Divo hasta el final. Un infarto inesperado e inexplicable en la plenitud de la edad. Por suerte la Scottland Yard no está husmeando tu cuerpo buscando drogas. La única sobredosis que pueden acusarte es de amor y mimos, sobre todo ahora que tenías más manos para acariciarte; ah, y ropa en tu armario: desde impermeables, corbatas, gorros, hasta los suéteres más coloridos.
Te fuiste sin creerte perro en una escena digna de ER. Y, suponiendo que algún día te supiste perro, nunca reparaste en tu diminuto tamaño: siempre buscándole pleito a los canes más grandes que, con un solo movimiento de pata sobre tu pecho, detenían tus ímpetus prepotentes.
Te debemos el paseo por la playa y la plaquita con tu nueva dirección. Quiero pensar que ahora puedes cruzar todos los mares que gustes. Que no necesitas una dirección fija. Que ya no hay peligro de extraviarte ni de sufrir.
Cruza los caminos que desees, sube las escaleras que se te antojen. Te dejamos ir. Y que lo sepas: te amamos, Rabito....