15.12.05

11. ¡Lo tengo!

Ya sé cómo explicar el hallazgo que fue esta historia paralela sobre el desarrollo agrario en el Valle del Yaqui.

Antes de la investigación completa: Es como si hubiera querido tomar una foto a gente, con el paisaje de fondo desenfocado.

Ahora: la novela es como tener la foto de la gente y su vivencia en ese paisaje, una foto enfocada en el todo, en el sujeto y su contexto, con la misma claridad e importancia.

A este regocijo se suma otro: las personas, las lecturas, los acontecimientos se muestran ante uno, el creador, como estelas de humo después de un acto de magia. Por todas partes me encuentro gente que de una u otra manera tiene que ver con mi novela de pilotos agrícolas: personas que han sido parte de los ejidos, pilotos, vendedores de insumos -fertilizantes e insecticidas-, y hasta la sombra de personas que confirman mi teoría de cómo acabaron muchos pilotos tras la crisis de los 80:¡trabajando como burros para los narcos!

12.12.05

10. Otra historia en el subsuelo

He tenido que hacer un alto. Leyendo sobre el desarrollo agrario en Sonora, especialmente en el Valle del Yaqui, veo que en ello existe una historia paralela con tensiones, traiciones, esperanzas, ambiciones, injusticias, latiendo en el subsuelo, fertilizando la narración.

Aunque ese panorama iba a ser un paisaje de fondo, ahora me parece que es tan importante como un contrapunteo con la vida de cada uno de los tres personajes principales.

No quiero hacer una novela histórica. Pero los personajes serán hijos de su época; sus éxitos y fracasos serán el legado de las políticas agrarias en décadas determinantes: de los 50 a los 80.

Ejidos, caudillos, expropiaciones, matanzas, marginación, tecnologías, corrupción, control gubernamental, caciques, tierras ensalitradas, abuso de pesticidas y, como manto mítico, la revolución verde.

2.12.05

9. Historia y el veneno del motor

Ayer tuve dos entrevistas alrededor de la novela: Nohemí, una historiadora, a quien consulté sobre el movimiento agrarista que se dio en los 70, muy ligada a la revolución verde, a las expropiaciones de Echeverría. Y mi hermano Roque, quien administró la empresa de mi padre desde muy joven, y me dio un panorama completísimo. Desde la logística de los piperos, de los pilotos, de los técnicos, funcionarios y autoridades que intervienen directamente e indirectamente en el proceso de fumigación. También me habló desde su experiencia personal, haber estado en ese mundo de pilotos, pero trabajando en tierra.

La primera experiencia que me marcó en relación a los aviones, fue escuchar el estruendo del motor de un avión volando cerca. Yo no lo veía. Pero ese rugido en el cielo se me quedó atrapado como un fantasma en el pecho. Cuando mi hermano hablaba ayer de las emociones a las que te enfrentas en el mundo de la aviación, se conmovió al narrarme la sensación cuando antes del amanecer se encendían simultáneamente los motores de los 6 aviones y el fragor unísono era una sacudida al cuerpo.

Me llamó la atención la sensibilidad de mi hermano para percibir esto y eso que llamó “el mito del piloto”, que está muy presente en mi proyecto de novela: poner a los pilotos como seres superiores por su riesgo de muerte constante, por su habilidad para “elevarse” sobre la tierra. Son cuestiones muy sutiles que él me las explicó con una lucidez que me impactó.

Confirmo la importancia del inicio de la novela, describiendo esta sensación de escuchar el motor del avión, y empezar a identificar el olor de veneno, quw te intoxica el alma de tal manera que te emociona tanto como ver a un avión planeando en el cielo, y reafirmo la necesidad de reforzar este fragmento, tal como me lo han recomendado.

25.11.05

8. Trenzado de historias cuando hay algo histórico

Me he comprado música de cine, especialmente de Michael Nyman. Estas bandas sonoras tienen el valor de contar una historia sin palabras; la melodía va ascendiendo llevándonos por un relato de sensaciones, emociones, estados de ánimo. Son pequeñas épicas concentradas en una línea melódica.

Mientras escucho la música, el horizonte de la historia se me abre: aparecen nuevos personajes, los hilos que se han dejado visible e intencionalmente sueltos buscan clavarse en el tejido para anudarse.

Pero ahí está la labor del narrador: cómo dosificar el hilado, en qué momento anudar ciertas hebras y dejar sueltas otras; y sobre todo, en qué momento pasar del close up de los personajes a una toma panorámica, donde los personajes se muevan y desarrollen en su contexto histórico y social.

En esta novela convergen varios niveles de relato: la historia individual de cada uno de los tres personajes principales, y su relación peculiar con la aviación (parte primordial); el desarrollo y declive de la revolución verde y su impacto en la utilización de pesticidas y en la tenencia de la tierra; las contradicciones de la política agraria en México, que por una parte incentivó la sobreproducción mediante avances científicos, pero por otra mantuvo una visión paternalista y corporativa del campo como brazo político del sistema.

En mi telar tengo los hilos, los colores y el diseño que quiero lograr. Ahora, ¿cómo los trenzo? ¿Cómo los cruzo? ¿Cómo los anudo, para que todos los elementos aparezcan justo en la perspectiva en la que deben estar?

Pero no hay nada mejor que echar a los personajes por delante, y dejar que cuenten su historia, la personal y la compartida, la real y la ficticia. ¿Qué dices tú, Nyman?

21.11.05

7. Parálisis

De repente, la historia se detiene en seco, como si en una carrera a buen paso nuestra ropa se enganchara al tronco invencible de un árbol.

¿Qué sucede dentro del autor que paraliza el puño y la imaginación?

1. Hay miedo al ripio. A que la situación que uno ha ido desarrollando para reafirmar los personajes deje de ser un recurso y se convierta en un falla.

2. Hay la sensación de que el personaje ya debe dar el salto hacia otro estadio, y está varado a la orilla del precipicio, dando un paso para atrás y otro para adelante, atascado. Entonces hay que preguntarse qué le ha faltado desarrollar al personaje que no tiene aún la madurez para dar ese brinco, para mostrarnos una evolución.

Por lo general confundimos estas situaciones con agotamiento creativo, con aridez, con bloqueos. Pero tengo la sospecha de que son los personajes que se rebelan a continuar por una mala construcción de su genoma o fenoma. Porque un personaje que se construye con plasticidad anecdótica, con complejidad sicológica, nos arrastra en un ritmo trepidante.

Confío en que podré deshacer dos puntadas, o sólo contar las que ya llevo para seguir tejiendo la historia.

Confío en el momento en que la parálisis se convierta en catapulta. Parafraseando: pero ese momento me tiene que encontrar trabajando.

19.11.05

6. El pelón mayor

He introducido un personaje coral en la novela, que habla en primera persona del plural, como salvaguarda y vocero de la familia de pilotos.

Las familias que tienen conciencia de la filia, de la sangre, de la naturaleza de una rama guardan una gran proporción de esta identidad colectiva en la configuración de su ser individual.

Y en cada una de estas familias siempre hay un miembro que atesora con celo las tradiciones, historias, efemérides, glosarios de la parentela. Esta familia, que por lo pronto he apellidado “los Islas”, tiene una característica física predominante: calvos.

Así que la forma de llamar a su clan no es “Islas”, sino “los pelones”. Los apodos me parecen más típicos de una tribu, de una turba que se une de manera semi-anónima para sobrevivir, como sucede con los equipos de béisbol o de básquetbol: “Los pieles rojas”, “los medias blancas”. Quiero evitar darle un nombre propio a este personaje coral. Y en cambio lo llamaré “el pelón mayor”.

Será la voz que hile en una sola estirpe a los tres personajes principales tan diferentes entre sí y coyunturales dentro de la misma rama: Gabriel, Pedro y Daniel.

14.11.05

5. Personajes de aire, tierra y fuego

Sigo en buena sintonía con la novela. Anoche tuve una nueva motivación: hablé por teléfono con mi padre. Teníamos meses sosteniendo conversaciones cálidas pero escuetas. Anoche abrí la puerta. Su puerta. Duramos más de una hora charlando. ¿El tema? Claro, los aviones.

Me precisó marcas de aviones, diferencias entre unas y otras (sobre todo, desde el punto de vista del piloto), y me dictó el alfabeto aéreo, que de niña recitaba por mero divertimento y que ya había olvidado.

Pero lo más valioso es la luz que me dio sobre uno de los personajes. Al tratar la novela de 3 pilotos principales, con motivaciones muy propias para volar, he relacionado a cada uno de estos personajes con un elemento.

Gabriel es aire, por ello tiene nombre de ángel, tiene formación de piloto acróbata y todo su lenguaje transita en el campo semántico del aire, cielo, vuelo. Volar para él es ir al lugar al que pertenece, con dolor de regresar.

Pedro es tierra, por ello el nombre asociado a roca; su motivación para volar es terrenal: sacar adelante a su familia, pero también el placer de ver desde lo alto la tierra para comprenderla, conocerla, amarla. Volar es despegarse del la tierra para volver a ella.

Daniel. El hijo de Pedro y sobrino-nieto de Gabriel tenía que ser la unión entre tierra y aire; y el fuego me pareció ese elemento. Por ello el nombre Daniel: el profeta apasionado, que veía carros de fuego entre las nubes. Su relación con el vuelo es fogoso, pasional. Toda su libido está dirigida al vuelo, al avión, al motor, a la naturaleza a la que se sana y hiere al mismo tiempo.

Cuando anoche le pregunté a mi padre por qué cambió un avión de 235 caballos de fuerza por uno de 300 caballos, me dijo: “El de 235 cualquiera lo vuela, hasta la más pequeña de mis nietas; el avión te lleva. En cambio al de 300 caballos tú tienes que volarlo; tú lo llevas”.

Me pareció una razón perfecta para Pedro. Es maravilloso descubrir como creadora que la lógica interna que has trazado para los personajes tiene una conexión fuerte con la realidad y con la verosimilitud.

Por supuesto reforzaré el dato: Gabriel vuela un 235 caballos; Pedro un 300.

12.11.05

4. Las redes

El terror y la inseguridad al escribir han amainado gracias a los comentarios, especialmente, de dos personas que respeto mucho como escritores y a quienes tengo un cariño muy cercano: Javier Munguía y Margarita Oropeza.

Ambos me han hecho comentarios puntuales sobre lo avanzado; digamos que le han prestado sus ojos al “narrador ciego” del que hablaba hace días para orientarlo: Las líneas coinciden aquí, los colores se lograron allá; pule aquello, potencia esto.

Ambos han coincidido en:
-Ya está claro el anhelo por el vuelo que tienen los personajes principales.
-La motivación de ellos está bien diferenciada.
-Hace falta reforzar el inicio.

Margarita ha añadido que:
-Es interesante el ambiente campirano, machista, sofisticado por el ambiente de la aviación.

Javier ha anotado que:
-Es importante mantener la novela alrededor de la acción, y no de la reflexión, tono que suelen tener mis novelas.

Hoy mientras desayunaba con Margarita, hablábamos de su novela, de la mía, del futuro que queríamos como escritoras. Estábamos en un restaurante vegetariano, rodeadas de incienso y cuarzos. Y nos percatamos de que en una mesa vecina estaban sentados, en una charla queda, académicos locales y foráneos de Letras, que se encuentran reunidos por el Coloquio Internacional de Literaturas.

Y pensé que a pesar de todo, de las limitaciones que tiene una ciudad que ni siquiera tiene una librería que merezca llamarse tal, podemos encontrar pequeños destellos y recursos por estas redes de personas que, inexplicablemente, insistimos en permanecer en el camino árido y a contracorriente que es la literatura.

Mientras haya una persona interesada en las letras con quien podamos intercambiar visiones creativas, es suficiente; mientras haya una mesa con 6 personas a quienes conocer mejor y con quienes intercambiar conceptos, es más que suficiente.

Los recursos que podemos encontrar en una ciudad como ésta, no están agotados.

No contaremos con una librería digna, pero a la biblioteca de Javier Munguía le sobran muchos libros que tarde o temprano irá vendiendo, como suele hacerlo.

11.11.05

3. El Tartamudo

He introducido un personaje nuevo a la novela: el Tarta, apodo onomatopéyico de "El Tartamudo".
Bien dicen que los personajes te arrastran. Indagando en sus motivaciones, en su tartamudez, encontré que esta disfunción del habla es una especie de guerra entre lo que se quiere decir y lo que no se debe decir. Una especie de represión de alguna autoridad introyectada y la voz exacerbada que quiere ver la luz, pero es sofocada por la voz represora.
Esa guerra frena el flujo del habla, aborta las frases antes de pronunciarlas. Y me ha parecido fascinante, ya que el narrador lo permite, consignar esas dos voces que pelean por vencer.

Bienvenido a la ficción, Tarta.

9.11.05

2. Deshilando

Estuve en un bache narrativo. Borraba más de lo que escribía, que no está mal. Como escritor el fantasma del abandono debe acecharnos siempre, y bien haremos si nos unimos a ese enemigo.

Si llegamos a abandonar la obra que nos hemos propuesto, es una especie de selección natural para que no llegue al lector el bodrio que no fuimos ni siquiera capaces de culminar.

También ese enemigo puede trabajar a nuestro favor si somos capaces de discernir con agudeza el momento en que el lector puede abandonarnos.

Narrar es como tejer. Todos los recursos y elementos deben disponerse con exactitud para potenciar la tensión en la historia y para crear contrastes en la coloración de los personajes. Hay hilos que pasan por debajo o por detrás, igual que entrecruzamos los campos temporales.

Es más fácil deshacer el hilado narrativo cuando uno tiene estas figuras en mente.

He salido del bache de dos días y sigo trabajando.

7.11.05

1. Temor a la carne

El 1 de noviembre inicié la redacción de la novela. Tengo el esqueleto, el perfil de los personajes, la escaleta de la historia y, sin embargo, me siento aterrada.

El esqueleto no es suficiente soporte cuando tenemos que cubrirlo con músculos, vísceras, arterias, células, dermis, vellosidades, órganos vivos que mantengan la vida de ese gran cuerpo que es una novela.

Siempre siento que no seré capaz. No sé si un escritor experimentado sigue teniendo esta sensación pasados los años –bueno, quizá cabría preguntar si los escritores de renombre han sentido alguna vez terror-.

Mis amigos escritores me preguntan a qué temo, o qué quiero, o qué me frustra. No sé decirles. Escribo y me siento como si fuera un pintor ciego que no puede ver lo que ha trazado, si las líneas se unen donde debieron haberse unido; si los colores son exactamente los que se querían producir, si líneas y colores se han armonizado en la figura que se deseaba dibujar y, sobre todo, si aquello que se ha hecho vale la pena.

Estoy a ciegas.

El sábado les llevé a mis amigos del taller un avance de la novela. Hablamos principalmente del narrador. Es un tradicional narrador omnisciente; sabe lo que piensa, siente y desea cada personaje.

Es la primera vez que uso en una novela un narrador así. Mis dos novelas escritas hasta ahora están narradas desde la primera persona. Un narrador omnisciente era la mejor manera de solucionar las transiciones entre un personaje y otro, y entre una generación y otra. La mejor manera de mantener una narración independiente de la voz de los tres principales personajes.

Leo lo avanzado y me digo que es anodino, que si a quién le importa. Tal vez sin saberlo me estoy dirigiendo a una transición, que no se plasmará en esta novela, sino en la siguiente.

Tendré entonces que dejar un tiempo considerable para volver a escribir.

6.11.05

Año de novelar. Introducción.

Si este es un nido de palabras, aquí anidaré la novela que tengo que escribir como compromiso con el FONCA (Fondo Nacional para la Cultura y las Artes). El argumento de esta novela se centra en una dinastía de pilotos de fumigación aérea. A través de la novela se retratarán el oficio de la aviación agrícola, los valores de masculinidad que se tejen de generación en generación, la pasión ambigua por el motor y la naturaleza, la vida y la muerte, la herencia y el destino; desarrollando la historia durante la bonanza de la revolución verde (años 70) y el declive de la agricultura en el norte de México (años 80).

1.10.05

A volar

No debo volver a explicar(me) por qué inicié este Blog. En el primer post están mis iniciativas, mis dudas, mis motivaciones y contra-motivaciones.

Sigo igual de confundida. No sé si el Blog debe ser un espacio permanente, y sigo sin tener claro qué sentido hay sino mantener el puño elástico sobre el papel.

Pero la blogósfera se convierte a la vuelta del botón en un espacio para la vulgaridad. Vulgar es que los comerciantes aprovechen los espacios para comentarios y anuncien desde carros, hasta casas y ropa. Vulgar es que gente que no sabe qué hacer con su ocio deje mensajes que tienen que ver con todo, menos con la palabra –es decir, que no tienen que ver nada. Vulgar es la balacera de gatilleros que se desata, como en la mafia más decadente, para presuntos “ajustes de cuentas” –con su lista de inocentes civiles caídos.

Todo podría ser divertido. Incluso podrían divertirme comentarios anónimos que me dirán palabras que en ninguna otra parte tendré la oportunidad de escuchar, por no tener la vocación necesaria; comentarios llenos de pistas, como la firma evidente de un criminal primerizo.

Pero no me divierte que esa sea ya la regla entre Blogs de una u otra manera cercanos, que se están viendo invadidos igualmente por esa vulgaridad. Tampoco me divierte ya la idea de tener un Blog. No me hace gracia tener que omitir la opción de comentarios anónimos, un contrasentido para un Blog. No me es útil tampoco mantener el puño elástico cuando justo hoy inicio la novela que debo escribir como parte de mi compromiso con el FONCA.

Y porque no tengo otra forma de decir: no soy parte de esta vulgaridad y no quiero serlo.

Aquí está, les dejo estas palabras anidadas. No sé por cuánto tiempo abandono el nido. Y pido disculpas para la gente que buscaba aquí palabras y su placer. Pero a esos lectores les digo: la palabra sólo tiene sentido en la vida que debe vivirse, y no contarse; y en la literatura. Busquen literatura en los libros. Quizá algún día nos reencontremos ahí.

Gracias a todos por hacer de mi nido un lugar habitable, cálido, un espacio que se empecinó en la literatura.

Ahora, ¡a escribir!
¡A volar!

22.9.05

Finisterrae

Finisterrae. Leo. Y la palabra se implanta en la punta de mi lengua con toda su magia. Como si el misterio del mundo se me revelara.

Cuando era niña atormentaba a mi madre con una pregunta: ¿Dónde acaba el mundo? No, respondía mi madre, el mundo no se acaba. Y desesperada preguntaba una y otra vez: Entiende, mamá; si te vas caminando y caminando, ¿dónde topas con el fin de la tierra? Y ella obstinadamente repetía que no había tal.

Me habían dicho que el mundo era redondo. Pero ignorante del sentido de la fuerza gravitacional; yo pensaba que en medio del globo había una plataforma plana, donde se desplegaba el mapa mundi, en recto. Y que la esfera era sólo una corteza que nos protegía y aguardaba el cielo, las estrellas, el sol, la luna.

Por ello pensaba que al caminar, encontraríamos una pared; no una circularidad que convierte cada punto de partida en el punto de llegada.

Recientemente escuché una canción sobre piratas y sirenas, en el mundo precolombino, cuando se creía un mundo plano. En uno de sus versos dice: “...en la orilla del mundo”.

Y volví a sentir la fascinante añoranza por ese lugar, donde acabe el mar y la plataforma terrestre, y nuestros pies cuelguen al vacío, al misterio impúdico e irresoluble, hasta el vértigo.

7.9.05

Habemus becam

Les pediría que echen un ojo y luego echen un grito (de alegría los que se alegren y los que no... también), a una liga donde dan el anuncio. Pero sólo verían un montón de nombres como los deudores del predial.

Así que les comento brevemente:
Gané beca.
FONCA.
Jóvenes Creadores.
Novela.
Contenta.
Buen año literario.
Otro buen año personal.
Muy contenta.
Tan-tan.
No se hable más.
¡A escribir se ha dicho!

6.9.05

Rabito en cuatro actos

*Daniel Terán, ilustrador.
I. Un encuentro de pelos
Después de tres años de pedírmelo ella y yo posponerlo, un sábado por fin mi hija y yo fuimos por el perrito que habíamos encargado –cierto que al principio para mí era sólo una hipótesis-: schnauzer, sal y pimienta, macho.

Cuando salimos de la veterinaria con una casita móvil, una bolsa de comida, carnazas, collar, cacharros para la comida y un perro que por más recién bañado olía a perro, dije: esta es la realidad que nos espera.

Y así fue. Empezar a entrenarlo, y empezar a querer esa masa informe pero armoniosa de pelos: unos por aquí y otros por allá no; unas aristrocráticas cejas que caen como obelisco sobre los ojos, y un hocico con bigotes tan generosos como un chorro de agua abierto contra el viento. Nos fuimos acostumbrando a sus roces en nuestros tobillos. A la alegría incondicional e inconsciente de una criatura que parece haber nacido sólo para complacer y alegrar a sus dueños.

El cariño fue súbito y desbordante hacia Rabito.

II. Cannis filias
En el patio con Rabito, una mañana, 6 am. Observo su mirada que ladea de un lado a otro, como queriendo ganarse todo mi . Una mirada sin historia que sólo depende de que en ese momento lo acaricie y le repita su nombre, como una manera de asegurarle: existes para mí.
¿Por qué queremos con cariño súbito a los perros? Siento que esa pequeña criatura es el espejo que nos devuelve toda nuestra fragilidad, que toca con un dedo invisible la parte más vulnerable y herida que tenemos.
Los animales, las mascotas, son una especie de proyección de nuestra maltrecha debilidad.

III. La ponzoña de la enfermedad
Rabito enfermó. Todos los síntomas de ese mal mortal que aniquila a los cachorros en unas cuantas horas, eternas por el dolor. Hospital. Agujas. Suero. Dolor. Días de incertidumbre. De no reaccionar. De mejor no vengan a verlo. Hasta que recibimos la llamada: Vengan por él, tal vez en casa se anime más.
Recibimos a la fragilidad hecha pelos opacos sobre huesos pequeños. Sus dientes apretados por el dolor. Su estómago rugiente por la enfermedad que le impide comer y retener aquello que come. Una mirada que ahora no nos pide un , sino un no.
Días de llorar cuando nadie me ve. Días de llorar cuando alguien me pregunta y tengo que responder. Días de llorar cuando digo Rabito y ese sonido sólo significa lo que fue.
¿Por qué esta tristeza? ¿Por qué si suelo ser tan fuerte para todo lo demás? ¿Por qué el llanto cuando mi razón acomoda los cajones deshechos de la mente para no sufrir el caos ni el dolor?
No sé si es una vulgar y tramposa proyección. Lo cierto es que estaba consciente de que esa diminuta bestia estaba sufriendo y me dolía mucho. Tal vez porque para mí es tan importante la palabra, me frustra mucho que en el caso de un perro no hay palabras que ayuden, ni razones, ni entendimiento. Pareciera que su salud sólo dependiera de mi cariño, de mi destreza, de mi generosidad bruta, y se pone a prueba justo eso que me aterra: no ser capaz del suficiente cariño, o de la suficiente generosidad.

IV. Habemus Rabitum
Un día el instinto por la vida y por el cariño se despliega como una vela que majestuosa empuja un corazón endeble. Un día las orejas recuperan su estado de alerta, y ladean la cabeza como los alerones inteligentes de un avión que vira en el cielo abierto. Un día el olfato recupera su agudeza y busca apetitoso la comida. Un día la mirada empieza a recuperar el brillo que tiene el . Un día el pelo vuelve a ser un cosquilleo raudo por tus tobillos. Las aristocráticas cejas vuelven a ser nobles y no patéticas.
Dices Rabito y esa criatura responde con toda su razón de ser: una alegría porque sí, un cariño porque sí.

22.8.05

P.D. Días sin Ana

No es que esté celosa, pero si para ustedes Ana es una santa, esta semana me convertiré yo en una: mi mano derecha -e izquierda también- se me ha ido de vacaciones de verano por una semana. A Los Cabos. Tal vez ahí se encuentre a Luismi y la Arámbula, a Brad sin Aniston, o a Aniston sin Brad.
Yo en cambio sólo me encuentro con zapatos en la sala, con calcetines sin pares, con muebles empolvados, con comida sosa...

13.8.05

Días de Ana

Estos días convaleciendo, han sido días de Ana. De ver sus manos morenas, venosas, gruesas, desprovistas de los anillos de oro que siempre deja a un lado del lavaplatos en cuanto llega.

Han sido días de escuchar la radio popular: el noticiero gritón y contestatario de Juana María, el noticiero policiaco de doña Paquita (cuya cortinilla dice: "¡Ya, doña Paquita! ¡Ya párele!"); las canciones gruperas, rancheras y los narcocorridos en La Poderosa, La Kaliente, La Comadre.

Han sido días de escuchar sus dichos tan peculiares: “A mí me importa una pura y dos con sal”, “Me disculpa la cara si me equivoco cuando le digo que...”; su defensas precursoramente feministas: “¿Y por qué me quieres agarrar a huevo? Me voy a acostar contigo cuando a mí se me antoje, no cuando tú quieras”, “¡Ponme la mano encima, cabrón, y te echo la olla de frijoles hirviendo encima!“.

Han sido días de descubrir su ternura detrás de esa voz gruesa y golpeada que siempre parece estar enojada; días de planearme desayunos de antojos que no puedo prepararme en el día a día: chilaquiles, hot cakes, molletes.

Han sido mañanas de desayunar juntas, de escuchar las tristezas de su niñez huérfana y maltratada, las coqueterías llenas de libertad en su juventud; las historias extravagantes de las familias multiculturales a las que sirvió en Estados Unidos (la mujer sin un pecho que la recibía desnuda, la anciana oriental que tenía una enorme vitrina con antigüedades chinas cubiertas de polvo y de la prohibición mortal de tocar); los amores más o menos épicos con los tres padres de sus tres hijos; sus aventuras eróticas con un albañil en el hospital del DIF a medio construir, sin ventanas ni pisos; la amistad entregada y generosa con sus comadres; su miedo a la soledad.

Fueron días de conocer los asuntos que dirime con sus amigos y parientes por teléfono: "¿No supo que golpearon al Tobei? Así andaría de briago, ya conoce lo buscapleitos que es. Dice que él no hizo nada, puede ser, pero no lo conociera uno. Vale más que vaya a verlo; ¿qué tal que esté muy golpeado? Dicen que sí, pero está en su casa. ¿No andará en malos negocios, oiga? ¿No andará drogo? ¿No le estará entrando al foco?"

Días de saber que mientras ella se encarga de mi hija cuando no va a la escuela y yo trabajo, no hay nadie que cuide a su hijo adolescente y a su pequeño nieto: “¿Ya te levantaste, Toño? Ándale pues, vete a inscribir a la escuela. ¿Te dejó dinero la Karina? Y ahora métele ganas, guacho; ya quiero que este año termines la secundaria, y nada de que me llegue el aviso de un solo reporte, porque te saco de la escuela y te pongo a trabajar, ¡mantenido!”, “¿Qué pasó, Karina? ¿Andas trabajando en Peñasco? ¿Y te están pagando todo? ¿Te despediste del niño antes de irte? ¿Llevaste la tarjeta de salubridad? ¿Te vale la de Hermosillo pa Peñasco?"

Días en que hablamos de Carmen Campuzano, la Ana Bárbara, Andrés Puentes, Kate del Castillo y el Bichir, como si fueran vecinos escandalosos que permean nuestras paredes con sus chismes.

Han sido días de reconocer la confianza y complicidad de estos 10 años de conocernos. Lo veo en su silencio sensible mientras me ayuda con los vendajes; lo siento cuando da vueltas la venda en mi torso y recuerdo todas las vueltas en mi vida que ha atestiguado: un embarazo, un parto, una partida al extranjero por dos años, un regreso que hacía todo tan diferente, una separación luego de sus vacaciones (y la advertencia de mi parte después de que pasaran casi 15 días sin que su discreción y suspicacia se dieran cuenta), el desarrollo de un hogar habitado por sólo mujeres.

Han sido días donde toman sentido estos cinco años en los que ella se ha convertido en mi mano derecha y también en mi izquierda; días en que descubro qué sucede cuando me voy al trabajo viendo algo roto y regreso viéndolo remendado.

Días en que hablamos de la salud de las mujeres ("A mí el pap me toca cada agosto", "A mí cada septiembre"), de hablar de mamografías, de las amigas que no se revisan por miedo al diagnóstico, de sus dos hermanas muertas a golpes por los maridos, de su hermano sordo mudo que vive con ella, del primer marido que aún le ruega amores ("Quizá cuando sea vieja, mis hijos se hayan ido, no pueda trabajar y me mate la soledad").

Días de valorar sus manos mágicas sobre los muebles y las verduras y las plantas; sobre las ropas, las camas, las vajillas y los pisos; sobre mi torso envuelto en vendajes; sus manos milagrosas sobre mi vida y la de mi hija.

5.8.05

Unas cuantas cicatrices más

Estoy a punto de que acabe mi metáfora: la cicatriz solitaria del lado del corazón.

Será hora de crear otra poesía. O bien, de aceptar que la salud es como es: un amante despechado que nos mantiene siempre bajo amenaza.

4.8.05

Tormenta

Qué belleza hay en la electricidad que abre con su filosa navaja una herida en el cielo, qué conmovedora la luz que sangra en medio de la oscuridad, qué dulzura hay en la amenaza que se yergue como una serpiente furiosa ante nuestra templanza.

Mirar de frente la amenaza nos hace superiores a ella, permanecer en la intemperie nos trae la paz que no tiene quien posa su cabeza en alguna oscura cueva, caminar en calma cuando la lluvia acecha y latiguea con su frío nos da poder sobre las tormentas.

Míralo en el cielo, hoy abiertas sus entrañas; mañana, un perfecto azul, eterno.

27.7.05

Silencios y presencias

Por la mañana en casa hay silencio. Una luz amarilla en mi habitación. El reloj inclinado para que el on no se haga off. El libro, la vela, el vaso de agua. Mi cama destendida sólo de un lado. El albornoz de felpa para después de la ducha. Y el silencio. Ese silencio que es más silencio cuando corre el agua sobre mi cuerpo. Cuando salgo en pantuflas del baño y me asomo a la habitación de mi hija y ella sigue durmiendo. Silencio cuando pongo el café en la cafetera italiana. Más silencio cuando su chillido y olor irrumpe en la nada.

En mi casa hay un silencio que resguardo y amo. Un silencio que hoy fue interrumpido por un chocar de cuchillas.

Entre las cortinas de la cocina vi unas manos morenas y callosas recortando la bugambilia. Un hombre silbaba tras la ventana. Una mano manipuló la cerradura de la puerta y entró ella, Ana, como cada día desde hace 10 años, para ayudarme a llevar la casa.

Y ese espacio silencioso y solitario que es mi hogar, se fue llenando de sonidos y presencias. Ana acordando conmigo la comida del día. Mi pequeña sobrina Paulina de 6 años que se levantó con su cabello profundamente negro y revuelto, y me dio los buenos días con esa voz tan dulce que ha traído del occidente mexicano. Y volví a la habitación de mi hija, y seguía durmiendo, pero su respiración se levantaba como un sonido claro y nuevo.

Cuando abrí la puerta de casa para marcharme al trabajo, entró el sol con su luz estruendosa; y vi a Ana trayendo un enorme jarrón de bugambilias malvas, y vi al jardinero con su sonrisa blanca quitarse el sombrero, y vi al guardia saludando desde su bicicleta.

Y me di cuenta que esas son las presencias de mi casa, los sonidos de mi casa, las personas que le dan color y sabor a mi casa. A esa casa silenciosa habitada por dos. A esa casa llena de sonidos y de gente que me ayuda a cuidarla y hacerla un lugar bellamente habitable.

21.7.05

La Virgen del Cojo

De un jalón de brazo interrumpe mi ensimismamiento en la Plaza Mayor de Salamanca: ¿Eres americana, maja? Ya entonces sabía que por el hecho de ser de la vasta América, para los españoles yo era americana. Acepto. Y luego viene el interrogatorio.
¿Venezolana? No, mexicana. ¡Ah! A mí me encanta América, y qué decir de tu país Venezuela. Dije México. ¡Tuve muchos pretendientes venezolanos!¡Guapos y ricos! Qué bien, pero aclaro, soy mexicana. Ah, sí, es que se nota que no eres de aquí. Aunque uno nunca debe dejarse llevar por las apariencias...

En ese momento decido observarla mejor. Se trata de una mujer elegante, con el cabello rubio y peinado con rulos hacia atrás y un collar de perlas auténticas. Buena apariencia.
Mira, ¿ves ese balcón? Ahí mismo hace años, tú ni nacías, estuve al lado del Generalísimo Franco. La gente le aplaudía a él, era muy querido aquí, pero lo que la gente en realidad gritaba era: ¡Ala! Y quién es esa chica rubia que está al la’o del Generalísimo? ¿Es alemana, inglesa, holandesa quizá? Y nada, ¡que era yo! ¡Pilarica! ¡la misma!

Su apariencia empieza a parecerme extraña, y trato de zafarme entre la gente que abarrota la Plaza Mayor en las fiestas patronales. Pero ella me sigue. Por cierto que en esa época es cuando te digo que traía a un pretendiente muy bueno, de tu tierra. Que no.... Vale, para qué aclaro, me digo, y mejor trato de seguir avanzando entre los ríos de gente. Va tras mis pasos. Ese chico era médico, figúrate tú, muy guapo y con mucho dinero y buena educación. ¡No era el único pretendiente que tenía! Tenía cubanos, mexicanos, argentinos, y ya te digo, de tu tierra, venezolanos.

Una procesión interrumpe mi huida y me encuentro de frente su rostro blanco, sus mejillas manchadas por un histérico blush rojo, sus ojos exaltados.
Pero al final, ya sabes, fui a elegir al peor, ¡me casé con un cojo! ¡Y aquí me tienes que todavía soy virgen!
Entre la Virgen de la procesión y esta otra, escojo escaparme en la procesión, y en todo el trayecto me carcome una pregunta que, aunque pueda parecer, no es teológica: ¿Qué tiene que ver la cojera con la virginidad?
Como dijo la misma Pilarica: uno nunca debe dejarse llevar por las apariencias...

14.7.05

Mis Obsesiones

Siempre digo que mi familia y mis amigos se conocerán hasta el día de mi funeral. Esto debido a:
1. Que tengo una obsesión por mi funeral. No en la logística, en los últimos deseos ni en qué versión quiero ser muerta. No me importa que no vayan a mi cumpleaños (es el 1 de enero y entiendo la dificultad), pero no seré igual de tolerante con mi funeral: ahí los quiero a todos. Dije TODOS: amigos y ex amigos, hija y sus amigos y los padres de sus amigos, ex marido, su familia y su ex mujer (de ser posible), ex novios y pretendientes eternos, familiares cercanos (lejanos no, porque dicen que todos los Mendívil somos parientes y no me gustan los rollos masivos), jefes y ex jefes, compañeros y ex compañeros de trabajo.

Cuando me he separado de alguien, siempre la frase de epitafio es: ¿Irías a mi funeral? En esos momentos habrá quien ponga cara de ¿?, pero, la neta, nunca dicen que no.

2. Mi familia es un poco ermitaña. Los Mendívil sólo se llevan con Mendívil, dice la leyenda. Y mis amigos son muy distintos a mis familiares. Entonces siempre temo el cóctel. Tuve sospechas de que a mi espalda mi familia se compadecía de que yo tuviera amigos imaginarios, y que por otra parte mis amigos creyeran que era una extraterrestre sin ombligo y con un apellido vasco tomado prestado de algún periódico español que gusto de leer.

Pues el momento se dio. Guardo la fecha: sábado 9 de julio, a las 10 pm. Dos de mis hermanos con sus respectivas esposas llegaron a mi casa, y se encontraron que mis amigos imaginarios (y quizá hasta pensaban que “paros”) son reales (ayudó mucho la vestimenta informal sabatina).

Y la fecha tuvo otro aspecto extraordinario. Cerca de la media noche, tocaron a la puerta. Me asomo (no esperaba a más comensales), y encuentro a mis sobrinos adolescentes en pleno: seis pubertos entre 14 y 18 años a mi puerta, conduciendo el coche ellos, autorizados para pasear a esa hora. Y perdonen, a todo mundo se le llega la hora de la cursilería: sí, los recordé cuando eran pequeños y etecé (todo lo que puede decir una tía que era y sigue siendo la Tía Tita de estos chicos maravillosos).

¡Ahora sí, me puedo morir! Ah, pero no olviden ir a mi funeral, por favor.

26.6.05

Cartografías

E imagino ese día, en que una persona sola se colocó frente al horizonte, levantó su dedo y dibujó en el aire las líneas divisorias:
Yo te nombro mío.
Yo te nombro ajeno.
Yo te nombro patria.
Yo te nombro extranjero.
Yo te nombro amor.
Yo te nombro enemigo.

Y atestiguo cuando llega esa tormenta de arena, y vuelve a borrar las líneas divisorias, y uno agradece el caos y se adentra en él, se arremolina, se deja llevar e invadimos la patria y damos la sangre por lo ajeno; y nos ponemos el nombre extranjero y deshonramos el propio; y uno deja de ser quien es.

Hasta que alguien apunta con el sol frente a los ojos, como la lámpara de un verdugo, y nos obliga nuevamente a levantar el dedo y dibujar las líneas divisorias.

Y uno desea de nuevo la tormenta, para olvidar las fronteras y ser sólo remolino, un puño de arena abierto en la entraña del caos.

24.6.05

Dolor

Tengo mis técnicas para manejar el dolor. Cuando de repente me encuentra a la intemperie, como si lloviera sobre un coche convertible, enseguida me cubre una capota que me protege y aísla. Es un blindaje que me hace sobrevivir con un confortable estoicismo.

Otras veces, esa capota no aparece por más botones que intente accionar. Entonces no queda otra opción más que ésta: escribir.

El dolor que me ha agarrado con fuerza en mi interior, sale entonces, como la piedra enlodada de la profunda oscuridad de una mina. La pongo sobre la mesa. Y una vez afuera, la pulo hasta que se convierte en una extraña piedra, extraña a mí, extraña a eso que se llamaba dolor y que ahora es sólo palabra.

23.6.05

Úsese fácilmente

Los objetos que tienen alguna muesca, indican por dónde deben ser tomados, manipulados, movidos, usados.

La vida va dejando también en nosotros muescas, que los demás detectan fácilmente, para tomarnos, manipularnos, movernos, usarnos...

21.6.05

A fuerza

A veces creo que no soy tan fuerte como piensan.

A veces siento que soy más fuerte de lo que quisiera.

31.5.05

Código roto II

En algún lugar deben enseñar a amar y cortejar. En un lugar que está más allá del hogar materno.
En algún lugar las mujeres aprenden cómo tensar la relación, cómo provocar el deseo, cómo aparentar indefensión clamando la mano protectora del caballero. En algún sitio las mujeres aprenden a celar, y a ser celadas; aprenden cómo resistir a buscar al otro para más bien ser procuradas y casi perseguidas.

Debió haber sido en algún lugar que yo no frecuenté. ¿Dónde puede ser? Últimamente tengo mi sospecha que se trata del baño de mujeres, donde las chicas hablan de sexo, de novios y fuman.
De sexo hablaba con mi hermano Jorge, mientras me llevaba en su coche a la escuela. Yo trataba de no abrir la boca cuando me sorprendía algo. En cambio levantaba las cejas y asentía entornando los ojos como demostrando mi amplio criterio y conocimiento.
Cuando tuve novio, estaba muy lejos del baño de mi escuela, de mi ciudad y por supuesto de la influencia de mis amigas, quienes me confirmarían cuándo enojarme con él y cuándo darlo todo, y así tenerlo “comiendo de mi mano”, como se jactaban de sus relaciones.
Y sobre los cigarros, debo decir que nunca en mi vida he probado siquiera uno; y si la oportunidad la tuve en casa cuando mi madre me encendió uno, quiere decir que el baño de la escuela me pasó de noche, lo cual confirma mi sospecha de que existe un código común aprendido en ese sitio.
Si no fuera así, ¿por qué todas las mujeres saben qué hacer en la primera cita? ¿Cómo es que saben hasta dónde tensar la relación para que no se rompa y sólo se vigorice? ¿Por qué está tan claro de qué hablar con ellos y de qué no?

Ahora que soy una mujer adulta, me gusta observar a las parejas cuando visito algún bar, tratando de descifrar ese código. Ese lenguaje primigenio de miradas directas o evitadas, de caricias en la propia cabellera o en la copa, de cuerpos que se acercan hasta un punto, y luego se retiran en la protección del respaldo de la silla para continuar el duelo químico y físico. Parece que un coach le susurra al oído a cada uno la estrategia para conquistar el cuadrilátero.
Ellos lo hacen de manera inconsciente, como si bailaran y sólo siguieran un ritmo interno. Pero yo en mi mente escucho el parloteo de un narrador que decodifica el lenguaje y la estrategia, como un traductor que me revela ese idioma oculto.

No sé dónde me entrenaron a mí. Algún código debo usar, no lo niego. Pero ha sido distinto. Entonces no existe el parloteo de la traducción, sino silencio y oscuridad, y es cuando viene el deseo de bajarme del ring, de evadir la contienda, de no exponer mi cara para no ser golpeada, de no expresar mis palabras que serán respondidas ágilmente con el filo de otra espada.
En mí hay un código roto. Una pauta rota. Un ritmo roto.

19.5.05

Las mujeres y el mar

Fui al mar pero no vi el mar. Vi a las mujeres mirando el mar.

La mujer que tenía 20 de no ver el mar y que entre labios murmuraba una emoción indescifrable para mí.

La mujer vestida de novia que veía abrirse un nuevo cielo sobre el vientre liso e indomable del mar.

La mujer que enmudeció por un derrame cerebral, deseando que el mar se derramara en sus pies niños, recogidos en la silla de ruedas.

La mujer que desde el muelle llamaba a su amada en la distancia, porque nunca habrá boda que las una, ni boda donde puedan bailar como pareja enamorada.

La mujer que en un arrebato de libertad tomó su auto para bailar sola en la arena.

La mujer que en la noche se retiró a meter los pies en el mar, y a observar a todas las mujeres mirando el mar.

25.4.05

Fuera de contexto

La sensación al ver a ciertos personajes fuera de contexto, es lo más parecido a mirar la desnudez. Así me sucedió cuando un domingo encontré en el supermercado al impecable capitán de meseros de un restaurante al que era asidua, vestido con una camisa hawaiiana y con un arete brillante en su oreja izquierda. O a la acortonada conductora de televisión sin maquillaje y con unos pants en una taquería.

1.
Así sucedió con el joven que estuvo viniendo a casa a reconfigurar la internet en mi vieja mac. No fue fácil la odisea. Su compañía Omnired había sido absorbida por Terra; y si pocos saben entenderse con una mac, ¡muchos menos con una mac vieja!

La charla empezó profesional. Ante la incertidumbre laboral -¿realmente les daría Terra un contrato definitivo?-, empezó a vender equipos, y me ofrecía una PC con la cual no iría a contracorriente. Y devino, inexplicabemente, en su vida. “Aconséjeme, ¿cómo le hago para entender a mi novia? Estoy loco por ella; no hago otra cosa más que escribirle canciones y poemas, y cada vez que lo hago parece que se distancia más de mí. No salimos tanto como yo quisiera, siempre pone de pretexto a su hijo; ya hasta celoso me pongo. Me dicen que una mujer divorciada no es para mí, que se la deje a viudos o divorciados... Que yo merezco una muchacha nueva. Pero yo la quiero a ella. No puedo dejarla”.

A mí me causaba desasosiego ese chico. Siempre tan pulcro en su vestir, con su cabello perfectamente engelado, con su rectitud al caminar. Pero ese “todo-en-su-lugar” de la apariencia, sólo me parecía la camisa de fuerza que contenía a un loco de remate. Temblaba tanto cuando me contaba su amor desesperado, que me parecía el pulso previo a un criminal pasional que arrebata la navaja para hundirla en la vida de su víctima amada. Los ojos, siempre desorbitados, acaban tristes y rendidos al final de su monólogo: “Pero no sé, señora, parece que tengo mala suerte con las muchachas; siempre encuentro las que me hacen sufrir. ¿Qué puedo hacer?”.

Empecé a temer que antes de que él encontrara la configuración de mi compu, vería ante mis ojos salir de un sótano oscuro a un hombre deforme.

Lo he encontrado de nuevo. He ido a comprar sobres y bolígrafos a una papelería, y oigo esa voz pausada, gangosa, con que me contaba sus historias de amor obsesivo: ¿Qué más puedo ofrecerle, señora?

Espero no me recuerde. Yo a él difícilmente puedo hacerlo coincidir con aquella imagen de neo-ejecutivo, con su pelo recortado casi al ras, y una camisa que ostentaba con profesionalismo el logotipo bordado de Terra. Veo su cabello recogido en una coleta que le llega a la cintura. Tiene rapado el cabello por debajo de las sienes y por encima de sus orejas. Trae una camisa roquera y ha abandonado ese caminar tieso, para remolinearse con indolencia mientras trae un sobre u otro, una pluma u otra, la nota o la feria... Por fin salió del sótano el hombre que era, ¿o es otro ensayo? Espero por lo menos que éste no se obsesione con “muchachas que lo hacen sufrir”.

2.
Me intriga el hombre que cuida uno de los estacionamientos
del centro cívico de mi ciudad. Mi curiosidad me lleva siempre a constatar si él sigue rompiendo con el estereotipo del sonorense de 50: voz bronca, acelerada, pronunciada a medias y a gritos, con su vestimenta vaquera. Y el resultado siempre es: ni una pizca del cliché sonorense, sino esa profunda y modulada voz de locutor, su complexión delgada, e invariablemente algún elemento que me confirma que este hombre ha tenido miradas fuera de esta tierra (alguna pulsera, algún collar, alguna boina, alguna camiseta...).

Es de pocas palabras, de cero sonrisas, de una parquedad casi ascética. ¿Vivirá solo? ¿Tendrá familia? ¿Qué hará después de las 3 pm, cuando el estacionamiento se cierra?

Ya tengo la respuesta. He ido con mis amigos a una restaurante africano. Hay música en vivo, trova con matices de jazz latino, según me avisan. Veo salir a un chico con una cara larga parecida a la de Dominique Miller con la guitarra en la mano; y en las percusiones lo veo a él, al hombre del estacionamiento, y por primera vez le veo sonreír; y no sólo sonríe una vez, sino que sonríe durante todo el tiempo que toca.

Pensarán que soy ridícula. Y no lo discutiré aunque no esté de acuerdo. Pero me siento conmovida. Ser guardia de un estacionamiento nunca me ha parecido el lugar para ese hombre. Pero esa idea es soportable si por las noches toca con tanto placer en un restaurante africano.

PD. La vida da muchas vueltas. Y las compañías no son la excepción: Ahora la gran Terra, que absorbió en otro momento a la local Omnired, ha sido comprada por Alestra - AT&T, que también tienen que unirse para significar en el mercado.

31.3.05

Los Jotas

JB me pregunta si vale la pena seguir con su blog, seguir en el blog, seguir con los blogs.

Yo no puedo hacerme esa pregunta sin cuestionarme si vale la pena escribir, si vale la pena la literatura.

Y como ya no me cuestiono eso, simplemente ocupo mi energía en escribir, mejor veo a JM quien me dice que no sabe por qué, pero para él la literatura está por encima de todo en su vida. Envidio su pasión, pero como no me cuestiono más el tiempo y la pasión que me ocupa la literatura, y simplemente escribo, vuelvo a ver a JB.

Para cuando lo hago, JB ya volvió a creer en los blogs y ¿en la escritura? De esa no ha dudado demasiado, creo.

JC está en la ciudad, me invita a unas cervezas. Y sé que cerveza no es sólo una bebida burbujeante con fermento de cebada. Sé que cerveza significa vida, reflexiones, amistad, divagaciones, risas, complicidad, recuerdos, una larga amistad.

Estamos frente a la ventana que da a la plaza, lustrosa y espléndida bajo las farolas y los vientos locos de marzo. Y JC sigue contándome su vida. Me dice que le duele pensar que su búsqueda de trascendencia y el hombre que ha llegado a ser quedarán sepultados junto con sus cenizas. ¿Qué será de todas mis vivencias, estas palabras, todo lo que he pensado y concluido a través del tiempo?, pregunta, y enseguida me mira con ojos más abiertos: Tú has sido mi diario.

— Eres escritora. ¿No te maravilla la vida que hay alrededor de ti? -y en ese momento recobra vida y sonido el gentío que ha abarrotado el bar; están viendo el box y de tanto en tanto gritan y saltan sobre sus asientos-. ¿No te maravilla que puedes escribir de todo esto?

Asiento con la cabeza, fascinada ante el espectáculo que de pronto se me revela una vez descorrido ese telón siempre imperceptible en la realidad. Un hombre emocionado por un intento fallido de knock out cae de su banco recargado en la barra. Sus botas vaqueras le hacen ver como un torpe esquiador intentado levantarse.

Mientras veo a la gente apasionarse y la pantalla que muestra a un hombre ensangrentado y con el rostro deforme e inflamado, a mi lado JC cuenta como una confesión queda: Mi padre era médico de ring; lo acompañé muchas veces de niño, y estuve junto a él en una esquina como esa. Y nunca la pelea fue más interesante que las palabras que escuché al coach y al aguador. Tal vez en una esquina así decidí también ser yo médico... tal vez ahí aprendí a hacer estratega.

Vuelvo a ver a JC, sus ojos brillan como el reflejo de las farolas en la plaza lustrosa. Agradezco en silencio ese momento, y tantos otros momentos de charla, de indagar en lo humano, de compartir nuestras vidas como joyas entrampadas todavía entre el lodo y las rocas.

No sé si un día escribiré de nuestras reflexiones y nuestros días; pero hoy ofrezco este post a JC: de alguna manera tu búsqueda por trascender quedará atestiguada; sea este texto prenda de que así será.

Y a JM y JB, les dejo sólo la certidumbre de que aquí, en lo profundamente humano y vivo, está la literatura.

28.2.05

La caída

Leo el titular del día: Cae avioneta cerca de Guaymas. Inmediatamente pienso en mi padre y en mi hermano, quienes vuelan. Pero en el mismo momento caigo en cuenta que mi padre está retirado, y mi hermano ya no vuela en el Valle de Guaymas.

Es mi hermano Martín que ha salido de mis recuerdos, y que a su modo me guiña desde donde está, como siempre lo hacía: sacando la lengua y diciéndome brujita.

Hoy hace 20 años que las palabras de ese titular se volvieron un caos en mi vida (un caos que aún intento ordenar): accidente, hermano, muerte, nunca, dolor, sangre, ausencia, luto.

No sólo vi la muerte ante mis ojos. Vi la forma en que cada uno de mis hermanos y padres enfrentaron la muerte. Decidí un papel de testigo, relatora. Y decidí que viviría rápido, porque la muerte nunca saca cita.

A 20 años, las cosas son tan diferentes, y a la vez tan iguales. Persiste ese vértigo que se siente ante el precipicio de la muerte, saber que nunca más recuperarás a alguien, que la vida abandona el cuerpo en un instante, y a partir de ahí será el silencio y la ausencia. Pero mamá murió, papá ha vuelto al campo; sus hermanos menores hemos continuado con nuestras vidas, nos casamos, descasamos, tuvimos hijos, y ahora entendemos el sufrimiento mortal de nuestros padres.

No pienso en lo que hubiera sido de la vida de Martín si hubiera vivido más allá de sus 21 años. No pienso en lo que hubiera podido hablar con él por la noche si hubiera vuelto a casa, como siempre, lleno de polvo y oliendo a su avión (un olor ácido a tóxicos y gasolina).

Pienso en esa última noche, que recuperó una alegría inusual en su carácter taciturno. Recuerdo sus últimas bromas pesadas. Vuelvo a verlo sentado en el comedor devorando un pollo y halagando la sazón de mamá.

Y me gusta pensar que ahora de alguna manera continua su vida. A lo mejor entre los trigales que fumigaba hace 20 años, y que lo atrajeron hacia las espigas y hacia el origen de la vida. Que está entre el zumbido fantasmal de esos vientos locos de febrero y marzo. Que está en nuestras cocinas, esperando la cena o que le regalemos un vaso de agua fría. Que anda agazapado en la habitación de mi hija, jugando al fútbol con los peluches y sacándole la lengua mientras le dice: Brujita.

4.2.05

Cicatrices

Sólo tengo tres cicatrices en mi cuerpo. Cada una de ellas parece el grabado de una experiencia indeleble en la caverna de los recuerdos.

Mi pie.
Tenía 4 años. Y era un títere entre las manos de mi hermano de 7 (a esa edad, toda una figura a ser admirada), y las de mi vecino Oscarito, de 3 años, con quien me desquitaba de la autoridad de mi hermano.
-Mira, Oscarito, ahora te demuestro que mi hermana sí es la mujer biónica.
-No creo, la mujer biónica sale en la tele, y es rubia y no es niña.
-Ah, es que ahora fabrican mujeres biónicas de todas edades.
-No creo.
-Pues ya verás.
Yo oscilo hipnóticamente entre uno y otro. Ahora mi hermano al fin se dirige a mí.
-A ver, demuestra que eres biónica.... Eh... Salta “eso”.
“Eso” era una varilla de 30 cm donde atábamos a nuestra perra Natacha ocasionalmente. No discutí. Me alejé unos pasos para tomar vuelo, porque de lo que sí tenía conciencia era de la escena que tenía que representar: el drama de una mujer con un mecanismo interno que la convertía en la más rápida y poderosa del mundo. Me detuve a pensar, ¿en cámara lenta o en rápida? Mmm... lenta, porque si lo hago en cámara rápida se notará que no soy biónica. Ahí voy corriendo en cámara lenta, queriendo que mi pelo castaño volara como en la tele... imposible en cámara lenta (¿cómo le hará ella?). Saltar lentamente no es la cosa más sencilla y segura que hay, uno de mis pies no se elevó lo suficiente y mi empeine, aerodinámicamente extendido sobre la varilla, rozó la punta oxidada de ésta, y caí de boca en el suelo.
No era necesaria conclusión de la escena, pero Oscarito, que no sabía manejar la tensión dramática, concluyó burdamente: “¿Ya ves? No es biónica”.
Sabrán lo que vino después: vacuna contra el tétano, montones de agua oxigenada, vendas, pomadas, sulfatiasol.
Consecuencia: Una cicatriz lineal en el empeine del pie izquierdo. Así descubrí que cuando se trata de demostrar algo, nunca lo logro. Tengo lo que llamo desde entonces “el síndrome biónico”: Nunca he podido concursar, cantar en público o jugar pensando en ganar; me parece ridículo.

Mi rodilla.
Jugaba al bote robado. Me había parecido una tarde eterna, en la cual no se oían los llamados de mi madre para que me metiera ya a casa. Era la primera vez que jugaba en la calle con los niños del barrio y yo era la única mujer. “Uno-dos-tres por Antonieta”, escuchaba, y mi nombre me sabía diferente en los labios puerilmente masculinos de los niños. Me sentía libre, ágil, astuta; estaba haciendo un buen juego. De eso dependía que obtuviera el respeto de los niños, que me vieran como a una igual, pero también como una niña (¿Y como una niña bonita e inteligente...? Mejor; a esforzarse más, entonces). Pero en un momento crucial, cuando iba velozmente a salvarme no sólo yo, sino al niño que más me gustaba, me barrí con la tierra suelta de un jardín abandonado, y mi rodilla se deslizó, no diré que con suavidad, sobre la banqueta rugosa, donde además estaban las manos mías y de mis 5 hermanos estampadas a bajorrelieve. Había sido mi oportunidad para romper el “Síndrome biónico”, y hasta ese momento todo iba bien. Pero no quedaba ya nada más que demostrar, al menos que no sería una niña llorona, mientras veía salir de mi rodilla una sangre espesa y casi negra. Lloré. Volvió el síndrome. No demostré nada.
Consecuencia: Semanas con la rodilla derecha entablillada, con vendajes, curaciones, y la indolencia de mis vecinos. Y dos cicatrices semi circulares, como si fueran un yin y un yan. Al "síndrome biónico" se le unió éste, que me impidió tratar de llamar la atención de los varones por los siglos de los siglos. La coquetería me parece un spaguetti colgando vulgarmente del labio, a punto de caerse al plato.

Mi corazón.
Han pasado décadas desde esas niñas paralizadas por el síndrome. Pero sigo siendo una mujer que no quiere demostrar nada: que la vida no ha sido fácil, que he sufrido, que me han lastimado. Para no demostrarlo, he vivido como en cámara rápida. Cayendo y levantándome mientras me sacudo la tierra humillante. Sellando recuerdos dentro de una cripta sin llave, para que no salgan jamás. Sé que hay heridas, pero no símbolos de ellas: no recuerdos, no fotos, no cicatrices. Hasta que me hicieron una escisión en el lado izquierdo del pecho. El pecho, donde el corazón golpea como un corcel sin lazos.
Consecuencia: Una media luna invertida en el extremo del corazón, una cicatriz que cuando la veo me habla de mis heridas de guerra. Una cicatriz que vuelve a llamarme a la guerra.



21.1.05

El hombre de verde y el pesimismo

Cada tres meses llega a mi oficina, con recibo en mano para cobrar mi suscripción a un periódico español.
Tiene una apariencia difícil de olvidar. A pesar de sus sesenta y algo años, aún se conserva apuesto. Tiene el cabello blanco peinado cuidadosamente hacia atrás, siempre está vestido de verde pistache (camisa y pantalón), sus ojos son verdes y el recibo también. La mirada es aguda, y su ceño posee una afectación que me incomoda. Parece un maestro severo de los años cincuentas.
Trato de pagar rápido, no hablar mucho con él. Pero de un tiempo a la fecha, se sienta (sin ser invitado) frente a mi escritorio; se recarga en la silla, coloca el pequeño maletín en su regazo, y empieza con parsimonia una conversación que parece continuar de otro día.
Ayer llegó como un agorero del mal; a las 10:00 am estaba yo haciendo un recorrido por los caminos más pesimistas de su mano, como un Fausto decadente llevándome a su infierno.
Empezó hablándome de su repartidor (a éste lo veo todos los lunes, siempre sonriente, apurado, se detiene apenas para dar los buenos días). Me dice que es un hombre bueno, como los que ya no hay, un trabajador leal, que sobrevive de repartir periódicos y vigilar la imprenta de un periódico local. Me dice que se ha superado tanto que tiene una casa muy bonita, pequeña pero muy bonita; de modo que los vecinos sospechan que en lugar de tirar periódicos, tira drogas. Me dice que la gente es mala y juzga sin tener información. Que a él también lo critican porque de eso vive, de distribuir periódicos foráneos, y que su casa es muy bonita y le ha dado estudios a sus cuatro hijos. Me dice que la gente no se supera porque la condición humana es mala.
Estoy estupefacta y sólo alcanzo a decir estúpidamente: Ojalá eso cambie. Echa su cuerpo hacia delante y me dice con sus ojos severos: No cambiará, irá a peor, y ¿sabe por qué? Porque es bíblico, las Escrituras cierran con el Apocalipsis.
De repente, ese ceño, esa imagen siempre pulcra, su charla anodina pero que me parecía encaminarse a algo, sale a flote y todo me parece explicable. Después de escuchar algunas citas (casi todas del Antiguo Testamento), me doy cuenta de que quería predicarme desde hace tiempo. Me dijo que cuidara a mi hija, porque las drogas, porque el sexo, porque la perdición... porque... ah, y las Escrituras.
Yo deseaba atajar mi fugaz viaje a ese infierno tan mediocre que me presentaba el hombre de verde: Oiga, qué pena me da quitarle tiempo, y no tengo efectivo hoy, ¿me espera mientras me cruzo al banco, o...? Mueve su mano con indulgente negativa: No se preocupe, vengo otro día, y seguimos esta conversación. Acepto con gratitud (gratitud por lo pronto).
¿Es el cristiano un pesimista por naturaleza?, me pregunto. Resuenan en mi mente las palabras del escritor alemán Ernst Jünger, que decía que los únicos que pueden conservar la esperanza son los cristianos.
¿Por qué a veces el cristiano parece tan pesimista, si son los únicos que pueden ser optimistas?
Si se ve el Apocalipsis como un embudo histórico entre el paraíso perdido y la consecuente muerte por el pecado, pues es de un pesimismo irreductible, una condena a la que nos sometieron “Adán y Eva” y de la cual no podremos escapar nunca más. Me pregunto entonces qué papel jugó Jesús en todo. ¿Ser sólo una imagen folclórica? ¿Un accesorio iconográfico para recordarnos lo mala que fue la humanidad al asesinarlo? ¿O ser otro agorero de ese mal inevitable?
Hay otra forma, claro está, de ver el devenir histórico. Teillhard de Chardin veía el Apocalipsis como la evolución de la humanidad hacia un Hombre Nuevo. Y era una evolución histórica, no metahistórica. El papel de Jesús sería entonces mostrar el camino para ser esa humanidad nueva.
Mi secretaria interrumpe mis cavilaciones, se pone enfrente de mí, riéndose con picardía, con ganas de ironizar sobre el hombre de verde que recién se ha ido. Le lanzo la pregunta: ¿No te pareció que es cristiano protestante? Y me dice: ¿Qué católico sería capaz de citar con exactitud algo de la Biblia? ¿Y qué católico sería tan amable como para permitir que le pagues después?
Me clarifica su sentido común, pero mi sentido poco común me lleva a otra pregunta: ¿Puede el pesimista llegar a ser una mejor persona que el optimista? Pero me detengo, de seguro la respuesta de mi secretaria me haría sentir doblemente idiota y ociosa.

10.1.05

La muerte de los locos

Intentaba bajar del carro unas cajas que debía llevar a mi oficina, cuando veo acercarse a un joven. Se veía aseado y saludó educadamente: ¿Le ayudo a bajar las cosas, muchacha, y me da una ayuda?

Mi desconfianza hacia los desconocidos, y un chocante orgullo que por desgracia he desarrollado, me hizo pensar en un no gracias terminante.

No tuve una oportunidad rápida de hacerlo, lo que siguió me dejó muda, tratando de conectar la apariencia de ese joven, sus palabras, con mi intuición y habla. Él siguió con su ofrecimiento:

—Verá usted, es que soy hijo de Dios (Pensé: cristiano protestante).
—Yo estuve en la cárcel, en el CERESO (Pensé: hombre en superación).
—Vivo de pedir dinero a cambio de ayudar a la gente, en lo que necesite (Pensé: Vale, dejaré que me ayude).
—Necesito dinero porque yo me morí en el CERESO (Pensé: ¿Puede repetir eso, por favor?).
—¿Se acuerda del motín? Yo fui el último al que mataron, al que dieron 7 puñaladas contra la pared (Pensé.... Bueno, no pensé).
—Si me ayuda no se arrepentirá. Yo tengo mucho éxito con las mujeres (Tampoco pensé).
—Tengo mucho pegue, porque desde hace siglos, por todas partes pido dinero, y por todas partes me dan, y puedo comprarles a las muchachas todo lo que ellas quieran. Así que ya sabe. (Pensé: ¿Me toca dar dinero o recibir regalo?)

No es verdad, lo último que pensé fue: ¡Corre! Pero él estaba tan limpio, hablaba tan respetuosamente, y era tan serio el tono con el que narraba , que lo mejor fue fingir que teníamos una conversación seria, verosímil; y le dije con la misma rectitud: Le daré dinero, pero no es necesario que me ayude.

Muchas gracias, respondió él, seguiré mi camino. Le sonreí, con ganas de advertirle: Tranquilo, todo irá bien, no creo que lo vuelvan a matar; tengo entendido que al hijo de Dios sólo lo matan en una ocasión.

Nota:
Mi padre me ha avisado que ha muerto “el mete-cambios”. Era un indigente con demencia que deambulaba por las calles de Ciudad Obregón. Mientras caminaba, hacía movimientos espasmódicos con los brazos, que le habían valido el mote referido a un chofer usando la palanca de cambios.

El “metecambios” era muy conocido junto con la advertencia para las mujeres: Cuidado, porque aprovecha “meter cambios” para tocar los pechos o nalgas, es un lépero.

Desde niña me ha intrigado por qué los locos se vuelven locos, por qué desarrollan ciertas manías o construyen tales historias, por qué los locos andan en las calles como el patrimonio de todos pero la responsabilidad de nadie.

4.1.05

Equipatas

¿Por qué cuando necesitamos sol para repiquetear el año que recién nace, sólo viene la lluvia?

Quizá para que veamos el cielo de ayer: un muro sombrío, despiadadamente metálico, invadido por las ráfagas doradas de un sol que reina sobre azules, nubes, metales, cerros, techos, cabelleras...

Y su corona, en arco multicolor, ciñendo las sienes del universo.