del ser, de la entraña. Y luego ahí se comunican, mientras yo vivo y conduzco y me ducho y camino y duermo y hablo. Y tejen lazos que jamás hubiera visto. Imaginan vecindades temporales y geográficas imposibles. Y de eso se trata la literatura. De cernir esos sedimentos porque yo no puedo vivir con su peso. De construir arquitecturas con palabras, porque si no escribir no tendría sentido alguno.
Así inicio este proyecto. Y, como siempre que sucede, le cambio la fachada al nido. 



15.9.16

Retiro

Siempre temí el día en que mi padre se retirara. Un hombre cuyo sentido de la vida lo construyó alrededor del trabajo. Un hombre que nos marcó con hierro que el ocio es el opio de la gente. Un hombre que siempre vio el deporte y los juegos como el pecado de los holgazanes. Un hombre que no tuvo hobbies, pero que se encontraría el día de su retiro con un nido vacío y un cuerpo desocupado y sin fatiga.
El día llegó. No hablaré de lo injusto que me parece su pensión exigua para un hombre que trabajó sin parar desde los 10 años.
Al principio viajó, visitó a hijos y nietos, se hizo de una buena colección de música, fue a los festivales musicales a los que pudo. Se dio vacaciones. Y luego llegó ese día que temí. El día en que sus ahorros menguaran y se enfrentara a la realidad: su vida, su casa, sus necesidades inmediatas.
Pero mi padre siempre me da lecciones, y no deja de sorprenderme con esa sabiduría profunda y parsimoniosa que con los años ha alcanzado.
Sí. Ese día llegó junto con una caja que le llevó uno de sus maravillosos nietos. Una caja con un saxofón dentro. "Para que se entretenga", le dijo. Mi padre se encontró con ese instrumento tan rutilante como la esperanza de lo nuevo.
Pasaba las horas soplando su sax, jugando, experimentando, entrenando sus pulmones, midiendo su aire.
Hasta que me dio la noticia por teléfono: hijita, estoy tomando clases, dos horas a la semana, de saxofón, y me dejan mucha tarea.
Sentí cómo se me derretía mi corazón de ver a ese hombre de casi 72 años iniciando algo con entusiasmo, permitiéndose lo nuevo, el placer y las oportunidades que dan el ocio al que siempre se negó.
"Yo creo que pronto podré tocar en el camión de Obregón a Cócorit", me dijo con su sentido del humor tan inocente, y le reviré: "O podrás tocar en la boda de tu nieta", la primera boda de sus nietos.  ¡La boda!, exclamó, y la plática tomó ese otro camino, de su estirpe que crece y toma su propio horizonte, como él ahora, que es un maravilloso hombre jubilado.




3.9.16

Este día

Una persona muy cercana y querida me dio testimonio de fuerza y lucha contra la enfermedad.
Una mujer, madre, amiga, decidió no luchar más, cualquiera que haya sido su lucha interna.
Una joven detuvo el tráfico en pleno Insurgentes en hora pico para rescatar, con toda la paciencia, a un perro herido.
Una anciana desconocida me ofreció el resguardo de su paraguas mientras caminábamos en la misma acera.
Una casa, que no es mía, me prestó en soledad su penumbra para descansar una hora, y sentí el abrazo de esas personas en fotos, que ya se han ido y no se han ido.
Una familia, la mía, coincidió en casa, en la cocina, con sus risas, sus roces, su caos, sus diferencias, su desbordante amor.




3.7.16

El país del "no pasa nada" donde pasa todo

Leo sobre la objetivación del arte.
Leo los pleitos por antologías donde unos quedan dentro y otros fuera.
Veo bandos, unos del lado de un crítico, otros del escritor, otros de ninguno, sino... y las especulaciones pueden ser infinitas.
Leo que si la estética.
Que si el discurso.
Que si esto y aquello.
Y de verdad, de verdad, sólo quisiera que callen.

Tanto pasa en este país del no pasa nada. Pasa todo. Nos pasa de todo. Ni siquiera enumeraré. Y me pregunto de qué sirve todo ese cuchicheo, esa vocinglería, esos gritos, esos desgañites, esos egos heridos o edificados; de qué sirven nuestras palabras.
Dicen unos que el arte nos salva, dicen otros que la poesía nos permite la acción inmediata.
No es cierto. Dejen de engañarse. Dejen de tejer un discurso para salvarse. Dejen de creer que nuestros egos son armas para enfrentar la realidad. La realidad nos está golpeando justo para destruir nuestras corazas, justificaciones y dogmas que son como estelas que dejamos al paso.
La realidad nos dice que está ahí y nosotros tan, tan lejos.
No, yo no sé qué hacer. Estoy como una niña estupefacta ante la tormenta que parece que romperá el mundo entero. No sé qué hacer ni cómo arreglar todo este desmadre. Pero lo que sí sé es que de nada sirve llorar porque no fuimos incluidos en una antología. De nada sirve ser bendecidos o denostados por el crítico o su contrincante. De nada sirve quebrarnos la cabeza sobre el arte.
Caminamos sobre una morgue. ¿No huelen tanta muerte? Sangramos para alimentar a los insaciables políticos. Nada va bien. Nada. Callemos. Y a ver si empezamos a entender la realidad que nos rompe las piernas.


*Francis Alÿs, A story of deception.

13.5.16

Jaime: 49



Esta es su mirada. El mundo se cae a pedazos y él me recuerda que el arte, la belleza simple, brutal o compleja, o la criatura más diminuta, son como esa oración que detiene al mundo de su derrumbe.
Hoy es cumpleaños de Jaime, el responsable de la belleza que encuentro y redescubro.

10.5.16

Una madre sin instinto



Nunca he tenido un instinto materno. Y no sé si de verdad existe eso. Sólo sé que en mi caso la maternidad no es una circunstancia que fluya natural.
Soy madre con el cerebro, y éste es un caos. Así que, al nacer, mis pequeñas se han sometido a rutinas que uso como asideros para no acabar sentada en la cama resignándome a un: Ignoro cómo ser madre. Quizá hubiera sido distinto si mi madre hubiera sobrevivido para tranquilizarme y decirme que todo está bien. Pero a falta de esa sabiduría, me hice de autoexigencias, libros, horarios, ideas sobre crianza.
Mis hijas han tenido que lidiar con una madre workaholic, preocupona, que tiene un aviario en su cabeza; una madre que no hornea divertidas galletas, que necesita momentos de silencio, que las ama durante el día pero ruega por que se duerman en cuanto cae la noche; porque es entonces cuando los pájaros se me escapan.
Mis hijas han nacido de decisiones radicales mías y han tenido que sufrir otras tantas. Han padecido (y heredado) mis diversas obstinaciones. Mis hijas han tenido una madre que piensa en los sueños de ellas tanto como en los propios. Una madre que apuesta por sus proyectos de vida y las fortalece cada día para que sean capaces de abrazarlos en su momento.  Una madre que no ha sacrificado su propio proyecto de vida por ellas.
He sido una madre distraída, a veces demasiado entretenida en desenredar mis madejas internas; pero las he protegido de los males del mundo; excepto de mí.
Madre consentidora, estricta; he sido con cada una de mis hijas y en cada momento la madre que, he intuido, necesitan. Puedo enumerar listas y listas de errores maternales que he cometido. Y también puedo jurar que las he amado al extremo, desde siempre, para siempre. Y espero que eso me salve de los yerros.

Fotografía: Enrique Bostelmann

1.3.16

28 de febrero

Pues aunque he intentado que el 28 de febrero no sea ese día, lo es y así seguirá siendo. El último día en que pusiste un pie en la tierra. El último día en que pensaste en un mañana que llegaría sin falta. El último día en que viste nuestra casa y la dejaste a oscuras. El último día en que condujiste por la ciudad, la carretera, el campo. El último día en que volaste. ¿O aún vuelas?
Han pasado 31 años. Aún sigues siendo ese muchacho inconforme y viejo de 21 años. Y aunque he intentado crecer, sigo siendo tu hermana de 14 años que no logra explicarse nada de lo que pasa.


(Foto robada del muro de mi primo Byl Mendívil)

9.2.16

Washington



En este último viaje descubrí, entre otras cosas, lo siguiente:

1. Uno de mis disparadores de pánico cuando salgo a las calles es saber que mi mente no tiene sentido de orientación; pero si el espacio tiene una lógica sencilla, el pánico aminora a casi cero. Washington tiene una lógica: calles en orden alfabético y numérico. Lo peor que podía pasar es que creyera que iba en sentido ascendente de la calle O a la P, y resultara que fuera hacia la N. El par de veces que me perdí y asomó el pánico fue porque las calles no trazaban una cuadrícula perfecta o aparecían esas calles con nombres de estados, así, de la nada. Entonces, al carecer yo de lógica, espero que la ciudad la tenga. El típico: no eres tú, soy yo.

2. Sí es padre que el gobierno ofrezca entradas gratuitas a los museos. Pero no es padre que todos tengan el mismo horario. One size fits all? Prefiero los museos privados de Nueva York, que te dan varias modalidades de ingreso, tarifa, horario.

3. Extraño la vida simple, donde no había mil cosas que hacer en el día ni kilómetros y kilómetros que recorrer para lograr los cometidos; me gustaría andar despacio (y no porque una cámara te pilla si desacatas los mínimos de velocidad); y tener siempre un vaso de agua sobre la mesa.  

4. Me encantan las librerías de barrio.

5. Tengo una extraña fascinación por descubrir las lámparas a través de las ventanas de las casas.


26.1.16

tiempos

Hubo un tiempo en que deseaba con todo fervor traspasar el techo. Hoy quiero destrozar la puerta.


Obra de Janaina Tschäpe 






4.1.16

Roque: 51

Mi madre siempre me contó que cuando yo era bebé, cada tarde mi hermano Roque me daba una vuelta a la manzana empujando la carreola.
No recuerdo esa época, pero si aquella otra en que él era mi puerta al mundo masculino: Roque, a quien entonces llamábamos Toño, era quien me introducía en los juegos de mis hermanos hombres, siempre con delicadeza, sin burlarse, sin abusar. 
Yo también le abría la puerta a otro mundo, ese que tenía yo, introvertida, fantasiosa. Teníamos una pequeña lámpara toda de cristal con estrías tornasol. La luz se refractaba en hilos que bailaban dentro de la lámpara. Yo podía pasar horas contemplando esa danza: elegía uno de los rayos y seguía su movimiento por largo tiempo. Una vez compartí ese juego secreto con él y lo entendió. Cuando caía la tarde podíamos pasar horas mirando la lámpara, eligiendo cada quien su hilo luminoso. 
A veces he creído que ese juego fue lo que nos conectó. Pero sé que nuestro lazo fue anterior, y que sobrevivió más allá de esa lámpara que nunca más volví a ver. 
En mi adolescencia fue mi escucha, mi consejero, la voz que tranquilizaba todas mis dudas y angustias de la edad. Fue quien encauzó mi vanidad. Le gustaba que le cantara. Le gustaba enseñarme matemáticas y biología. Le gustaba protegerme, sobre todo en los albores de mi agorafobia antes de que nadie sospechara. 
Luego crecimos. Me regaló a una de mis mejores amigas, su esposa. Me regaló sobrinos dulces y con el sentido del humor torcido que me divierte mucho. Me regaló muchos domingos, muchas charlas, muchos cumpleaños y días de santo, que puntualmente se empeñaba en celebrar; muchas navidades con la mesa llena de vida. Me regaló un ejemplo, su devoción por la familia. 
Yo no lo conocí en cada uno de sus 51 años; pero él sí en cada uno de mis 45. Incluso en mis años esquivos. 
Ése es mi hermano. Y hoy cumple 51.


2.1.16

Adiós

Cerrar el 2015 ha sido darle el portazo a una etapa. Otras veces he sentido que la mojonera está a unos cuantos pasos de mí, y aunque camino y camino, el punto se va moviendo a un futuro que parece inalcanzable.
Hoy puedo decir: camino y la mojonera ha quedado atrás de mí, cada vez más lejos. No regresaré.


26.12.15

2016

Será un año literario.
Leer, escribir, publicar, corregir, asomarme al mundo afuera.


17.12.15

Desenchufada

Tenía una máquina vieja. Una laptop que no podía vivir sin cable. Para moverme de un lugar a otro por casa (muy necesario cuando se tiene a una hija pequeña), tenía que cerrar todos mis documentos, todos los programas, todas las ventanas (tarea casi tan ardua como cerrar una a una las persianas de un multifamiliar); instalarme de nuevo, abrir; y luego de nuevo cerrar. Porque créanme, no hay ser más voluble que una criatura de cuatro años.

Tenía un escritorio cerca de un enchufe en cada lugar de la casa para poder con esta proeza: entre la sala y el comedor, en el estudio que se supone sería mi oficina, en la recámara... Deambular con la portátil era como llevar un lastre. Un lastre con olor a pasado.

Esos tiempos acabaron. Tengo una portátil que no requiere enchufe, superficies estables, inmovilidad en un escritorio. Ahora voy de un lugar a otro como se le antoje a la pequeña, que ya baja a dibujar, ya sube a armar rompecabezas, luego baja por un snack, después sube a ver una caricatura.

Pero independientemente de eso, hay una liberación interna. No es broma. Aquella computadora era una última ancla a un pasado, a otro lugar, a otra vida, a otro trabajo. Ahora empiezo con un escritorio limpio, con una memoria desnuda, con un presente ligero. La escritura ya no tiene que ver con una logística enchufe-escritorio. La escritura es lo que es que debe ser: un trato entre la mente y la mano. Y la máquina, el artefacto casi invisible que la hace posible.


15.11.15

Implosión



Desde hace cuatro años que vivo aquí en el DF la vida parece un tren de alta velocidad, mientras que mi mente se asemeja a una camioneta de los años 50 patinando sobre el fango, sin poder avanzar. Esa es la sensación que he tenido. Los acontecimientos van demasiado rápido, la información ha sido abundante y rauda.
Me consolaba pensar que escribía por dentro, como me recomendaba Javier Sicilia para esos periodos; que en algún momento todo eso haría implosión y luego podría salir en mi escritura.
El momento de implosión parece que ha llegado en forma de interrogantes, en forma de acertijos, en forma de brújula en mano sin saber a dónde ir pero con un instrumento para no perderme. 
Iba a escribir: es lo que quiero pensar. Pero retrocedí: no quiero dudar, creo que ese momento ha llegado, quiero que ese momento sea ya.  

*Instalación de Chiharu Shiota

24.10.15

Mariana: 20



Mariana me dio permiso de usar esta fotografía, y me pidió: sólo no seas cursi al escribir de mí.
Ella siempre ha sido esa persona que habla directo, que tiene claras las cosas, que no se presta a arrumacos. Aguda, con una mirada volcada hacia lo que sucede fuera de ella; pero al mismo tiempo despeñada hacia dentro, atravesando cada una de las capas que la configuran y que son tan difíciles de ver, descifrar, separar.
Ella escribió junto a esta fotografía la frase de John Steinbeck: "I was born lost and take no pleasure in being found".
Huidiza, frontal, extrovertida, hermética, explosiva, reflexiva, aguda, vulnerable, bella, tan bella que no podía explicarme de dónde había llegado.
Y sí, nació perdida en una familia que nunca se encontró. Y nació con perfecto sentido de la ubicación y se abrió camino obedeciendo su propio llamado. No encuentra placer en ser encontrada, en ser invadida, en ser suplantada. Ella siempre rige su mente, su vida, sus emociones, sus ideas.
Por eso le he heredado lo mejor que puedo darle: mundo. Y en él anda. Sin querer ser aprehendida, encontrada. Y así, ya ha sumado 20 años.
Y rompo mi promesa y soy cursi: la amo con la maravilla y sorpresa e intensidad de toda primera vez.

*Fotografía de Patricio Solórzano

19.10.15

Ceci: 4

Hace cuatro años Cecilia nació. Su padre acariciaba mi cabeza y conversaba conmigo, mientras la cortina nos separaba del escalpelo. Y una vez que ese telón cayó, su padre no ha soltado su mano. Ha encontrado para ella los juguetes más extraños y bellos; le ha descubierto libros que abren voces (que, incluso, abren todas sus voces); le ha entregado la llave para la parte divertida de los museos; le ha mostrado el mar, el desierto, el bosque, los volcanes, los ancestros, sus otras lenguas, la ciudad a la que ella aterrizó suavemente en un globo desde el desierto; la ha contagiado de su amor a los peces y del esmero contenido en una pecera; le ha contado un cuento cada noche; le ha rezado el ángel de la guarda cuando ella lo pide, aunque él no crea en nada que no esté contenido en nuestra urdimbre de músculos y huesos; ha coloreado desde princesas a dinosaurios cuando ella ha puesto colores en sus manos; ha cuidado sus mocos, ha intentado desenredar su pelo, ha tratado de combinar su ropa; ha untado nutela a su pan, le ha pelado manzanas; le ha cantado canciones exasperantes para probar su paciencia, le ha puesto música sublime; ha hecho siestas con ella; le ha dicho No, le ha dicho , le ha dicho que la ama, se lo ha demostrado cada día. Y aunque Cecilia haya estado en mi vientre, hoy no quiero saborear ese día en que ella calló su llanto recién nacido cuando escuchó mi voz. Hoy quiero saborear que Jaime me hizo madre de nuevo. Y que en él, Cecilia tiene a un padre. Añado: a un gran padre.


13.10.15

Edvard Munch/Consolation, 1894.

Hand-coloured drypoint and etching. 211 x 318 mm

26.9.15

Por qué los 43



Hace un año, por estas fechas, estaba en un diplomado de comunicación política en la UNAM. Entonces pasó lo de los 43. A partir de ese día nos acostumbramos a las barricadas de la policía del DF a lo largo de Insurgentes, alrededor de la UNAM. De ver un panorama ridículamente optimista (¿Cómo puede estar tan bien calificado Peña?) pasamos al desconcierto, la duda, el trastocamiento de escenarios.

El diplomado todo transcurrió bajo otro luz, otra lupa: Ayotzinapa, la Casa Blanca (y las otras), Higa, el mal manejo de crisis, la bajísima credibilidad en el gobierno, la ridiculización dentro y fuera del país, la rabia, el fin del Pacto por México.

Muchos maestros nos preguntaban: ¿por qué los 43 de Ayotzinapa sacó a la calle a la gente y no los  49 niños de ABC en Hermosillo?

Estoy segura que el dolor de los 49 nos rebasaba; niños, que podrían ser nuestros hijos, aparentemente cobijados en una guardería (de las que todos usamos para poder trabajar y sobrevivir en este país), mueren porque el fuego de una bodega vecina alcanzó los materiales altamente flamables de la guardería y las salidas de emergencia tenían candados. Todos sabemos que hay más implicaciones que éstas, pero 49 pequeñitos calcinados y otros más con serias lesiones, rebasa nuestra capacidad y nos hace cerrar los ojos.

Los 43, en cambio, simbolizaron lo que está pasando en el país, en las narices de todos: la colusión de la política y el narco, el botín político que se defiende a costa de cualquier vida o causa, el abuso y corrupción de las fuerzas de seguridad (así sea el policía de barrio o el Ejército), la represión a los jóvenes estudiantes y a todo aquel que piensa distinto del intocable poder en turno. Y luego el silencio y la omisión del gobierno federal, también la pelota de la culpa yendo de partido en partido (porque en este país de mafias la repartición del botín se pelea en un terreno común entre políticos y narcos).

La búsqueda de los 43, que se daba de fosa en fosa sobre las que caminamos en total ignorancia e indolencia, la salpicadura tan inverosímil como pestilente de las hipótesis (que si los Abarca, que si el basurero), nos fue revelando el cadáver en que se ha convertido este país. Eso que huele a podrido no es más que un Estado corrupto que se sirve de la gente y luego la mata o desaparece, antes que protegerla; el narco y el político como un mismo ente en el entramado de poder en México; el sistema de justicia con menos de dos dedos de frente que cree que somos estúpidos, y sale a dar justificaciones dignas de un adolescente borracho que explica a su padre por qué ha llegado a las seis de la mañana a casa.

Este país ya no aguanta más. Exigir que aparezcan los 43 es exigir que aparezcan todos esos desaparecidos de forma forzada, que aparezcan los nombres de todos esos hombres y mujeres muertos en este país sin explicación alguna, que aparezcan los cuerpos putrefactos (no importa) junto con los culpables de todos aquellos de los que no sabemos su paradero ni la razón de su ausencia y que se les entregue a sus familiares. Al exigir que aparezcan los 43 exigimos la renuncia de los ineptos que no sólo han mentido sobre su desaparición,  sino que han ordenado y organizado dicha desaparición. Al exigir justicia por los 43 exigimos justicia para los 49 niños de ABC y todos quienes han sido asesinados sin tener nada que ver con las redes del crimen en México. Al exigir que se esclarezca el caso de los 43 exigimos que nos regresen nuestro país, que nos dejen salir a la calle con tranquilidad, que nos permitan viajar de lado a lado sin fronteras entre cárteles, sin zonas prohibidas, sin que pongamos en riesgo nuestra vida.

Si no exigimos que aparezcan vivos esos 43 jóvenes normalistas ya no tendremos cara para exigir nada. Y entonces sí, que esta bola de criminales que tenemos por gobernantes y autoridades bailen sin culpabilidad sobre nuestros cadáveres.

15.9.15

Sobre el desarraigo I



En una de las intensas lluvias que recientemente han azotado al DF, quedé varada en Insurgentes y con mi pequeña de tres años dentro del coche. El agua llevaba una corriente tan fuerte, que a veces el auto se movía por el oleaje que provocaban otros vehículos. Ahí, en medio de tal inundación, me sentía una náufraga de esta ciudad: si un policía me desviaba, no sabría cómo regresar a casa (tengo un pésimo sentido de la ubicación, y conduzco por memoria, no por lógica); el celular se me descargó y no podía tener el apoyo de nadie. 

Pero lo peor fue observar el comportamiento de la gente. Aquí no hay lugar para la solidaridad. El problema era tal debido a la cantidad de basura que había colapsado a las coladeras; los coches insistían en darse vuelta en U donde no debían, sin importar la obstrucción al tráfico o el oleaje que levantaban a su paso. Vi una sociedad interesada en sobrevivir, no en ayudar, respetar o buscar soluciones comunes.

Claramente llegó a mi mente: no pertenezco a esta ciudad, no soy parte de ella, esta ciudad me repele, en esta urbe no hay espacio para la conciencia del otro. Y la conciencia de mi Yo aquí es difusa. 

De inmediato intenté hacer conciencia de ese sentir. Como mujer del desierto, entiendo que la lluvia histórica de ese día fue más allá de toda mi capacidad de asimilación. Sí, soy mujer de desierto. Pero fuera de eso no reconozco más. La idea de terruño se me ha desdibujado. Cuando digo Hermosillo no tiene ningún valor en sí mismo. Tienen sentido mis seres queridos, mis amistades. Pero no hay nada más. Ni el concepto de mi tierra, ni el latido de mi ciudad. Quizá me tomé muy en serio eso de quemar naves.

Soy una náufraga en esta ciudad, asida a un trozo de tierra (mi casa, mi jardín, mi familia). El desarraigo duele, hace sentir lo mismo que ese extravío intenso cuando me encuentro en una calle que no conozco y de la cual no sé cómo escapar. No hay un lugar seguro, reconocible, familiar. Lo único familiar es mi hogar: esa tabla a la que me aferro. 

*Fotografía de Masao Yamamoto

20.8.15

Bodas

Hoy mis padres hubieran cumplido años de casados. Más de 50. Pienso mucho en ellos y el tipo de pareja que fueron. Pienso en todo lo que se aportaron uno al otro; la pasión con la que enfrentaron la vida y emprendieron una familia. Veo a mi padre a través de los ojos de mi madre: amoroso, trabajador, disciplinado, modesto, orgulloso, comprometido. Revaloro a mi madre a través de la voz de mi padre: inteligente, entregada, persistente, sensible, íntegra, bonita.
Mi padre nos heredó ese fervor por el trabajo; mi madre, los valores y la ética. Mi padre nos legó el amor por la simplicidad; mi madre, las aspiraciones. Mi padre nos mostró un mundo ordenado y vertical; mi madre, la libertad y el constante cuestionamiento. Mi padre nos enseñó la disciplina férrea; mi madre, la sensibilidad incluso desbordada.
Esa suma de fuerzas y fragilidades fue posible gracias al amor que se tuvieron, al proyecto que iniciaron juntos, del cual nacimos esos seis hermanos que nos amamos con todas estas dicotomías que sembraron en nosotros. Celebrar su aniversario de bodas es mucho más que conmemorar el amor que se tuvieron. Es celebrar la vida de sus hijos, de nosotros seis, de la propia existencia.


17.8.15

¿No dicen que "el cielo es el límite"?


Mi hija tiene su propio departamento.
Mi hija tiene casi 20 años.
Mi hija tiene una vocación clara.
Mi hija tiene planes.
Mi hija tiene un domo en su depa.
Mi hija puede ver el cielo y las copas de los árboles a través del techo de su nuevo hogar.
Mi hija ve el cielo, los árboles, las nubes, la lluvia, las estrellas, la luna si levanta la mirada.
Y así lo hace: mi hija hoy tiene su primer día de trabajo.

5.8.15

Hermosillo vía Condesa

Un Penthouse de la Condesa (X Espacio Arte) me llevó a un viaje en el tiempo y hasta Sonora. Ahí estaban los amigos de la secundaria de Mariana, esos chicos que se subían a mi auto cuando iba a recoger a mi hija; esos niños que hablaban de fiestas, pleitos, gustos, música, maestros; esos púberes que gritaban todo el tiempo y parecían a punto de explotar con toda la energía que tenían dentro. Esos niños que me decían tía. Por respeto, por cariño, por ser parte de esa familia peculiar que Mariana y yo tejimos con nuestras amistades, más allá de la consanguineidad.
Aparecieron frente a mí con cuatro años más, con la energía apaciguada, reflexiva, dirigida. Me hablaron de sus carreras universitarias, de sus proyectos de vida, de sus dudas, de sus golpes de timón, de sus miedos, de sus posibilidades. Los vi hacia arriba porque todos me han ganado una cabeza (o más). Los escuché mientras tenía ganas de abrazarlos y jalarles las mejillas y decirles: ¿cómo pasó esto? ¿cómo el tiempo deja esta impronta tan maravillosa a esta edad? Yo que estuve ahí, en ese umbral llena de miedos y a la vez empujándome con todas mis fuerzas para vencerlos; yo que estuve ahí viendo un espacio yermo en mi futuro; estuve a punto de decirles: de eso se trata, ten miedo y empújate, camina a la vida, mete tus manos a la tierra y ábrete caminos, te espera una gran vida, te espera la más bella intensidad.
Sólo los abracé, los animé. Vi a Mariana ahí, tan ella, tan clara en su proyecto, tan firme en sus pasos. Tan ella aunque sea mi hija. Sólo concluí: la vida es muy bella. Más bella cuando nos recordamos en esa edad, en la que el futuro es una hoja en blanco y los pies no llevan más carga que la pasión por caminar.

*Obra de Ana María Madrid, en exhibición en la galería X Espacio Arte (donde fue este encuentro)

21.7.15

Yucatán


Yucatán ha sido lo más lejano que puedo imaginar dentro del territorio mexicano. Lo más lejano a Sonora. Y nunca me imaginé ahí. Hasta que, en estas vacaciones, la brújula señaló hacia esa península, que por otra parte tiene puntos de encuentro con mi estado (como todos los extremos): hay una comunidad yaqui ahí, y sueños independentistas (nosotros más bien en nuestro imaginario, pues ni siquiera hemos roto la inercia para inventarnos una posible bandera). Y algo más íntimo me une a ese rincón: Jaime pasó ahí muchos veranos de su niñez; así que es como visitar esos pequeños terruños prestados que todos tenemos en nuestros recuerdos.
Ha sido de los viajes más significativos que he tenido en mi vida. No vale la pena explayarme sobre cómo veo trabajadas y hasta cierto punto superadas mis neurosis (mi dificultad para disfrutar del ocio, las vacaciones, conducirme en lugares desconocidos). Contemplé de manera vívida la cosmovisión de los mayas (tan estudiada en mi facultad de Teología en la Pontificia de Salamanca); vi sus paisajes, sus cielos, sus cenotes, sus playas, sus selvas bajas, y entendí con fluidez cómo llegaron a sus conclusiones;  me conmoví con sus hallazgos astronómicos; me conmoví con sus pirámides tan fuertes y a la vez etéreas, como criaturas que emergieron del vientre de la misma tierra.
Y después de mucho tiempo, vi con orgullo a mi país, sin recordar lo que le han hecho. Los yucatecos siempre sonrientes, bromistas, cálidos, con una ingenuidad todavía intacta como la tuvimos todos antes de esta debacle, me recordaron lo que hemos sido y aún somos. Gracias, Yucatán.