25.4.07

Llama cruza el Umbral

Llama es el tríptico donde he reunido mi poesía escrita entre 1990 y 2000.
Se oye mucho: no, es poco.
Tres poemarios.
Raíz.
Llama.
Abluciones.
En septiembre del 2006 me lancé con este compendio poético a editoriales que en México todavía publican poesía.

La lista era –es- corta. Las puertas a tocar, más concretas, me consolé.
Los editores tan desesperanzados como la autora inédita que tenían enfrente. Ellos abochornados ante mi esperanza que ellos –lo sabían- eran incapaces de saciar; ellos apresurados ante la imposibilidad disfrazada de cortesía; ellos también tocados por la desazón de publicar poesía en el país. ¿Un sueño con respirador artificial?

Hubo una editorial que hasta me anunció su certificación ISO9001. Me hizo llenar un formato. La esperanza muerta: ¿qué puede escribir una poeta en líneas donde debe responder Sí o No, y calificar del 1 al 10 el servicio y atención que ha recibido de un editor que dice: “No hay posibilidades, pero igual hay una posibilidad, deja tus datos, pero seguramente los olvidaré como ya he olvidado tu nombre a los 5 minutos de conversación”?

Hubo una excepción. Una conversación temprana. Un café en mi mano y un cigarro en la suya. Ideas hilándose en las hebras movedizas del humo. Tranquilidades rotas porque se habla de poesía y eso es un festín, una ponzoña irremediable, la pasión por el deseo de la palabra que nunca nunca puede asirse. Ante mí un editor que ama la poesía sin falsas cortesías, sin desazón, sin formatos ISO9001. Un editor que toca los libros. Que los forja desde la tipografía hasta el papel, desde el placer de la lectura hasta la venta de su gozo.

Hubo una conversación temprana y luego, un buen día, el dictamen positivo: “Envía tu manuscrito, te publicaremos”.
Llama cruza el Umbral.

18.4.07

Fichando espero

Estoy fichando. Llevo meses en esto. Lo que va del año para ser exactos. Me recargo en esta barra desértica y hablo con quien desde el lado más septentrional de esta barra me escucha y hace conversación. El lunes no me esperará más detrás de la barra, como noche a noche. Por eso decidí que el domingo es el último día que ficho.

No es precisamente nostalgia lo que siento. Nostalgia da recargarse cerca de las lámparas para ver mejor desde este rincón oscuro. Nostalgia da recordar un amor a la luz del día, sin sombra alguna.

Fichar no es un acto de amor. Ustedes coincidirán conmigo. Fichar es una transición, un preámbulo. Es funcional, es necesario. Útil. Tal vez por eso bostezo frecuentemente. Sí: a veces aburre.

Pero ficho con la esperanza de atrapar otras vidas, de descubrir algún personaje por ahí, alguno por allá. Con la esperanza de no olvidar nada. Nombres, historias, para luego bailar como si no existieran zapatos ni suelo; sólo un movimiento que flota.

Ficho y escucho entre el bullicio de datos las palabras que amo, las palabras que me aman. Anhelo ese amor que me arrebata y al que temo por eso.

Ese amor que encandila con su luz destemplada como un papel en blanco. Ese amor que repentinamente se agazapa en penumbras que sufro por conjurar.

El domingo dejo de fichar. El lunes empiezo a amar. El domingo cerraré mi fichero lleno de tarjetas escritas en color marrón. El lunes abriré mi documento en Word y reescribiré mi novela.

4.4.07

Quiero la palabra y su demás

Chocolate, respondieron los niños cuando académicos de la lengua y autoridades políticas les preguntaron sobre su palabra más querida.

Y sonrío porque en la palabra está su contenido y su realidad. Al elegir la palabra, los niños paladearon su textura suave que se unta en la lengua con todos los matices de la palabra “dulce”; sintieron en la boca su temperatura cálida que cubre el corazón como una caricia interna; abrieron las fosas nasales a ese olor exótico, complejo entre tierra acre, especias suaves y frutos azucarados, que intoxica y seduce. Gusta la palabra porque al pronunciarla se le evoca. Y no hay otra manera de percibir el lenguaje sino invocándolo: el miedo, el placer, la alegría, el amor.

Sonrío porque esa también sería la palabra favorita de mi hija. Y este fin de semana invocó y convocó en casa el placer del chocolate: Mordiskos Holanda compartidos con Luis; Nieve (no helado) en nuestra sala silenciosa bajo una nube de mmmmmhhhhh suspirados por nosotros tres; bolsa gigante de chiclosos y macizos que le trajeron su padre y su novia.

Sonrío porque esos niños seguramente querrían más esa palabra si supieran que puede escribirse xocolatl. Un desafío al castellano, a la ortografía, a la relación entre signo y fonética. Un juego delicioso y excitante como un chocolate derritiéndose entre nuestra lengua y paladar.