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Warhol 2012-2024

Llegó siendo una bolita albina, con un pelaje tan suave que parecía lanugo. Mariana decidió llamarle Warhol. Le gustaba estar en las escaleras de entrada a la casa para tomar el sol. Quienes pasaban nunca entendían su nombre y le inventaban otros: pelusa, bolita, motita. Era imposible verlo y seguir de largo.
Él nunca llegó para seguir de largo. Llegó en la adolescencia de Mariana para ser esa criatura a quien abrazar en la soledad, en el miedo, el desconcierto, la confusión, el desarraigo. Era un diente de león suave y frágil que se metía abajo de su cama. En esa recámara tan blanca como él. En esa página nueva tan blanca como él.
Fue paciente en el año que Mariana que estuvo en el extranjero. Y entonces se convirtió en la mascota de toda la familia. Siempre presto a correr escaleras arriba, escaleras abajo; a girar sobre su eje como un derviche cuando se emocionaba. Nunca se fue de largo. Tampoco cuando se mudó con Mariana a su pequeño departamento en el jardín. Ese fue el reino de ambos. Ahí le gustaba explorar y sentarse como una torre vigía en las esquinas del muro bajo que contenía el jardín a manera de seto. No se fue de largo cuando Mariana y él se mudaron a otro departamento, lejos de casa, a intentar una vida adulta, juntos. Una vida como madre e hijo, con sus rutinas fijadas como pijas para escalar cuesta arriba.
Así Warhol transcurrió por clases de Mariana de prepa y universidad, rodajes, picnics en Chapultepec, paseos por el barrio, pijamadas, fiestas. Hasta que llegó el ataque de Lázaro, un pitbull del barrio, nervioso de pasear sin correa ni bozal con alguien que no era su humano.
Con esta experiencia terrible, que casi lo lleva a la muerte, Warhol se convirtió en un maestro de vida. Enseñó un tipo de amor leal, benévolo e incondicional. Se aferró de la existencia solo para no pasar de largo de Mariana, que lo visitaba dos veces al día, entre sus clases y trabajos. Se quedó con ella solo para no fallar a la cita que tenían juntos donde Mariana le hablaba y rascaba la pancita. Para no defraudar a quienes cuidaban sus pesadillas para apaciguarlas, para demostrarnos que valía la pena creer en él, que volvería a caminar, que volvería a ver su pelaje crecer entre las cicatrices devastadores que dejaron las dentelladas en su cuello.
Se recuperó como un acto de amor. Sobrevivió por generosidad, a pesar de las múltiples secuelas que el ataque le dejó. Persistió en esta existencia hasta guiar y acompañar a Mariana a la plenitud de su vida adulta. Y cada día desde entonces hasta su despedida, nos enseñó sobre paciencia, dulzura, resiliencia, pasión por vivir, gusto por los placeres pequeños y cotidianos de la vida.
Con esa dulzura, sosiego y prudencia se fue, rodeado de amor y gratitud por quienes honramos su existencia y sentido. Gracias por todo, Warhol, gracias por persistir, por todo tu amor y generosidad. Te amaremos siempre y extrañaremos cada día.

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