28.2.14

28feb

Es nuestro aniversario. Habrá forma de celebrarlo; por lo pronto, esta mañana nos dejamos de carreras y disfrutamos el café en cama, con tranquilidad, alegría y charla.


23.2.14

Sin prisas

Mi querida pequeña Cecilia:
Con esta carta quiero dejarte claro que puedes tomarte todo el tiempo del mundo para hablar. Que si tú vives feliz en tu mundo de música, taraeos, "etes" y útiles señalamientos con el dedo, está bien, muy bien.
Con esta carta también quiero explicarte que vivimos en un mundo donde expulsan muy pronto a los niños de sus hogares rumbo a la escuela, la educación por la que pasarán más de 20 años de sus vidas. Quiero decirte que nosotros no tenemos prisa. Queremos que corras por casa y vengas a recargar tu corazón al abrazarnos y dejarte besuquear los cachetes. Queremos que puedas rayar cuadernos, rotafolios y bien, si quieres, hasta pisos, antes de que te limiten a escribir cosas razonables dentro de un cuaderno, sobre rectos renglones; o a colorear con los tonos adecuados y sin salirte de la raya. Queremos que toques a los perros en tu día a día, que te dejes tumbar por ellos, que corras gateando detrás de ellos. Queremos que hagas tu siesta en la cuna, con las persianas cerradas, en silencio, abrazada de tus peluches queridos.
No hay prisa, pequeña.
Nos enfrentaremos en cada piñata y bautizo a madres asustadas porque no hablas. A niños de tu edad que empiezan su carrera hacia el éxito y ya cuentan y ya hablan y ya avisan para ir al baño, y ya se comportan como adolescentes con pleno conocimiento de iphones, ipads y controles de videojuegos.  Pero no haremos caso a sus "¿No habla?", "¿Y todo está bien?", "¿Las has llevado al doctor o al psicólogo?", "A tu niña lo que le hace falta es entrar a la guardería". Y les diremos: "Esta niña, como todos los niños de 2 años, necesita amor, libertad para desarrollar su cerebro sin ataduras, necesitan divertirse, vivir el hogar antes de dejarlo; esta niña necesita a sus padres y hermanos, a sus perros, a sus peluches, a sus crayolas rotas, sus juguetes de madera, su música, sus snacks fuera de hora, su siesta cuando ya no aguanta más; esta niña necesita correr por casa, lejos de un pupitre fijo". O no diremos nada, sólo sonreiremos y seguiremos siendo, tú esa bebé y nosotros esos padres, gente extraña que no tiene prisa, ninguna prisa.
Así que puedes seguir con tu glosolalia, con tu felicidad y tu libertad de bebé; quizá la libertad y felicidad más genuinas que encontrarás en toda tu vida. ¿Por qué te la quitaríamos? Puf.



20.2.14

El humo de los 80

El primer concierto al que fui en mi vida fue de Emmanuel. Guaymas. Auditorio Cívico. Primera fila, a dos metros de sus zapatos blancos. Eran los ochenta, 1984, para ser precisos. Yo tenía 13 años. Y siendo toda una groupie me vestí lo más parecido que podía a la estrella: un pantalón high-waisted (diría ahora Mariana), con una especie de fajín en la cintura, una chamarra de algo parecido a polipiel, con mangas de mariposa y elástico en la cintura. Peinado de capas, con alitas.
Era mi primer concierto. Era Emmanuel. Mis padres nos flanqueaban a mi hermana pequeña y a mí, en los lugares preferentes de todo el auditorio. Mi corazón ñoño me rebotaba por el pecho de manera incontrolable. Estaba lista para cantar y bailar todas las canciones. Todas me las sabía: sí, hasta esas del 76, 77, 78 que nadie conocía, canciones de protesta; porque casi todos habían descubierto a Emmanuel en 1980 con aquellas canciones melosas de "Todo se derrumbó", "Quiero dormir cansado", "Con olor a hierba".
Pero justo antes de empezar las máquinas de humo a inundar el escenario; con su rayo laser, que era la gran innovación en México; las luces que se movían, otra aportación; mi padre nos aleccionó a mi hermana y a mí: "No griten, no se levanten de sus lugares, no se comporten como loquitas". Mi corazón dio un rebote grande y agonizante. ¿Cómo? ¿No me puedo levantar cuando lo tengo a dos metros? ¿Cuando él bailará en la orilla del escenario y estirará la mano para saludarme, porque se dará cuenta que me sé todas las canciones (sí, sí, hasta las de antes, las que él componía) y que soy su gran fan, la más leal? Mi hermana, que estaba por los 10 años y en ella sí se justificaba la ñoñez, preguntó: ¿y sí podemos aplaudir? ¿...y cantar? Sí, eso sí estaba permitido.
Anoche volví a los 80. Fue idea de mi gran amiga Edith. Ahí estábamos en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México. A más de 300 metros del escenario, eso seguro. Ya no estaban mis padres conmigo, sino esa voz interna: eres una cuarentona, mucho cuidadito, te mantienes calmadita, sin hacer desfiguros.
Pero llegó la "Chica de humo" y recordé a mi madre, que se autonombraba así para hacernos simpático su antipático hábito por el cigarro; recordé a Miriam, mi mancuerna y compinche laboral, que me dijo "Bailas la Chica de humo por mí"; y vi a Edith levantarse, tan libre como es, mientras me daba una patada en la espinilla: "Órale, levántate, esa sí la vamos a bailar". Entonces me levanté del asiento y bailé y canté. No como lo hubiera hecho a mis 13 años; es una de tantas deudas impagables a la yo de antes. Pero sí como baila una mujer de 43 años, que ya escucha otra música, pero que comparte con su amiga la alegría de existir y de compartir esta ciudad ya no tan ajena ni del todo propia. Y un homenaje a mi madre, mi eterna "Chica de humo".







16.2.14

Federico Campbell (1941-2014)


Tengo cartas que Federico Cambpell me escribió cuando yo era una jovencita que entraba en los 20 y hacía periodismo cultural. Consejos, reflexiones, anécdotas. Nunca merecí una sola palabra de él. Pero Campbell era así de generoso, así de desparramado, así de sencillo. Su mirada y gesto acusaban una desazón interna, un desagusto, una incomodidad. Pero su interés por lo que estaba fuera, por quienes estábamos fuera de él era entusiasta, optimista, bondadoso.
Murió y ante la muerte tengo esa resignación a priori de quien ha pasado varias veces por el duelo, casi como si fuera una anciana que ya se ha despedido mil veces de sus amigos y ha pensado demasiado sobre su propia muerte. Duele, en sosiego. Pero que Federico Campbell haya muerto de influenza me enoja. Me enoja porque algo me dice que este gobierno no está haciendo lo que tiene que hacer para detener la muerte. Así sea paralizar el país durante una semana, ¡qué importa! si eso nos hubiera salvado a Federico Campbell y a otras 532 personas más que han muerto en este año.


15.2.14

Vacaciones a la tirana

Debió ser un vaticinio: antes, en cuanto salía de la cama tenía la imperiosa necesidad de tenderla; de pronto, esa voz interna que me apresuraba dejó de hacerlo y la cama puede seguir así, destendida, hasta que tengo ganas u oportunidad de arreglarla.
Esa voz interna que me apura y me exige y me pone un checklist de tareas que va palomeando mientras añade otras tareas más, ya ha desaparecido, o tal vez habla tan bajito que no la escucho. Y ya no es sólo la cama. Mi interior está como una habitación con ropa tirada por todas partes, y no hay voz que ponga orden; veo la ropa revuelta sin saber bien a bien cuál está limpia y cuál sucia. Yo no tengo apuro alguno. Cierro la puerta, no veo el desorden, me siento a contemplar lo que pasa alrededor, y lo que está detrás de esa puerta no me importa ab-so-lu-ta-men-te-un-co-mi-no. Un día le llamaré a esa voz tirana para que vuelva y ponga orden. Pero no ahora.