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Gabriel de mi mano

Tío Gabriel tiene su turno. Dejo que tome su troca, que vaya a otear el hangar donde trabaja Pedro. Pongo a un Gabriel trastabilleante, medio cojo, adolorido, memorioso. Dubitativo.

Así he estado en los útlimos meses al retomar mi novela. Pero luego de escribir durante dos horas, me siento fluida, descongestionada, ligera, imaginativa.

¿Qué hago con Gabriel metido en su troca?

Regresarlo. A su propio hangar. Regresarlo después de otear.

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