25.11.05

8. Trenzado de historias cuando hay algo histórico

Me he comprado música de cine, especialmente de Michael Nyman. Estas bandas sonoras tienen el valor de contar una historia sin palabras; la melodía va ascendiendo llevándonos por un relato de sensaciones, emociones, estados de ánimo. Son pequeñas épicas concentradas en una línea melódica.

Mientras escucho la música, el horizonte de la historia se me abre: aparecen nuevos personajes, los hilos que se han dejado visible e intencionalmente sueltos buscan clavarse en el tejido para anudarse.

Pero ahí está la labor del narrador: cómo dosificar el hilado, en qué momento anudar ciertas hebras y dejar sueltas otras; y sobre todo, en qué momento pasar del close up de los personajes a una toma panorámica, donde los personajes se muevan y desarrollen en su contexto histórico y social.

En esta novela convergen varios niveles de relato: la historia individual de cada uno de los tres personajes principales, y su relación peculiar con la aviación (parte primordial); el desarrollo y declive de la revolución verde y su impacto en la utilización de pesticidas y en la tenencia de la tierra; las contradicciones de la política agraria en México, que por una parte incentivó la sobreproducción mediante avances científicos, pero por otra mantuvo una visión paternalista y corporativa del campo como brazo político del sistema.

En mi telar tengo los hilos, los colores y el diseño que quiero lograr. Ahora, ¿cómo los trenzo? ¿Cómo los cruzo? ¿Cómo los anudo, para que todos los elementos aparezcan justo en la perspectiva en la que deben estar?

Pero no hay nada mejor que echar a los personajes por delante, y dejar que cuenten su historia, la personal y la compartida, la real y la ficticia. ¿Qué dices tú, Nyman?

21.11.05

7. Parálisis

De repente, la historia se detiene en seco, como si en una carrera a buen paso nuestra ropa se enganchara al tronco invencible de un árbol.

¿Qué sucede dentro del autor que paraliza el puño y la imaginación?

1. Hay miedo al ripio. A que la situación que uno ha ido desarrollando para reafirmar los personajes deje de ser un recurso y se convierta en un falla.

2. Hay la sensación de que el personaje ya debe dar el salto hacia otro estadio, y está varado a la orilla del precipicio, dando un paso para atrás y otro para adelante, atascado. Entonces hay que preguntarse qué le ha faltado desarrollar al personaje que no tiene aún la madurez para dar ese brinco, para mostrarnos una evolución.

Por lo general confundimos estas situaciones con agotamiento creativo, con aridez, con bloqueos. Pero tengo la sospecha de que son los personajes que se rebelan a continuar por una mala construcción de su genoma o fenoma. Porque un personaje que se construye con plasticidad anecdótica, con complejidad sicológica, nos arrastra en un ritmo trepidante.

Confío en que podré deshacer dos puntadas, o sólo contar las que ya llevo para seguir tejiendo la historia.

Confío en el momento en que la parálisis se convierta en catapulta. Parafraseando: pero ese momento me tiene que encontrar trabajando.

19.11.05

6. El pelón mayor

He introducido un personaje coral en la novela, que habla en primera persona del plural, como salvaguarda y vocero de la familia de pilotos.

Las familias que tienen conciencia de la filia, de la sangre, de la naturaleza de una rama guardan una gran proporción de esta identidad colectiva en la configuración de su ser individual.

Y en cada una de estas familias siempre hay un miembro que atesora con celo las tradiciones, historias, efemérides, glosarios de la parentela. Esta familia, que por lo pronto he apellidado “los Islas”, tiene una característica física predominante: calvos.

Así que la forma de llamar a su clan no es “Islas”, sino “los pelones”. Los apodos me parecen más típicos de una tribu, de una turba que se une de manera semi-anónima para sobrevivir, como sucede con los equipos de béisbol o de básquetbol: “Los pieles rojas”, “los medias blancas”. Quiero evitar darle un nombre propio a este personaje coral. Y en cambio lo llamaré “el pelón mayor”.

Será la voz que hile en una sola estirpe a los tres personajes principales tan diferentes entre sí y coyunturales dentro de la misma rama: Gabriel, Pedro y Daniel.

14.11.05

5. Personajes de aire, tierra y fuego

Sigo en buena sintonía con la novela. Anoche tuve una nueva motivación: hablé por teléfono con mi padre. Teníamos meses sosteniendo conversaciones cálidas pero escuetas. Anoche abrí la puerta. Su puerta. Duramos más de una hora charlando. ¿El tema? Claro, los aviones.

Me precisó marcas de aviones, diferencias entre unas y otras (sobre todo, desde el punto de vista del piloto), y me dictó el alfabeto aéreo, que de niña recitaba por mero divertimento y que ya había olvidado.

Pero lo más valioso es la luz que me dio sobre uno de los personajes. Al tratar la novela de 3 pilotos principales, con motivaciones muy propias para volar, he relacionado a cada uno de estos personajes con un elemento.

Gabriel es aire, por ello tiene nombre de ángel, tiene formación de piloto acróbata y todo su lenguaje transita en el campo semántico del aire, cielo, vuelo. Volar para él es ir al lugar al que pertenece, con dolor de regresar.

Pedro es tierra, por ello el nombre asociado a roca; su motivación para volar es terrenal: sacar adelante a su familia, pero también el placer de ver desde lo alto la tierra para comprenderla, conocerla, amarla. Volar es despegarse del la tierra para volver a ella.

Daniel. El hijo de Pedro y sobrino-nieto de Gabriel tenía que ser la unión entre tierra y aire; y el fuego me pareció ese elemento. Por ello el nombre Daniel: el profeta apasionado, que veía carros de fuego entre las nubes. Su relación con el vuelo es fogoso, pasional. Toda su libido está dirigida al vuelo, al avión, al motor, a la naturaleza a la que se sana y hiere al mismo tiempo.

Cuando anoche le pregunté a mi padre por qué cambió un avión de 235 caballos de fuerza por uno de 300 caballos, me dijo: “El de 235 cualquiera lo vuela, hasta la más pequeña de mis nietas; el avión te lleva. En cambio al de 300 caballos tú tienes que volarlo; tú lo llevas”.

Me pareció una razón perfecta para Pedro. Es maravilloso descubrir como creadora que la lógica interna que has trazado para los personajes tiene una conexión fuerte con la realidad y con la verosimilitud.

Por supuesto reforzaré el dato: Gabriel vuela un 235 caballos; Pedro un 300.

12.11.05

4. Las redes

El terror y la inseguridad al escribir han amainado gracias a los comentarios, especialmente, de dos personas que respeto mucho como escritores y a quienes tengo un cariño muy cercano: Javier Munguía y Margarita Oropeza.

Ambos me han hecho comentarios puntuales sobre lo avanzado; digamos que le han prestado sus ojos al “narrador ciego” del que hablaba hace días para orientarlo: Las líneas coinciden aquí, los colores se lograron allá; pule aquello, potencia esto.

Ambos han coincidido en:
-Ya está claro el anhelo por el vuelo que tienen los personajes principales.
-La motivación de ellos está bien diferenciada.
-Hace falta reforzar el inicio.

Margarita ha añadido que:
-Es interesante el ambiente campirano, machista, sofisticado por el ambiente de la aviación.

Javier ha anotado que:
-Es importante mantener la novela alrededor de la acción, y no de la reflexión, tono que suelen tener mis novelas.

Hoy mientras desayunaba con Margarita, hablábamos de su novela, de la mía, del futuro que queríamos como escritoras. Estábamos en un restaurante vegetariano, rodeadas de incienso y cuarzos. Y nos percatamos de que en una mesa vecina estaban sentados, en una charla queda, académicos locales y foráneos de Letras, que se encuentran reunidos por el Coloquio Internacional de Literaturas.

Y pensé que a pesar de todo, de las limitaciones que tiene una ciudad que ni siquiera tiene una librería que merezca llamarse tal, podemos encontrar pequeños destellos y recursos por estas redes de personas que, inexplicablemente, insistimos en permanecer en el camino árido y a contracorriente que es la literatura.

Mientras haya una persona interesada en las letras con quien podamos intercambiar visiones creativas, es suficiente; mientras haya una mesa con 6 personas a quienes conocer mejor y con quienes intercambiar conceptos, es más que suficiente.

Los recursos que podemos encontrar en una ciudad como ésta, no están agotados.

No contaremos con una librería digna, pero a la biblioteca de Javier Munguía le sobran muchos libros que tarde o temprano irá vendiendo, como suele hacerlo.

11.11.05

3. El Tartamudo

He introducido un personaje nuevo a la novela: el Tarta, apodo onomatopéyico de "El Tartamudo".
Bien dicen que los personajes te arrastran. Indagando en sus motivaciones, en su tartamudez, encontré que esta disfunción del habla es una especie de guerra entre lo que se quiere decir y lo que no se debe decir. Una especie de represión de alguna autoridad introyectada y la voz exacerbada que quiere ver la luz, pero es sofocada por la voz represora.
Esa guerra frena el flujo del habla, aborta las frases antes de pronunciarlas. Y me ha parecido fascinante, ya que el narrador lo permite, consignar esas dos voces que pelean por vencer.

Bienvenido a la ficción, Tarta.

9.11.05

2. Deshilando

Estuve en un bache narrativo. Borraba más de lo que escribía, que no está mal. Como escritor el fantasma del abandono debe acecharnos siempre, y bien haremos si nos unimos a ese enemigo.

Si llegamos a abandonar la obra que nos hemos propuesto, es una especie de selección natural para que no llegue al lector el bodrio que no fuimos ni siquiera capaces de culminar.

También ese enemigo puede trabajar a nuestro favor si somos capaces de discernir con agudeza el momento en que el lector puede abandonarnos.

Narrar es como tejer. Todos los recursos y elementos deben disponerse con exactitud para potenciar la tensión en la historia y para crear contrastes en la coloración de los personajes. Hay hilos que pasan por debajo o por detrás, igual que entrecruzamos los campos temporales.

Es más fácil deshacer el hilado narrativo cuando uno tiene estas figuras en mente.

He salido del bache de dos días y sigo trabajando.

7.11.05

1. Temor a la carne

El 1 de noviembre inicié la redacción de la novela. Tengo el esqueleto, el perfil de los personajes, la escaleta de la historia y, sin embargo, me siento aterrada.

El esqueleto no es suficiente soporte cuando tenemos que cubrirlo con músculos, vísceras, arterias, células, dermis, vellosidades, órganos vivos que mantengan la vida de ese gran cuerpo que es una novela.

Siempre siento que no seré capaz. No sé si un escritor experimentado sigue teniendo esta sensación pasados los años –bueno, quizá cabría preguntar si los escritores de renombre han sentido alguna vez terror-.

Mis amigos escritores me preguntan a qué temo, o qué quiero, o qué me frustra. No sé decirles. Escribo y me siento como si fuera un pintor ciego que no puede ver lo que ha trazado, si las líneas se unen donde debieron haberse unido; si los colores son exactamente los que se querían producir, si líneas y colores se han armonizado en la figura que se deseaba dibujar y, sobre todo, si aquello que se ha hecho vale la pena.

Estoy a ciegas.

El sábado les llevé a mis amigos del taller un avance de la novela. Hablamos principalmente del narrador. Es un tradicional narrador omnisciente; sabe lo que piensa, siente y desea cada personaje.

Es la primera vez que uso en una novela un narrador así. Mis dos novelas escritas hasta ahora están narradas desde la primera persona. Un narrador omnisciente era la mejor manera de solucionar las transiciones entre un personaje y otro, y entre una generación y otra. La mejor manera de mantener una narración independiente de la voz de los tres principales personajes.

Leo lo avanzado y me digo que es anodino, que si a quién le importa. Tal vez sin saberlo me estoy dirigiendo a una transición, que no se plasmará en esta novela, sino en la siguiente.

Tendré entonces que dejar un tiempo considerable para volver a escribir.

6.11.05

Año de novelar. Introducción.

Si este es un nido de palabras, aquí anidaré la novela que tengo que escribir como compromiso con el FONCA (Fondo Nacional para la Cultura y las Artes). El argumento de esta novela se centra en una dinastía de pilotos de fumigación aérea. A través de la novela se retratarán el oficio de la aviación agrícola, los valores de masculinidad que se tejen de generación en generación, la pasión ambigua por el motor y la naturaleza, la vida y la muerte, la herencia y el destino; desarrollando la historia durante la bonanza de la revolución verde (años 70) y el declive de la agricultura en el norte de México (años 80).