13.6.06

23. Escritura: la crónica de una asfixia

De la nada, mi garganta estaba totalmente cerrada. Era un sepulcro sellado que no dejaba meter ni sacar aire. La necesidad de respirar me debatía en un resuello agudo. La asfixia hundía sus dedos en mi cuello.

Me levanté del sillón donde había estado viendo la tele. Mi hija me dio un poco de pulpita en el dorso de la mano. Lamí. Y fue entonces cuando el cuerpo se cerró todo.

Caminé, ya casi sin oxígeno en mis pulmones, para abastecerme y sobrevivir por lo menos un segundo más –un segundo más, un segundo más, un segundo.

Mi mente entró a otro estado de conciencia. Se disoció del cuerpo. Tenía una existencia propia, que nada tenía que ver con el cuerpo oprimido. Esa mente veía todo a una velocidad fluida, cándida.

Mira, es un ojal la garganta cuando se cierra. Parece un párpado inferior cerrado sobre el superior. Sellado.

Detrás de mí escucho a mi hija seguirme asustada: mamá, mamá...

Si tan sólo se pudiera abrir.

A mi lado lo siento a él, tocar mi espalda, sin saber qué hacer con su mano en mi espalda. Sin saber qué función tiene mi espalda para hacerme respirar.

Todo está oscuro, sólo veo ese ojal cerrado.

Mi hija solloza. Él respira a jadeos, sin saber qué hacer.

Esto no puede ser así de ridículo, me digo, y mientras los escucho casi sollozar, mi estertor en la tráquea es cada vez más agudo y débil .

Una ambulancia. Ninguno de los dos sabe que las ambulancias se llaman marcando 060.

Ese ojal. ¿No se puede abrir ese ojal oscuro en mi garganta?

Estoy frente a la puerta y no hay a dónde ir. Se me ocurre intentar toser. Tal vez si logro que salga aire, podré introducir algo de oxígeno.

Lo intento. Es ridículo. Eso no es tos. No entra ni sale aire. Él da palmadas suaves a mi espalda. El instinto es ridículo, sí. Sigo tosiendo. Como si los golpecitos fueran una manivela. La cuerda de una cajita que quiere repetir la canción.

Dejo de sentir miedo. Sólo soy un mecanismo intentando toser. Abrir el párpado enclaustrado entre mi garganta y los pulmones.

Hasta que sucede. Respiro, poco a poco. Despierta ese sepulcro, rompiendo su sello.

Y ahora pienso en ese proceso del cuerpo separado de la mente. Y el poder etéreo de la mente sobre un cuerpo lleno de músculos, sangre, huesos, fluidos, órganos en una correspondencia compleja.

Es como el proceso de crear. Hay una experiencia vital, orgánica, durante la creación. Pero también está la supremacía de esa mente que conecta intuitivamente, que ordena potencias, que abre sellos. Hasta que un hilo de oxígeno y luz atraviesa la oscuridad de muerte.

26.5.06

22. Maldición después de Taxco

No sé si la oración hubiera sido hindú, islámica, cabalística u ortodoxa hubiera dado mejor resultado.

El caso es que fue wica y por más bonita que sonaba, el resultado fue desastroso:
1. Ramírez Heredia nos dejó plantados a sus becarios sin decir “agua no va”.
2. El hotel estaba enclavado en un cerro que generaba un punto de atracción energético un poco estorboso (hubo depresiones crónicas durante los tres días, dolores de cabeza, fallas en la cobertura de los celulares).
3. Para bajar a las habitaciones teníamos que recorrer cuatro niveles de escaleras de piedra (ah, el elevador no funcionaba; y aunque hubiera funcionado, había tantos apagones de luz, que la mente se disparaba al imaginarnos pillados adentro del ascensor en pleno apagón... Les juro que a esas alturas nuestra imaginación no tenía ocurrencias eróticas).
4. Para ir a los talleres debíamos bajar en teleférico y recorrer escaleras y escaleras de piedra por la hacienda del Gobernador Ruiz Massieu.
5. Estábamos fuera del pueblo, afuera de las afueras del pueblo, afueras de las afueras más periféricas: el six en la tienda más cercana costaba 97 pesos, no había cajeros ni fichas Amigo.
6. La plata nos decepcionó. Ni siquiera pudimos elegir algo que pareciera digno de la tradición más prestigiada de Taxco, y no de cualquier tenderete del Zócalo.
7. Ramírez Heredia nos dejó plantados.
8. Ramírez Heredia nos dejó plantados.
9. Ramírez Heredia, ¿por qué nos dejaste plantados?
10. Ramírez Heredia, ¿qué harás después de que nos dejaste plantados?

16.5.06

21. Bendición antes de Taxco

"Aunque el círculo está abierto, no está roto, que la paz de la Diosa te acompañe, que tengas alegres encuentros, alegres despedidas y alegres reencuentros".

Esta es la bendición wica que me ha dado una amiga antes de irme al encuentro del FONCA, para que revisen con lupa o mala leche o agudeza o justicia o benevolancia el avance de novela.

Hace unas semanas envié mi reporte de 35 páginas; ahora llevo 50 páginas de avance.

El círculo está abierto.
Y aún no está roto (espero no me rompa la crisma Ramírez Heredia).
La paz me acompaña, porque ya no tengo nada más qué hacer (ah, sí, pagar la luz antes de irme).
Tendré alegres encuentros (de seguro).
Y tantos reencuentros (todos: Edith, Wendy, Mayra, Martha, Luis, Karla, Lu, José Ramón).
Alegres despedidas (mis compañeros del FONCA, ¡y tengan por seguro que me despediré muuuuy alegre de mi tuttore!).
Envíenme todas sus bendiciones laicas, civiles, espirituales, esotéricas, afrodisiacas, neurolingüísticas, políglotas, ecuménicas...


1.5.06

20. El huerto del abuelo

Mi abuelo ha muerto. Hace dos semanas sentí un apremio por viajar al Valle del Yaqui para verlo. Para que mi hija lo viera. Lo encontré pequeño, frágil, huesudo, dormido junto a mi abuela, que ya parece un árbol de raíces torcidas por las arrugas y el artritis.

En ese momento descubrí la razón de mi prisa intuitiva. La visión de mi abuelo ahí, lánguido, sin defensas, era el vaticinio del fin de una vida ejemplar: pionero del ejido desde la época de Tata Lázaro, un hombre fuerte, duro, incansable, lo que tenía de callado lo tenía de trabajador; lo que tenía de obtuso lo tenía de recto; lo que tenía de estricto lo tenía de risueño, bailador, tomador, coqueto. Nunca dejó de ser guapo, ni con sus 89 años, ni con el cáncer, ni con su cuerpo abandonado en el ataúd.

Los funerales se convierten en un juego traicionero de espejos. El montón de tierra amontonada junto al féretro suspendido sobre el hueco, los remolinos terregosos y de aire caliente, me recuerdan a todos los sepelios a los que la vida nos ha arrastrado: mi hermano, mi tío, mi madre, ahora el abuelo. Mañana ¿quién?

Veía a mi padre al pie del sepulcro. Silencioso, como aprendió del abuelo. Con su rostro apacible, desmentido por los enormes ojos negros, llorosos, lánguidos, perdidos no sé en qué recuerdos y pensamientos y advertencias. Tan parecido al abuelo, que me aterrorizaba verlo, pensar, imaginar, temer.

Veía a mi abuela, delgada, fuerte, digna, sentada en la cabecera de la tumba despidiéndose como si fuera una noche más “Adiós, Neto; hasta pronto mi Netito”, presumiendo “Cumplimos 65 años de casados el martes; y nunca me dejó”, cayendo en cuenta “Ninguna naranja sabe a lo que saben las naranjas que sembrabas”; preocupada de las hijas que se rompían y lloraban, solícita con los nietos que lloraban y se desmayaban, lúcida con el nombre de cada nieto, bisnieto, tataranieto.

En el camino hacia el velatorio en el Campo 5, el ejido del abuelo, y en el camino hacia el cementerio, el trigo era levantado por los enormes insectos verdes de la John Deere. Y pienso en cuántas cosechas levantó mi Tata Neto; cuántos sueños tejió y destejió desde Cárdenas a Echeverría, desde López Portillo a Salinas. Cuántos hijos, nietos… cuántas naranjas nos bajó de sus árboles cada vez que lo visitábamos, cuántos tipos de naranjas cultivó en su huerto.

Pienso qué le pasa a un pueblo cuando muere uno de sus pioneros. Qué le pasa a una familia cuando muere el patriarca. Qué le pasa a uno mismo cuando muere el testimonio vivo de nuestros genes callados, duros, individualistas, tercos. Qué pasa cuando muere el abuelo, cuando nuestro padre queda huérfano.

11.4.06

19. Break down

Ya era tiempo de que tuviera un colapso por agotamiento. Cuatro horas de sueño, jornadas de 15-18 horas de trabajo entre mi empleo tan querido y divertido, entre mi hija preadolescente con una agenda más intensa que la mía, la familia, los amigos. Y la novela.

No fue para tanto. Pero mejor no esperar el tantito que se puede convertir en tanto, en demasiado, en exceso.

Todavía estoy para contarlo frente a la compu, pasando media noche, tomando una cervecita y escuchando el jazz de Lizz Wright.

El colapso también llega a los personajes, caigo en cuenta. Gabriel se colapsa. Su risa se descuelga de los dientes moribundos, sus hermanos lo ven débil y afilan el puñal por la espalda, los grandes agricultores beneficiados por la revolución verde se ven invadidos por esos ejidatarios sin tierra que armaban barricadas en los latifundios ajenos.

Recuerdo de niña esas estampas: letreros con consignas escritas con una furia desconocida por mí; familias enteras ocupando una tierra que no era suya porque no tenían más para vivir; los apellidos de gente conocida, clientes de mi padre, gente de trabajo que levantaban sus siembras más que con esfuerzo, con sagacidad; los invasores armados con palos, con hambre, con instinto de sobrevivencia; y los terratenientes armados con sus apellidos, con sus relaciones con un gobierno flotando entre ideas de izquierda y la misma corrupción que fue tejiendo finamente su interminable trenza en el conflicto agrario.

El colapso de la revolución verde, el colapso de una vida, de una dinastía como debe ser: visionaria, exitosa.

Y el colapso de una mujer que ya tiene que dormir, por prescripción amorosa.

29.3.06

18. Aterrizaje después de un largo vuelo

Buena señal es si la novela va por delante del blog, generando páginas, fluyendo, mientras la bitácora se detiene. Me imagino que los pilotos llenan su bitácora hasta que regresan a tierra después de vuelos largos, vuelos cortos.

He dado un vuelo largo. El segundo capítulo va a un ritmo que sólo lo detiene alguna cena especial, alguna escapada al cine.

El segundo capítulo se intrinca en los conflictos que ya generaron los personajes en el primer capítulo, con sus dramas nuevos, y con la problemática histórica de los años setenta. Gabriel ya ha decidido apoyarse en Pedro para salvar su patrimonio cuando se entera que tiene leucemia; su hermano, el Pelón Mayor, pronto encontrará invadidas sus tierras, lo que complicará el papel de Pedro, pues los aviones serán el botín a pelear en la familia.

En eso voy.

Compré un corcho enorme, y lo puse cerca de mi mesa de trabajo. Coloqué fotos de aviones fumigadores, jóvenes pilotos recibiendo instrucción, con esas risas heroicas que tienen todos los pilotos, aunque lo que hagan sea tan burdo como envenenar los gusanos de una siembra.

14.3.06

17. Vuelta de página

Ya terminé el primer capítulo de la novela. El primero de tres. Sé que requerirá mucho más trabajo. Pero regreso al dilema del FONCA: ¿el compromiso es entregar avances o corregir?

El capítulo dos es como el agua contenida en el aspersor de una manguera. Ahí está el flujo, la presión, la disponibilidad a la mano. Pero hay que administrar la historia. Este narrador avec se divierte, vaya que sí. Y anda buscando desde qué perspectiva contar este hecho tan esperado por 60 páginas: el momento en que Pedro por fin vuela.

O desde qué tantos narradoresconpersonajes puede abordarse la historia, de tal manera que nos dé un panorama completo de ese hecho culminante.

Pero aquí tengo una observación de cómo se ha modificado mi narrador y lo que entiendo como hecho culminante.

Pues resulta que en mi escaleta había un hecho totalmente secundario, que tenía tan poca importancia que no atiné ni siquiera a quitársela. Pero cuando conté el hecho desde los ojos del narrador-con-Daniel –es decir, los ojos de un niño-, se me antojó contar la misma historia desde los ojos de Agnes –la mujer piloto, esposa de Gabriel-; luego, desde la de Gabriel, y ya que andábamos en eso, pues venga, que le toque un cachito a Pedro.

Al contar ese hecho desde varias perspectivas, encontré que ese nudo que representa un conflicto sicológico muy fuerte para todos los personajes, podía explicar el devenir de muchos de ellos; por lo menos de los principales. Fue como girar las piezas del cubo de rubick, en obediencia a una fórmula automática, hasta lograr que cada lado estuviera del mismo color.

La historia así nos pilla. Y los autores acabamos NO siendo ni siquiera el narrador de nuestras historias; ni el artífice de éstas.

Como me lo dijo mi tutor –y hasta ahora lo entiendo con más claridad-: el escritor es sólo un lacayo al servicio de la historia.

6.3.06

16. Mis malos hábitos narrativos

Una amiga (http://hiedravenenosa.blogspot.com), me involucró en una de esas cadenas para enumerar 5 malos hábitos. O no sé si son simplemente hábitos, o hábitos extraños. Y tampoco sé –ahora que me pongo a pensar- si todo hábito tiene algo de malo o de extraño.

Me comprometió el 2 de febrero. Y como ven, no he cumplido, y no pensaba hacerlo, sinceramente. Perdona, hiedra preciosa (ya ves que está de moda el halago). Tengo por hábito no atender cadenas, tests, chistes ni esos insufribles pauerpoints de “autosuperación”.

Fue fácil incumplir pues ella estuvo convaleciendo de una cirugía y fuera de ciber-reclamos, pero hoy regresa a su trabajo, y siento gachito no haberle cumplido. Bueno, aquí podría sospecharse un segundo hábito: cuando alguien me pide algo, cumplo o no cumplo previa explicación, pero -por hábito- no dejo nunca el espacio en blanco a ninguna solicitud.

Como este blog se ha reconvertido en una bitácora literaria, y mi novela me tiene obsesionada, escribiré mis 5 malos hábitos literarios.

1. Tengo una dañina debilidad por los adjetivos. Siempre ando viendo los adjetivos en los libros que leo. Incluso en un curso que tomé con David Huerta sobre Borges, mi trabajo se especializó en los adjetivos en su obra poética. Confío en que un día sabré equilibrar su uso y desaparecer su abuso.

2. Es un hábito difícil de erradicar el narrar en primera persona. Así narré mis dos novelas anteriores. Ahora por primera vez narro desde un omnisciente (ya dijimos que es un narrador avec) , y él tiene un montón de malos hábitos. Le da por narrar desde no sé qué carajos perspectiva, menos desde y con el personaje que tiene que hacerlo. Cada vez he ido entendiendo más sus vicios: como no narra desde el yo, quiere sobrevolar muy superficialmente sobre los personajes el muy maldito. O a veces narra muy campante él y hasta muy después anuncia desde la perspectiva de quién está narrando.

3. Narrar desde la voz poética es el mal hábito de una poeta metida a narradora. Nunca entendía por qué me decían a leerme: “Es que eres poeta”. Hasta ahora me doy cuenta que no es el lenguaje el que debe empujar la narración, sino la acción la que debe empujar y generar lenguaje. Pero luego me entra el terror: ¿Qué es esto? Qué prosa tan plana, tan simplona, tan inocua. Y venga a querer rizar el rizo.

4. Escribir de noche. Mal, mal, mal. Más cuando uno pasa los 30 años. Es cansado, es demoledor, hasta descorazonador. ¿Pero qué otra queda? A las 10 pm mi hija está dormida, yo en pijamas y desmaquillada, la casa en silencio. La penumbra que se desliza por mi estudio me gusta. Pero cualquier error en la noche se hace más grande, cualquier desacierto es una tragedia, cualquier tropiezo un obstáculo infranqueable.

5. Mientras escribo tomo toda el agua que no tomé durante el día, por lo que pierdo mucho tiempo yendo y viniendo al baño. Tomar agua es un buen hábito, lo sé, pero no cuando tengo escasas 3 horas –las 3 horas que suelen ser las más improductivas del día y de la noche, todo hay que decirlo.

Aquí, Ara, tu encargo. ¡Te cumplí!

1.3.06

15. Brincos diera

¿Cómo puedo dar un salto en el tiempo? Le pregunto a Lety, y me responde: Cambia de capítulo.

Pero quiero otro tipo de salto. Menos elemental.

Un día me siento y escribo algo y salto con la naturalidad con que se brinca un charco. Pero cuando vuelvo la vista atrás (cuando releo pues) me aterro: ¿Qué hice? ¿Cómo pude dar un salto al futuro y continuar mi narración en presente? ¿Es posible eso?:

Sí, dice Letty, se llama “prolepsis”. Navego para buscar definiciones: Prolepsis (del griego prolambanein, anticipación). Construcción gramatical que consiste en colocar un elemento en una unidad sintáctica anterior a laque le correspondería lógicamentePROLEPSIS. ANACRONÍA consistente en un salto hacia el futuro en el TIEMPO DE LA HISTORIA, siempre en relación a la línea temporal básica del DISCURSO novelístico marcada por el RELATO PRIMARIO.

Le doy estas definiciones a Lety y me objeta: No, no; todavía no me convence.

Hablo con Karla, mi amiga becaria del FONCA. Le enseño el fragmento. “No es prolepsis, es elipsis: La elipsis consiste en dedicar una cantidad nula de relato a una parte determinada de la historia".

Sigo buscando:ELIPSIS. Técnica narrativa consistente en omitir en el DISCURSO sectores más o menos amplios del TIEMPO DE LA HISTORIA, lo que implica un configuración del LECTOR IMPLÍCITO tendente a suplir esa información no dada sobre personajes y acontecimientos.

De noche discuto con Javo por Messenger : ¿Qué diferencia hay entonces entre Prolepsis y Elipsis?

Javier dice:Elipsis sería lo siguiente en tu relato:
Javier dice:Si terminaras un capítulo con un Daniel de 10 años prometiéndose ser mejor piloto que Pedro su padre e iniciaras el siguiente capítulo con un Daniel de 20 años, mejor piloto que Pedr0.
Javier dice:¿Me explico?
Javier dice:Quedan suprimidos esos diez años.
m a r i a n dice:En mi novela queda suprimido un año.
Javier dice:Entiendo tu confusión entre elipsis y prolepsis, ¿eh?; tampoco yo acabo de explicarme la diferencia cabalmente. Me digo que cuando se hace una prolepsis y ya no se vuelve al punto desde el que se partió, a la vez hay una elipsis.
Javier dice:¿No?
m a r i a n dice:¡Sí! ¡Qué confusión!
m a r i a n dice:¡En fin!
Javier dice:Me está dando mucho sueño, Moriencilla.
m a r i a n dice:Duerme, yo tengo que escribir.
m a r i a n dice:Ya serán las 10, cu-cu, hora de volver a la novela.

22.2.06

14. El más buscado: mi narrador

A juzgar por mi bitácora, cualquiera pensaría que no he avanzado en la novela. Pues he avanzado en todos sentidos.

a. He terminado de corregir lo que me señalaron en Veracruz.

b. Me he sentado a querer estrenar más páginas, y he ahí donde empezó el drama, que si lo llevara a la novela...

c. He pasado horas y horas enfrente de la computadora enfurruñada, tratando de sacar una conclusión: ¿Qué carajos me tiene detenida? Me vencía el cansancio: tres horas sin despegar mi vista de la pantalla y sin escribir media palabra. Me sentía como cuando uno se engarza en una discusión con la pareja, que sabemos de antemano no llevará a ningún sitio, y que lo único que logrará es ofender y exponenos a que nos ofendan; pero no podemos detener esa marejada de reclamos, resentimientos, acusaciones y seguimos hablando y poniendo el dedo en las llagas mutuas.

d. He decidido darme vacaciones tres días de pantalla, y leer, tal como me lo recomendó LH: “Lee como lee un escritor, es decir, observando cómo fue que el autor construyó esa obra, cómo lo hizo”. Inicié “Vuelo nocturno” de Saint Exupèry y se hizo la luz.

e. Me di cuenta que me tenía detenida el narrador, que se ha convertido en el “tipo” más buscado. Por su esquizofrenia, paranoia y todo tipo de patologías síquicas, que darían igual, pero hay que conformarse con una etiqueta: es de personalidad limítrofe o paranoico o esquizofrénico o sicópata. Pero no todo. Mi narrador es omnisciente, pero entra y sale de sus personajes principales. Tiene una mirada propia de narrador y también mira a través de los ojos de Pedro, Gabriel, Daniel...

f. Esto conlleva dificultades, porque entonces no sólo se debe diferenciar las voces de cada personaje, sino la visión del narrador a través de cada uno de estos personajes; y no conformes con eso, demarcarse también en cierta manera de estas tres o más miradas y colocarse en un sitio propio.

g. Empecé a fluir y escribir de nuevo. Consciente de mi narrador avec, como dice Ramírez Heredia que se llama (¿Alguien puede darme su fuente?).

10.2.06

13. Vuelcos que da Veracruz

En este tiempo que no he escrito en mi blog, he escrito, borrado, reescrito, borrado, corregido, revisado, escrito mi novela (lo que llevo de mi novela), y escrito por dentro, como me decía el poeta Javier Sicilia.

Pues bien, el acelerador, la inseguridad, el entusiasmo, la ansiedad, la locura, todo junto se detonó en Veracruz, durante el primer encuentro de los becarios del FONCA.

Ramírez Heredia, mi tutor, le dio un vuelco a mi narrador; mi compañero Sandino, a la linealidad del tiempo; Luis, a mi sintaxis; Karla, a la integración aún forzada de datos históricos. Me quedé sin los comentarios valiosos y esperados de Adán y Cynthia, por la exigencia del tutor de iniciar puntualmente.

Ahora el dilema en el que todos nos debatimos es: ¿Corregimos antes de seguir avanzando? Las opiniones se dividen. Hay quienes dicen: El FONCA nos pide avances, si nos entretenemos en corregir, no avanzaremos; y otros, que no podemos retomar la novela a la luz de los cambios necesarios que nos señalaron, si no damos marcha atrás, corregimos y luego continuamos.

Yo defiendo esta idea, aunque veo la dificultad de avanzar más lento de lo esperado. Por lo pronto, voy corrigiendo.

Ramírez Heredia me señaló algo interesante, que es mi mayor aprendizaje de este primer encuentro. Mi narrador, como creo que ya lo he explicado, es omnisciente, pero entra y sale de la mirada de los personajes. Como verán, en el Post No. 9 de mi bitácora, está transcrito el inicio de mi novela, desde este tipo de narrador.

Mi tutor me recomendó un matiz estratégico en mi narrador: Primero colocarse en la mirada del personaje, desde la omnisciencia, y después sobrevolar con una mirada global.

Estoy segura que no será la versión definitiva. Pero está bien si se lee mejor.

10.1.06

12. Un reporte y la guerra contra los parches

La novela avanza y me he sentido orgullosa al presentar un robusto cuadernillo como primer reporte: 35 páginas de novela, la bitácora de su creación, el formato que el FONCA exige llenar y todo el trabajo aledaño (perfil de personajes, escaleta, cronología del conflicto agrario en el Valle del Yaqui que he investigado).

También mi vivencia como becaria da sus pasos: ya tuve contacto con un narrador regiomontano que me dio de alta por el msn y con quien comento algunas cuestiones de nuestro estatus frente al FONCA; y con sorpresa, recibí el mail de mi tutor, Rafael Ramírez Heredia, citándonos el día 26 de enero en la ciudad de Veracruz.

Un hueco se abre en mi estómago. Pensar en 4 días fuera de casa no es fácil: mi hija Mariana, Rabito que da señas de andar buscando novia en su cojín -oh, tan pequeñito-, mi trabajo, viajes y trasbordos, el juicio sobre el texto, convivir con escritores –no es tarea fácil para mí, debo admitirlo. Pero también tiene su lado emocionante: Contar con ojos diestros y variados para revisar mi texto, conocer Veracruz y gente nueva, y reencontrarme con un amigo querido.

La novela sigue su paso. Conforme las redes empiezan a intrincarse, a complejizarse, el ritmo se vuelve más lento. Más hilos en las manos, más voces cruzándose. El mayor problema al que me enfrento es mezclar la información histórica con la vida de los personajes. Temo hacerlo como un parche, como la tarjeta que colocan a un lado del cuadro en los museos.

Y lo que quiero es que los personajes vistan, hablen y sufran su tiempo, como lo hicieron Velásquez, Rembrandt, Goya...

¿Seré capaz?