Cada tres meses llega a mi oficina, con recibo en mano para cobrar mi suscripción a un periódico español.
Tiene una apariencia difícil de olvidar. A pesar de sus sesenta y algo años, aún se conserva apuesto. Tiene el cabello blanco peinado cuidadosamente hacia atrás, siempre está vestido de verde pistache (camisa y pantalón), sus ojos son verdes y el recibo también. La mirada es aguda, y su ceño posee una afectación que me incomoda. Parece un maestro severo de los años cincuentas.
Trato de pagar rápido, no hablar mucho con él. Pero de un tiempo a la fecha, se sienta (sin ser invitado) frente a mi escritorio; se recarga en la silla, coloca el pequeño maletín en su regazo, y empieza con parsimonia una conversación que parece continuar de otro día.
Ayer llegó como un agorero del mal ; a las 10:00 am estaba yo haciendo un recorrido por los caminos más pesimistas de su mano, como un Fausto decadente llevándome a su infierno.
Empezó hablándome de su repartidor (a éste lo veo todos los l...
Lo que ando incubando