Cada día tiene su sonido, cernido hora por hora. Y antes, que estaba fuera de casa casi todo el día, esos sonidos me sorprendían cuando, por excepción, permanecía en ella. Las tijeras del jardinero, el agua sobre la vajilla del trajín de doña Ana, el vendedor de tortillas con una campana colgada de la bicicleta a mediodía, o la corneta del panadero al caer la tarde. Sin embargo, los sonidos eran escasos. En las ciudades desérticas, la gente no suele andar fácilmente por las calles, y el sol parece calcinar hasta los sonidos. Se escuchan los insectos suspendidos, algún perro por ahí, pero cuando el sol está en su parte más alta, el zumbido del silencio prevalece. Aquí he descubierto el viento crujiendo entre los encinos, el canto de pájaros que nunca había escuchado ni visto. Y la lluvia y la lluvia y la lluvia: la noche entera sobre el techo, la mañana entera en las baldosas, la tarde entera a través de los ventanales. Pero los jueves es un día especialmente ruidoso. Cerca s...
Lo que ando incubando