Llegué a ti de la mano de mi hermana. Y como llegué renuente, escéptica, irreverente, te obstinaste a permanecer junto a mí. Así fuiste siempre, porque así fue Dios contigo: perseverante, obstinado. Qué te digo del humor pesado que siempre se traían ustedes, rasgo que a ti especialmente te caracteriza. Esa es una de las razones por las que me caes tan bien: por tu sentido del humor, por tomarte a la ligera esos accesorios del misticismo (ay las levitaciones), y por tomarte tan en serio (hasta el silencio) aquello del misticismo que trasciende la palabra y el cuerpo y la mente. Y si seguimos siendo amigas es por tu terquedad. Murió mi madre y ahí estuviste: en la primera madrugada del 15 de octubre, abrazándonos, consolándonos, diciéndonos a mi hermana y a mí que nada es casual, que todo tiene sentido. Canonizaron a la filósofa (Edith, la Stein, claro que lo sabes) y ahí estabas guiñándonos a una y a otra, haciéndonos más amigas que maestra-pupila. No pienso a menudo en ti. A decir ve...
Lo que ando incubando