29.9.04

Mi "no-soundtrack"

“Estoy escuchando el soundtrack de mi vida”, me dice emocionada mi amiga en medio de la oscuridad excitante que resulta un concierto.

Un concierto donde su cantante favorita y mi músico favorito cantan en el mismo cartel. Un concierto que nunca imaginamos ver juntas, menos en una ciudad que no nos pertenece a ninguna de las dos. Ahí estamos Edith y Marian inexplicablemente juntas en un concierto. Ahí están Annie Lennox y Sting inexplicablemente juntos en un concierto.

Annie Lennox es la autora de su soundtrack. Y Sting me resuena a muchas cosas, menos a eso. Mi vida no tiene soundtrack. Es más, a veces dudo que tenga historia (mi amigo Eric dice que parezco no tenerla).

Sting no me recuerda ninguna ruptura, ningún enamoramiento, ninguna nostalgia, ningún estupor de soledad; no me recuerda algún tormento, ni nada que duela. La música de Sting entró a mi vida por medio de mi cerebro, como todo lo que entra en mi vida.

La primera vez que le puse atención fue al ver un video de An Englishman in New York. Era una canción cuya melodía no se parecía a nada que hubiera escuchado en el pop o en el rock, ¿qué es esto?, me pregunté. Tenía un sonido clásico, culto, exquisito. Y ahí estaba ese hombre de negro, cabello largo, tan elegante como desgarbado, caminando por la nieve neoyorquina diciendo "Gently and sobriety are rare in this society", hasta que la imagen y el sonido eran interrumpidos por un puente desbordante de jazz.

Ese puente jazzero se expandió en mi pecho, en mi cabeza, y me llevó a buscar todo lo que encontrara de ese tal Sting. Se preguntarán: ¡Pero cómo! ¿No conocía a The Police? Debo aclarar que conocía una aceptable variedad de canciones de The Police y era capaz de tararearlas, por pertenecer al cancionero colectivo y por tanto subconsciente; pero no unía a Sting con Police (ni el consciente con el subconsciente). Yo tenía 16 años y vivía en la provincia de la provincia.

Quizá nunca he llorado con la música de Sting. Pero para mí fue conmovedor descubrir a través de su música sobre las dictaduras en Centro y Sudamérica; las manifestaciones dignas y silenciosas de las madres de los desaparecidos, o aquellas de los indígenas brasileños al ver desvastadas sus tierras.

Tal vez la música de Sting no me consoló nunca de mis tormentos existenciales, pero me llevó a leer a Jung y a Nabokov. Y conocer por su medio a Amnistía Internacional, y esta lucha por los Derechos Humanos rompió mi egocentrismo adolescente.

Muy probablemente ninguna historia de amor en mi vida se inició o rompió bajo las notas de Sting, pero para mí significó la ruptura entre una escucha y otra, entre un gusto y otro, entre un interés musical y otro; y el enamoramiento con todo lo que es música, sea folclor andino, celta o africano, jazz, clásico, blues o rock.

A Sting le debo las canciones más bellas que he escuchado; le debo el vértigo ante canciones como I burn for you, Island of the souls, Brought to my senses, A thousand years, They dance alone, Be still my beating heart, The Bourbon Street, Shape of my heart, Desert rose, Lazarus heart, Inside, Book of my life; y le debo la expansión en mi pecho y mente con la pregunta recurrente ¿qué es esto?

Envidié a Edith al verla llorar con algunas canciones de Lennox. La envidié cuando conmovida tomó su celular y le marcó a él para escuchar juntos una canción que les significaba a algo a ambos.

Y yo escuchaba a Sting con puro placer estético: hacia su música, sus letras, los arreglos, el espectáculo, hacia él (uy, sí que es guapo), y lo único que me significaba eran las palabras de mi sobrina que me animó a viajar miles de kilómetros para ver el concierto: Tía, mereces darte ese gusto, y es hoy o nunca, antes de que tú y Sting sean demasiado viejos para conciertos...

Esa frase significó lo suficiente como para asistir al concierto de Sting... pero tampoco era suficiente para hablarle por el celular a mi sobrina y decirle “¿Escuchas?, está cantando Whenever I say your name”... Porque Whenever I say your name no me recuerda nada de mi vida, menos a ella. Y tampoco le hubiera importado, ella sólo es fan de OV7...

23.9.04

Zumbidos

Piénsalo, y me llamas, pidió la doctora que quiere que ponga fecha a la operación.

Piénsalo.

Piénsalo.

Pensaba en todo, menos en la fecha.

Pensaba en todo lo que no quiero pensar.

En mis genes irremediablemente mordidos por el cáncer.

En que no es cáncer.

En que estoy sola.

En que puedo sola.

En que debería llorar. En que no tengo razones.

En que estoy harta de estar siempre de pie. En que no he tenido razones para caerme.

Pensaba y borraba.

Pensaba y borraba.

Llegué a casa. Y en el estudio encontré mi cómplice para no pensar. Encendí la computadora, busqué papeles de la oficina para trabajar. Y se fue la luz.

Oscuridad total de diez de la noche. Silencio total de noche.

El silencio trae esos sonidos lejanos, solitarios, que hacen más silencioso el silencio: un perro ladrando a lo lejos, y un zumbido más; una ambulancia fugaz, y un zumbido más; el estertor melancólico de un trailer solitario en alguna carretera, y un zumbido más; los grillos e insectos, y un zumbido más.

Todos esos sonidos que sólo forman parte del silencio.
Y ese zumbido que sólo vibra junto con tu cuerpo cuando todo es silencio

¿De dónde proviene ese zumbido? No sé. Está en los oídos, en el pecho, transpirando en toda tu piel, deslizándose por tus venas y por la respiración. Es el zumbido de la vida. El sonido del cuerpo cuando está en silencio y reposo. El sutil poder de la sangre que corre. El aviso de la respiración antes de exhalar y antes de inhalar. El temblor vital que se sincroniza con el cosmos, en medio de tu silencio y soledad.

Piénsalo. No hay nada más que hacer, sólo pensar.
Piénsalo.
Piénsalo.


21.9.04

Blanco y negro

Hoy fui a hacerme un ultrasonido. ¿Habrá manera de hacer más amable y cálido ese proceso médico? Me preguntaba mientras esperaba, con una humillante bata azul. Aunque luego objeté: ¿Serviría de algo que la bata fuera más trendy? ¿Qué el lugar pareciera una cafetería con un pequeño ensamble de jazz tocando en un rincón? Ahí permanecí, en el borde de la camilla, con mis pies descalzos balanceándose en el vacío; viendo la fría penumbra de la habitación, acompañada sólo por el zumbido de los aparatos que explorarían en mi cuerpo.

Pasé media hora oscura con el doctor, tratando de ver el dibujo que el escáner acusaba en la pantalla. Tachones en carbón de un dibujante depresivo. Con forma de nada. Pero me concentraba en la imagen con la misma acuciosidad que el médico. No había otra cosa qué hacer. Ups, sí había otra cosa.

La mente que traté de centrar y atar para que no empezara sus correrías, se me escapó. Empezó a deambular en medio de la incertidumbre. Ah, es que la incertidumbre la vuelve rebelde, inquieta, impredecible. Y ya digo, empezó a correr de aquí para allá; bueno, he de decir que corría con cierto orden, de un pilar a otro. ¿Y si tuviera cáncer? ¿Y si necesitara radiaciones? ¿Y si....?

Lo sé, lo sé. No hay que pensar en eso, ¿pero podrías dejar de pensar en eso cuando estás en un cuarto oscuro, con sólo la luz impenetrable de una computadora que exhibe una imagen igual de indescifrable? ¿podrías dejar de pensar en eso cuando el médico está totalmente callado, sin verte a la cara, sólo concentrado en escanear tu cuerpo y en interpretar la imagen? ¿Dejarías de pensar en eso cuando tienes 33 años y una hija de 8, y tu madre ha muerto de cáncer? ¿Podrías transportarte a un lugar bello cuando ese cuarto te recuerda tanto al que visitabas junto con tu madre para ver cómo avanzaba su cáncer? Es imposible.

Por eso dejé que mi mente corriera, olfateara en la incertidumbre y volviera con sus dudas, cansada y rendida a ese centro donde está mi alma o mi conciencia. Acaricié mi mente, y susurrando la volví al silencio. Prometió mantenerse callada, pero como toda promesa, se entregó bajo condiciones: habla de mí, coloca en blanco y negro los frutos que traje de la oscuridad, habla del vacío en que tu cuerpo estaba suspendido, del misterio que es sentirte saludable y que posiblemente sólo sea la careta de una conspiración que se fragua en tu sangre y en tus órganos para dar golpe de estado.

Hecho. Ya está en blanco y negro. En ese blanco y negro indescifrable de la pantalla y el escáner. Esos colores ya no saben a incertidumbre, sino a palabras, mucho más habitables y mullidas que ese diagnóstico que entregará el doctor en un sobre sellado, con palabras como: nudosidades, lateral, radializado...

Ahora con mi mente respirando tranquila en el regazo de mi alma, podré terminar apaciblemente el día y recibir la noche sin más miedos.


¿Bailamos?

Los niños bailaban frente a mí como poseídos por un espíritu mítico. ¿Alguna vez bailaron realmente así nuestros ancestros? Alguna facilidad tiene la danza folclórica para atrapar esa esencia que unifica lo que hemos creído ser, lo que somos y lo que queremos ser.

Los trajes más inverosímiles, con listones dorados, rojos, verdes, amarillos, rosa, naranja, negro, añil; encajes blancos; moños y grecas; trenzas majestuosas y sombreros pasaban como ráfagas de alegría por el escenario.

Y pensaba qué mensajes estaban representados en ese lenguaje que transmite el cuerpo. Pensaba en el movimiento lleno de vigor, variedad y alegría que tiene la danza autóctona mexicana, y que es difícil encontrar en las danzas europeas.

¿Han notado la diferencia de lenguajes femenino y masculino en danza mexicana?

La mujer ondea su cuerpo; realiza movimientos circulares con sus faldas, con su cabeza, con sus pies, con su cintura y caderas. Los hombres realizan movimientos más lineales, verticales, y ascendentes; se esfuerzan por reafirmar su virilidad.

Cuando hombres y mujeres se separan en grupos por género, las mujeres pueden tomarse de las manos, y hacer rondas; los hombres nunca, sus manos se colocan entrelazadas en la espalda. Es un movimiento recogido, que contiene, junto con la muestra de un pecho expuesto con pretendida reciedumbre.

Sí, en la danza mexicana, los roles hombre-mujer están claramente diferenciados. La danza europea unifica más los movimientos. En las sardanas y las danzas griegas, los hombres se tocan, se abrazan. En las danzas aldeanas, hombres y mujeres alzan sus brazos en un movimiento igualmente monótono. El flamenco explaya en movimientos abiertos y finos de manos igualmente en hombres que en mujeres.

El flamenco da otra lectura antropológica de su cultura, ¡qué manera de unir gestos femeninos y masculinos en el movimiento! Los mismos toreros son figuras demasiado estilizadas, como bailarinas de ballet clásico, enfundados en mallones bordados exquisitamente; para que en un momento esa sutileza se rompa con la brutalidad de un gladiador abriendo las carnes de la bestia.

Por estar pensando que las danzas regionales nos muestran la concepción hombre-mujer, y sus roles sociales, he dejado de observar a los niños. Una madre de familia, vecina de butaca, me interrumpe con un codazo cómplice, y sin tanto rollo hace una lectura rápida: “Y como en todo, ¿no? Son las mujeres las que llevan el paso y el ritmo”, y en efecto, los niños eran prácticamente arrastrados por niñas sonrientes, erguidas, de ojos brillantes y agudos; mientras ellos pretendían desaparecer bajo sus trajes tradicionales.


5.9.04

Todavía hay hombres así

El Tigre, le dicen, pero con ese apodo prefiero decirle Gerardo, y hablarle de usted. Es de mi edad y parece que me lleva 15 años por delante.

Es de esos hombres que se sienten más hombres porque sirven a una mujer. Es de esos hombres que bombean más rápido la sangre cuando se ven junto a una mujer. Acude donde mi carro me haya dejado tirada, y una vez arreglado, me lo lleva a la oficina. Luego me toca a mí llevarlo a su Taller... Bueno, es un decir, porque es de esos hombres que siempre manejan. Así que hemos dado algunos paseos juntos por esta ciudad del sol.

Como buen sierreño, tiene ese color rojo en la piel, arrugas nuevas pero profundas, y esa voz bronca, golpeada, entrecortada, fuerte y hasta un poco nasal como los cantantes norteños.

“Ya me voy a casar”, me anuncia. Y me da su recorrido amoroso.

Mira, Mariantonieta, para qué te digo mentiras. He tenido muchas mujeres. De todas: inteligentes, tontas, ignorantes, bravas, dejadas, altas, chaparras, gorditas, flaquitas, buenotas, liberales, puritanas; mujeres que trabajan, mujeres de casa y de familia, ricas, pobres, casadas, señoritas. Pero después de todo este andar te voy a decir una cosa: las peores son las mujeres inteligentes que trabajan, se sienten ¿cómo te diré? Muy autosuficientes, te quieren hablar de tú a tú, y hasta te ven para abajo. Y he llegado a una conclusión: quiero una mujer que lo merezca todo, pero no pida nada. Y esa mujer la encontré en mi Dianita.

Una mujer que lo merezca todo y no pida nada. Esa frase resume toda la educación sentimental de estos hombres bravos de Sonora. Hombres dadores, mientras la mujer persista en su papel pasivo y dependiente; hombres que se rebelan ante lo que consideran humillante: la voz de la mujer que tiene necesidades distintas a los dones que ellos entregan virilmente.

“Hombre, me alegro, Gerardo”, lo felicito. Y escucho el inventario del merecer de Dianita: Gerardo ha conseguido por medio de su padrino El Diputado (ah, porque todavía hay hombres que tienen padrinos diputados todopoderosos) que raspen el camino de un pueblo a otro, para que todos puedan acudir a la Boda; me habla de cientos de invitados, de bandas, barbacoas, barriles de cerveza, y de más padrinos.

Vuelvo a felicitarlo y antes de bajarse a su Taller, se detiene y me pregunta: “Oye, Mariantonieta, nunca te he preguntado, ¿y por qué fracasaste?” Sí, aún quedan esas personas que llaman “fracaso” al divorcio.

Ahora que se me ocurre echarle un madrazo, recuerdo por qué le digo Gerardo y no Tigre, y opto por su sabiduría sierreña: "Pues ya que lo dices, será porque lo merezco todo y lo pido todo..."