Mi librero es de muroblock. Como ven detrás de Mariana, algo paráctico y ligero para mi casa que es pequeña. Ahora es el protagonista del placer que estoy cultivando: sacar un libro del estante de muro, leerlo, disfrutarlo, respirarlo, metabolizarlo, y luego colocarlo rayadito y anotadito en su huequito; luego, otro. Murakami salió del muro -donde me esperan otros Murakamis guiñándome- y lo estoy disfrutando a sorbo de copa. Una historia aparentemente sencilla, muy humana, sin grandes artificios ni trucos ni juegos de lenguaje (aún, voy a la mitad, y sé que cualquier cosa podría pasar). Pero hay un truco, uno, que Murakami usa de manera magistral: el anzuelo. Tirar el anzuelo hacia el futuro y traernos una triza de él para cerrar cada capítulo. Al iniciar el siguiente, no sólo vamos con el ticket de anticipo, sino con la emoción de continuar, de seguir, de acompañar a esos personajes. Murakami es maestro en enamorarnos de sus personajes, de seducirnos con sus historias, de mantenern...