

Lo que a veces parecía que no iba a suceder, sucede: movimientos en el mundo, pacíficos, pensantes, de resistencia y participación intentando transformar las condiciones de sus países, de su gente. Ya fue el mundo árabe el que detonó. Ahora miro con alegría y expectación las concentraciones en España. Y con mucha esperanza y ansiedad el movimiento del poeta Javier Sicilia que busca poner fin a la sangre en México.
Hace más del año, en una cena con Eduardo Milán y Jaime Soler aquí en Hermosillo, hablábamos de la situación desoladora de México. Coincidimos en que lo único que podría dar una luz y puerta de salida sería un movimiento de indignación de la sociedad civil: nada adscrito a posturas políticas, ni a sus apuestas, todo al margen de los partidos y sus estructuras cada vez más avorazadas. Que alguien de la sociedad civil tendría que ser capaz de unir a toda la voz crítica e indignada, donde todos pudiéramos caber, sin las polarizaciones políticas cada vez más evidentes, acendradas y fortalecidas después de las elecciones del 2006.
Y aquí está Sicilia. Con el dolor de la pérdida de su hijo y de los amigos de la niñez de su hijo. Y aquí está un poeta, la única visión capaz de marcar rumbos, según mi amigo Enrique Salgado. Y aquí está un hombre que antes de la muerte de su hijo era ya una voz disidente, crítica, insistente en las llagas de este país, en las llagas de cada uno de nosotros. Un activista, no sólo un pensador y esgrimidor de plumas. Un ser humano de una congruencia y solidez ética que hoy puede levantarse y convocar a miles, a cientos de miles. Un hombre tan fuerte y apasionado por la dignidad y la justicia como amante de la no violencia (herencia de Lanza de Vasto, a la vez discípulo de Gandhi).
Veo de reojo los movimientos en España, países árabes, el mundo. Pero miro con atención y suma ansiedad lo que sucede en México. Lo que puede suceder en México. Miro con miedo lo que podría no suceder: que todos quienes no estemos de acuerdo con la sangre no expresemos nuestro dolor e indignación, que dejemos solo a Javier Sicilia y a la búsqueda de otro país. Un país sin la soberbia de los gobernantes, sin el cinismo de los partidos políticos, un país que recupere la esperanza y apuesta por la democracia, una verdadera. La que merecemos.
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