Después de una junta de trabajo de casi cinco horas , el sábado pasado tuve la sesión de taller en mi casa. Durante cuatro horas comimos pizzas, bebimos cerveza, comimos naranjas en gajos con limón y chile, tomamos café lodosito, veracruzano (claro, de la Parroquia; todavía me queda del último encuentro del fonca), y escuchamos a Lhasa y Leonard Cohen. Me sentí emocionada de contar con un taller así: Cada uno de nosotros tenemos proyectos y un camino muy distinto, pero disciplina y ahínco para llevarlo a la siguiente mojonera. Cada uno tenemos visiones tan distintas e irreconciliables de la literatura, que da para muchas sesiones de discusiones, desacuerdos, polémicas, reflexiones. Somos, además de todo, amigos que podemos reír, chotearnos, intercambiar libros, compartir vida, quedar de jugar billar pronto, extrañar la presencia de nuestras parejas entre nosotros. Y de repente, estando entre ellos, recordé ese tiempo en que alrededor mío nadie hablaba de literatura; cuando no tenía c...
Lo que ando incubando