Desde hace más de un mes he dedicado casi toda mi jornada laboral a corregir textos. Intercambiar la v por la b, y la b por la v, la c por la s o la z, la y por la ll y viceversa, poner y quitar acentos, comas, puntos. Los punto y coma nadie los usa, así que más bien parece un capricho excéntrico distribuirlos entre la sintaxis, una mala costumbre en desuso. Por eso me he sentido acompañada, parte de una extraña estirpe y comprendida cuando leí esta nota. Ese frenesí que siento al corregir lo encuentro neurótico y, claro, patológico. Junto a la ira por faltas graves y pequeñas de ortografía, viene un placer al corregir, un placer casi sádico, debo reconocer. Las teclas del delete , del suprime , las flechitas para desandar el camino y volver a empezar sin error alguno son como pellizcones a todos esos malhadados que dejan en el mundo su basura gramatical y ortográfica. ¿Pero qué se creen? Esa compulsión por corregir y corregir me lleva casi a más allá de los confines de la pantalla y...