26.9.15

Por qué los 43



Hace un año, por estas fechas, estaba en un diplomado de comunicación política en la UNAM. Entonces pasó lo de los 43. A partir de ese día nos acostumbramos a las barricadas de la policía del DF a lo largo de Insurgentes, alrededor de la UNAM. De ver un panorama ridículamente optimista (¿Cómo puede estar tan bien calificado Peña?) pasamos al desconcierto, la duda, el trastocamiento de escenarios.

El diplomado todo transcurrió bajo otro luz, otra lupa: Ayotzinapa, la Casa Blanca (y las otras), Higa, el mal manejo de crisis, la bajísima credibilidad en el gobierno, la ridiculización dentro y fuera del país, la rabia, el fin del Pacto por México.

Muchos maestros nos preguntaban: ¿por qué los 43 de Ayotzinapa sacó a la calle a la gente y no los  49 niños de ABC en Hermosillo?

Estoy segura que el dolor de los 49 nos rebasaba; niños, que podrían ser nuestros hijos, aparentemente cobijados en una guardería (de las que todos usamos para poder trabajar y sobrevivir en este país), mueren porque el fuego de una bodega vecina alcanzó los materiales altamente flamables de la guardería y las salidas de emergencia tenían candados. Todos sabemos que hay más implicaciones que éstas, pero 49 pequeñitos calcinados y otros más con serias lesiones, rebasa nuestra capacidad y nos hace cerrar los ojos.

Los 43, en cambio, simbolizaron lo que está pasando en el país, en las narices de todos: la colusión de la política y el narco, el botín político que se defiende a costa de cualquier vida o causa, el abuso y corrupción de las fuerzas de seguridad (así sea el policía de barrio o el Ejército), la represión a los jóvenes estudiantes y a todo aquel que piensa distinto del intocable poder en turno. Y luego el silencio y la omisión del gobierno federal, también la pelota de la culpa yendo de partido en partido (porque en este país de mafias la repartición del botín se pelea en un terreno común entre políticos y narcos).

La búsqueda de los 43, que se daba de fosa en fosa sobre las que caminamos en total ignorancia e indolencia, la salpicadura tan inverosímil como pestilente de las hipótesis (que si los Abarca, que si el basurero), nos fue revelando el cadáver en que se ha convertido este país. Eso que huele a podrido no es más que un Estado corrupto que se sirve de la gente y luego la mata o desaparece, antes que protegerla; el narco y el político como un mismo ente en el entramado de poder en México; el sistema de justicia con menos de dos dedos de frente que cree que somos estúpidos, y sale a dar justificaciones dignas de un adolescente borracho que explica a su padre por qué ha llegado a las seis de la mañana a casa.

Este país ya no aguanta más. Exigir que aparezcan los 43 es exigir que aparezcan todos esos desaparecidos de forma forzada, que aparezcan los nombres de todos esos hombres y mujeres muertos en este país sin explicación alguna, que aparezcan los cuerpos putrefactos (no importa) junto con los culpables de todos aquellos de los que no sabemos su paradero ni la razón de su ausencia y que se les entregue a sus familiares. Al exigir que aparezcan los 43 exigimos la renuncia de los ineptos que no sólo han mentido sobre su desaparición,  sino que han ordenado y organizado dicha desaparición. Al exigir justicia por los 43 exigimos justicia para los 49 niños de ABC y todos quienes han sido asesinados sin tener nada que ver con las redes del crimen en México. Al exigir que se esclarezca el caso de los 43 exigimos que nos regresen nuestro país, que nos dejen salir a la calle con tranquilidad, que nos permitan viajar de lado a lado sin fronteras entre cárteles, sin zonas prohibidas, sin que pongamos en riesgo nuestra vida.

Si no exigimos que aparezcan vivos esos 43 jóvenes normalistas ya no tendremos cara para exigir nada. Y entonces sí, que esta bola de criminales que tenemos por gobernantes y autoridades bailen sin culpabilidad sobre nuestros cadáveres.

15.9.15

Sobre el desarraigo I



En una de las intensas lluvias que recientemente han azotado al DF, quedé varada en Insurgentes y con mi pequeña de tres años dentro del coche. El agua llevaba una corriente tan fuerte, que a veces el auto se movía por el oleaje que provocaban otros vehículos. Ahí, en medio de tal inundación, me sentía una náufraga de esta ciudad: si un policía me desviaba, no sabría cómo regresar a casa (tengo un pésimo sentido de la ubicación, y conduzco por memoria, no por lógica); el celular se me descargó y no podía tener el apoyo de nadie. 

Pero lo peor fue observar el comportamiento de la gente. Aquí no hay lugar para la solidaridad. El problema era tal debido a la cantidad de basura que había colapsado a las coladeras; los coches insistían en darse vuelta en U donde no debían, sin importar la obstrucción al tráfico o el oleaje que levantaban a su paso. Vi una sociedad interesada en sobrevivir, no en ayudar, respetar o buscar soluciones comunes.

Claramente llegó a mi mente: no pertenezco a esta ciudad, no soy parte de ella, esta ciudad me repele, en esta urbe no hay espacio para la conciencia del otro. Y la conciencia de mi Yo aquí es difusa. 

De inmediato intenté hacer conciencia de ese sentir. Como mujer del desierto, entiendo que la lluvia histórica de ese día fue más allá de toda mi capacidad de asimilación. Sí, soy mujer de desierto. Pero fuera de eso no reconozco más. La idea de terruño se me ha desdibujado. Cuando digo Hermosillo no tiene ningún valor en sí mismo. Tienen sentido mis seres queridos, mis amistades. Pero no hay nada más. Ni el concepto de mi tierra, ni el latido de mi ciudad. Quizá me tomé muy en serio eso de quemar naves.

Soy una náufraga en esta ciudad, asida a un trozo de tierra (mi casa, mi jardín, mi familia). El desarraigo duele, hace sentir lo mismo que ese extravío intenso cuando me encuentro en una calle que no conozco y de la cual no sé cómo escapar. No hay un lugar seguro, reconocible, familiar. Lo único familiar es mi hogar: esa tabla a la que me aferro. 

*Fotografía de Masao Yamamoto