22.8.05

P.D. Días sin Ana

No es que esté celosa, pero si para ustedes Ana es una santa, esta semana me convertiré yo en una: mi mano derecha -e izquierda también- se me ha ido de vacaciones de verano por una semana. A Los Cabos. Tal vez ahí se encuentre a Luismi y la Arámbula, a Brad sin Aniston, o a Aniston sin Brad.
Yo en cambio sólo me encuentro con zapatos en la sala, con calcetines sin pares, con muebles empolvados, con comida sosa...

13.8.05

Días de Ana

Estos días convaleciendo, han sido días de Ana. De ver sus manos morenas, venosas, gruesas, desprovistas de los anillos de oro que siempre deja a un lado del lavaplatos en cuanto llega.

Han sido días de escuchar la radio popular: el noticiero gritón y contestatario de Juana María, el noticiero policiaco de doña Paquita (cuya cortinilla dice: "¡Ya, doña Paquita! ¡Ya párele!"); las canciones gruperas, rancheras y los narcocorridos en La Poderosa, La Kaliente, La Comadre.

Han sido días de escuchar sus dichos tan peculiares: “A mí me importa una pura y dos con sal”, “Me disculpa la cara si me equivoco cuando le digo que...”; su defensas precursoramente feministas: “¿Y por qué me quieres agarrar a huevo? Me voy a acostar contigo cuando a mí se me antoje, no cuando tú quieras”, “¡Ponme la mano encima, cabrón, y te echo la olla de frijoles hirviendo encima!“.

Han sido días de descubrir su ternura detrás de esa voz gruesa y golpeada que siempre parece estar enojada; días de planearme desayunos de antojos que no puedo prepararme en el día a día: chilaquiles, hot cakes, molletes.

Han sido mañanas de desayunar juntas, de escuchar las tristezas de su niñez huérfana y maltratada, las coqueterías llenas de libertad en su juventud; las historias extravagantes de las familias multiculturales a las que sirvió en Estados Unidos (la mujer sin un pecho que la recibía desnuda, la anciana oriental que tenía una enorme vitrina con antigüedades chinas cubiertas de polvo y de la prohibición mortal de tocar); los amores más o menos épicos con los tres padres de sus tres hijos; sus aventuras eróticas con un albañil en el hospital del DIF a medio construir, sin ventanas ni pisos; la amistad entregada y generosa con sus comadres; su miedo a la soledad.

Fueron días de conocer los asuntos que dirime con sus amigos y parientes por teléfono: "¿No supo que golpearon al Tobei? Así andaría de briago, ya conoce lo buscapleitos que es. Dice que él no hizo nada, puede ser, pero no lo conociera uno. Vale más que vaya a verlo; ¿qué tal que esté muy golpeado? Dicen que sí, pero está en su casa. ¿No andará en malos negocios, oiga? ¿No andará drogo? ¿No le estará entrando al foco?"

Días de saber que mientras ella se encarga de mi hija cuando no va a la escuela y yo trabajo, no hay nadie que cuide a su hijo adolescente y a su pequeño nieto: “¿Ya te levantaste, Toño? Ándale pues, vete a inscribir a la escuela. ¿Te dejó dinero la Karina? Y ahora métele ganas, guacho; ya quiero que este año termines la secundaria, y nada de que me llegue el aviso de un solo reporte, porque te saco de la escuela y te pongo a trabajar, ¡mantenido!”, “¿Qué pasó, Karina? ¿Andas trabajando en Peñasco? ¿Y te están pagando todo? ¿Te despediste del niño antes de irte? ¿Llevaste la tarjeta de salubridad? ¿Te vale la de Hermosillo pa Peñasco?"

Días en que hablamos de Carmen Campuzano, la Ana Bárbara, Andrés Puentes, Kate del Castillo y el Bichir, como si fueran vecinos escandalosos que permean nuestras paredes con sus chismes.

Han sido días de reconocer la confianza y complicidad de estos 10 años de conocernos. Lo veo en su silencio sensible mientras me ayuda con los vendajes; lo siento cuando da vueltas la venda en mi torso y recuerdo todas las vueltas en mi vida que ha atestiguado: un embarazo, un parto, una partida al extranjero por dos años, un regreso que hacía todo tan diferente, una separación luego de sus vacaciones (y la advertencia de mi parte después de que pasaran casi 15 días sin que su discreción y suspicacia se dieran cuenta), el desarrollo de un hogar habitado por sólo mujeres.

Han sido días donde toman sentido estos cinco años en los que ella se ha convertido en mi mano derecha y también en mi izquierda; días en que descubro qué sucede cuando me voy al trabajo viendo algo roto y regreso viéndolo remendado.

Días en que hablamos de la salud de las mujeres ("A mí el pap me toca cada agosto", "A mí cada septiembre"), de hablar de mamografías, de las amigas que no se revisan por miedo al diagnóstico, de sus dos hermanas muertas a golpes por los maridos, de su hermano sordo mudo que vive con ella, del primer marido que aún le ruega amores ("Quizá cuando sea vieja, mis hijos se hayan ido, no pueda trabajar y me mate la soledad").

Días de valorar sus manos mágicas sobre los muebles y las verduras y las plantas; sobre las ropas, las camas, las vajillas y los pisos; sobre mi torso envuelto en vendajes; sus manos milagrosas sobre mi vida y la de mi hija.

5.8.05

Unas cuantas cicatrices más

Estoy a punto de que acabe mi metáfora: la cicatriz solitaria del lado del corazón.

Será hora de crear otra poesía. O bien, de aceptar que la salud es como es: un amante despechado que nos mantiene siempre bajo amenaza.

4.8.05

Tormenta

Qué belleza hay en la electricidad que abre con su filosa navaja una herida en el cielo, qué conmovedora la luz que sangra en medio de la oscuridad, qué dulzura hay en la amenaza que se yergue como una serpiente furiosa ante nuestra templanza.

Mirar de frente la amenaza nos hace superiores a ella, permanecer en la intemperie nos trae la paz que no tiene quien posa su cabeza en alguna oscura cueva, caminar en calma cuando la lluvia acecha y latiguea con su frío nos da poder sobre las tormentas.

Míralo en el cielo, hoy abiertas sus entrañas; mañana, un perfecto azul, eterno.