5.9.09

Y una tristeza


Crecí en Guaymas. Desde los 7 a los 16 años viví ahí, en la libertad del mar, de la gente abierta y desprejuiciada, entre los edificios antiguos del centro, en el malecón, en los enormes corredores de mi colegio y en sus ventanales desde donde se avistaba el mar y la cúpula de la iglesia de San Fernando.

Ahora veo fotos: el centro anegado por un espejo inmundo de aguas chocolatosas y la cúpula de San Fernando colapsada.

Pienso en sus vitrales que dejaban pasar la luz marítima. La dignidad de un templo que se levantaba alegre entre el barullo de carnaval o en el sopor del verano.

Pienso en el panteón que siempre se inundaba con cualquier lluvia mediana. Tanto que mi madre no quiso nunca más la tumba de mi hermano ahí y la movió a una colina donde el agua no lo alcanzara.
El agua inundando a los muertos no es tolerable. Mucho menos inundando a los vivos. Mucho menos destruyendo aquello que queda alto, de cara al cielo, como los vitrales de San Fernando.
* foto facilitada por Lupita Ramírez, amiga de mi niñez

4 comentarios:

veronica dijo...

Que triste cierto, pero piensa que las tragedias siempre sirven para engrandecer mas, lo de por si, ya grande.

María Antonieta Mendívil dijo...

Sí, pero junto a esa grandeza también surgen las bajezas, Verónica: gobiernos sin recursos para hacer frente a la temporada de ciclones y huracanes, porque se lo gastaron todo en las campañas. La gente se une, sí, y sale adelante, sí. Pero dentro de ls tragedias inevitables hay muchos dolores estúpidos que sí podrían evitarse si no se cometieran tantos errores humanos y políticos.
Perdona la negrura matutina de un domingo :D Lo que me da gusto es que pases a este nido. Aquí tienes tu pequeña casa :D

Anónimo dijo...

¡Un fuerte abrazo Marian!
Fred Alvarez

María Antonieta Mendívil dijo...

Gracias, Fred, siempre me da mucho gusto verte por aquí :D