Cuando anuncié a mi pequeña hija que viajaría a Ciudad Juárez , me preguntó preocupada: ¿Pasarás por las muertas de Juárez?
—No, hija, pasaré por otro lado —dije.
Mentí.
No pasaré por otro lado. Porque no hay otro lado. Las muertas de Juárez nos circundan y sus fantasmas ululan sobre nuestros cráneos, dondequiera que estemos.
No pasaré por las muertas. Quisiera pasar por ellas, sacudir el polvo de su desnudez avergonzada, levantarlas y llevarlas a otro sitio. Al destino a donde se dirigían. Al que soñaban un día llegar. O simplemente revivirlas.
En cambio paseo por Juárez , resguardada en un carro, acompañada de una mujer desconocida. En la ventana encuentro la justificación de mi silencio. Veo un paraje arenoso, lleno de llantas y basura. Supongo que ese no es el lugar por donde se pasa por las muertas. Pero se le parece tanto.
Cuando nos alejamos de ese paisaje, interrumpo mi propio monólogo, para dirigirme a la mujer desconocida que conduce:
—No sé cómo preguntart...
Lo que ando incubando