25.11.04

Transferencias

Transferencia de embriones, leo en un letrero que aparece desaliñado en medio de la carretera.

Alrededor sólo hay monte, maleza, la vía del tren como la osamenta de un animal prehistórico fosilizado en el desierto; los postes de madera como gigantes agonizantes, desconectados, mientras por encima se erigen nuevos postes de concreto, que conducen con orgullo electricidad y algo más: un futuro que no se alcanza a ver.

Tampoco se ve ningún edificio cerca, ninguna puerta computarizada, ninguna antena satelital que avise que por ahí se hace algo tan moderno e inexplicable como transferir embriones.

Sólo se ve alguna casa abandonada, con la maleza invadiéndola por dentro, saliendo impúdica por las ventanas como el vello de una oreja anciana.

Sólo se ve ese letrero. ¿Embriones de qué? ¿Transferencia a dónde? Más que macabro, el letrero es ridículo. Tan ridículo como el letrero “Río Yaqui”, pretencioso en la misma carretera, en el mismo enorme llano bordeado de árboles esqueléticos, calcinados por una sed mortal en el valle.

Recuerdo cuando ese río era un caudal desenvuelto en la intimidad tupida de los álamos y ceibas, cubiertos por un intrincado manto verde.

Recuerdo cuando el paisaje era un aula de enormes alfombras, que enseñaban con vivacidad el sentido de las palabras: trigo, algodón, cártamo, soya, mijo, garbanzo.

Recuerdo cuando esos postes de madera parecían tótems oscuros que vigilaban la carretera y el paso de los carros.

Recuerdo cuando el tren era una serpiente feroz que amenazaba con su estertor y velocidad nuestro paso humillado.

Recuerdo cuando embrión no era una palabra. Cuando no se refería a un producto vivo o muerto, devaluado, desarraigado del vientre materno y del amparo paterno; cuando embrión no tenía que ver con células madres ni con clonación ni con muerte.

Cuando transferencia de embriones no era sino una mujer embarazada, caminando apacible, acariciando su vientre.

9.11.04

Discapacidad social

Ahora entiendo a los discapacitados. Conducirse en un mundo donde nada está hecho para manejarse con autosuficiencia. Yo tengo una suerte de discapacidad social llamada “vivir sola”.
Siga el siguiente diálogo, a raíz de una cirugía que me realicé recientemente.

­—¿Quién viene con usted?
— Eh, nadie.
—¿Cómo que nadie?
— Pues no. ¿Necesito a alguien?
— A ver, vayamos haciendo esto. Nombre... edad... estado civil...
(Pienso: ¿Digo divorciada o soltera?)
—¿Estado civil?
— Eh... soltera.
—¿A quién hace responsable?
—¿Responsable? ¿de qué?
— Alguien, que no sea usted, debe firmar como responsable de usted.
(¿La doctora, qué no?)
— Dígame el nombre y teléfono de alguien que se haga responsable. Aunque no venga con usted.
— El nombre de mi cuñada: Rossy B, tel. x.
—¿Su cuñada, dijo?
— Sí, mi cuñada.
—¿Qué hago con sus pertenencias?
—¿No puedo pasar con ellas?
—¿A Quirófano? No.
—¿Me las podrías cuidar tú?
— Sí. ¿En ningún momento vendrá algún familiar?
— Sí, vendrán por mí.
— Bien, un camillero vendrá por usted para conducirla.

Llega el camillero. Parece un ángel étnico que viene por mí para conducirme por ese frío y laberíntico túnel al más allá.
— Soy B, y mi deber es conducirla. ¿Quién viene con usted?
— Vine sola.
—¿Sola?
— A ver, ¿necesito a alguien para algo?
— Pues para vestirse con la bata clínica.
(Pan comido, ¿qué tan difícil puede ser? Entro a los vestidores. Cierro con llave. Me desvisto, me coloco fácilmente la bata con la abertura atrás, tal como me instruyeron, y trato de atarme los lazos en la espalda, confiando en mi elasticidad. Con lo que no cuento es con la falta de ojos en la espalda. Cuando ataba dos lazos, desataba otro; mi espalda era una ristra de lazos sin correspondencia ni orden. Con orgullo herido y encabritado, salí del vestidor, deteniendo mi bata con las manos, esperando no encontrarme con el camillero conductor. Ups, ahí estaba él, como todo buen ángel, o como todo buen conductor).
— Sígame. Le asignaré cama, y le presentaré con la enfermera que estará a su cargo.
— Buen día, soy Mercedes, y la acompañaré durante toda su estancia en este Hospital.

(Me cae bien esta Mercedes... hasta que pregunta...)
—¿Quién viene con usted?
— Nadie, pero en un momento llegará alguien por mí.
(Pienso ilusamente que esto evitará más preguntas e inquietudes).
— Uuuhh....
—¿Algún problema? ¿Necesito a alguien? ¿Para qué?
— Necesito los estudios que le han realizado recientemente en relación a la cirugía. Y usted necesita que alguien esté al pendiente.
(¿Segura que "Yo necesito"?)
— Vendrá mi cuñada, más tarde.
—¿Su cuñada?
— Sí, mi cuñada.

(Estoy acostada, y Mercedes se aplica a pincharme las venas para canalizarme el suero. Noto que aunque trata de ser agradable con la conversación, picotea dolorosamente mis venas).
— No encuentro vena buena. Tiene las venas muy tortuosas.
(Tortuosa... La palabra me irrita, ¿es algo personal?, me pregunto ya a la defensiva).
— En su expediente dice que es madre de una niña.
— Sí.
—¿Qué edad?
— Nueve años.
— Y ya están preparando el siguiente, ¿no?
— No.
—¿No...? ¿No se le antoja otro? ¿La parejita...?
— Soy divorciada. No veo esa posibilidad.
(Sonroja).
— Perdone. No quise ser indiscreta.
— No se preocupe, Mercedes.
— Tarda demasiado su cuñada.
— Ya llegará.
(Ella sigue luchando por enderezar mis venas. Abandono mi mirada en el techo y la lámpara. En la desnudez indefensa debajo de esa bata horrible que me hace sentir más desnuda. No pienso en el nadie de mi vida. Pienso en ella. En mi madre, que no está junto a mí para tomar mi mano. Pienso en ella, cuando estuvo más desnuda debajo de la bata horrible de hospital. Pienso en su enfermedad. Pienso en su muerte. Pienso en su dolor. Pienso en su amor de madre. No quiero llorar. Me da vergüenza. Llegará mi cuñada. Me verá Mercedes).
— Ay, no, chiquita, no llore. Perdone si fui indiscreta.

(¿Cómo explicar que no tiene nada qué ver con el divorcio, que soy una divorciada orgullosa y ejemplar, que mi ex es un buen amigo, y hacemos muy buen equipo como padres, y que... ¡Aleluya! Llega mi cuñada, y sólo de escuchar su voz desaparece esa horrorosa lámpara en el techo, y mi bata humillante se convierte en la pijama más suave y tibia que pueda usarse en cualquier invierno. En mi mente le digo: Gracias, Rossy; con tu llegada se han disipado mis sombras, y lo más importante: ¡he dejado de ser la discapacitada social que fui momentáneamente!).


8.11.04

Ser casa

Una semana en casa. Días de punta a cabo en ese espacio que he ido trazando. Mi espacio.

Me sentaba en la sala. Y veía por la ventana esa luz tibia, pudorosa y juguetona que se cierne por los árboles en la mañana. Y escuchaba ese silencio de niños y ese silencio de mujeres trajinando dentro de sus casas.

En ese silencio sólo irrumpía un coro de voces que advierte que no es desolación, sino faena, empeño, labor. Es el llamado de los vendedores, aliados de esa gran industria que generan las amas de casa: tortilleros, aguadores, jardineros, aboneros, verduleros, panaderos...

La entraña de mi casa también se iba llenando del sonido del agua, las ollas, el cristal de la vajilla; se iba ensanchando en sus aromas de limpieza, lavanda, agua, mentas; aromas de comida, que inician frescos e individuales, y acaban en olores concentrados y unidos en un solo platillo.

De cuánto me pierdo cuando no estoy en casa. De la luz juguetona que se vuelve nostálgica en la tarde ocre; la noche que llega con ese luctuoso manto pardo; de los olores a comida y a limpieza que se van disolviendo en el aroma de nosotras, quienes ahí vivimos; de la calle que vuelve a llenarse del bullicio de niños y perros que juntos juegan, y de las madres que gritan saludos a las vecinas y regaños a sus hijos.

Cuando estoy todo el día en casa, las noches llegan no como emisarias lúgubres de un tiempo que no se detiene, sino como mis cómplices, como un mullido cobijo que me abraza junto a mi hija, como una canción de cuna que escucho completa, y no sólo en su final.