El primer concierto al que fui en mi vida fue de Emmanuel. Guaymas. Auditorio Cívico. Primera fila, a dos metros de sus zapatos blancos. Eran los ochenta, 1984, para ser precisos. Yo tenía 13 años. Y siendo toda una groupie me vestí lo más parecido que podía a la estrella: un pantalón high-waisted (diría ahora Mariana), con una especie de fajín en la cintura, una chamarra de algo parecido a polipiel, con mangas de mariposa y elástico en la cintura. Peinado de capas, con alitas. Era mi primer concierto. Era Emmanuel. Mis padres nos flanqueaban a mi hermana pequeña y a mí, en los lugares preferentes de todo el auditorio. Mi corazón ñoño me rebotaba por el pecho de manera incontrolable. Estaba lista para cantar y bailar todas las canciones. Todas me las sabía: sí, hasta esas del 76, 77, 78 que nadie conocía, canciones de protesta; porque casi todos habían descubierto a Emmanuel en 1980 con aquellas canciones melosas de "Todo se derrumbó", "Quiero dormir cansado", ...