19.10.17

Ciclo de la vida



Hace un año nuestro amigo Karel cumplió 50 años. Hicimos una reunión en su casa, conscientes de que era su último cumpleaños en este mundo. Yo veía a sus amigos de la niñez esforzarse por reír, por hacerlo reír, por recordar con alegría sin llorar.
Yo veía en los rasgos de Karel, en su deterioro, en su cuerpo maltrecho, las mismas características de mi madre en su fase terminal. La mirada que parecía apresurada por huir, o una mirada que parecía estar viendo desde ese otro mundo, donde hoy están.
Y ahí, en medio, ajena a todo, o quizá entendiendo más que ninguno otro, estaba Cecilia, de casi cinco años, revoloteando entre nosotros con sus risas y ocurrencias.
Fue ella quien descubrió un juego, de lo más bobo, y fue ella quien lo sacó, puso sobre la mesa y nos instó a todos a jugar. En unos minutos estábamos, sin excepción, metiendo nuestra cara en un marco, prestos a recibir una catapulta de crema batida. Todos jugamos, nos morimos de risa como tontos, y Karel también jugó y acabó embadurnado de crema.
Este sábado nos volvimos a reunir, ahora en memoria de Karel. Ceci volvió a sacar el mismo juego y, como no teníamos crema batida, el Opa batió claras de huevo con azúcar, a punto de turrón, hasta lograr un merengue que acabó embarrado en nuestras caras y cabelleras.
No era el juego o las ganas de jugar, no era el empeño de Ceci, era la forma de decirle a Karel, hasta el lugar donde está, que queríamos reír y tontear como él lo hizo hace un año, a pesar del dolor, de la debilidad, de la impotencia ante la enfermedad que todo lo carcomía. Era la forma de decirle que aquí estamos, con Paulinha, con Kai, con Julia, con el Opa, y que aquí vamos a seguir.
Un día después, fue aniversario de muerte de mi madre. Y por primera vez, después de 26 años, vi su muerte a través de otro cristal: uno que celebró con ella, con todo y el merengue burlón lanzado contra el rostro, y aquellas sus carcajadas que eran tan contagiosas.
Esa niña que tuvo la ocurrencia del juego y que nos pone de cabeza haciendo el tonto, hoy cumple seis años. Anoche preparé su línea de la vida para llevarla esta mañana al colegio, donde dio las seis vueltas alrededor del sol. Y mientras pegaba las fotos, lloraba, conmovida por una pequeña que es toda alegría, generosidad; esa niña a la que le gusta hacer reír; esa niña que un día me dijo, como si lo supiera desde siempre: "Yo nací para ser feliz, ¿lo sabías?"
Sí que lo sé, Cecilia, y quiero celebrar la vida contigo, el ciclo de la vida, tus seis años y tus 50, el dolor que nunca falta, y la crema batida embadurnada en la cara mientras morimos de risa.
(Feliz cumpleaños, pequeña mía).


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