31.5.05

Código roto II

En algún lugar deben enseñar a amar y cortejar. En un lugar que está más allá del hogar materno.
En algún lugar las mujeres aprenden cómo tensar la relación, cómo provocar el deseo, cómo aparentar indefensión clamando la mano protectora del caballero. En algún sitio las mujeres aprenden a celar, y a ser celadas; aprenden cómo resistir a buscar al otro para más bien ser procuradas y casi perseguidas.

Debió haber sido en algún lugar que yo no frecuenté. ¿Dónde puede ser? Últimamente tengo mi sospecha que se trata del baño de mujeres, donde las chicas hablan de sexo, de novios y fuman.
De sexo hablaba con mi hermano Jorge, mientras me llevaba en su coche a la escuela. Yo trataba de no abrir la boca cuando me sorprendía algo. En cambio levantaba las cejas y asentía entornando los ojos como demostrando mi amplio criterio y conocimiento.
Cuando tuve novio, estaba muy lejos del baño de mi escuela, de mi ciudad y por supuesto de la influencia de mis amigas, quienes me confirmarían cuándo enojarme con él y cuándo darlo todo, y así tenerlo “comiendo de mi mano”, como se jactaban de sus relaciones.
Y sobre los cigarros, debo decir que nunca en mi vida he probado siquiera uno; y si la oportunidad la tuve en casa cuando mi madre me encendió uno, quiere decir que el baño de la escuela me pasó de noche, lo cual confirma mi sospecha de que existe un código común aprendido en ese sitio.
Si no fuera así, ¿por qué todas las mujeres saben qué hacer en la primera cita? ¿Cómo es que saben hasta dónde tensar la relación para que no se rompa y sólo se vigorice? ¿Por qué está tan claro de qué hablar con ellos y de qué no?

Ahora que soy una mujer adulta, me gusta observar a las parejas cuando visito algún bar, tratando de descifrar ese código. Ese lenguaje primigenio de miradas directas o evitadas, de caricias en la propia cabellera o en la copa, de cuerpos que se acercan hasta un punto, y luego se retiran en la protección del respaldo de la silla para continuar el duelo químico y físico. Parece que un coach le susurra al oído a cada uno la estrategia para conquistar el cuadrilátero.
Ellos lo hacen de manera inconsciente, como si bailaran y sólo siguieran un ritmo interno. Pero yo en mi mente escucho el parloteo de un narrador que decodifica el lenguaje y la estrategia, como un traductor que me revela ese idioma oculto.

No sé dónde me entrenaron a mí. Algún código debo usar, no lo niego. Pero ha sido distinto. Entonces no existe el parloteo de la traducción, sino silencio y oscuridad, y es cuando viene el deseo de bajarme del ring, de evadir la contienda, de no exponer mi cara para no ser golpeada, de no expresar mis palabras que serán respondidas ágilmente con el filo de otra espada.
En mí hay un código roto. Una pauta rota. Un ritmo roto.

19.5.05

Las mujeres y el mar

Fui al mar pero no vi el mar. Vi a las mujeres mirando el mar.

La mujer que tenía 20 de no ver el mar y que entre labios murmuraba una emoción indescifrable para mí.

La mujer vestida de novia que veía abrirse un nuevo cielo sobre el vientre liso e indomable del mar.

La mujer que enmudeció por un derrame cerebral, deseando que el mar se derramara en sus pies niños, recogidos en la silla de ruedas.

La mujer que desde el muelle llamaba a su amada en la distancia, porque nunca habrá boda que las una, ni boda donde puedan bailar como pareja enamorada.

La mujer que en un arrebato de libertad tomó su auto para bailar sola en la arena.

La mujer que en la noche se retiró a meter los pies en el mar, y a observar a todas las mujeres mirando el mar.