Ir al contenido principal

Quiero una ventana

Ayer por la noche el zapping me permitió volver a ver fragmentos de la pelicula sobre Sylvia Plath (Sylvia, dirigida por Christine Jeffs).

No es de la atracción-rechazo que me causa la Plath, ni de todo el drama con Hughes de lo que quiero escribir. Sino de la mesa de trabajo, siempre contra ventana, que aparece en la película: frente al mar, frente al campo.

Y pienso en que eso me haría elegir una casa en un futuro: una ventana donde pueda estar mi mesa de trabajo, una ventana por donde pueda deslizar mis palabras, mi imaginación, mi ritmo interno, mis encabalgamientos, mis silencios.

Pero aunque no es de eso de lo que quería hablar, no puedo evitarlo: ¿no es una especie de ironía que wikipedia le dedique un perfil amplio a Sylvia Plath, mientras que lo acorta para Ted Hughes y lo omite para Assia Wevill?

Bueno, pero vuelvo a lo dicho: quiero una ventana para colocar contra ella una mesa de trabajo, por donde...

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Capomo

Alicia, la novia de mi hermano Martín , me invitó a montar. A pelo. Sin silla de montar. Yo era niña. Tenía quizá 10 años. Anduvimos por el monte, lleno de brizna seca, con el sol muy bajo y naranja. En el silencio montaraz, ella me cantaba "La flor de capomo", ¿la conoces?, me preguntó. Le dije que no, entonces me la cantó en mayo. Este es uno de los momentos más memorables en mi niñez. Tiempo después, en una fiesta en el campo donde había música en vivo, mi padre quiso complacerme con una canción. "La flor de capomo", pedí, y mi padre sonrió extrañado y orgulloso a la vez. Desde entonces, para él esa es mi canción. Sí, esa es mi canción. Nunca he visto una flor de capomo. Queda poca gente que la ha visto. La flor de capomo crece en los ríos. Y ahora el río yaqui y mayo ya están secos, por lo que la flor de capomo es ya casi mítica. La raíz es muy extensa y con muchos tentáculos. Es como un estropajo estirable que se clava muy superficialmente en la tierra. El t...

Warhol 2012-2024

Llegó siendo una bolita albina, con un pelaje tan suave que parecía lanugo. Mariana decidió llamarle Warhol. Le gustaba estar en las escaleras de entrada a la casa para tomar el sol. Quienes pasaban nunca entendían su nombre y le inventaban otros: pelusa, bolita, motita. Era imposible verlo y seguir de largo. Él nunca llegó para seguir de largo. Llegó en la adolescencia de Mariana para ser esa criatura a quien abrazar en la soledad, en el miedo, el desconcierto, la confusión, el desarraigo. Era un diente de león suave y frágil que se metía abajo de su cama. En esa recámara tan blanca como él. En esa página nueva tan blanca como él. Fue paciente en el año que Mariana que estuvo en el extranjero. Y entonces se convirtió en la mascota de toda la familia. Siempre presto a correr escaleras arriba, escaleras abajo; a girar sobre su eje como un derviche cuando se emocionaba. Nunca se fue de largo. Tampoco cuando se mudó con Mariana a su pequeño departamento en el jardín. Ese fue el r...