1.12.17

Antares, 30 años y hoy



Conocí a Antares en 1989, en la casa familiar de Adriana Castaños. Yo tenía 18 años, y para mí la reciente migración de Cajeme a Hermosillo era un enorme paso que, descubrí esa tarde-noche, nada se comparaba con el trasiego de la compañía entre el entonces D.F. y la capital de Sonora.
Ellos preparaban La hermana bizca, así que la sala estaba llena de libros sobre Remedios Varo, y la reunión de investigación se convirtió en una tertulia sobre arte, sobre el quehacer, sobre la logística de una compañía.
Con el tiempo me he dado cuenta que esa tarde que penetró efervescente a la noche, fue una de las experiencias que más marcó mi camino vital.
Vi a artistas que investigaban, leían, discutían con sentido del humor, agudeza e inteligencia; artistas que no se cerraban a su disciplina.
Conocí la decisión de pasar la mitad del año en Hermosillo en el tiempo de creación, para tener más tiempo y concentración, lejos del ambiente dancístico del centro, y de la vasta oferta cultural del D.F,; lejos del tráfico y de los larguísimos trayectos.
Conocí a una compañía de Hermosillo, que no se conformaba con los límites del desierto, sino que veían el horizonte nacional, e iban por más.
Recuerdo que esa noche terminamos jugando al Cadáver Exquisito y el entonces pequeño hijo de Adriana estaba maravillado con la palabra "espuma". También tengo memoria de Miguel Mancillas, acucioso y divertido, preguntarme: ¿Y tú no hablas?
Yo en esa época no hablaba. No tenía nada que decir ante un mundo que descubría. Tampoco me daba cuenta de que no hablaba, porque mi mente decía tantas cosas, conectaba tanta información; el aprendizaje me desbordaba hasta la mudez.
La relación con Antares siguió por amistad, porque editaba una revista (Mucho Gusto) en cuyo consejo editorial estaba Adriana Castaños, trabajaba con Alberto Herrera (su entonces fotógrafo de cabecera), los tuve en la portada de la revista, tuve mucha cercanía por amigos comunes y afinidad generacional con Elsa Verdugo. Fueron parte de mi vida recién llegada a Hermosillo.
Esta noche, casi 30 años después, he visto a Miguel Mancillas. Antares se ha presentado en la Sala Miguel Covarrubias de la UNAM, y fue como volver a estar en aquella sala familiar con Miguel, y no. Han pasado muchos años, el enorme talento y fuerza de Antares se multiplicó en varios proyectos (Adriana con La Lágrima, Miguel con Antares, David Barrón con su Esta pasión en la que participa Elsa Verdugo).
Hoy, casi 30 años después, puedo decirles a aquel Antares y a este Antares, que la marca que me dejaron en aquellos años fue una impronta que me ha acompañado.
Gracias a ellos el desierto no fue para mí el límite ni el lugar cómodo donde quedarme; me inyectaron la ambición de ir más allá, de probarme en otros espacios, otras fronteras mentales o geográficas.
Gracias a ellos entendí que una obra no nace espontánea o por genialidad; nace porque tienes disciplina, investigas, te adentras, analizas, activas tu pensamiento crítico, y luego eso lo conviertes en una obra.
Gracias a ellos aprendí a no conformarme, a no limitarme, a no buscar el lugar cómodo para el aplauso.
Y gracias a ellos pude escribir Abluciones (parte de mi tríptico Llama, Libros del Umbral: 2008), y ahora lo comparto.
La hermana bizca (1989) ha sido de las obras dancísticas más memorables que he visto en mi vida. Luego poco después vino A invierno por Heliópolis (1990); entonces mi madre murió.
Entré en una sequía literaria de la cual no podía salir. Quería escribir sobre su muerte, necesitaba escribir. Pero la experiencia no pasaba por la vía verbal. Pensé en el trabajo que había visto de Antares. En cómo el movimiento, el gesto, el cuerpo mismo podía expresar en un ínfimo segundo aquello que no cabía en un tonel de palabras. Entonces quise experimentar. Hice el índice de los poemas que quería escribir, retomando sueños y mojoneras de la enfermedad, muerte y duelo. Y elegí música que me acercara al ánimo y emoción de aquel motivo. Grabé un cassette con el loop de la pieza elegida para cada poema, y me dejé llevar por le movimiento. Cada poema es un movimiento, es una expresión corporal de una experiencia espiritual sobre la enfermedad, la muerte, la rendición, el milagro, la voluntad, la gracia, la fe, la muerte, una y otra vez la muerte.
Haber visto a Antares y a sus entonces intérpretes me enseñó que el movimiento, un lenguaje pre verbal, puede ayudar a explorar en la conciencia verbal, la conciencia que se articula en lenguaje, como una vía de expresión que se libera y desvanece para reconfigurarse en palabra.
Ahora que trabajo cerca de bailarines, cerca de la danza, siento que hay un círculo que me aúpa a un nuevo círculo de la espiral que es la vida.
Si entendí mucho sobre lo que es el arte, la disciplina, la ambición creativa e interna, la articulación del lenguaje desde un estado preverbal, fue gracias a la danza; hoy la vida me vuelve a colocar en esa sala donde conocí a Antares, pero con otros invitados, con otros protagonistas. En gran medida sigo siendo esa muchachita de 18 años azorada y enmudecida. En otro sentido, soy una mujer que he andado ese camino y necesito retomar una brújula fuera de atajos.
Haber visto esta noche a Antares, haber abrazado a Miguel en el backstage, fue un abrazo con ese camino. Ese camino que ellos allanaron en mi horizonte. Es cuestión de volver a guiarme por el Norte.

*Diseño de portada: Mario Rentería.
Fotografía: Alberto Herrera

26.10.17

Mariana, 22


La primera vez que pasé un cumpleaños de Mariana sin ella, fue cuando cumplió 19 años. La había enviado al extranjero, y era un paso hacia la mayoría de edad para las dos: no pasaríamos su cumpleaños juntas, no pasaríamos navidad juntas; en resumen, no pasaríamos el día a día juntas.
Y lo sabía: era abrir una puerta en la que no habría marcha atrás. Y ese año muy lejos de casa, con océano de por medio, sería un ensayo hacia una nueva forma de ser madre e hija.

Ahora Mariana tiene un departamento en el jardín de casa, va y viene, cursa la universidad y estudia la carrera para la cual tiene una vocación invencible; administra su presupuesto; hace su vida, sus proyectos, su agenda y sus viajes.

Así que ayer ella decidió, como desde entonces, sobre su cumpleaños: salir de la ciudad, a la naturaleza.

Colgué globos rojos en la escalera de caracol que va a su depa, le dejé hotcakes veganos recién hechos a la puerta, con una tarjeta, y esperé a que bajara, lista para marchar, para darle un abrazo que se contiene siempre por no desbordarse en te quieros, me llenas de orgullo, me encanta la chica en la que te has convertido, diviértete, vive; eso: abraza la vida y vive.

Lo logré. Me contuve para no abrumarla con este amor que se me desborda por ella. Pude abrazarla suave y brevemente, y decirle con voz serena: Feliz cumpleaños, Mariana.

Y la vi salir de casa, con su perro y la slackline. A empezar a disfrutar sus 22 años.

*Foto superior: Mariana a los 19 años
Foto inferior: Mariana el día de su cumpleaños 22




19.10.17

Ciclo de la vida



Hace un año nuestro amigo Karel cumplió 50 años. Hicimos una reunión en su casa, conscientes de que era su último cumpleaños en este mundo. Yo veía a sus amigos de la niñez esforzarse por reír, por hacerlo reír, por recordar con alegría sin llorar.
Yo veía en los rasgos de Karel, en su deterioro, en su cuerpo maltrecho, las mismas características de mi madre en su fase terminal. La mirada que parecía apresurada por huir, o una mirada que parecía estar viendo desde ese otro mundo, donde hoy están.
Y ahí, en medio, ajena a todo, o quizá entendiendo más que ninguno otro, estaba Cecilia, de casi cinco años, revoloteando entre nosotros con sus risas y ocurrencias.
Fue ella quien descubrió un juego, de lo más bobo, y fue ella quien lo sacó, puso sobre la mesa y nos instó a todos a jugar. En unos minutos estábamos, sin excepción, metiendo nuestra cara en un marco, prestos a recibir una catapulta de crema batida. Todos jugamos, nos morimos de risa como tontos, y Karel también jugó y acabó embadurnado de crema.
Este sábado nos volvimos a reunir, ahora en memoria de Karel. Ceci volvió a sacar el mismo juego y, como no teníamos crema batida, el Opa batió claras de huevo con azúcar, a punto de turrón, hasta lograr un merengue que acabó embarrado en nuestras caras y cabelleras.
No era el juego o las ganas de jugar, no era el empeño de Ceci, era la forma de decirle a Karel, hasta el lugar donde está, que queríamos reír y tontear como él lo hizo hace un año, a pesar del dolor, de la debilidad, de la impotencia ante la enfermedad que todo lo carcomía. Era la forma de decirle que aquí estamos, con Paulinha, con Kai, con Julia, con el Opa, y que aquí vamos a seguir.
Un día después, fue aniversario de muerte de mi madre. Y por primera vez, después de 26 años, vi su muerte a través de otro cristal: uno que celebró con ella, con todo y el merengue burlón lanzado contra el rostro, y aquellas sus carcajadas que eran tan contagiosas.
Esa niña que tuvo la ocurrencia del juego y que nos pone de cabeza haciendo el tonto, hoy cumple seis años. Anoche preparé su línea de la vida para llevarla esta mañana al colegio, donde dio las seis vueltas alrededor del sol. Y mientras pegaba las fotos, lloraba, conmovida por una pequeña que es toda alegría, generosidad; esa niña a la que le gusta hacer reír; esa niña que un día me dijo, como si lo supiera desde siempre: "Yo nací para ser feliz, ¿lo sabías?"
Sí que lo sé, Cecilia, y quiero celebrar la vida contigo, el ciclo de la vida, tus seis años y tus 50, el dolor que nunca falta, y la crema batida embadurnada en la cara mientras morimos de risa.
(Feliz cumpleaños, pequeña mía).


27.7.17

Ramón Xirau (1924-2107)


La primera noticia que recibí esta mañana en el teléfono fue la muerte de Ramón Xirau.
Sentí cómo un hueco se iba agrandando en alguna parte de mi pecho (¿corazón? ¿mente? ¿memoria? ¿alma? Eso él lo podría contestar perfectamente y con gran lucidez). Pero junto con esa tristeza, vino esa tranquilidad de cuando muere alguien con fe. Ramón Xirau era un profundo creyente. Un brillante creyente. Y eso me acercó a él en los años noventa.
Verán.

En los noventa, yo andaba en el friso entre mis diecinueve y mis veinte. Junto al padre de mi hija Mariana fundamos en octubre de 1990, una revista cultural. Su propia existencia era un manifiesto: la revista cultural de un par de chavales creyentes, que querían dialogar en un momento en que se nos negaba la voz, dos poetas principiantes que se empeñaban en recuperar la tradición de la cultura católica principalmente, y de la poesía espiritual como extensión de ella.
"Gradas" fue el nombre que elegimos, por el poema portentoso de Ramón Xirau, Graons/Gradas.
En nuestra mira estaban escritores como Javier Sicilia, Gabriel Zaid, Julio Hubard; como inspiración, la revista Ábside.
Cuando teníamos quizá unos seis números de una revistita sin pastas duras en ese entonces, con ocho páginas engrapadas, impresas en riso en duotono, nos vimos llamando a la puerta de don Ramón Xirau. Ese tipo de atrevimientos y descaros sólo se tienen en la primera juventud. Aclaro: habíamos llamado antes para acordar cita, y Ana María, su mujer, nos recibió con curiosidad.
En su casa de San Ángel vimos aparecer a don Ramón, bajito, con una sonrisa perenne, dulce, con su voz siempre baja y con el canto catalán resbalando por sus palabras.
Le entregamos nuestro orgullo, aquel manojo de revistitas, que hoy encuentro vergonzosas por su modestia, como si fuera una ofrenda. Hasta ese momento caí en cuenta de la soberbia de la cual estábamos intoxicados y ciegos para no darnos cuenta de lo maltrecho y novato de nuestro trabajo.
Pero él tomó esos folletos engrapados y volteó a vernos como un niño que recibe un regalo preciado y necesita confirmarlo: "¿Es para mí?". Pero él preguntó emocionado: "¿Gradas es... por mí?" y cuando reafirmamos con admiración y orgullo, se le salieron las lágrimas y nos abrazó.
Pasamos la mañana charlando, él y Ana María nos invitaron a comer, y cuando caía la tarde salimos de su casa. ¿Qué tanto hablamos? ¿Qué tanto podíamos hablar un par de mocosos con ese gran filósofo y poeta? No lo recuerdo. Sólo tengo memoria de mi corazón latiendo fuerte y mi temor por no estar a la altura (en la conversación ni en el manejo adecuado de los cubiertos).
A partir de entonces, por alguna razón, don Ramón me adoptó. Me llamaba por teléfono, me escribía cartas donde me pedía que nunca dejara de escribir, que creyera en mi poesía; nos enviaba poema inéditos para que los publicáramos en "Gradas".
En una de las visitas que hice a su casa, me preguntó directamente, siempre hablándome de usted, como acostumbraba: "¿Qué puedo hacer por usted, Antonia? ¿En qué le ayudo? ¿A quién le llamo? ¿Con quién la recomiendo? ¿Dónde quiere publicar?". Me quedé paralizada; yo andaba por mis 23 años y su pregunta me sacudió: ¿Qué demonios estoy haciendo? ¿Qué diantres tengo que ofrecer?
Le respondí: "No tengo nada que ofrecer; soy demasiado joven y no he hecho lo suficiente". Él me miró extrañado y sólo añadió: "Cuando usted me diga".
A partir de ahí mi trabajo dio un vuelco. Me cuestioné mucho mi poesía y me bajé de una nube en la que me subí en la inconsciencia de mi juventud. Tomé mi trabajo con humildad, con calma, pero también con ambición: tenía que hacer una obra que me hiciera merecer ese apoyo de don Ramón Xirau.
Muchos años después, poco más de una década más tarde, con mi libro de poesía espiritual dictaminado y aceptado por Libros del Umbral, me atreví a tocar la puerta. Lo vi en la FIL, en el homenaje que le ofrecieron y donde el FCE lanzaba la edición de su poesía completa, y le pedí la cuarta de forros de mi poemario Llama, que él conocía bien. Ese texto nunca se concretó. Don Ramón Xirau no contaba con la salud suficiente para ese esfuerzo. Pero valoro el sí, las llamadas para concretarlo, el interés que siempre demostró. Ese mismo espíritu compartió mi entonces editor, Jaime Soler Frost, y tomó la decisión de dejar la cuarta de forros desnuda, en respeto a don Ramón.
Esta mañana lo despido, como una barca que se aleja de nuestro puerto. Ese canto que logró con su poesía, esa exploración sobre el silencio desde la mística y la poesía, se han encarnado en él, justo para liberarlo del cuerpo. Ahora todo él es canto, en el lugar donde todo es Canto.


16.5.17

[Tiempos violentos y lenguaje]

Entre toda la ignominia que los políticos y gobernantes han desatado para tener a México en este estado de violencia, descomposición, saqueo, está una perversión que va más allá de su colusión con el narco, la corrupción cada vez más desvergonzada y el retroceso en el respeto a las libertades básicas de una democracia, como es el de la libertad de expresión.
Esa perversión no puedo mencionarla con un nombre o etiqueta. Necesitaré algunos párrafos para explicarme.
Los políticos no tienen ni la remota idea de la impronta que sus actos y lenguaje dejan en la sociedad. Los consejeros en comunicación sí saben que con el lenguaje se puede moldear la forma en que una comunidad relata su identidad o sus decisiones; ellos sí saben cómo con el lenguaje se puede orillar a una población a inferir lo que los políticos desean.
Lo que no saben es que esas inferencias y narrativas no son sólo coyunturales, y dejan una huella en la identidad a largo plazo.
Así, a medida que se han ido degradando las campañas políticas a campañas negras o falsas en las plataformas digitales, así se ha ido descomponiendo la sociedad: dividida, asqueada, crispada, desconfiada, harta, cínica, cerrada al diálogo, intolerante, agresiva.
Lo vi claramente en Sonora. Amigos que han trabajado con éxito en estrategias de seguridad para ciudades con alto conflicto, me decían: Esto nunca pasará en Sonora, porque hay mucha cohesión social. Y pasó. La sociedad se resquebrajó con una estrategia de comunicación equivocada (época de Padrés) que contrapuso al norte contra el sur y viceversa, en el proyecto de agua. Aquello se convirtió en una guerra: por el agua, por las micro regiones dentro de la entidad, y despertó todas esas rivalidades que hasta entonces se mantenían en chistes de bajo impacto entre el norte y el sur de Sonora.
La actual gobernadora, durante su campaña, en lugar de buscar la cohesión, la reconciliación, utilizó este encono para ganar la elección. Lo hizo pero el costo ha sido altísimo. Hoy Sonora está sumido en un grado de descomposición social que un día ha despertado en forma de un estado sin ley, ciudades sin ley.
Junto a Claudia Pavlovich llegó el oscuro Beltrones y con él una turba de jóvenes políticos advenedizos, que fueron puestos ahí para repartir a Sonora y sus recursos como si fueran negocios o el botín entre asaltantes.
La descomposición social existe. Y hay criminales que deben ser ajusticiados. Eso es muy diferente a la narrativa que están moldeando las autoridades estatales y locales: "la gobernadora y el alcalde no tienen la culpa de que la gente sea mala y que esté saliendo con machetes y armas de alto poder a matar a las calles; pobres gobernantes, son rehenes de una sociedad mala y criminal".
Es indignante y reprobable ver este discurso. Autoridades diciendo: Mataron a mengano, pero mañana sabrán la clase de fichita que era, otro criminal asesinado para hacer la limpia que Sonora necesita.
Es indignante y nauseabundo que mientras periodistas comprometidos mueren por hacer su labor, otros, bajo previo pago, repitan las líneas discursivas que los políticos les dictan: gente mala, gobernantes inocentes.
Y es muy peligroso lo que este discurso despierta. Además de la idea de la justicia por propia mano, la idea de que esta descomposición se debe a la llegada de gente "fea de fuera", "gente mala de quien sabe dónde". La xenofobia, siempre latente entre los sonorenses, puede entonces adquirir este discurso empoderado por las autoridades alcahuetas, que tienen una coartada para seguir indiferentes y omisos ante tanta violencia.
Las autoridades deben trazar una estrategia con metodología clara para enfrentar este estado de descomposición y violencia. Las autoridades deben prevenir el delito. Y cuando alguien es víctima de un delito, este delito se debe perseguir seas quien seas.
Hoy hablo de Sonora, pero esto se reproduce en todos los estados, en ciudades que eran tranquilas, como Ensenada. Porque los políticos no sólo se han pervertido, sino que están pervirtiendo todo con su lenguaje, ambición, falta de ética e impunidad.





3.5.17

5. Laboratorio creativo

En días pasados, dos miembros de la familia tuvieron una semana clave. Mariana tuvo el rodaje de su corto para Ficción I (CUEC) y Jaime terminó de preparar su pieza para la Exposición Arte y Naturaleza en Chapultepec.
La casa se convirtió en una incubadora de proyectos, en un laboratorio creativo, en una empresa cultural, en un ir y venir de frenesí creativo y agotamiento mental.
A mí me tocó jugar de testigo y productora. Con Mariana me encargué del catering y algunos temas de producción; con Jaime me limité a ayudar en la producción de goma de nopal.
Verlos a ambos en sus procesos tuvo una impronta en mí. Me hizo pensar en el privilegio de compartir la vida con personas creativas, perfeccionistas, minuciosas, que saben tan bien trabajar en equipo, que son generosos con sus colegas.
Con Mariana pude revisar y opinar sobre su maqueta una tarde antes del último día de rodaje; con Jaime tuve la oportunidad de acompañarlo en la inauguración.
Ahí mismo observé a Ceci hacer una composición con piedras, troncos e hilos.  Y vi a Mateo con su cámara fotografiando las obras de la exposición.
Vivo rodeada de personas extraordinariamente creativas, vivo rodeada de libros de arte y literatura, vivo rodeada de ventanales a un jardín, vivo rodeada de seres que cobran vida propia en mi imaginación.
Ese regalo que me dieron ellos con sus propios procesos creativos, encuentra en mí una última forma de retribución: ofrecer mi propio proceso creativo a esta familia. Así que anoche tomé la decisión de aprovechar mi nueva libertad para escribir por las mañanas. Como debe ser. Como debe ser en una escritora que se asume como tal.



  

9.3.17

4. El deseo

*Fotografía de Graciela Irtubide

Para la novela reflexiono sobre el deseo. El deseo es un impulso a la posesión. Luego está la voluntad de poseer. Pero quiero explorar el deseo como un acto primigenio.
La pederastia inicia con ese deseo de posesión.
Las historias que he conocido a través de #MiPrimerAcoso tenían ese origen: un adulto que creía tener derecho sobre el cuerpo, la identidad, la integridad de otro. Un adulto que, desde la ventaja que da el heteropatriarcado, la fuerza física, la superioridad cronológica o de cualquier tipo que impone la cultura actual, decide imponer esa ventaja y fuerza sobre alguien, en contra de su voluntad.
Cuando ese deseo es una imposición sobre el otro, mirar con lascivia es ya una acción que violenta; expresar con palabras el deseo sobre el cuerpo del otro, es ya violencia; tocar o alterar (esta palabra, "alterar", no la explicaré aquí pero será clave en la trama de mi novela) el cuerpo de otro es ya una violación.
Quiero explorar ese origen, ese detonador. Los actos y consecuencias de ese deseo de posesión, son una triste y trágica añadidura.


28.2.17

[febrero de mi hermano]

Mi hermano murió un día así, 28 de febrero, y marzo siguió con esa locura. Por las tardes el viento hacía vibrar las ventanas, como si él estuviera tocando para que lo dejáramos entrar; se colaba con su aullido fantasmal por los resquicios de las ventanas; azotaba las puertas de las alacenas, como cuando llegaba hambriento por las noches después de trabajar como un adulto, aunque apenas era un chaval de 21 años.
Nos habían dicho que no volvería, que no lo veríamos más. Y ahí estaba, recordándonos que faltaba, que estaba su ausencia, el dolor, el miedo (sí, me daba miedo verlo entrar de nuevo en casa). Ahí estaba con el viento enloquecido, furioso porque tal vez así lo habían tumbado, enojado dando tumbos porque todo había durado muy poco: su vuelo, su vida de piloto; su vida.
Este mes le pertenece, y el que sigue, otro poco.


18.2.17

3. Epifanía


*Biblioteca del Convento de San Esteban; Salamanca, España.

Tengo una personalidad encubierta. Encima de la escritura o debajo de ella he tenido trabajos, en los que se me paga por pensar y escribir. Siempre he pensado que tener un trabajo que me remunere me permitirá:
1) Tener tranquilidad para escribir.
2) Tener libertad para escribir.
3) Tener la mayor independencia, pues mi subsistencia no dependerá del sistema de becas, premios, puestos, amistades o simpatías en turno.

El único punto que no se ha visto comprometido nunca es el 2. He escrito lo que me ha dado la gana, como me ha dado la gana, cuando me ha dado la gana... o cuando he podido. Ni siquiera pertenezco a un grupo al cual rendirle cuentas, estilos, intercambio de lisonjas.

Retomo: "cuando me ha dado la gana o cuando he podido". Cuando he podido. Subrayo.

El anterior trabajo que tuve coincidió con mi llegada a la Ciudad de México; experiencia que supuso un encontronazo de ritmos, tiempos, identidades, estilos, hasta temperaturas.
 
Toda mi energía se canalizó en adaptarme a esta ciudad. Escucharla, sentirla, sentirme en ella, acomodarme a su clima y paisaje, a sus tiempos infinitos en el tráfico, a ser nadie en esta masa, a reencontrarme en las amistades que iba encontrando y tejiendo; y sobre todo, a concentrarme en el gran proyecto que me trajo aquí: mi familia, mi nueva familia.

(Sí: yo no vine aquí para buscar cercanía con mi editorial, para moverme en los circuitos literarios capitalinos, para hacerme de un nombre nacional en este país que sí, es centralizado; siempre aposté a caminar desde el interior de México y no encerrarme en él; eso lo logré antes de llegar a esta ciudad).

Bueno, pues el trabajo que suponía me daría tranquilidad para poder escribir, me engulló. Y no quedó un ápice libre en mi cabeza para crear. He dejado ese trabajo, y en cuestión de 10 días mi cabeza vuelve a ser la de antes. La que iba tramando una historia mientras cocina, maneja, se ducha.

No es que haya dejado del todo de escribir. En este tiempo completé un libro de cuentos. Por primera vez, cuentos. Porque la vida, la energía, la mente, no me daba para más de cinco páginas que podía escribir de una sentada, y al siguiente día corregir de una sentada.

Seguiré trabajando, porque quiero seguir comprometida con esa tranquilidad, independencia y libertad; porque mis padres me educaron para trabajar duro. Y porque trabajar me permite vivir, observar, mantener pies en tierra, y no meterme en esa esfera del escritor que vive otro mundo, en otro mundo, y que acaba escribiendo no de la vida, sino de lo que lee en otros libros que hubiera querido escribir.

Pero todo esto es para decir una sola cosa: he vuelto a escribir. Me he vuelto a sentir inmersa en una historia paralela a la que vivo día a día con los míos. He vuelto a disfrutar tener un libro en la mano sin que el chat de una oficina me aturda todo el día y toda la semana como un avispero.

La historia se va construyendo, se van perfilando los personajes, se va aclarando la escaleta. Y, en uno de esos mensajes que da la vida, me reencontré con un manuscrito a mano, en el que inicié la idea de esta novela, justo en 1998. Un manuscrito que iba trazando, junto a una ventana, en la biblioteca de San Esteban, el convento dominico en Salamanca. Por años lo busqué y después de algunas mudanzas, es casi una Epifanía tenerlo en mis manos. Seguramente nada que recuperar, más que la revelación: es esto lo que escribes y tienes que escribir.



22.1.17

2. Más que contar una historia

Mariana salió de un maratón de tres películas en la Cineteca. Había comido unos frugales tacos (tan frugales como los 36 pesos que pagó por ellos) en el Chupas. Así que la invité a cenar.
Mientras cenábamos le conté lo que voy armando de la novela. Los personajes, la historia. Hablarlo con ella me clarificó varias cosas.
a) La duda que tenía si mantener integrado un personaje o convertirlo en dos, se despejó: dos.
b) Cómo inicia la obsesión que atraviesa la novela.
c) No quiero solamente contar una historia.
Y este punto c me ha dado vueltas y vueltas el domingo. No me interesa sólo contar una historia, como yo a veces he creído de mi camino narrativo. Me interesa más construir. Construir una arquitectura, una forma de contar. La forma. Y es eso, no tanto la historia, lo que me llena de ese fervor que sólo se cura con la escritura.
Para mí no vale la pena escribir si no hay manufactura, construcción. La escritura es un oficio que se despliega con los recursos, los instrumentos, las manos que maniobran.
Así he ido tendiendo hilos. Y esa historia lineal que quiero contar, se desdobla en más capas, más posibilidades.
Estos dos libros serán claves: La casa de las bellas durmientes (Yasunary Kabawata) y Karada (Michitaró Tada).
Siempre elijo música para mis proyectos. He elegido los dos álbumes que Marissa Nadler publicó en 2016: Bury your name y Strangers.
(Gracias, Mariana, por escuchar, por tu agudeza, por decir las cosas directas, duras, honestas).



2.12.16

1. Así se gesta


Cuando era niña fui testigo del abuso a otra niña, afuera de mi propia casa.
Durante la adolescencia sufrí de agorafobia (¿alguna vez se supera?).
Cuando viví en el extranjero, un vecinito lloraba en las noches porque lo encerraban en su habitación; no podía dormir con sus gritos: "Quiero hablar, necesito hablar".
Me obsesioné con la historia de una niña que fue asesinada por sus padres adoptivos.
Di seguimiento a la campaña #MiPrimerAbuso, azorada de toda la escala de abusos y lo cerca que está de cada una de nosotras.
No soy de quienes creen que las lecturas nos hacen mejores personas.
Hay experiencias que se quedan como el sedimento al fondo de un pozo oscuro.
Escribir me ayuda a limpiar ese sedimento; escribir es como deshollinar el alma.
Soy mujer.
Tengo dos hijas mujeres.
Necesito contar una historia. Necesito escribir esta historia. Necesito escribirla con este hollín con el que se va contaminando el ser cuando no drena sus recuerdos y vivencias.

12.11.16

Esperanza humana y sobrehumana



Justo hablaba por chat con mis compañeros de trabajo sobre la desesperanza, cuando alguien llamó a la puerta de casa. Al preguntar por el asunto que lo traía, levantó mi cartera que sostenía en su mano y respondió: Vengo a regresarle la cartera que dejó en mi taxi.
En efecto, un día antes por la mañana había perdido mi cartera. Mi despiste habitual me impedía concluir que me la habían robado, "¿Qué tal que está en casa entre los juguetes de Ceci, adentro de la lavadora o en la cajuela de mi coche?". Mientras me resignaba a perderla, cancelé tarjetas. Por si acaso.
La hipótesis más poderosa (para todos, menos para mí) es que me la habían robado en el mercado callejero de nuestro barrio. El taxista con mi cartera me confirmaba: no la perdí dentro de casa; pero eso sí sabía bien, yo no había tomado un taxi desde hacía un mes.
El taxista me explicó que encontró la cartera debajo del asiento, al limpiar su auto, y que se "tomó la libertad" de revisar entre mis documentos hasta que encontró mi dirección en el RFC.
Una recompensa y las gracias de por medio, me devolvieron la cartera intacta, menos los 57 pesos que traía en efectivo al momento de perderla.
Supongo que el carterista iba tras efectivo y decepcionado abandonó mi cartera en el taxi en el que huyó; o que, superando mi grado de despiste y de mala suerte, olvidó el objeto robado en el taxi antes de que pudiera vaciar mis tarjetas.
Sea lo que sea, me ha hecho pensar en la esperanza, y que con este hecho la recupero por dos vías. La esperanza humana, de alguien que en lugar de hacer el mal con toda la información y armas que tuvo en sus manos, actuó con buena voluntad al venir hasta mi casa para negar cada una de las posibilidades de daño (y de delito). Y la esperanza sobrehumana, de una cadena de hechos que pudo acabar muy mal y que por fortuna no sucedió. Me sentí protegida por algo que no es humano, o por alguien que ya no es humano. Y a pesar de que este año ha sido muy mala onda, me sentí con buena suerte, con buena estrella.

25.10.16

Mariana, 21



Mariana alcanzó los 21. El último umbral para la mayoría de edad. Mariana alcanza metas pequeñas. Alcanza tareas exigentes. Alcanza las cimas de sus emociones. Alcanza a entender almas humanas y no humanas. Alcanza sabidurías interiores. Alcanza sueños que a otros se les antojan remotos. Alcanza propósitos semanales con una agenda frenéticamente ordenada. Alcanza ideales. Alcanza oscuridades. Alcanza el dolor. Alcanza la risa infantil. Alcanza montañas, ciudades desérticas, grandes ciudades y pueblos abandonados. Alcanza a ver. Alcanza a palpar. Alcanza a asir. Alcanza a agarrar fuerte lo que quiere. Alcanza siempre a agarrarse de la vida. Esa que hoy llega a los 21.

19.10.16

Ceci, 5


Apenas la noche cruzó el pie hacia la madrugada del 19 de octubre, nació Cecilia. Y así se nos reveló desde entonces: toda alegría ella, siempre.

9.10.16

0. Lo nuevo

La nueva maternidad no ha venido sola. Ha venido con otra ciudad, con una familia grande y perruna,  con un jardín dentro y fuera de casa, con mucho más trabajo y distancias muchísimo más largas. Ha venido con otro talante.
Por eso hay proyectos con los que simplemente no he podido. No he podido avanzar en la novela de intriga política, pero he escrito cuentos. No he podido terminar ese poemario que explora en el zumo de las palabras, pero hay una historia que me ronda en la cabeza y los dedos.
La escritura, en mi caso, es así. Esas pequeñas historias que vivo o encuentro, que se quedan como un sedimento al fondo del ser, de la entraña. Y luego ahí se comunican, mientras yo vivo y conduzco y me ducho y camino y duermo y hablo. Y tejen lazos que jamás hubiera visto. Imaginan vecindades temporales y geográficas imposibles. Y de eso se trata la literatura. De cernir esos sedimentos porque yo no puedo vivir con su peso. De construir arquitecturas con palabras, porque si no escribir no tendría sentido alguno.
Así inicio este proyecto. Y, como siempre que sucede, le cambio la fachada al nido. 



15.9.16

Retiro

Siempre temí el día en que mi padre se retirara. Un hombre cuyo sentido de la vida lo construyó alrededor del trabajo. Un hombre que nos marcó con hierro que el ocio es el opio de la gente. Un hombre que siempre vio el deporte y los juegos como el pecado de los holgazanes. Un hombre que no tuvo hobbies, pero que se encontraría el día de su retiro con un nido vacío y un cuerpo desocupado y sin fatiga.
El día llegó. No hablaré de lo injusto que me parece su pensión exigua para un hombre que trabajó sin parar desde los 10 años.
Al principio viajó, visitó a hijos y nietos, se hizo de una buena colección de música, fue a los festivales musicales a los que pudo. Se dio vacaciones. Y luego llegó ese día que temí. El día en que sus ahorros menguaran y se enfrentara a la realidad: su vida, su casa, sus necesidades inmediatas.
Pero mi padre siempre me da lecciones, y no deja de sorprenderme con esa sabiduría profunda y parsimoniosa que con los años ha alcanzado.
Sí. Ese día llegó junto con una caja que le llevó uno de sus maravillosos nietos. Una caja con un saxofón dentro. "Para que se entretenga", le dijo. Mi padre se encontró con ese instrumento tan rutilante como la esperanza de lo nuevo.
Pasaba las horas soplando su sax, jugando, experimentando, entrenando sus pulmones, midiendo su aire.
Hasta que me dio la noticia por teléfono: hijita, estoy tomando clases, dos horas a la semana, de saxofón, y me dejan mucha tarea.
Sentí cómo se me derretía mi corazón de ver a ese hombre de casi 72 años iniciando algo con entusiasmo, permitiéndose lo nuevo, el placer y las oportunidades que dan el ocio al que siempre se negó.
"Yo creo que pronto podré tocar en el camión de Obregón a Cócorit", me dijo con su sentido del humor tan inocente, y le reviré: "O podrás tocar en la boda de tu nieta", la primera boda de sus nietos.  ¡La boda!, exclamó, y la plática tomó ese otro camino, de su estirpe que crece y toma su propio horizonte, como él ahora, que es un maravilloso hombre jubilado.




3.9.16

Este día

Una persona muy cercana y querida me dio testimonio de fuerza y lucha contra la enfermedad.
Una mujer, madre, amiga, decidió no luchar más, cualquiera que haya sido su lucha interna.
Una joven detuvo el tráfico en pleno Insurgentes en hora pico para rescatar, con toda la paciencia, a un perro herido.
Una anciana desconocida me ofreció el resguardo de su paraguas mientras caminábamos en la misma acera.
Una casa, que no es mía, me prestó en soledad su penumbra para descansar una hora, y sentí el abrazo de esas personas en fotos, que ya se han ido y no se han ido.
Una familia, la mía, coincidió en casa, en la cocina, con sus risas, sus roces, su caos, sus diferencias, su desbordante amor.




3.7.16

El país del "no pasa nada" donde pasa todo

Leo sobre la objetivación del arte.
Leo los pleitos por antologías donde unos quedan dentro y otros fuera.
Veo bandos, unos del lado de un crítico, otros del escritor, otros de ninguno, sino... y las especulaciones pueden ser infinitas.
Leo que si la estética.
Que si el discurso.
Que si esto y aquello.
Y de verdad, de verdad, sólo quisiera que callen.

Tanto pasa en este país del no pasa nada. Pasa todo. Nos pasa de todo. Ni siquiera enumeraré. Y me pregunto de qué sirve todo ese cuchicheo, esa vocinglería, esos gritos, esos desgañites, esos egos heridos o edificados; de qué sirven nuestras palabras.
Dicen unos que el arte nos salva, dicen otros que la poesía nos permite la acción inmediata.
No es cierto. Dejen de engañarse. Dejen de tejer un discurso para salvarse. Dejen de creer que nuestros egos son armas para enfrentar la realidad. La realidad nos está golpeando justo para destruir nuestras corazas, justificaciones y dogmas que son como estelas que dejamos al paso.
La realidad nos dice que está ahí y nosotros tan, tan lejos.
No, yo no sé qué hacer. Estoy como una niña estupefacta ante la tormenta que parece que romperá el mundo entero. No sé qué hacer ni cómo arreglar todo este desmadre. Pero lo que sí sé es que de nada sirve llorar porque no fuimos incluidos en una antología. De nada sirve ser bendecidos o denostados por el crítico o su contrincante. De nada sirve quebrarnos la cabeza sobre el arte.
Caminamos sobre una morgue. ¿No huelen tanta muerte? Sangramos para alimentar a los insaciables políticos. Nada va bien. Nada. Callemos. Y a ver si empezamos a entender la realidad que nos rompe las piernas.


*Francis Alÿs, A story of deception.

13.5.16

Jaime: 49



Esta es su mirada. El mundo se cae a pedazos y él me recuerda que el arte, la belleza simple, brutal o compleja, o la criatura más diminuta, son como esa oración que detiene al mundo de su derrumbe.
Hoy es cumpleaños de Jaime, el responsable de la belleza que encuentro y redescubro.

10.5.16

Una madre sin instinto



Nunca he tenido un instinto materno. Y no sé si de verdad existe eso. Sólo sé que en mi caso la maternidad no es una circunstancia que fluya natural.
Soy madre con el cerebro, y éste es un caos. Así que, al nacer, mis pequeñas se han sometido a rutinas que uso como asideros para no acabar sentada en la cama resignándome a un: Ignoro cómo ser madre. Quizá hubiera sido distinto si mi madre hubiera sobrevivido para tranquilizarme y decirme que todo está bien. Pero a falta de esa sabiduría, me hice de autoexigencias, libros, horarios, ideas sobre crianza.
Mis hijas han tenido que lidiar con una madre workaholic, preocupona, que tiene un aviario en su cabeza; una madre que no hornea divertidas galletas, que necesita momentos de silencio, que las ama durante el día pero ruega por que se duerman en cuanto cae la noche; porque es entonces cuando los pájaros se me escapan.
Mis hijas han nacido de decisiones radicales mías y han tenido que sufrir otras tantas. Han padecido (y heredado) mis diversas obstinaciones. Mis hijas han tenido una madre que piensa en los sueños de ellas tanto como en los propios. Una madre que apuesta por sus proyectos de vida y las fortalece cada día para que sean capaces de abrazarlos en su momento.  Una madre que no ha sacrificado su propio proyecto de vida por ellas.
He sido una madre distraída, a veces demasiado entretenida en desenredar mis madejas internas; pero las he protegido de los males del mundo; excepto de mí.
Madre consentidora, estricta; he sido con cada una de mis hijas y en cada momento la madre que, he intuido, necesitan. Puedo enumerar listas y listas de errores maternales que he cometido. Y también puedo jurar que las he amado al extremo, desde siempre, para siempre. Y espero que eso me salve de los yerros.

Fotografía: Enrique Bostelmann

1.3.16

28 de febrero

Pues aunque he intentado que el 28 de febrero no sea ese día, lo es y así seguirá siendo. El último día en que pusiste un pie en la tierra. El último día en que pensaste en un mañana que llegaría sin falta. El último día en que viste nuestra casa y la dejaste a oscuras. El último día en que condujiste por la ciudad, la carretera, el campo. El último día en que volaste. ¿O aún vuelas?
Han pasado 31 años. Aún sigues siendo ese muchacho inconforme y viejo de 21 años. Y aunque he intentado crecer, sigo siendo tu hermana de 14 años que no logra explicarse nada de lo que pasa.


(Foto robada del muro de mi primo Byl Mendívil)

9.2.16

Washington



En este último viaje descubrí, entre otras cosas, lo siguiente:

1. Uno de mis disparadores de pánico cuando salgo a las calles es saber que mi mente no tiene sentido de orientación; pero si el espacio tiene una lógica sencilla, el pánico aminora a casi cero. Washington tiene una lógica: calles en orden alfabético y numérico. Lo peor que podía pasar es que creyera que iba en sentido ascendente de la calle O a la P, y resultara que fuera hacia la N. El par de veces que me perdí y asomó el pánico fue porque las calles no trazaban una cuadrícula perfecta o aparecían esas calles con nombres de estados, así, de la nada. Entonces, al carecer yo de lógica, espero que la ciudad la tenga. El típico: no eres tú, soy yo.

2. Sí es padre que el gobierno ofrezca entradas gratuitas a los museos. Pero no es padre que todos tengan el mismo horario. One size fits all? Prefiero los museos privados de Nueva York, que te dan varias modalidades de ingreso, tarifa, horario.

3. Extraño la vida simple, donde no había mil cosas que hacer en el día ni kilómetros y kilómetros que recorrer para lograr los cometidos; me gustaría andar despacio (y no porque una cámara te pilla si desacatas los mínimos de velocidad); y tener siempre un vaso de agua sobre la mesa.  

4. Me encantan las librerías de barrio.

5. Tengo una extraña fascinación por descubrir las lámparas a través de las ventanas de las casas.


26.1.16

tiempos

Hubo un tiempo en que deseaba con todo fervor traspasar el techo. Hoy quiero destrozar la puerta.


Obra de Janaina Tschäpe 






4.1.16

Roque: 51

Mi madre siempre me contó que cuando yo era bebé, cada tarde mi hermano Roque me daba una vuelta a la manzana empujando la carreola.
No recuerdo esa época, pero si aquella otra en que él era mi puerta al mundo masculino: Roque, a quien entonces llamábamos Toño, era quien me introducía en los juegos de mis hermanos hombres, siempre con delicadeza, sin burlarse, sin abusar. 
Yo también le abría la puerta a otro mundo, ese que tenía yo, introvertida, fantasiosa. Teníamos una pequeña lámpara toda de cristal con estrías tornasol. La luz se refractaba en hilos que bailaban dentro de la lámpara. Yo podía pasar horas contemplando esa danza: elegía uno de los rayos y seguía su movimiento por largo tiempo. Una vez compartí ese juego secreto con él y lo entendió. Cuando caía la tarde podíamos pasar horas mirando la lámpara, eligiendo cada quien su hilo luminoso. 
A veces he creído que ese juego fue lo que nos conectó. Pero sé que nuestro lazo fue anterior, y que sobrevivió más allá de esa lámpara que nunca más volví a ver. 
En mi adolescencia fue mi escucha, mi consejero, la voz que tranquilizaba todas mis dudas y angustias de la edad. Fue quien encauzó mi vanidad. Le gustaba que le cantara. Le gustaba enseñarme matemáticas y biología. Le gustaba protegerme, sobre todo en los albores de mi agorafobia antes de que nadie sospechara. 
Luego crecimos. Me regaló a una de mis mejores amigas, su esposa. Me regaló sobrinos dulces y con el sentido del humor torcido que me divierte mucho. Me regaló muchos domingos, muchas charlas, muchos cumpleaños y días de santo, que puntualmente se empeñaba en celebrar; muchas navidades con la mesa llena de vida. Me regaló un ejemplo, su devoción por la familia. 
Yo no lo conocí en cada uno de sus 51 años; pero él sí en cada uno de mis 45. Incluso en mis años esquivos. 
Ése es mi hermano. Y hoy cumple 51.


2.1.16

Adiós

Cerrar el 2015 ha sido darle el portazo a una etapa. Otras veces he sentido que la mojonera está a unos cuantos pasos de mí, y aunque camino y camino, el punto se va moviendo a un futuro que parece inalcanzable.
Hoy puedo decir: camino y la mojonera ha quedado atrás de mí, cada vez más lejos. No regresaré.


26.12.15

2016

Será un año literario.
Leer, escribir, publicar, corregir, asomarme al mundo afuera.


17.12.15

Desenchufada

Tenía una máquina vieja. Una laptop que no podía vivir sin cable. Para moverme de un lugar a otro por casa (muy necesario cuando se tiene a una hija pequeña), tenía que cerrar todos mis documentos, todos los programas, todas las ventanas (tarea casi tan ardua como cerrar una a una las persianas de un multifamiliar); instalarme de nuevo, abrir; y luego de nuevo cerrar. Porque créanme, no hay ser más voluble que una criatura de cuatro años.

Tenía un escritorio cerca de un enchufe en cada lugar de la casa para poder con esta proeza: entre la sala y el comedor, en el estudio que se supone sería mi oficina, en la recámara... Deambular con la portátil era como llevar un lastre. Un lastre con olor a pasado.

Esos tiempos acabaron. Tengo una portátil que no requiere enchufe, superficies estables, inmovilidad en un escritorio. Ahora voy de un lugar a otro como se le antoje a la pequeña, que ya baja a dibujar, ya sube a armar rompecabezas, luego baja por un snack, después sube a ver una caricatura.

Pero independientemente de eso, hay una liberación interna. No es broma. Aquella computadora era una última ancla a un pasado, a otro lugar, a otra vida, a otro trabajo. Ahora empiezo con un escritorio limpio, con una memoria desnuda, con un presente ligero. La escritura ya no tiene que ver con una logística enchufe-escritorio. La escritura es lo que es que debe ser: un trato entre la mente y la mano. Y la máquina, el artefacto casi invisible que la hace posible.


15.11.15

Implosión



Desde hace cuatro años que vivo aquí en el DF la vida parece un tren de alta velocidad, mientras que mi mente se asemeja a una camioneta de los años 50 patinando sobre el fango, sin poder avanzar. Esa es la sensación que he tenido. Los acontecimientos van demasiado rápido, la información ha sido abundante y rauda.
Me consolaba pensar que escribía por dentro, como me recomendaba Javier Sicilia para esos periodos; que en algún momento todo eso haría implosión y luego podría salir en mi escritura.
El momento de implosión parece que ha llegado en forma de interrogantes, en forma de acertijos, en forma de brújula en mano sin saber a dónde ir pero con un instrumento para no perderme. 
Iba a escribir: es lo que quiero pensar. Pero retrocedí: no quiero dudar, creo que ese momento ha llegado, quiero que ese momento sea ya.  

*Instalación de Chiharu Shiota