El domingo es día de jardín: podar, remover la tierra, reacomodar la gravilla. Pero domingo tras domingo se ha ido acumulando el trabajo rudo: deshacerme de la hierba, sacar plantas que han crecido por contagio, no porque las haya sembrado. Esta mañana tuve el dilema: ¿desbrozar mi novela o el jardín? Temprano me preparé el café, encendí mi lámpara y me senté a trabajar, pensando en interrumpir una hora más tarde. Pero en eso estaba cuando escuché la podadora en una casa vecina. Tuve la tentación de ir. Resistí. Vanamente. Me levanté, salude al jardinero de la vecina y le dije lo que necesitaba en mi jardín, ¿cuánto podría cobrarme? Cuando finalmente vi el jardín limpio, sin yerba, sin maleza debajo de la bugambilia, me imaginé así mi novela: desbrozada, limpia, pulcra, definida. Y seguí trabajando, muy animada, horas y horas quitando fragmentos enteros, cambiando orden de párrafos, puliendo puntuación, consultando palabras para estar segura de dejarlas o arrojarlas como piedras imper...