29.8.04

¿Pasarás por las muertas?

Cuando anuncié a mi pequeña hija que viajaría a Ciudad Juárez, me preguntó preocupada: ¿Pasarás por las muertas de Juárez?

—No, hija, pasaré por otro lado —dije.

Mentí.

No pasaré por otro lado. Porque no hay otro lado. Las muertas de Juárez nos circundan y sus fantasmas ululan sobre nuestros cráneos, dondequiera que estemos.

No pasaré por las muertas. Quisiera pasar por ellas, sacudir el polvo de su desnudez avergonzada, levantarlas y llevarlas a otro sitio. Al destino a donde se dirigían. Al que soñaban un día llegar. O simplemente revivirlas.

En cambio paseo por Juárez, resguardada en un carro, acompañada de una mujer desconocida. En la ventana encuentro la justificación de mi silencio. Veo un paraje arenoso, lleno de llantas y basura. Supongo que ese no es el lugar por donde se pasa por las muertas. Pero se le parece tanto.

Cuando nos alejamos de ese paisaje, interrumpo mi propio monólogo, para dirigirme a la mujer desconocida que conduce:
—No sé cómo preguntarte por ellas.
—¿Por las muertas? ­—pregunta desenfadada—. Acabamos de pasar por ahí.

No sé cómo regresar a casa y decirle a mi hija: Sí pasé por las muertas. En un carro donde parecía no correr peligro.

Pasé por las muertas y no fue necesario verlas para saber que ahí estaban.

Pasé por ellas, pero no pude revivirlas, ni honrarlas.

No pasé por otro lado, porque la gente sigue pasando por ahí, indolente; y ese lugar no les merece ni una oración, ni un lamento; pisan groseramente, como quien profana una tumba.

Y todos los días pasamos por las muertas de Juárez y por otras muertas, y por otros muertos.

No nos conmueve que nuestro cuerpo también es mortal y se puede asesinar, y que nuestra piel es blanda y cualquier cuchillo la puede horadar, y que nuestros huesos son quebradizos y cualquier quijada los puede triturar.

Pasamos sobre otros muertos, pensando que nosotros no morimos.

Es probable que deshonrar muertos, ignorar muertes, frivolizar el dolor de otros no detenga nuestro camino; tal vez hasta lo apresure, para seguir pasando por encima de las muertas de Juárez o de otros muertos, eso sí, con un alma cada vez más inexistente.

26.8.04

Código roto

Hay un código que tengo perdido desde que era niña. De tenerlo, sería otra clase de persona.

Cuando estaba en el Kinder, una vez entré a la capilla antes de llegar al salón. Me arrodillé por media hora con mi mente en blanco. Fui sacada de mi contemplación por un largo jalón de orejas. Y nunca entendí por qué si la escuela tenía una capilla, no debía visitarse; nunca entendí por qué si Dios estaba por encima de todas las cosas, la maestra estaba por encima de Dios.

Después, en preescolar, mientras hacía fila para ser calificada, veía las planas de otros niños: Chuecas y fuera de renglón. Las mías, con sus bolitas redondas y perfectamente alineadas. Los demás niños se llevaban la felicitación y la estrella de la maestra. Yo sólo un R de revisado. Y nunca entendí por qué si hacía bien las cosas, no merecía una felicitación o una estrella qué ostentar en mi frente.

En cada cumpleaños iba mi prima favorita a casa. Llegaba con dos regalos. El mejor atraía mi vista. El mejor atraía sus brazos. El peor me era entregado sin papel de regalo. El peor era mi regalo. Y no entendía por qué debía sonreír y dar las gracias, y por qué ella debía tener el mejor regalo si no era su cumpleaños.

Siempre fue así.

A veces quisiera ser diferente. Quisiera ser mejor esa niña que en lugar de ir a la capilla, se queda en una sombra del patio, ideando maldades e insidias contra los demás.

Quisiera ser una niña perezosa que hace las cosas a medias, y ríe con cinismo cuando recibe una estrella sabiendo que no lo merece.

Quisiera poder escupir a la cara cuando se quedan con el mejor regalo y me dan lo peor.

Quisiera ser alguien que no entiende nunca, para no sonreír cuando me dan la espalda, para no agradecer regalos menores, para no tolerar cuando no me dan lo que me corresponde.

Quisiera no acceder a los regateos. Quisiera no regatear.

Quisiera no ser tan perfecta para que nunca más vuelvan a decirme que no están listos para mi perfección. Quisiera no tratar de ser perfecta para nunca más decir que no hay nadie al nivel de mi perfección.

A veces quisiera morder la mano antes de que me retire su apoyo. A veces quisiera vaciar mis manos para que nunca más ofrezcan nada.

A veces quisiera ser incapaz de entregarme para que siempre hubiera hambrientos y sedientos a mi lado esperando. A veces quisiera ser incapaz de condolerme de los sedientos y hambrientos que huelen mis manos en busca de pan o agua.

A veces quisiera morder mi lengua e insultar, antes de bendecir y decir te amo. A veces quisiera que alguien me bendijera y me dijera te amo. Quisiera saber qué significa te amo.

A veces quisiera merecer y recibir. A veces quisiera no merecer para que se justificara el no recibir.

A veces quisiera ser una monja en Calcuta que ama a quien sabe que morirá, sin esperar nada al siguiente día, y sin recordar el amor que amainó fiebres y abrevió la agonía. Porque nadie extraña a un moribundo. Y ningún moribundo se asusta del amor de una monja que le asiste en su muerte.

Quisiera saber qué significa dos pasos atrás. Quisiera que dos pasos atrás significara nuevamente estar ahí, encerrada en mí misma, en mi movimiento pendular; como una niña agorafóbica. No salir nunca. No arriesgar nunca. No entregar nunca. No esperar nunca. No sufrir nunca. No amar nunca. No decir nada, no merecer nada, no tener que recordar nada.

16.8.04

La cifra que aborrezco

Escucho la conversación que forma parte del bullicio del parque, alrededor de una carreta de hot dogs; poco a poco se aisla y se vuelve más clara, junto con sus personajes: el hotdoguero y su compadre que ha llegado a visitarlo en bicicleta.
-¿No me ferea este billete de 200, compadre?
-No. Es que, ¿sabe? No me gustan los billetes de 200.
-¿Cómo que no le gustan?, ¿qué quiere decir?
-Pues que no me gustan, compadre. En cuanto llega un billete de 200 a mis manos, luego-luego voy a comprar algo para feriarlo. No sé, los tengo como aborrecidos.

Aborrecer no el dinero, sino un billete de concretamente 200 pesos. Me encantaría dejar el hot dog ahí en la barra. Tomar al compadre visitante de la mano y sentarlo en una banquita del parque. ¿Se puede aborrecer una nominación específica de billete? ¿Por qué los aborrece? ¿Qué siente: náusea, coraje, aburrimiento? ¿O le trae malos recuerdos?

Tomo el hot dog y me siento sola en la banquita. Alrededor, el señor que aborrece los de 200 se multiplica y cada uno me da su versión, mientras trato concentradamente de que el gigantesco hot dog “con todo” entre a mi boca.

Uno de ellos me cuenta que una vez, en un baile allá en la invasión, una mujer se acercó a él, y le guiñó el ojo invitándolo atrasito de la casa. Ahí estuvieron juntos, y él pensaba en que todavía era galán, todavía una mujer podía desearlo, todavía podía rehacer la vida después de que su mujer lo había abandonado por otro; en fin, que todavía podía. Pero sus ensoñaciones se vieron ennegrecidas cuando la mujer sacó de su pecho una carcajada burlona y un billete de 200 pesos, para pagar los besos y las caricias. Sí, 200 pesos. No es que quisiera más, no es que mereciera más. Pero una mujer no puede pagar por amores. Un hombre sí. Una mujer no. Los 200 pesos son la cifra de la humillación.

Otro me confiesa que no soporta a esa Sor Juana que escribió eso de “hombres necios que juzgáis a la mujer sin razón, y blablablabla...” porque su hija libertina, que sí había estudiado, recitaba esa redondilla cada vez que le preguntaba: ¿A dónde vas? ¿Con quién vas? ¿A qué horas regresas? ¿Por qué vas tan bichi? ¿Cuándo....? Los 200 pesos: la cifra de la inmoralidad.

Otro dice que simplemente ese color verde flema (“Escuche bien: ni verde bosque, ni verde estepa, ni verde dólar, sino verde flema”) le da asco, le da no se qué, ¡la aborrece pues! La cifra de lo escatológico.

Entre cada testimonio, mi hot dog “con todo” ha desaparecido en mi boca. Me levanto y busco en mi monedero. Y con vergüenza veo que sólo traigo un billete de 200. Lo escondo debajo de mi palma, como si fuera un presdigitador, y se lo doy al dueño de la carreta, abriendo los ojos como quien augura una tragedia. El hotdoguero sólo piensa en su clientela. Toma el billete y se lo extiende desvergonzadamente al compadre. “¿Tiene cambio de...?”, “¡Que no, que no! ¡Que ya le dije que los aborrezco!”.


7.8.04

Gatos sin dueño

Cuando era niña y pensaba cómo sería mi vida apenas “cruzandito” el umbral del 2000, imaginaba cosas buenas. Como toda niña.

Imaginaba prados verdes, como los que veía alrededor del Río Yaqui (era lo más verde que conocía); tecnologías avanzadas como salía en los supersónicos; paz mundial.

Pero aunque cruzamos esos tres ceros con la prestancia de un tigre de bengala a través de aros de fuego, ahora nos hemos echado a la sombra, aburridos como un gato sin dueño.

Las calles no son elevadizas y siguen teniendo los mismos baches de la infancia (esos u otros, en eso sí se nota el paso del tiempo); la palabra “paz” ahora es un vocablo al que cínicamente se le añade la interjección “Ja”, y sólo es preocupación de las misses cuando concursan en belleza; y lo verde, pues es un buen tópico para el marketing.

Veo la tele, escucho la música, leo literatura joven, e invariablemente veo ese desencanto lleno de ironía, de humor, de rendición. Hasta parece frivolidad. Hasta parece que ya no hay esperanza. Hasta parece que no hay nada en qué creer, como ese gato que aburrido deja de creer que el dueño volverá, e incluso deja de importarle.

Y ese dueño quizá nunca existió. ¿Quién puede ser hoy ese líder que vuelva a convencer al gato flojo y convenenciero, que en realidad es un tigre libre, valiente, y el mero mero de una parte de la selva? Gandhi, Martín Luther King, Mandela, Walessa, Havel representan ya una constelación que brilla muy lejos del escenario actual.

Las estrellitas del momento son Bush Jr, Blair... Ellos, acostumbrados a cincelarse y lijarse según resultados de encuestas, se han de creer esculpidos a imagen y semejanza de la masa. El gato está en ese estado comodino y atontado por circunstancias históricas y sociológicas; y lo que menos necesita y lo que menos pide es un dueño igual de comodino y atontado.

El gato bosteza como ironía ante el cinismo e irresponsabilidad de los dueños. Los dueños creen que deben convertirse en esos productos bostezantes y cínicos.

Tal vez haya que recordar que hay unos vecinos más presentables que podrían querer más y respetar mejor al gato. Pasando el canal está ese señor Zapatero, que no tendrá la lucidez para convencernos que el gato es tigre, pero siempre será políticamente muy correcto para procurar que los gatos sean gatos con mayor dignidad. Y calle abajo, un señor al que dicen Lula, quien cree así de verdad-de-verdad, que el mundo sería más habitable si todos fueran pacíficos y templados gatos, y ya convence a los tigres que se conviertan en gatos.

Yo ya me encargaré de convencer a la niña esa que fui que no es tan importante que no haya calles elevadizas; y que la paz, por desgracia, depende de muchos más factores que una cifra con tres ceros.