21.7.20

Mi perro Trancos



Trancos, le puse. Era un perro color negro azabache, con una pequeña mancha blanca en la punta de la cola. Tenía una forma craneal cuadrada. El nombre viene de El señor de los anillos; es el nombre que le dan a Aragorn durante el exilio, en su periodo montaraz. Para mí ese perro era noble, inteligente, delicado; todo eso muy escondido detrás de su condición feral.
Yo tenía 23 años y, por una obstinación que solo puede sostenerse a esa edad, vivía en el desierto, en una casita en medio de la nada, sin electricidad, con agua solo dos horas al día. Mi padre, preocupado por mí y mi seguridad, me lo regaló. Era bravo. Vaya que sí. Tanto que no se sentía nada cómodo como perro de compañía, y casi de inmediato huyó con una manada de coyotes. De repente lo veía a lo lejos. Era fácil de reconocer por su negritud y cola de punta blanca.
Así que mi padre volvió a visitarme con otro regalo: una perra criolla, color marrón, con cierta ascendencia Weimaraner. Le puse Cacao.
Ella, en cambio, era extrovertida, amorosa, disoluta, de una alegría y entusiasmo que rayaban en lo obtuso.
Pero en cuanto Trancos empezó a ver a mi nueva acompañante, intentó acercarse. Detrás de la cerca, con su manada de coyotes. Con el tiempo fue llegando solo, sin sus camaradas; y cada vez fue acortando la distancia. Hasta que un día traspasó el cerco de acotillo y púas, y no volvió a irse. No por un buen tiempo.
Como buen perro feral, aunque ya pertenecía al mundo doméstico cerco adentro, no se dejaba tocar. Sí respondía al nombre. Y también paulatinamente, en especial cuando me veía acariciar a Cacao que era mala vigilante y solo vivía para jugar y ser acariciada,  empezó a acercarse. Hasta que un día se dejó acariciar, con la cola entre las patas, los ojos temerosos, y en total alerta para huir ante cualquier resquicio de amenaza. En ese momento lloré. Lloré como lloro ante seres lastimados.
Trancos fue confiando. Trancos fue convirtiéndose en Aragorn. Pero no le cambié el nombre. Porque su dignidad, su fuerza, venía de su carácter feral. Cacao y él jugaban mucho juntos. Y Trancos solía protegerla y salvarla de los riesgos que ella no medía cuando quería jugar con serpientes, comer alacranes, cruzar por espinas.
Un día no lo logró. Encontramos a Cacao mordida por una cascabel, inflamada casi a punto de reventar. Muerta. Trancos le lloró tanto como yo. Pero no se dejó acariciar. La enterramos bajo un paloverde. Y esa mismo día, Trancos desapareció.
Cada tarde, cuando la resolana bajaba y el desierto tenía ese color de oro viejo que lo nimba todo, me visitaba con su manada de coyotes. Se paraba a la cabeza de todos ellos, frente a la cerca. Y ahí permanecía hasta que yo salía y le gritaba: "¡Trancos! ¡Hola, Trancos! ¡Gracias por venir, guapo! ¡Salúdame a tus amigos!"
Trancos, el montaraz, me saludaba moviendo la cola y huía con los suyos.
 


9.7.20

Premisas para la alegría y para el desastre

(Publicado originalmente en https://pliegotante.blogspot.com/) 



El confinamiento por COVID-19 desde un principio se antojaba una prueba radical en todos los ámbitos. Una prueba de resistencia personal; una prueba a la economía de las familias y los países; una prueba para los sistemas de salud, construidos o derruidos según políticas públicas de cada país; una prueba para una humanidad que ha ido caminando en las certezas que aparentemente da la sociedad de consumo. Es, sobre todo, una prueba a las apariencias. 

Como a mí me sucede lo que a la poeta Rosario Castellanos, en cuanto a que “… el llanto / es en mí un mecanismo descompuesto / y no lloro en la cámara mortuoria / ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe. / Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo / el último recibo del impuesto predial” (Autorretrato, en En la tierra de enmedio), me enfrenté a esta nueva situación como si fuera una catástrofe, así que tuve la calma de trazar tres premisas como asideros: no sentirme culpable por mi privilegio de poder confinarme, sino aprovecharlo con buen ánimo y generosidad; reflexionar durante este tiempo sobre lo que debo cambiar en mi vida, sobre lo que debe cambiar el mundo, sobre la ciudad, país y mundo que imagino cuando esto pase; cuidar de mi hogar y de mi familia como cuidaría del mundo si tuviera oportunidad de hacerlo, es decir, mi hogar, mi espacio en confinamiento, sería un espacio de resistencia ante los embates del COVID-19. 

Desde el día uno del confinamiento, he tenido una imagen viva en cabeza: mi hija pequeña, bebé entonces, parada en su cuna, festejando el que yo entrara a su habitación por la mañana, y señalándome la ventana para que abriera las persianas. Era cuando entraba la luz que ella saludaba: “Hola” y reía brincoteando. 

Dentro de mi depresión post-parto este momento era mi mejor medicina: una criatura recién llegada a este mundo entusiasmada por vivir, emocionada por lo que podría traer el día y su afán, invitándome a ser parte de esa alegría, contagiándome su buen ánimo y su sonrisa. 

Ese recuerdo no es una obstinación casual de la memoria. Es un recurso aprendido. Un recurso del cual echar mano en estos momentos. 

Pero también es un cuestionamiento severo, impostergable: ¿por qué una bebé de 11 meses podía emocionarse con tanta alegría y vigor por la vida? ¿Por qué para mí, en aquellos tiempos, la pesadumbre de mis pasos hacia su habitación era una escalada empinada y casi imposible? Porque las prioridades eran distintas. A ella le entusiasmaba empezar a vivir la vida, ver a su padre, a su madre, a su hermana y hermano mayores, a los perros, experimentar sabores nuevos, asomarse por los ventanales y ver las plantas y las frondas de los árboles moverse, y reencontrarse con sus juguetes y volver a dialogar con ellos.  

En mi mente estaba cómo lidiar las labores de casa y crianza, cómo mantener un equilibrio entre los hijos mayores y los cuidados a la bebé, cómo organizar mis tiempos personales, los familiares y los del hogar, cómo reinsertarme en el mundo laboral, cómo adaptarme a una nueva ciudad a la cual me había mudado; cómo recuperar mi vida porque es la exigencia social: que recuperes la salud, el peso, la vida social y laboral, y tengas toda tu casa impecable porque es lo que una mujer debe ser y hacer. 
Y sin embargo todas esas prioridades estaban de cabeza; y la pandemia lo ha puesto en evidencia: contar con un trabajo remunerado es una fortuna, sí; pero ¿qué papel tiene nuestro quehacer laboral en la emergencia sanitaria que vivimos? 

A veces el nivel de exigencia o autoexigencia laboral corresponde al de la persona responsable de cuidar el botón de la bomba nuclear que acabaría con el mundo. Y está claro que no somos esa persona (y más claro que quienes sí son responsables del botón se lo toman con más ligereza de la que desearíamos). Y es en estos momentos cuando nos damos cuenta que la humanidad podría vivir perfectamente sin ese producto, bien o servicio que ofrecemos para obtener una remuneración. Y esa conciencia despresuriza el estrés, la ambición, el ritmo de trabajo, la competencia perenne en lugar del juego en equipo, la vorágine de productividad en la que nos envolvemos sin llegar a nada, porque lo que hacemos, producimos o brindamos no es esencial para la vida en común. 

Nos pagan por hacer algo que no es esencial. Que con suerte amamos y nos apasiona. Pero no: NO es esencial. Y la humildad te da un par de puñetazos en la cara para aplacar el ego y la ambición.

No, no es tan esencial como ver a tus hijos e hijas crecer, enfrentar esta situación con los recursos maravillosos que cada uno ha desarrollado; no es tan esencial como reconectar con tu pareja y darte cuenta que hay más temas en común y de los cuales hablar y compartir que quién recoge a los niños, quién va a la tintorería y quién hace las compras.

No es tan esencial como cuidar tus plantas, y ver que una está triste en esa mesilla, pero quizá le haga feliz estar más cerca de la ventana; no es tan esencial como recuperar tu gusto por la cocina, recuperar la sazón, y convertirla en un momento de colaboración, enseñanza y de convivencia en familia. 

Y de repente nos damos cuenta que podemos vivir con menos. Con mucho menos. Y que el confinamiento nos hace comprar menos, y generar menos basura, y contaminar menos, y mantener más orden; y conocernos mejor en familia y armonizar más nuestro estar juntos.   

Sé que estoy hablando desde el privilegio. Pero por eso elegí mis premisas. Y por eso vivo este privilegio siendo consecuente con tales premisas sin negociación alguna. 

Hoy estoy más consciente que nunca que el sistema sanitario, que según en qué país se viva se cae a pedazos, responde a gobernantes mal elegidos; y mal elegidos no solo por posibles malas elecciones personales, sino por una despreocupación por los temas públicos, los temas comunes, los temas que son de todos, que abarca desde el diseño urbano hasta las políticas públicas en materia de salud.

Hoy estoy más consciente que nunca que algo muy malo y podrido está sucediendo en nuestras familias, como para que la violencia doméstica se duplique en el confinamiento; o como para que las descargas de pornografía infantil aumenten de 35% a 75% según en qué país estés. 

Hoy estoy más consciente de que cuidar y enseñar a cuidar no es un tema de solo las mujeres, ni de puertas hacia dentro de los hogares; sino que es un tema público, y es un tema de Estado; que los derechos  a cuidar y ser cuidados deben ser consagrados constitucionalmente. 

Hoy estoy más consciente de que si quiero un país mejor, un mundo mejor, tengo que empezar a poner orden en mi mente y en mi espacio privado, a equilibrar con respeto las fuerzas de cada miembro de la familia; tengo que empezar por romper lo propio y lo cómodo para abrir camino a la generosidad (la generosidad no debe ser fácil ni cómoda, nunca; dar siempre implica un rompimiento  virtuoso). Son temas que  tenemos que empezar a educar en casa y que también se tienen que legislar, lo cual no solo es tarea de los representantes populares. 

Y quizá no tendría esa conciencia si no tuviera el privilegio de estar en un hogar seguro, con una economía estable, con un círculo afectivo sólido. Pero me propuse no sentirme culpable o avergonzada de mi privilegio en estos momentos, ya lo dije. 

En cambio estoy comprometida igual a asumir la culpa, la vergüenza y la deshonra si salgo de esta crisis sanitaria y sigo viviendo como si nada hubiera pasado: como si no hubieran muerto millones de personas en el mundo, como si no hubieran muerto amigos y familiares; como si no hubiera visto a médicos temblando y contagiándose porque sabían que nada sería suficiente pues se invierte más en equipos de futbol que en hospitales y material clínico; como si no hubiera sabido de listas de espera en casas refugio porque no se daban abasto para alojar a mujeres y sus hijos violentados en sus propias familias; como si no me hubiera enterado de personas que perdieron sus trabajos, sus negocios, que tuvieron que despedir a personal porque la economía no está hecha para la solidaridad y para un mayor equilibrio de la riqueza; como si hubiera sido ciega ante niños que perdieron el año escolar por la profunda brecha digital en nuestros países. 

Y me puedo seguir. Lo resumo diciendo: quiero ser mi hija cuando de bebé me señalaba la ventana esperando en el sol su mayor alegría. Quiero recordar que la vida, la celebración de la vida (mía, de mi familia, de mis amistades, de cada ser humano) es la prioridad. Y no, no es tan sencillo como abrir una persiana y decirle “hola” al día. Hay mucho por hacer y deshacer para honrar la existencia de cada ser vivo en este planeta. Pero es el inicio, es el espíritu. Es la premisa.       




28.2.20

Hermano mayor

Hace 35 años te vimos por última vez. Ese 28 de febrero es un tiempo que se suspendió: tu tiempo, tu edad. Desde entonces te siento aquí, como entonces: un chico de 21 años, con alma de viejo, alma de loco como te decías a ti mismo, con el humor tan cambiante, intenso, con tus tormentas internas que apenas avistábamos pero nunca compartiste. Sigues siendo el hermano mayor, aunque ahora sea mucho mayor que tú en tu último día. ¿Y por qué no sería así? Todavía levanto la cabeza para verte.

 Mi hermano Martín, segundo de izquierda a derecha. 

25.10.19

Mariana, 24




Mariana siempre había deseado una fiesta sorpresa. Y yo siempre había querido hacerle una.  Pero me descubría antes de tiempo, o tenía que abortar la operación anticipadamente por la cantidad de preguntas que ella hacía hasta dejar por descubierto el plan.
Ayer su gran amiga Valeria lo logró. Citó a las amistades de Mariana en un bar y la sorpresa fue.
Por muchos años tuve (y aún tengo, pero con un espíritu y un inventario distinto) una frase impresa: "Mi gloria ha sido tener tales amigos" (Yeats).
Y al ver las fotos y videos de Mariana en las historias de instagram, sonriente, rodeada del cariño y la  alegría de la amistad, pienso que también en su caso ha sido una gloria.
Y que todos esos vacíos que he dejado en mi relación materna con ella —por torpeza, incapacidad, taras o lo que sea—, los han llenado sus amistades, desde que era pequeña y ya hacía pandilla con Andrea, Paulina, Alejandra, Kristina, Simon; luego con Ivana, Alejandro, Julián, Conny; ya aquí en la Ciudad de México, con Sandy, Valeria, Maca, Natalia, Fernanda; y todos los nombres que sé, que no me sé, que se me revuelven, los que conozco y no conozco.
Este ha sido un año muy complejo para Mariana: se mudó a vivir sola, sacó adelante a su perrito que fue atacado gravemente por un pitbull, y todo lo ha superado con honores; y han sido sus amistades quienes nuevamente la han arropado, apoyado, acompañado, en todos esos vacíos que estúpida pero inevitablemente dejamos las madres.
Y si mi gloria han sido tales amigos, ahora mi gloria es atestiguar en Mariana su capacidad de entrega generosa, de apertura, de compromiso, de amor fraterno, de solidaridad, de amor benévolo con el que prodiga a los amigos, y también al mundo y a la naturaleza.
Feliz cumpleaños, Mariana, y que sigas siendo esta tejedora de redes generosas que son las amistades. Eso hace que el mundo sea mejor.
Te amo y te admiro sin medida.

19.10.19

Cecilia, 8


Hoy es cumpleaños de Ceci. Y esta noche me ha dicho que no quiere crecer. Que siempre quiere tener 7 años, quizá 8. Pero eso de crecer, no le gusta. Lloraba.
¿A qué tienes miedo? Quise ahondar. Cada día lleva su afán, y cada día te prepara para el siguiente. Así hoy no puedes saber lo que la Ceci de 8 sentirá ante la Ceci de 9 años. Cada día se disfruta, cada día se aprende, cada día se crece, y sin embargo, no lo notas.
¿Qué tengo de diferente hoy a cuando tenía 7 años?, me preguntó. Un día más de vida, solamente, no es un año, no es un grado. Es solo un día más, pero que te hizo completar la vuelta al sol. Como niña Montessori lo sabes. ¿Pero qué responsabilidad tengo ahora?, se preocupa. Y le digo que ninguna nueva; las responsabilidades se obtienen cuando una está lista para asumirlas. Y se asumen con alegría y entusiasmo.  Ella misma me pedirá un reto nuevo, como cuando pasó a segundo. Nadie le ordena; ella camina a su paso, le digo. Y deja de  llorar.
Ceci es su propia lección. Ceci ha sido una lección para todos. Pero aún no puedo decírselo; aún no lo ve. Cuando tenía 4 meses y medio de embarazo, se me desprendió la placenta y aprendió a estar quieta en un rincón de mi vientre para sobrevivir. Habló a partir de los 4 años, y no antes  de los 7 años empezó a leer y dejó de ir a terapia de lenguaje. Es decir, cada paso ha sido propio, suyo, único, libre. No puede ser distinto en su futuro. No tendría por qué temer.
Y en todo su andar ha tenido personas que la han guiado, fortalecido, apoyado para ser esa niña que es hoy: dulce, tranquila, original, terca, llena de curiosidad ante el conocimiento, generosa, empática, con un sentido del humor que desarma.
Y pienso en que todo el amor y apoyo especializado que Ceci ha recibido son como hilos de energía que aún están ahí, como linternas en su vida.
Y dentro de todas las cosas que aún no le puedo decir es que este año me ha enfrentado con la vida, con la muerte. Que el año pasado varios padres nuestros y de los amigos murieron. Y parecía ley de vida. Pero este año he despedido a mis amigos. A Esteban, que andaba por los 50; a Margarita, en sus 60; a Carmen Leticia, en sus 40.
No hay leyes de vida. Por eso cada día tiene su afán y su belleza, y su cruz y su reto, y su oscuridad y su esplendor, y su caída y su gloria. Y esos pequeños signos en cada día, son claves para entendernos mejor y amar más, y disfrutar más. Porque son una red de revelaciones o misterios tan bellos, complejos y sutiles como el tomento. Tan humildes y resplandecientes como el tomento. Tan fugaces como el tomento. Tan llenos de sentido como el tomento. Pero aún no puedo decírselo.
Sólo puedo decirle: feliz cumpleaños, Ceci, te amo hasta desbordarme.

8.8.19

Mudanzas I / JAN


Con las mudanzas no solo hay cambios; también llega la exhumación de recuerdos, objetos, fetiches, palabras, imágenes.
En una caja encontré cartas escritas a mano que nos escribíamos Jacque, Nora y yo. Las tres amigas inseparables a partir de sexto y primero de secundaria hasta hoy, a pesar de los exilios de cada una.
Encontré nuestras fotos en portarretratos con dibujos hechos a mano y la inscripción JAN (¿qué adolescente se resiste a nombrar la amistad con un nombre único, no importa qué tan trillado, simplón o cursi pueda ser?). Las volví a leer: reconocí la letra redonda y vertical de Nora, la letra redonda e inclinada hacia la derecha de Jacque. Caligrafías hermosas, afables, correctas, como siempre han sido mis amigas.
Leí de nuevo los dilemas escolares de Nora, con una concentración en los estudios que me maravillaba; volví a leer los cambios radicales de Jacque: la adaptación a una ciudad que la vio nacer pero que en cierta forma era ajena e incómoda, retadora y maternal. Volví a leer la historia de amor entre ella y Esteban, ese chico con el que solía hablar en la escuela, inteligente, curioso, caballero. Las tres siempre firmábamos igual: te quiere tu amiga-hermana.
Quizá nunca he vuelto a tener una amistad así, con esa inocencia, entrega, desprejuicios; esas barreras inexistentes, echadas abajo, porque en aquella adolescencia no necesitábamos protegernos de nada, de nadie.
Por eso los recuerdos del inicio del amor entre Jacque y Esteban estaban frescos cuando recibí la llamada: Esteban murió. A los 50 o algo, a nuestra edad, a nuestro lado, en nuestra realidad. Porque si eso le pasa a Jacque, le pasa a Nora, me pasa a mí. Porque si Jacque llora, llora Nora, lloro yo. Porque si ella no entiende cómo pudo pasar, cómo puede estar sin él, Nora y yo tampoco entendemos, y también nos hemos quedado sin él.
Sin esa sonrisa de lado, sin su ironía desfachatada, sin su actitud de "echa pa´lante que la vida todo lo acomoda", sin su solidez que te hacía estar segura de que todo está bien o que todo estaba de la chingada pero estaría bien.
Escucho la voz de Nora, a través del teléfono: por favor, ve el celular. Su voz siempre segura, siempre en su lugar, siempre entera, estaba quebrada, abatida. Llamo y escucho esa voz de Jacque: su dulzura, tenue, calma; y escucho el dolor, la incomprensión, el realismo, el amor, el desgarro, el vencimiento, la rendición ante la realidad. Y tengo los ojos cerrados mientras lloro y veo su letra redonda inclinada hacia la derecha, escribiéndome por primera vez de Esteban. La tinta fresca. La amistad vívida. El dolor compartido en esta ciudad, en la que ahora coincidimos, amigas hermanas.  




1.4.19

Lengua encarnada


Qué significativo que el curso "Poesía y la crisis del lenguaje" que impartió Javier Sicilia terminara justo en el mismo mes en que Cecilia culminó sus terapias de lenguaje.
"La palabra no solo nombra, sino que también crea. Sacamos del mundo de las tinieblas aquello que nombramos, a través de la palabra, la Lengua", inició Javier su curso dentro del programa Grandes Maestros de la UNAM. Y a partir de ahí empezó a resonar no solo mi búsqueda a través de la poesía, sino el complejo proceso de Ceci con el lenguaje, y mi crisis literaria después de ello.
La primera palabra que Ceci pronunció, antes de cumplir su primer año de vida, fue "Hola". Siempre me llamó la atención. No fue mamá, no fue papá, no fue leche. Fue "hola": su capacidad y necesidad de crear puentes, de comunicarse con otro, de entablar una relación y una empatía estaba ahí clara en esa primera palabra.
A partir de ahí fue fortaleciéndose una personalidad extrovertida, alegre, optimista, amistosa, confiada. No era precisamente una niña hablantina, pero iba sumando palabras a su vocabulario. A partir del año y medio, un día así de la nada, dejó de decir hola. Recuerdo guiándola escaleras abajo por la casa y repitiéndole la palabra hola para que me respondiera como siempre, y no, decidió que ya no diría hola. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, fue restando palabras. Me hubiera gustado haber estado consciente de ese proceso para pararlo, por supuesto, pero también para tratar de entender el por qué. Así, al cumplir los 2 años, Ceci solo decía "mamá".
"En Los niños salvajes, cuando el niño logra desatar la lengua es cuando logra ordenar la realidad", tengo en mis apuntes de lo que nos dijo Sicilia. Cuando Ceci entró a preescolar, la guía nos tranquilizó, "Seguro esto está sucediendo por ser la más pequeña de la familia; denme un mes para observar y hablamos". Al mes teníamos un recado de la guía y sus recomendaciones. Una mujer ya de edad, abuela, tanatóloga, guía Montessori con décadas de experiencia, dio en el quid: "Ceci, al desconfigurar el lenguaje, desconfiguró la realidad; hay que ayudarle a ordenar la realidad, a nombrar la realidad para que vuelva a reconfigurar el lenguaje y que vuelva a reconfigurarse ella", nos dijo y fuimos muy afortunados de que justo esa guía estuviera entonces a cargo de la formación de Ceci. Nos recomendó hablar todo lo que hiciéramos, darle un orden a todas nuestras acciones como una progresión lógica y articulada. Por supuesto, también el paso fue buscar terapias.
Durante el proceso terapéutico de Ceci, yo también sufrí una desvinculación con el lenguaje. El curso de Javier Sicilia me hizo tomar conciencia de que, así como tenemos una relación carnal con el lenguaje (la cosa nombrada se encarna al ser nombrada), también hay una relación carnal entre el lenguaje y la madre. La madre enuncia las primeras palabras que escuchamos desde el vientre, la madre es quien nos canta por primera vez, quien nos nombra por primera vez, quien nos ve como sujetos-persona-misterio por primera vez.
Ceci dejó de lado todo el lenguaje, menos la palabra mamá, ¿algo quería decirme a mí? ¿Algo tenía que ver conmigo? Muy probablemente un proceso mío afectó a Ceci en su relación con el lenguaje; y su desvinculación con el lenguaje también me afectó a mí.
Me costaba leer, escribir. Prefería ver libros de arte y naturaleza, exposiciones de arte, funciones de danza. Todo aquello donde el lenguaje no mediara con protagonismo, todo aquello que entrara a mis sentidos por otras vías que no fuera la configuración e interpretación del lenguaje. A menudo me encontraba varada frente a una idea sin encontrar la palabra que lo conceptualizara. Llegué a perder nombres de personas clave en mi vida.
Han pasado casi cuatro años desde entonces. Terapias de lenguaje, terapias de juego, terapias de bilateralidad, terapias creaneosacral.
En ese trayecto de Ceci la acompañamos con gran amor su padre y madre, sus hermanos, toda la familia; la escuela, Montessori del Pedregal, que fue indispensable en el acompañamiento paciente, sensible, experto, especial agradecimiento a la sabia Letty, a Perla y Patti; sus terapeutas Lucy del Instituto Lupdeger, Esperanza y Laura en una primera etapa en Ediit, y en una segunda etapa en Declic: Laura, Adriana, Marisol, Esmeralda, Heriberto, al igual que sus compañeros de terapia, especialmente Montse.
Paulatinamente, hasta llegar al día de hoy en que la dieron de alta de sus terapias, se restableció el orden, el lenguaje, la lengua, los puentes, el hola entre ella y el mundo, como esa vez que por primera vez le escuché esa palabra a Ceci, al abrir las persianas de su habitación para que entrara la luz de la mañana, con su cara sonriente, celebrando la vida, el día, la luz, la presencia de su madre junto a ella, la presencia de ella en el mundo, la presencia del mundo.




7.3.19

Wendy y el día del pañoleta verde


Yo tenía 25 años y ella escasos 17. Si puedo describir la primera impresión de ella es que era una chica ávida de saber, de aprender, de crecer. Preguntaba sobre todas las cosas. No sobre cuál era el comando para poner un acento (ok, recordemos, era 1996); preguntaba cosas profundas, de la vida, de la sociedad, de política. Así conocí a Wendy.
Luego coincidimos cuando yo tenía casi 30. Coincidimos en el trabajo. Yo ya no era su jefa.
Nos recuerdo sentadas sobre una mesa, ella agarrando mi mano, preguntándome sobre mi postura ante el aborto. Ella sabía que yo era creyente, ex estudiante de Teología. Siempre me escuchó. Siempre la escuché. Sus preguntas me interpelaban, me desbalanceaban, me sacaban de esa línea argumental que yo creía tan firme y segura. Pero también me escuchaba con respeto, jugando con mi mano, como si fuera una forma de garabatear en un cuaderno, en su mente, algo que sería histórico casi 20 años después.
Sí. Hoy volví a ver a Wendy, Wendy Briceño, diputada federal de izquierda, presidenta de la Comisión de Igualdad de Género. Subió a dar un discurso en la sesión solemne en el marco de las conmemoraciones del 8 de marzo de San Lázaro. Subió con un pañuelo verde en el puño. Alzó su mirada hacia la butaquería donde aguardaban feministas, activistas, lo que llaman movimiento amplio de mujeres y que hoy fue más que nunca visible. Ahí estaban, con pañuelos verdes desplegados, con banderines triangulares como en un día de feria, festivo, con conciencia de identidad.
Ahí hablando ante el micrófono, estaba esa chica de quien solo he visto congruencia, activismo, lucha, desde que era una adolescente. Con un discurso de altura, profundo, sensible.
La despenalización del aborto ni siquiera fue el centro. Porque no lo es. El centro son los derechos de las mujeres, los derechos que nos han sido negados, invisibilizados, burlados, arrebatados en una cultura profundamente asimétrica, patriarcal, violenta.
Y yo que soy católica, creyente, de verdad profundamente creyente, me sentí representada por esa mujer que hablaba del derecho de las mujeres a decidir, a no ser criminalizadas, a no ser revictimizadas.
Y recordé un discurso de una parlamentaria argentina, que me dejó las cosas muy claras. Existe la libertad de conciencia, pero cuando estás en un espacio de representación no puedes solo representar a tu conciencia. Estás representando a más personas.
Y por lo que tenemos que luchar e ir juntas es por avanzar en los derechos de las demás. Y si alguien duda del derecho a decidir, apelo a que defiendan al derecho de las mujeres a no ser criminalizadas por el hecho de decidir sobre su cuerpo y su futuro.
El discurso hoy de Wendy tuvo esa altura, esa fineza, esa congruencia. Y me siento orgullosa de haberla conocido a sus escasos 17 años y haberla visto crecer en congruencia y compromiso; verla hoy en el Pleno, rodeada de legisladoras con sus pañoletas verdes al cuello, mirando de frente, sin vergüenza, sin esconderse en dobles discursos. Porque no se trata de estar a favor del aborto. Se trata de estar a favor del derecho de decidir. Se trata de estar del lado de las mujeres. Se trata de dar la cara por ellas para no criminalizarlas.
Hoy, de verdad, sentí que empezaba otra historia para las mujeres en México. Y ese ideal que hace tiempo se gestó en Wendy, hoy tiene el espacio y el altavoz y el reflector y el respaldo de muchas mujeres para hacerlo realidad.
Y lo más emocionante. Que esa que estaba ahí arriba, era Wendy. Esa Wendy que conocí cuando tenía 17 años. Qué fortuna.
     


3.1.19

El mundo cotidiano y el mundo literario

Ayer fui a la exposición de Remedios Varo en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México. Disfruté de una colección de bocetos, cartas, diarios, objetos personales, además de una selección de obras.
Entre los documentos había una agenda de teléfonos. Estaba el teléfono de su ex pareja, Benjamin Peret, y los teléfonos de un plomero, del señor de los pisos, del señor de las persianas, y el de la señora Panchita: el mundo doméstico y cotidiano de Varo.


Y vi claramente la convivencia entre ese mundo pragmático, logístico que conlleva un hogar, con esa imaginación desbordada de Remedios Varo, sus lecturas metafísicas, las conversaciones sobre surrealismo con la comunidad de exiliados (residentes muchos de ellos en la Roma).
Desde hace meses llevo una conversación intermitente con una amiga escritora, ex compañera de generación y de habitación en el FONCA, sobre ese tema: cómo conjugar la maternidad, la vida cotidiana, laboral, con la literatura en sus sendas de escritura y lectura.
Seguro es posible y no somos las únicas que malabareamos con todos esos asuntos. Pero tanto Karla Montalvo como yo hemos tenido que decidir prioridades, y hemos decidido, cada una desde su fuero interno, que queremos un trabajo en el que podamos desarrollar habilidades o capacidades que tenemos, y en el que se nos remunere justamente sin estar a dependiendo de becas y otro tipo de estímulos (a los cuales tampoco nos oponemos, no entremos en los dilemas del señor Yépez); que preferimos estar en casa que en un encuentro de escritores; que preferimos leerles un cuento y dormir a los hijos que ir a una presentación de algún libro; tomarnos una copa en casa, en lugar de hacerlo en una cantina; que al hurgar, entre todas las responsabilidades, el tiempo disponible para dedicarlo a escribir y a leer, no cabe una agenda para las relaciones públicas.
Y hemos tenido que tomar estas decisiones porque ambos formatos son casi excluyentes.
¿Se puede hacer un nombre en la literatura sin ir a encuentros de escritores, sin renunciar a un empleo de tiempo completo, sin ir a tertulias en cantinas con escritores para pactar amistades y alianzas en la promoción, sin pagar con asistencia a presentaciones y lecturas literarias para que después retribuyan asistiendo a las propias?
Lo que sí es condición irrebatible, es que para hacer literatura hay que escribir mucho y leer mucho. Ojalá bastara con eso.
Quisiera pensar que es posible, pero hay que desbrozar ese camino y andarlo, avanzando a prueba y error. Eso quisiera lograr.
   

13.5.18

Jaime, 51

Celebrar su vida es poder abrazar las ondas expansivas alrededor de él.
Su existencia sabia, silenciosa y contemplativa.
Su curiosidad constante. 
Su amor y compañerismo en esta vida juntos.
La dulzura hacia Ceci y Mateo.
La complicidad y apoyo discreto a Mariana.
Su presencia amorosa y siempre presente con sus hermanos y padres.
La lealtad y el respeto hacia sus amigos y de sus amigos hacia él.
Su sentido del humor flotando siempre sobre nosotros.
Y el 13 de mayo o su celebración es un buen motivo para ver todo esto junto, reunido, en su esplendor.

Feliz cumpleaños, vida mía. Te amo.

4.1.18

47


Ser optimista.
Eso quiero en el 2018.

Parece que el optimismo es algo de idiotas e ingenuos. Pues déjenme decirles que ya vengo de vuelta: el pesimismo drena, no produce, es egoísta, ególatra, vanidoso, vano. Las quejas y críticas se oyen bien, quizá hasta suenan inteligentes; pero se regodean en el vacío, en los callejones sin salida, en el conformismo.

Solo los optimistas buscan soluciones y creen que existen. Y seguramente este 2018, con elecciones en puerta en México, con una ley de seguridad interior ya en funciones, con la ley mordaza metiendo su nariz en nuestras vidas privadas nos darán motivos para volver a los lamentos y el pesimismo. Pero tengo hijos. Y creo fervientemente que en lo micro está lo macro. Y creo, como mujer creyente y espiritual, que todo lo que hacemos tiene un efecto sacramental; es decir, que lo que hago en mi vida cotidiana tiene un efecto simbólico y de facto a nivel global, un efecto extraterritorial, e incluso extemporáneo.

No quiero que mis hijos se quejen de la basura en las calles cuando tienen sus habitaciones desordenadas. No quiero que mis hijos se quejen del México del No Pasa Nada, cuando son negligentes en sus estudios, en sus pequeñas responsabilidades como miembros de una familia. Y si sigo infundiendo pesimismo, no tendrán otro reducto más que ese callejón sin salida donde las críticas y lamentos suenan muy inteligentes pero son vanos y narcisistas.

Y parte del optimismo es decidir que la adrenalina del estrés no sea mi combustible nunca más. Y sin embargo sí programarme a lograr mis proyectos, con mi energía propia, con mi entusiasmo intrínseco, con mi llama interna. Porque los optimistas sí tienen llama interna. Y los pesimistas las sofocan.



1.12.17

Antares, 30 años y hoy



Conocí a Antares en 1989, en la casa familiar de Adriana Castaños. Yo tenía 18 años, y para mí la reciente migración de Cajeme a Hermosillo era un enorme paso que, descubrí esa tarde-noche, nada se comparaba con el trasiego de la compañía entre el entonces D.F. y la capital de Sonora.
Ellos preparaban La hermana bizca, así que la sala estaba llena de libros sobre Remedios Varo, y la reunión de investigación se convirtió en una tertulia sobre arte, sobre el quehacer, sobre la logística de una compañía.
Con el tiempo me he dado cuenta que esa tarde que penetró efervescente a la noche, fue una de las experiencias que más marcó mi camino vital.
Vi a artistas que investigaban, leían, discutían con sentido del humor, agudeza e inteligencia; artistas que no se cerraban a su disciplina.
Conocí la decisión de pasar la mitad del año en Hermosillo en el tiempo de creación, para tener más tiempo y concentración, lejos del ambiente dancístico del centro, y de la vasta oferta cultural del D.F,; lejos del tráfico y de los larguísimos trayectos.
Conocí a una compañía de Hermosillo, que no se conformaba con los límites del desierto, sino que veían el horizonte nacional, e iban por más.
Recuerdo que esa noche terminamos jugando al Cadáver Exquisito y el entonces pequeño hijo de Adriana estaba maravillado con la palabra "espuma". También tengo memoria de Miguel Mancillas, acucioso y divertido, preguntarme: ¿Y tú no hablas?
Yo en esa época no hablaba. No tenía nada que decir ante un mundo que descubría. Tampoco me daba cuenta de que no hablaba, porque mi mente decía tantas cosas, conectaba tanta información; el aprendizaje me desbordaba hasta la mudez.
La relación con Antares siguió por amistad, porque editaba una revista (Mucho Gusto) en cuyo consejo editorial estaba Adriana Castaños, trabajaba con Alberto Herrera (su entonces fotógrafo de cabecera), los tuve en la portada de la revista, tuve mucha cercanía por amigos comunes y afinidad generacional con Elsa Verdugo. Fueron parte de mi vida recién llegada a Hermosillo.
Esta noche, casi 30 años después, he visto a Miguel Mancillas. Antares se ha presentado en la Sala Miguel Covarrubias de la UNAM, y fue como volver a estar en aquella sala familiar con Miguel, y no. Han pasado muchos años, el enorme talento y fuerza de Antares se multiplicó en varios proyectos (Adriana con La Lágrima, Miguel con Antares, David Barrón con su Esta pasión en la que participa Elsa Verdugo).
Hoy, casi 30 años después, puedo decirles a aquel Antares y a este Antares, que la marca que me dejaron en aquellos años fue una impronta que me ha acompañado.
Gracias a ellos el desierto no fue para mí el límite ni el lugar cómodo donde quedarme; me inyectaron la ambición de ir más allá, de probarme en otros espacios, otras fronteras mentales o geográficas.
Gracias a ellos entendí que una obra no nace espontánea o por genialidad; nace porque tienes disciplina, investigas, te adentras, analizas, activas tu pensamiento crítico, y luego eso lo conviertes en una obra.
Gracias a ellos aprendí a no conformarme, a no limitarme, a no buscar el lugar cómodo para el aplauso.
Y gracias a ellos pude escribir Abluciones (parte de mi tríptico Llama, Libros del Umbral: 2008), y ahora lo comparto.
La hermana bizca (1989) ha sido de las obras dancísticas más memorables que he visto en mi vida. Luego poco después vino A invierno por Heliópolis (1990); entonces mi madre murió.
Entré en una sequía literaria de la cual no podía salir. Quería escribir sobre su muerte, necesitaba escribir. Pero la experiencia no pasaba por la vía verbal. Pensé en el trabajo que había visto de Antares. En cómo el movimiento, el gesto, el cuerpo mismo podía expresar en un ínfimo segundo aquello que no cabía en un tonel de palabras. Entonces quise experimentar. Hice el índice de los poemas que quería escribir, retomando sueños y mojoneras de la enfermedad, muerte y duelo. Y elegí música que me acercara al ánimo y emoción de aquel motivo. Grabé un cassette con el loop de la pieza elegida para cada poema, y me dejé llevar por le movimiento. Cada poema es un movimiento, es una expresión corporal de una experiencia espiritual sobre la enfermedad, la muerte, la rendición, el milagro, la voluntad, la gracia, la fe, la muerte, una y otra vez la muerte.
Haber visto a Antares y a sus entonces intérpretes me enseñó que el movimiento, un lenguaje pre verbal, puede ayudar a explorar en la conciencia verbal, la conciencia que se articula en lenguaje, como una vía de expresión que se libera y desvanece para reconfigurarse en palabra.
Ahora que trabajo cerca de bailarines, cerca de la danza, siento que hay un círculo que me aúpa a un nuevo círculo de la espiral que es la vida.
Si entendí mucho sobre lo que es el arte, la disciplina, la ambición creativa e interna, la articulación del lenguaje desde un estado preverbal, fue gracias a la danza; hoy la vida me vuelve a colocar en esa sala donde conocí a Antares, pero con otros invitados, con otros protagonistas. En gran medida sigo siendo esa muchachita de 18 años azorada y enmudecida. En otro sentido, soy una mujer que he andado ese camino y necesito retomar una brújula fuera de atajos.
Haber visto esta noche a Antares, haber abrazado a Miguel en el backstage, fue un abrazo con ese camino. Ese camino que ellos allanaron en mi horizonte. Es cuestión de volver a guiarme por el Norte.

*Diseño de portada: Mario Rentería.
Fotografía: Alberto Herrera

26.10.17

Mariana, 22


La primera vez que pasé un cumpleaños de Mariana sin ella, fue cuando cumplió 19 años. La había enviado al extranjero, y era un paso hacia la mayoría de edad para las dos: no pasaríamos su cumpleaños juntas, no pasaríamos navidad juntas; en resumen, no pasaríamos el día a día juntas.
Y lo sabía: era abrir una puerta en la que no habría marcha atrás. Y ese año muy lejos de casa, con océano de por medio, sería un ensayo hacia una nueva forma de ser madre e hija.

Ahora Mariana tiene un departamento en el jardín de casa, va y viene, cursa la universidad y estudia la carrera para la cual tiene una vocación invencible; administra su presupuesto; hace su vida, sus proyectos, su agenda y sus viajes.

Así que ayer ella decidió, como desde entonces, sobre su cumpleaños: salir de la ciudad, a la naturaleza.

Colgué globos rojos en la escalera de caracol que va a su depa, le dejé hotcakes veganos recién hechos a la puerta, con una tarjeta, y esperé a que bajara, lista para marchar, para darle un abrazo que se contiene siempre por no desbordarse en te quieros, me llenas de orgullo, me encanta la chica en la que te has convertido, diviértete, vive; eso: abraza la vida y vive.

Lo logré. Me contuve para no abrumarla con este amor que se me desborda por ella. Pude abrazarla suave y brevemente, y decirle con voz serena: Feliz cumpleaños, Mariana.

Y la vi salir de casa, con su perro y la slackline. A empezar a disfrutar sus 22 años.

*Foto superior: Mariana a los 19 años
Foto inferior: Mariana el día de su cumpleaños 22




19.10.17

Ciclo de la vida



Hace un año nuestro amigo Karel cumplió 50 años. Hicimos una reunión en su casa, conscientes de que era su último cumpleaños en este mundo. Yo veía a sus amigos de la niñez esforzarse por reír, por hacerlo reír, por recordar con alegría sin llorar.
Yo veía en los rasgos de Karel, en su deterioro, en su cuerpo maltrecho, las mismas características de mi madre en su fase terminal. La mirada que parecía apresurada por huir, o una mirada que parecía estar viendo desde ese otro mundo, donde hoy están.
Y ahí, en medio, ajena a todo, o quizá entendiendo más que ninguno otro, estaba Cecilia, de casi cinco años, revoloteando entre nosotros con sus risas y ocurrencias.
Fue ella quien descubrió un juego, de lo más bobo, y fue ella quien lo sacó, puso sobre la mesa y nos instó a todos a jugar. En unos minutos estábamos, sin excepción, metiendo nuestra cara en un marco, prestos a recibir una catapulta de crema batida. Todos jugamos, nos morimos de risa como tontos, y Karel también jugó y acabó embadurnado de crema.
Este sábado nos volvimos a reunir, ahora en memoria de Karel. Ceci volvió a sacar el mismo juego y, como no teníamos crema batida, el Opa batió claras de huevo con azúcar, a punto de turrón, hasta lograr un merengue que acabó embarrado en nuestras caras y cabelleras.
No era el juego o las ganas de jugar, no era el empeño de Ceci, era la forma de decirle a Karel, hasta el lugar donde está, que queríamos reír y tontear como él lo hizo hace un año, a pesar del dolor, de la debilidad, de la impotencia ante la enfermedad que todo lo carcomía. Era la forma de decirle que aquí estamos, con Paulinha, con Kai, con Julia, con el Opa, y que aquí vamos a seguir.
Un día después, fue aniversario de muerte de mi madre. Y por primera vez, después de 26 años, vi su muerte a través de otro cristal: uno que celebró con ella, con todo y el merengue burlón lanzado contra el rostro, y aquellas sus carcajadas que eran tan contagiosas.
Esa niña que tuvo la ocurrencia del juego y que nos pone de cabeza haciendo el tonto, hoy cumple seis años. Anoche preparé su línea de la vida para llevarla esta mañana al colegio, donde dio las seis vueltas alrededor del sol. Y mientras pegaba las fotos, lloraba, conmovida por una pequeña que es toda alegría, generosidad; esa niña a la que le gusta hacer reír; esa niña que un día me dijo, como si lo supiera desde siempre: "Yo nací para ser feliz, ¿lo sabías?"
Sí que lo sé, Cecilia, y quiero celebrar la vida contigo, el ciclo de la vida, tus seis años y tus 50, el dolor que nunca falta, y la crema batida embadurnada en la cara mientras morimos de risa.
(Feliz cumpleaños, pequeña mía).


27.7.17

Ramón Xirau (1924-2107)


La primera noticia que recibí esta mañana en el teléfono fue la muerte de Ramón Xirau.
Sentí cómo un hueco se iba agrandando en alguna parte de mi pecho (¿corazón? ¿mente? ¿memoria? ¿alma? Eso él lo podría contestar perfectamente y con gran lucidez). Pero junto con esa tristeza, vino esa tranquilidad de cuando muere alguien con fe. Ramón Xirau era un profundo creyente. Un brillante creyente. Y eso me acercó a él en los años noventa.
Verán.

En los noventa, yo andaba en el friso entre mis diecinueve y mis veinte. Junto al padre de mi hija Mariana fundamos en octubre de 1990, una revista cultural. Su propia existencia era un manifiesto: la revista cultural de un par de chavales creyentes, que querían dialogar en un momento en que se nos negaba la voz, dos poetas principiantes que se empeñaban en recuperar la tradición de la cultura católica principalmente, y de la poesía espiritual como extensión de ella.
"Gradas" fue el nombre que elegimos, por el poema portentoso de Ramón Xirau, Graons/Gradas.
En nuestra mira estaban escritores como Javier Sicilia, Gabriel Zaid, Julio Hubard; como inspiración, la revista Ábside.
Cuando teníamos quizá unos seis números de una revistita sin pastas duras en ese entonces, con ocho páginas engrapadas, impresas en riso en duotono, nos vimos llamando a la puerta de don Ramón Xirau. Ese tipo de atrevimientos y descaros sólo se tienen en la primera juventud. Aclaro: habíamos llamado antes para acordar cita, y Ana María, su mujer, nos recibió con curiosidad.
En su casa de San Ángel vimos aparecer a don Ramón, bajito, con una sonrisa perenne, dulce, con su voz siempre baja y con el canto catalán resbalando por sus palabras.
Le entregamos nuestro orgullo, aquel manojo de revistitas, que hoy encuentro vergonzosas por su modestia, como si fuera una ofrenda. Hasta ese momento caí en cuenta de la soberbia de la cual estábamos intoxicados y ciegos para no darnos cuenta de lo maltrecho y novato de nuestro trabajo.
Pero él tomó esos folletos engrapados y volteó a vernos como un niño que recibe un regalo preciado y necesita confirmarlo: "¿Es para mí?". Pero él preguntó emocionado: "¿Gradas es... por mí?" y cuando reafirmamos con admiración y orgullo, se le salieron las lágrimas y nos abrazó.
Pasamos la mañana charlando, él y Ana María nos invitaron a comer, y cuando caía la tarde salimos de su casa. ¿Qué tanto hablamos? ¿Qué tanto podíamos hablar un par de mocosos con ese gran filósofo y poeta? No lo recuerdo. Sólo tengo memoria de mi corazón latiendo fuerte y mi temor por no estar a la altura (en la conversación ni en el manejo adecuado de los cubiertos).
A partir de entonces, por alguna razón, don Ramón me adoptó. Me llamaba por teléfono, me escribía cartas donde me pedía que nunca dejara de escribir, que creyera en mi poesía; nos enviaba poema inéditos para que los publicáramos en "Gradas".
En una de las visitas que hice a su casa, me preguntó directamente, siempre hablándome de usted, como acostumbraba: "¿Qué puedo hacer por usted, Antonia? ¿En qué le ayudo? ¿A quién le llamo? ¿Con quién la recomiendo? ¿Dónde quiere publicar?". Me quedé paralizada; yo andaba por mis 23 años y su pregunta me sacudió: ¿Qué demonios estoy haciendo? ¿Qué diantres tengo que ofrecer?
Le respondí: "No tengo nada que ofrecer; soy demasiado joven y no he hecho lo suficiente". Él me miró extrañado y sólo añadió: "Cuando usted me diga".
A partir de ahí mi trabajo dio un vuelco. Me cuestioné mucho mi poesía y me bajé de una nube en la que me subí en la inconsciencia de mi juventud. Tomé mi trabajo con humildad, con calma, pero también con ambición: tenía que hacer una obra que me hiciera merecer ese apoyo de don Ramón Xirau.
Muchos años después, poco más de una década más tarde, con mi libro de poesía espiritual dictaminado y aceptado por Libros del Umbral, me atreví a tocar la puerta. Lo vi en la FIL, en el homenaje que le ofrecieron y donde el FCE lanzaba la edición de su poesía completa, y le pedí la cuarta de forros de mi poemario Llama, que él conocía bien. Ese texto nunca se concretó. Don Ramón Xirau no contaba con la salud suficiente para ese esfuerzo. Pero valoro el sí, las llamadas para concretarlo, el interés que siempre demostró. Ese mismo espíritu compartió mi entonces editor, Jaime Soler Frost, y tomó la decisión de dejar la cuarta de forros desnuda, en respeto a don Ramón.
Esta mañana lo despido, como una barca que se aleja de nuestro puerto. Ese canto que logró con su poesía, esa exploración sobre el silencio desde la mística y la poesía, se han encarnado en él, justo para liberarlo del cuerpo. Ahora todo él es canto, en el lugar donde todo es Canto.


16.5.17

[Tiempos violentos y lenguaje]

Entre toda la ignominia que los políticos y gobernantes han desatado para tener a México en este estado de violencia, descomposición, saqueo, está una perversión que va más allá de su colusión con el narco, la corrupción cada vez más desvergonzada y el retroceso en el respeto a las libertades básicas de una democracia, como es el de la libertad de expresión.
Esa perversión no puedo mencionarla con un nombre o etiqueta. Necesitaré algunos párrafos para explicarme.
Los políticos no tienen ni la remota idea de la impronta que sus actos y lenguaje dejan en la sociedad. Los consejeros en comunicación sí saben que con el lenguaje se puede moldear la forma en que una comunidad relata su identidad o sus decisiones; ellos sí saben cómo con el lenguaje se puede orillar a una población a inferir lo que los políticos desean.
Lo que no saben es que esas inferencias y narrativas no son sólo coyunturales, y dejan una huella en la identidad a largo plazo.
Así, a medida que se han ido degradando las campañas políticas a campañas negras o falsas en las plataformas digitales, así se ha ido descomponiendo la sociedad: dividida, asqueada, crispada, desconfiada, harta, cínica, cerrada al diálogo, intolerante, agresiva.
Lo vi claramente en Sonora. Amigos que han trabajado con éxito en estrategias de seguridad para ciudades con alto conflicto, me decían: Esto nunca pasará en Sonora, porque hay mucha cohesión social. Y pasó. La sociedad se resquebrajó con una estrategia de comunicación equivocada (época de Padrés) que contrapuso al norte contra el sur y viceversa, en el proyecto de agua. Aquello se convirtió en una guerra: por el agua, por las micro regiones dentro de la entidad, y despertó todas esas rivalidades que hasta entonces se mantenían en chistes de bajo impacto entre el norte y el sur de Sonora.
La actual gobernadora, durante su campaña, en lugar de buscar la cohesión, la reconciliación, utilizó este encono para ganar la elección. Lo hizo pero el costo ha sido altísimo. Hoy Sonora está sumido en un grado de descomposición social que un día ha despertado en forma de un estado sin ley, ciudades sin ley.
Junto a Claudia Pavlovich llegó el oscuro Beltrones y con él una turba de jóvenes políticos advenedizos, que fueron puestos ahí para repartir a Sonora y sus recursos como si fueran negocios o el botín entre asaltantes.
La descomposición social existe. Y hay criminales que deben ser ajusticiados. Eso es muy diferente a la narrativa que están moldeando las autoridades estatales y locales: "la gobernadora y el alcalde no tienen la culpa de que la gente sea mala y que esté saliendo con machetes y armas de alto poder a matar a las calles; pobres gobernantes, son rehenes de una sociedad mala y criminal".
Es indignante y reprobable ver este discurso. Autoridades diciendo: Mataron a mengano, pero mañana sabrán la clase de fichita que era, otro criminal asesinado para hacer la limpia que Sonora necesita.
Es indignante y nauseabundo que mientras periodistas comprometidos mueren por hacer su labor, otros, bajo previo pago, repitan las líneas discursivas que los políticos les dictan: gente mala, gobernantes inocentes.
Y es muy peligroso lo que este discurso despierta. Además de la idea de la justicia por propia mano, la idea de que esta descomposición se debe a la llegada de gente "fea de fuera", "gente mala de quien sabe dónde". La xenofobia, siempre latente entre los sonorenses, puede entonces adquirir este discurso empoderado por las autoridades alcahuetas, que tienen una coartada para seguir indiferentes y omisos ante tanta violencia.
Las autoridades deben trazar una estrategia con metodología clara para enfrentar este estado de descomposición y violencia. Las autoridades deben prevenir el delito. Y cuando alguien es víctima de un delito, este delito se debe perseguir seas quien seas.
Hoy hablo de Sonora, pero esto se reproduce en todos los estados, en ciudades que eran tranquilas, como Ensenada. Porque los políticos no sólo se han pervertido, sino que están pervirtiendo todo con su lenguaje, ambición, falta de ética e impunidad.





3.5.17

5. Laboratorio creativo

En días pasados, dos miembros de la familia tuvieron una semana clave. Mariana tuvo el rodaje de su corto para Ficción I (CUEC) y Jaime terminó de preparar su pieza para la Exposición Arte y Naturaleza en Chapultepec.
La casa se convirtió en una incubadora de proyectos, en un laboratorio creativo, en una empresa cultural, en un ir y venir de frenesí creativo y agotamiento mental.
A mí me tocó jugar de testigo y productora. Con Mariana me encargué del catering y algunos temas de producción; con Jaime me limité a ayudar en la producción de goma de nopal.
Verlos a ambos en sus procesos tuvo una impronta en mí. Me hizo pensar en el privilegio de compartir la vida con personas creativas, perfeccionistas, minuciosas, que saben tan bien trabajar en equipo, que son generosos con sus colegas.
Con Mariana pude revisar y opinar sobre su maqueta una tarde antes del último día de rodaje; con Jaime tuve la oportunidad de acompañarlo en la inauguración.
Ahí mismo observé a Ceci hacer una composición con piedras, troncos e hilos.  Y vi a Mateo con su cámara fotografiando las obras de la exposición.
Vivo rodeada de personas extraordinariamente creativas, vivo rodeada de libros de arte y literatura, vivo rodeada de ventanales a un jardín, vivo rodeada de seres que cobran vida propia en mi imaginación.
Ese regalo que me dieron ellos con sus propios procesos creativos, encuentra en mí una última forma de retribución: ofrecer mi propio proceso creativo a esta familia. Así que anoche tomé la decisión de aprovechar mi nueva libertad para escribir por las mañanas. Como debe ser. Como debe ser en una escritora que se asume como tal.



  

9.3.17

4. El deseo

*Fotografía de Graciela Irtubide

Para la novela reflexiono sobre el deseo. El deseo es un impulso a la posesión. Luego está la voluntad de poseer. Pero quiero explorar el deseo como un acto primigenio.
La pederastia inicia con ese deseo de posesión.
Las historias que he conocido a través de #MiPrimerAcoso tenían ese origen: un adulto que creía tener derecho sobre el cuerpo, la identidad, la integridad de otro. Un adulto que, desde la ventaja que da el heteropatriarcado, la fuerza física, la superioridad cronológica o de cualquier tipo que impone la cultura actual, decide imponer esa ventaja y fuerza sobre alguien, en contra de su voluntad.
Cuando ese deseo es una imposición sobre el otro, mirar con lascivia es ya una acción que violenta; expresar con palabras el deseo sobre el cuerpo del otro, es ya violencia; tocar o alterar (esta palabra, "alterar", no la explicaré aquí pero será clave en la trama de mi novela) el cuerpo de otro es ya una violación.
Quiero explorar ese origen, ese detonador. Los actos y consecuencias de ese deseo de posesión, son una triste y trágica añadidura.


28.2.17

[febrero de mi hermano]

Mi hermano murió un día así, 28 de febrero, y marzo siguió con esa locura. Por las tardes el viento hacía vibrar las ventanas, como si él estuviera tocando para que lo dejáramos entrar; se colaba con su aullido fantasmal por los resquicios de las ventanas; azotaba las puertas de las alacenas, como cuando llegaba hambriento por las noches después de trabajar como un adulto, aunque apenas era un chaval de 21 años.
Nos habían dicho que no volvería, que no lo veríamos más. Y ahí estaba, recordándonos que faltaba, que estaba su ausencia, el dolor, el miedo (sí, me daba miedo verlo entrar de nuevo en casa). Ahí estaba con el viento enloquecido, furioso porque tal vez así lo habían tumbado, enojado dando tumbos porque todo había durado muy poco: su vuelo, su vida de piloto; su vida.
Este mes le pertenece, y el que sigue, otro poco.


18.2.17

3. Epifanía


*Biblioteca del Convento de San Esteban; Salamanca, España.

Tengo una personalidad encubierta. Encima de la escritura o debajo de ella he tenido trabajos, en los que se me paga por pensar y escribir. Siempre he pensado que tener un trabajo que me remunere me permitirá:
1) Tener tranquilidad para escribir.
2) Tener libertad para escribir.
3) Tener la mayor independencia, pues mi subsistencia no dependerá del sistema de becas, premios, puestos, amistades o simpatías en turno.

El único punto que no se ha visto comprometido nunca es el 2. He escrito lo que me ha dado la gana, como me ha dado la gana, cuando me ha dado la gana... o cuando he podido. Ni siquiera pertenezco a un grupo al cual rendirle cuentas, estilos, intercambio de lisonjas.

Retomo: "cuando me ha dado la gana o cuando he podido". Cuando he podido. Subrayo.

El anterior trabajo que tuve coincidió con mi llegada a la Ciudad de México; experiencia que supuso un encontronazo de ritmos, tiempos, identidades, estilos, hasta temperaturas.
 
Toda mi energía se canalizó en adaptarme a esta ciudad. Escucharla, sentirla, sentirme en ella, acomodarme a su clima y paisaje, a sus tiempos infinitos en el tráfico, a ser nadie en esta masa, a reencontrarme en las amistades que iba encontrando y tejiendo; y sobre todo, a concentrarme en el gran proyecto que me trajo aquí: mi familia, mi nueva familia.

(Sí: yo no vine aquí para buscar cercanía con mi editorial, para moverme en los circuitos literarios capitalinos, para hacerme de un nombre nacional en este país que sí, es centralizado; siempre aposté a caminar desde el interior de México y no encerrarme en él; eso lo logré antes de llegar a esta ciudad).

Bueno, pues el trabajo que suponía me daría tranquilidad para poder escribir, me engulló. Y no quedó un ápice libre en mi cabeza para crear. He dejado ese trabajo, y en cuestión de 10 días mi cabeza vuelve a ser la de antes. La que iba tramando una historia mientras cocina, maneja, se ducha.

No es que haya dejado del todo de escribir. En este tiempo completé un libro de cuentos. Por primera vez, cuentos. Porque la vida, la energía, la mente, no me daba para más de cinco páginas que podía escribir de una sentada, y al siguiente día corregir de una sentada.

Seguiré trabajando, porque quiero seguir comprometida con esa tranquilidad, independencia y libertad; porque mis padres me educaron para trabajar duro. Y porque trabajar me permite vivir, observar, mantener pies en tierra, y no meterme en esa esfera del escritor que vive otro mundo, en otro mundo, y que acaba escribiendo no de la vida, sino de lo que lee en otros libros que hubiera querido escribir.

Pero todo esto es para decir una sola cosa: he vuelto a escribir. Me he vuelto a sentir inmersa en una historia paralela a la que vivo día a día con los míos. He vuelto a disfrutar tener un libro en la mano sin que el chat de una oficina me aturda todo el día y toda la semana como un avispero.

La historia se va construyendo, se van perfilando los personajes, se va aclarando la escaleta. Y, en uno de esos mensajes que da la vida, me reencontré con un manuscrito a mano, en el que inicié la idea de esta novela, justo en 1998. Un manuscrito que iba trazando, junto a una ventana, en la biblioteca de San Esteban, el convento dominico en Salamanca. Por años lo busqué y después de algunas mudanzas, es casi una Epifanía tenerlo en mis manos. Seguramente nada que recuperar, más que la revelación: es esto lo que escribes y tienes que escribir.



22.1.17

2. Más que contar una historia

Mariana salió de un maratón de tres películas en la Cineteca. Había comido unos frugales tacos (tan frugales como los 36 pesos que pagó por ellos) en el Chupas. Así que la invité a cenar.
Mientras cenábamos le conté lo que voy armando de la novela. Los personajes, la historia. Hablarlo con ella me clarificó varias cosas.
a) La duda que tenía si mantener integrado un personaje o convertirlo en dos, se despejó: dos.
b) Cómo inicia la obsesión que atraviesa la novela.
c) No quiero solamente contar una historia.
Y este punto c me ha dado vueltas y vueltas el domingo. No me interesa sólo contar una historia, como yo a veces he creído de mi camino narrativo. Me interesa más construir. Construir una arquitectura, una forma de contar. La forma. Y es eso, no tanto la historia, lo que me llena de ese fervor que sólo se cura con la escritura.
Para mí no vale la pena escribir si no hay manufactura, construcción. La escritura es un oficio que se despliega con los recursos, los instrumentos, las manos que maniobran.
Así he ido tendiendo hilos. Y esa historia lineal que quiero contar, se desdobla en más capas, más posibilidades.
Estos dos libros serán claves: La casa de las bellas durmientes (Yasunary Kabawata) y Karada (Michitaró Tada).
Siempre elijo música para mis proyectos. He elegido los dos álbumes que Marissa Nadler publicó en 2016: Bury your name y Strangers.
(Gracias, Mariana, por escuchar, por tu agudeza, por decir las cosas directas, duras, honestas).



2.12.16

1. Así se gesta


Cuando era niña fui testigo del abuso a otra niña, afuera de mi propia casa.
Durante la adolescencia sufrí de agorafobia (¿alguna vez se supera?).
Cuando viví en el extranjero, un vecinito lloraba en las noches porque lo encerraban en su habitación; no podía dormir con sus gritos: "Quiero hablar, necesito hablar".
Me obsesioné con la historia de una niña que fue asesinada por sus padres adoptivos.
Di seguimiento a la campaña #MiPrimerAbuso, azorada de toda la escala de abusos y lo cerca que está de cada una de nosotras.
No soy de quienes creen que las lecturas nos hacen mejores personas.
Hay experiencias que se quedan como el sedimento al fondo de un pozo oscuro.
Escribir me ayuda a limpiar ese sedimento; escribir es como deshollinar el alma.
Soy mujer.
Tengo dos hijas mujeres.
Necesito contar una historia. Necesito escribir esta historia. Necesito escribirla con este hollín con el que se va contaminando el ser cuando no drena sus recuerdos y vivencias.

12.11.16

Esperanza humana y sobrehumana



Justo hablaba por chat con mis compañeros de trabajo sobre la desesperanza, cuando alguien llamó a la puerta de casa. Al preguntar por el asunto que lo traía, levantó mi cartera que sostenía en su mano y respondió: Vengo a regresarle la cartera que dejó en mi taxi.
En efecto, un día antes por la mañana había perdido mi cartera. Mi despiste habitual me impedía concluir que me la habían robado, "¿Qué tal que está en casa entre los juguetes de Ceci, adentro de la lavadora o en la cajuela de mi coche?". Mientras me resignaba a perderla, cancelé tarjetas. Por si acaso.
La hipótesis más poderosa (para todos, menos para mí) es que me la habían robado en el mercado callejero de nuestro barrio. El taxista con mi cartera me confirmaba: no la perdí dentro de casa; pero eso sí sabía bien, yo no había tomado un taxi desde hacía un mes.
El taxista me explicó que encontró la cartera debajo del asiento, al limpiar su auto, y que se "tomó la libertad" de revisar entre mis documentos hasta que encontró mi dirección en el RFC.
Una recompensa y las gracias de por medio, me devolvieron la cartera intacta, menos los 57 pesos que traía en efectivo al momento de perderla.
Supongo que el carterista iba tras efectivo y decepcionado abandonó mi cartera en el taxi en el que huyó; o que, superando mi grado de despiste y de mala suerte, olvidó el objeto robado en el taxi antes de que pudiera vaciar mis tarjetas.
Sea lo que sea, me ha hecho pensar en la esperanza, y que con este hecho la recupero por dos vías. La esperanza humana, de alguien que en lugar de hacer el mal con toda la información y armas que tuvo en sus manos, actuó con buena voluntad al venir hasta mi casa para negar cada una de las posibilidades de daño (y de delito). Y la esperanza sobrehumana, de una cadena de hechos que pudo acabar muy mal y que por fortuna no sucedió. Me sentí protegida por algo que no es humano, o por alguien que ya no es humano. Y a pesar de que este año ha sido muy mala onda, me sentí con buena suerte, con buena estrella.

25.10.16

Mariana, 21



Mariana alcanzó los 21. El último umbral para la mayoría de edad. Mariana alcanza metas pequeñas. Alcanza tareas exigentes. Alcanza las cimas de sus emociones. Alcanza a entender almas humanas y no humanas. Alcanza sabidurías interiores. Alcanza sueños que a otros se les antojan remotos. Alcanza propósitos semanales con una agenda frenéticamente ordenada. Alcanza ideales. Alcanza oscuridades. Alcanza el dolor. Alcanza la risa infantil. Alcanza montañas, ciudades desérticas, grandes ciudades y pueblos abandonados. Alcanza a ver. Alcanza a palpar. Alcanza a asir. Alcanza a agarrar fuerte lo que quiere. Alcanza siempre a agarrarse de la vida. Esa que hoy llega a los 21.

19.10.16

Ceci, 5


Apenas la noche cruzó el pie hacia la madrugada del 19 de octubre, nació Cecilia. Y así se nos reveló desde entonces: toda alegría ella, siempre.

9.10.16

0. Lo nuevo

La nueva maternidad no ha venido sola. Ha venido con otra ciudad, con una familia grande y perruna,  con un jardín dentro y fuera de casa, con mucho más trabajo y distancias muchísimo más largas. Ha venido con otro talante.
Por eso hay proyectos con los que simplemente no he podido. No he podido avanzar en la novela de intriga política, pero he escrito cuentos. No he podido terminar ese poemario que explora en el zumo de las palabras, pero hay una historia que me ronda en la cabeza y los dedos.
La escritura, en mi caso, es así. Esas pequeñas historias que vivo o encuentro, que se quedan como un sedimento al fondo del ser, de la entraña. Y luego ahí se comunican, mientras yo vivo y conduzco y me ducho y camino y duermo y hablo. Y tejen lazos que jamás hubiera visto. Imaginan vecindades temporales y geográficas imposibles. Y de eso se trata la literatura. De cernir esos sedimentos porque yo no puedo vivir con su peso. De construir arquitecturas con palabras, porque si no escribir no tendría sentido alguno.
Así inicio este proyecto. Y, como siempre que sucede, le cambio la fachada al nido. 



15.9.16

Retiro

Siempre temí el día en que mi padre se retirara. Un hombre cuyo sentido de la vida lo construyó alrededor del trabajo. Un hombre que nos marcó con hierro que el ocio es el opio de la gente. Un hombre que siempre vio el deporte y los juegos como el pecado de los holgazanes. Un hombre que no tuvo hobbies, pero que se encontraría el día de su retiro con un nido vacío y un cuerpo desocupado y sin fatiga.
El día llegó. No hablaré de lo injusto que me parece su pensión exigua para un hombre que trabajó sin parar desde los 10 años.
Al principio viajó, visitó a hijos y nietos, se hizo de una buena colección de música, fue a los festivales musicales a los que pudo. Se dio vacaciones. Y luego llegó ese día que temí. El día en que sus ahorros menguaran y se enfrentara a la realidad: su vida, su casa, sus necesidades inmediatas.
Pero mi padre siempre me da lecciones, y no deja de sorprenderme con esa sabiduría profunda y parsimoniosa que con los años ha alcanzado.
Sí. Ese día llegó junto con una caja que le llevó uno de sus maravillosos nietos. Una caja con un saxofón dentro. "Para que se entretenga", le dijo. Mi padre se encontró con ese instrumento tan rutilante como la esperanza de lo nuevo.
Pasaba las horas soplando su sax, jugando, experimentando, entrenando sus pulmones, midiendo su aire.
Hasta que me dio la noticia por teléfono: hijita, estoy tomando clases, dos horas a la semana, de saxofón, y me dejan mucha tarea.
Sentí cómo se me derretía mi corazón de ver a ese hombre de casi 72 años iniciando algo con entusiasmo, permitiéndose lo nuevo, el placer y las oportunidades que dan el ocio al que siempre se negó.
"Yo creo que pronto podré tocar en el camión de Obregón a Cócorit", me dijo con su sentido del humor tan inocente, y le reviré: "O podrás tocar en la boda de tu nieta", la primera boda de sus nietos.  ¡La boda!, exclamó, y la plática tomó ese otro camino, de su estirpe que crece y toma su propio horizonte, como él ahora, que es un maravilloso hombre jubilado.




3.9.16

Este día

Una persona muy cercana y querida me dio testimonio de fuerza y lucha contra la enfermedad.
Una mujer, madre, amiga, decidió no luchar más, cualquiera que haya sido su lucha interna.
Una joven detuvo el tráfico en pleno Insurgentes en hora pico para rescatar, con toda la paciencia, a un perro herido.
Una anciana desconocida me ofreció el resguardo de su paraguas mientras caminábamos en la misma acera.
Una casa, que no es mía, me prestó en soledad su penumbra para descansar una hora, y sentí el abrazo de esas personas en fotos, que ya se han ido y no se han ido.
Una familia, la mía, coincidió en casa, en la cocina, con sus risas, sus roces, su caos, sus diferencias, su desbordante amor.




3.7.16

El país del "no pasa nada" donde pasa todo

Leo sobre la objetivación del arte.
Leo los pleitos por antologías donde unos quedan dentro y otros fuera.
Veo bandos, unos del lado de un crítico, otros del escritor, otros de ninguno, sino... y las especulaciones pueden ser infinitas.
Leo que si la estética.
Que si el discurso.
Que si esto y aquello.
Y de verdad, de verdad, sólo quisiera que callen.

Tanto pasa en este país del no pasa nada. Pasa todo. Nos pasa de todo. Ni siquiera enumeraré. Y me pregunto de qué sirve todo ese cuchicheo, esa vocinglería, esos gritos, esos desgañites, esos egos heridos o edificados; de qué sirven nuestras palabras.
Dicen unos que el arte nos salva, dicen otros que la poesía nos permite la acción inmediata.
No es cierto. Dejen de engañarse. Dejen de tejer un discurso para salvarse. Dejen de creer que nuestros egos son armas para enfrentar la realidad. La realidad nos está golpeando justo para destruir nuestras corazas, justificaciones y dogmas que son como estelas que dejamos al paso.
La realidad nos dice que está ahí y nosotros tan, tan lejos.
No, yo no sé qué hacer. Estoy como una niña estupefacta ante la tormenta que parece que romperá el mundo entero. No sé qué hacer ni cómo arreglar todo este desmadre. Pero lo que sí sé es que de nada sirve llorar porque no fuimos incluidos en una antología. De nada sirve ser bendecidos o denostados por el crítico o su contrincante. De nada sirve quebrarnos la cabeza sobre el arte.
Caminamos sobre una morgue. ¿No huelen tanta muerte? Sangramos para alimentar a los insaciables políticos. Nada va bien. Nada. Callemos. Y a ver si empezamos a entender la realidad que nos rompe las piernas.


*Francis Alÿs, A story of deception.