26.5.06

22. Maldición después de Taxco

No sé si la oración hubiera sido hindú, islámica, cabalística u ortodoxa hubiera dado mejor resultado.

El caso es que fue wica y por más bonita que sonaba, el resultado fue desastroso:
1. Ramírez Heredia nos dejó plantados a sus becarios sin decir “agua no va”.
2. El hotel estaba enclavado en un cerro que generaba un punto de atracción energético un poco estorboso (hubo depresiones crónicas durante los tres días, dolores de cabeza, fallas en la cobertura de los celulares).
3. Para bajar a las habitaciones teníamos que recorrer cuatro niveles de escaleras de piedra (ah, el elevador no funcionaba; y aunque hubiera funcionado, había tantos apagones de luz, que la mente se disparaba al imaginarnos pillados adentro del ascensor en pleno apagón... Les juro que a esas alturas nuestra imaginación no tenía ocurrencias eróticas).
4. Para ir a los talleres debíamos bajar en teleférico y recorrer escaleras y escaleras de piedra por la hacienda del Gobernador Ruiz Massieu.
5. Estábamos fuera del pueblo, afuera de las afueras del pueblo, afueras de las afueras más periféricas: el six en la tienda más cercana costaba 97 pesos, no había cajeros ni fichas Amigo.
6. La plata nos decepcionó. Ni siquiera pudimos elegir algo que pareciera digno de la tradición más prestigiada de Taxco, y no de cualquier tenderete del Zócalo.
7. Ramírez Heredia nos dejó plantados.
8. Ramírez Heredia nos dejó plantados.
9. Ramírez Heredia, ¿por qué nos dejaste plantados?
10. Ramírez Heredia, ¿qué harás después de que nos dejaste plantados?

16.5.06

21. Bendición antes de Taxco

"Aunque el círculo está abierto, no está roto, que la paz de la Diosa te acompañe, que tengas alegres encuentros, alegres despedidas y alegres reencuentros".

Esta es la bendición wica que me ha dado una amiga antes de irme al encuentro del FONCA, para que revisen con lupa o mala leche o agudeza o justicia o benevolancia el avance de novela.

Hace unas semanas envié mi reporte de 35 páginas; ahora llevo 50 páginas de avance.

El círculo está abierto.
Y aún no está roto (espero no me rompa la crisma Ramírez Heredia).
La paz me acompaña, porque ya no tengo nada más qué hacer (ah, sí, pagar la luz antes de irme).
Tendré alegres encuentros (de seguro).
Y tantos reencuentros (todos: Edith, Wendy, Mayra, Martha, Luis, Karla, Lu, José Ramón).
Alegres despedidas (mis compañeros del FONCA, ¡y tengan por seguro que me despediré muuuuy alegre de mi tuttore!).
Envíenme todas sus bendiciones laicas, civiles, espirituales, esotéricas, afrodisiacas, neurolingüísticas, políglotas, ecuménicas...


1.5.06

20. El huerto del abuelo

Mi abuelo ha muerto. Hace dos semanas sentí un apremio por viajar al Valle del Yaqui para verlo. Para que mi hija lo viera. Lo encontré pequeño, frágil, huesudo, dormido junto a mi abuela, que ya parece un árbol de raíces torcidas por las arrugas y el artritis.

En ese momento descubrí la razón de mi prisa intuitiva. La visión de mi abuelo ahí, lánguido, sin defensas, era el vaticinio del fin de una vida ejemplar: pionero del ejido desde la época de Tata Lázaro, un hombre fuerte, duro, incansable, lo que tenía de callado lo tenía de trabajador; lo que tenía de obtuso lo tenía de recto; lo que tenía de estricto lo tenía de risueño, bailador, tomador, coqueto. Nunca dejó de ser guapo, ni con sus 89 años, ni con el cáncer, ni con su cuerpo abandonado en el ataúd.

Los funerales se convierten en un juego traicionero de espejos. El montón de tierra amontonada junto al féretro suspendido sobre el hueco, los remolinos terregosos y de aire caliente, me recuerdan a todos los sepelios a los que la vida nos ha arrastrado: mi hermano, mi tío, mi madre, ahora el abuelo. Mañana ¿quién?

Veía a mi padre al pie del sepulcro. Silencioso, como aprendió del abuelo. Con su rostro apacible, desmentido por los enormes ojos negros, llorosos, lánguidos, perdidos no sé en qué recuerdos y pensamientos y advertencias. Tan parecido al abuelo, que me aterrorizaba verlo, pensar, imaginar, temer.

Veía a mi abuela, delgada, fuerte, digna, sentada en la cabecera de la tumba despidiéndose como si fuera una noche más “Adiós, Neto; hasta pronto mi Netito”, presumiendo “Cumplimos 65 años de casados el martes; y nunca me dejó”, cayendo en cuenta “Ninguna naranja sabe a lo que saben las naranjas que sembrabas”; preocupada de las hijas que se rompían y lloraban, solícita con los nietos que lloraban y se desmayaban, lúcida con el nombre de cada nieto, bisnieto, tataranieto.

En el camino hacia el velatorio en el Campo 5, el ejido del abuelo, y en el camino hacia el cementerio, el trigo era levantado por los enormes insectos verdes de la John Deere. Y pienso en cuántas cosechas levantó mi Tata Neto; cuántos sueños tejió y destejió desde Cárdenas a Echeverría, desde López Portillo a Salinas. Cuántos hijos, nietos… cuántas naranjas nos bajó de sus árboles cada vez que lo visitábamos, cuántos tipos de naranjas cultivó en su huerto.

Pienso qué le pasa a un pueblo cuando muere uno de sus pioneros. Qué le pasa a una familia cuando muere el patriarca. Qué le pasa a uno mismo cuando muere el testimonio vivo de nuestros genes callados, duros, individualistas, tercos. Qué pasa cuando muere el abuelo, cuando nuestro padre queda huérfano.