Durante mucho tiempo pensé que el lenguaje podría destruirse. No hablar. Hablar como una autómata que usa una serie de frases convenidas: buen día, quiero comer, gracias, adiós, sí, no, hasta mañana. En mi mundo interior el lenguaje era otra cosa. Procesos que eran más veloces que mi capacidad de articularlo en lenguaje, procesos intraducibles. Era una persona muy callada que no sabía bien que era callada. Ni le importaba. Mi mente era un bullicio. La escritura me permitía articular, codificar ese bullicio veloz, casi inasible, en lenguaje. Esas capas interminables que sentía entre mi pensamiento y el lenguaje hablado se disipaban cuando escribía. No había filtros, no había miedos. No había territorios infranqueables. Escribía a mano. Había una inmediatez entre mi mente y mi mano. Una organicidad. No podía hacerlo de otra manera. Esa que callaba ahora habla. Y esos deseos de destruir el lenguaje se han convertido en una búsqueda de construcción. Esa que escribía a mano, ahora es capaz ...
Lo que ando incubando